Oscuro Claro
No fue una coincidencia geopolítica. Fue un plan diseñado, financiado y ejecutado desde la Embajada estadounidense en México, con un operador clave: Hugo Salinas Price, padre del actual magnate Ricardo Salinas Pliego. Los documentos desclasificados de la CIA revelan el proyecto LIHUFF y la arquitectura de una dinastía construida sobre espionaje, usura moderna y aspiración oligárquica.

Por José Luis Preciado

“Es bastante significativo que en las sociedades globalistas desarrolladas no exista una oposición que realmente desafíe los principios mismos del sistema […] Tanto la derecha como la izquierda son meros elementos de un juego deliberado y astuto.” – Aleksandr Duguin.

En las páginas polvorientas de los archivos secretos estadounidenses, donde el tiempo parece haber detenido ciertas verdades hasta que alguna fuerza decidiera liberarlas, yace una historia que desafía nuestra comprensión convencional de las relaciones internacionales en América Latina. Según una investigación exhaustiva realizada por el medio digital SinEmbargo, basada en documentos oficiales de la Central Intelligence Agency desclasificados recientemente, se revela una operación clandestina denominada LIHUFF que la Agencia de Inteligencia de Estados Unidos orquestó en México durante la década de 1970 con objetivos estratégicos claros: crear un contrapeso estructural contra la influencia creciente de movimientos de izquierda en el territorio nacional. Esta no fue una mera coincidencia geopolítica ni una serie de eventos accidentales, sino un plan diseñado, financiado y coordinado meticulosamente desde la Embajada estadounidense en México bajo el mando directo del oficial de la CIA Winston C., quien supervisaba una red compleja que entrelazaba empresarios prominentes, funcionarios de cuerpos represivos estatales y organizaciones civiles de orientación ultraderechista.

El papel central desempeñado por Hugo Salinas Price emerge como uno de los elementos más significativos en este entramado documentado. Entonces presidente del Instituto Interamericano de Estudios, organismo fundado en 1953 con propósitos explícitos de promoción de la libre empresa como ideología antidemocrática frente al socialismo, Salinas Price fue designado como enlace principal entre la operación LIHUFF y los sectores conservadores mexicanos. Los archivos desclasificados demuestran que recibió financiamiento directo, apoyo logístico sustancial y capacitación especializada para construir una infraestructura organizacional que incluyera grupos católicos de ultraderecha conocidos colectivamente como Yunque, círculos universitarios vinculados a la Universidad Tecnológica de los Tecos, y corrientes estudiantiles y empresarias identificadas bajo la denominación Muro. Esta arquitectura organizativa no surgía espontáneamente del tejido social mexicano, sino que era deliberadamente cultivada mediante inyecciones financieras controladas y coordinación estratégica con agencias gubernamentales estadounidenses que operaban con autorización diplomática pero bajo protocolos estrictamente secretos.

La mención de estas organizaciones —Yunque, Tecos, MURO— en los documentos desclasificados no es incidental. Constituyen la punta visible de un iceberg institucional cuyas raíces se hunden en la década de 1930, cuando agentes nazis, operando a través de la Falange Española, fundaron la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en 1937. El profesor alemán Helmuth Schreiter, miembro del Partido Nazi, fue testigo de la constitución legal de la UNS y su principal financiador inicial, actuando bajo órdenes directas del Instituto Iberoamericano de Berlín, dirigido por el general Wilhelm von Faupel, quien había sido designado personalmente por Hitler en 1934 para liderar la penetración nazi en Iberoamérica. Lo que los documentos de la CIA revelan sobre LIHUFF no es, por tanto, el relato de una operación creada ex nihilo, sino la cooptación estratégica de una infraestructura fascista preexistente por parte de la inteligencia estadounidense después de la derrota del Eje. En 1955, tres años después de que James Jesus Angleton —jefe de contrainteligencia de la CIA— asignara a William F. Buckley Jr. para establecer la primera oficina de la Agencia en la Ciudad de México, «La Base» —el consejo secreto que controlaba la UNS y el Partido Acción Nacional— fue reorganizada formalmente como Organización Nacional del Yunque (ONY). La CIA no creó estas estructuras; las heredó, financió y adaptó a sus propios fines anticomunistas, transformando células originalmente diseñadas para servir al Tercer Reich en instrumentos de la Guerra Fría.

