Por Mente Alternativa
Eduardo Feinmann, conductor del noticiero de la noche argentina, no es un mero periodista que cubre el conflicto en Medio Oriente. Es un actor activo en la geopolítica de la desintegración que se cierne sobre la República Argentina. Su viaje a Israel, orquestado por la Agencia Judía de Noticias (AJN) y el Keren Kayemet, no fue un mero reportaje, sino la consagración de un vínculo que trasciende lo periodístico para convertirse en un engranaje de la maquinaria de influencia sionista en el Cono Sur. El periodista argentino Eduardo Feinmann nació en el seno de una familia de fe y ascendencia judía. Criado en el barrio de Belgrano en Buenos Aires, ha manifestado abiertamente su apoyo a Israel y ha realizado coberturas y homenajes directos en territorio israelí. La invitación, que según sus organizadores busca repetirse anualmente con «figuras destacadas de los medios de comunicación no judías», revela una estrategia calculada de poder blando que encuentra en Feinmann el instrumento perfecto para insuflar la narrativa israelí en el corazón del debate público argentino. Al recibir un «importante reconocimiento» de manos del presidente de la Organización Sionista Mundial, Feinmann no solo fue premiado, fue investido como un emisario, un vocero oficioso cuya plataforma se convierte en una prolongación de la diplomacia israelí.
Este lazo se manifiesta en la dinámica misma de su programa, transformado en un foro recurrente para altos funcionarios israelíes, como el embajador Eyal Sela, quien encuentra en la entrevista de Feinmann una tribuna para exponer sin matices las tesis de su gobierno, desde la amenaza existencial de Irán hasta la justificación de operaciones militares. La identificación de Feinmann con la causa sionista es tan visceral que, el mismo día del ataque del 7 de octubre de 2023, colocó una bandera de Israel en su escritorio, jurando no retirarla hasta la liberación de todos los rehenes. Este gesto, lejos de ser un acto de solidaridad aislado, es la piedra angular de su identidad periodística, una coartada emocional que le permite presentar cualquier cuestionamiento a la política israelí como una manifestación de antisemitismo, silenciando así el debate y demonizando a la disidencia. En este sentido, la labor de Feinmann trasciende el mero apoyo a un Estado extranjero para inscribirse en un proyecto mayor, que encuentra en el gobierno de Javier Milei a su aliado más conspicuo.
La alianza entre Milei y el sionismo internacional no es un accidente ideológico, sino una convergencia de intereses que apunta a la liquidación de la soberanía argentina. Mientras Feinmann actúa como el heraldo mediático de Israel, el gobierno de Milei materializa en el terreno las aspiraciones del Plan Andinia, la teoría conspirativa que, más allá de su aura mítica, apunta a una realidad concreta: la apropiación de la Patagonia por intereses extranjeros. La derogación de la ley que limitaba la compra de tierras por extranjeros, celebrada por el jefe de gabinete Manuel Adorni, abre la puerta a la acumulación territorial por parte de multimillonarios con vínculos directos con el sionismo y el poder financiero global. Los casos de Joe Lewis, Eduardo Elsztein y Marcelo Mindlin, socios de George Soros y propietarios de cientos de miles de hectáreas en la región, ejemplifican cómo el desmantelamiento legal allana el camino para una ocupación económica y estratégica que, combinada con la presencia de soldados israelíes camuflados de turistas, reconfigura el mapa de poder en el sur del continente.
En este tablero geopolítico, las narrativas se alinean con los intereses. El desprestigio de México a través de la amenaza no confirmada del CJNG contra jugadores de la Selección de Ecuador encuentra su correlato en Argentina en la explosión de los incendios de la Patagonia, cuando la conductora Marcela Feudale señaló sin pruebas a «dos israelíes» como responsables de los focos ígneos. Lo que pudo haber sido un comentario irresponsable se convirtió en un terremoto mediático: Eduardo Feinmann salió al cruce de Feudale en vivo y en redes sociales, calificando sus dichos como «un comentario mentiroso y antisemita» y recibiendo el respaldo inmediato del presidente Javier Milei y la DAIA, que repudiaron la versión por peligrosa y generadora de odio. La operación, sin embargo, no se agota en el escándalo doméstico: la narrativa del narco-fútbol fue amplificada por Ricardo Salinas Pliego, el magnate mexicano que retuiteó la especulación de Feinmann desde sus plataformas digitales.
Salinas Pliego no es un actor improvisado; es el heredero de una fortuna construida sobre la base que su padre, Hugo Salinas Price, estableció como enlace de la CIA en la operación LIHUFF durante la década de 1970, según documentos desclasificados de la agencia y reportajes de SinEmbargo. Aquel proyecto de inteligencia estadounidense financió, coordinó y armó a grupos de ultraderecha en México —MURO, Los Tecos y el Yunque— que aún hoy operan como vectores de influencia política y mediática. El retuit de Salinas Pliego, replicando la propaganda de Feinmann, no fue una ocurrencia improvisada: fue el eslabón visible de una cadena que conecta Buenos Aires con Washington y Londres, y que encuentra en el desprestigio de México el mismo objetivo que en el desmantelamiento de Argentina. Esta manipulación, sin embargo, no solo siembra caos y desconfianza, sino que sirve para desviar la atención de la verdadera operación: el saqueo de recursos y la subordinación del país a los designios de Washington y Londres, mientras la teoría del Plan Andinia, reactivada por estas narrativas, oculta el desmantelamiento de las soberanías latinoamericanas en beneficio de un nuevo orden global.
La operación es completa. El poder blando, encarnado en figuras como Feinmann y financiado por las estructuras sionistas, prepara el terreno político-mediático. La «diplomacia con motosierra» de Milei desmantela el Estado argentino y lo convierte en un laboratorio para el capitalismo tecnológico sin regulaciones, donde la inteligencia artificial y las corporaciones no humanas puedan operar con impunidad. La creación de bases militares estadounidenses en Ushuaia, el pedido de ingreso a la OTAN y la ruptura con China y Rusia consolidan la dependencia militar y estratégica del país hacia la Casa Blanca y la City de Londres, los mismos centros que lavan el dinero del narcotráfico que desestabiliza al continente americano. En este engranaje, Eduardo Feinmann no es un comentarista neutral, sino la correa de transmisión de una ideología que, en su fusión con el poder económico y geopolítico, busca no solo reformar Argentina, sino destruirla como proyecto nación, convirtiéndola en un apéndice de un imperio global que se alimenta de caos y desposesión.