La colaboración entre estas estructuras privadas mexicanas y organismos gubernamentales estadounidenses encontraba un aliado natural en la Dirección Federal de Seguridad encabezada por Fernando Gutiérrez Barrios, institución que funcionaba como intermediario operativo esencial sobre el territorio nacional. Este vínculo institucional permitía que las actividades de inteligencia y desestabilización política pudieran desarrollarse bajo cobertura legal formal mientras mantenían la apariencia de iniciativas autónomamente mexicanas, cuando en realidad respondían a mandatos extranjeros diseñados según prioridades de seguridad nacional estadounidense durante los años álgidos de la Guerra Fría. La CIA consideraba esta red como un instrumento particularmente útil para influir directamente en decisiones del sistema político mexicano, argumentando en sus evaluaciones internas que la existencia de una derecha activa y combativa servía como mecanismo de contención frente a la presión de grupos de izquierda sobre el gobierno priísta que entonces dominaba la escena política nacional.

La documentación disponible sobre el Yunque revela que esta infiltración del aparato estatal no fue una casualidad ni un oportunismo táctico, sino una estrategia meticulosamente diseñada. En 1972, el Yunque creó la Sociedad Cruzados de Cristo Rey, una orden religiosa cuyo propósito explícito era infiltrar las Fuerzas Armadas Mexicanas —el baluarte institucional de la Revolución Mexicana— y, desde 1985, ha servido como asesoría espiritual oficial del Ejército. Este dato ilumina retrospectivamente las conexiones documentadas entre la Dirección Federal de Seguridad y la red de LIHUFF: Gutiérrez Barrios no era un intermediario neutral, sino parte de un ecosistema donde las líneas entre agencias gubernamentales, organizaciones paramilitares de ultraderecha y redes empresariales conectadas con inteligencia extranjera se difuminaban hasta desaparecer. La CIA no necesitaba construir desde cero un aparato de inteligencia paralelo; encontró uno ya operativo, con décadas de experiencia en la infiltración del Estado mexicano y con una ideología que, aunque originalmente alineada con el Eje, demostró una notable adaptabilidad al anticomunismo de la posguerra.

Los resultados atribuidos a esta red de operaciones incluyen campañas sistemáticas contra universidades públicas, esfuerzos de unificación estratégica de toda la ultraderecha mexicana en coaliciones políticas coordinadas, acciones de propaganda desplegadas en medios de comunicación de alcance masivo, y en ciertos casos documentados, utilización de violencia organizada contra militantes de partidos progresistas y movimientos sociales. La capacidad de movilizar grupos estudiantiles, recopilar información detallada sobre activistas políticos identificados como comunistas o socialistas, y promover iniciativas destinadas a contrarrestar la influencia de ideas igualitarias constituía parte integral del mandato operativo asignado a estos operadores dentro del programa LIHUFF. Las evaluaciones de la CIA valoraban especialmente la habilidad de ciertos individuos como Agustín Navarro Vázquez, quien fungía como operador principal coordinando actividades propagandísticas y manteniendo relaciones simultáneas con periodistas, intelectuales comprometidos con posiciones derechistas, y organizaciones políticas alineadas con los objetivos estadounidenses.

Este episodio histórico, recién desenterrado de los sótanos archivísticos tras seis décadas de silencio institucional, ilumina continuidades preocupantes que persisten en el presente político mexicano. La descendencia directa de estas redes de poder, materializada en figuras contemporáneas como Ricardo Salinas Pliego, heredero del imperio empresarial construido inicialmente sobre fundamentos establecidos por su padre Hugo, evidencia cómo las estructuras creadas durante la Guerra Fría han demostrado notable resiliencia temporal. El proyecto político de ultraderecha hacia elecciones futuras encuentra en estos antecedentes históricos una genealogía documentable que conecta las prácticas anticomunistas originales con manifestaciones actuales de polarización política y confrontación ideológica. La permanencia de estas redes sugiere que ciertos mecanismos de influencia exterior han logrado transformarse en elementos constitutivos del capitalismo mexicano moderno, donde intereses empresariales privados y agendas geopolíticas extranjeras continúan convergiendo bajo modalidades renovadas pero sustancialmente similares.

Antes de proceder a la lectura contemporánea de estos procesos, conviene aclarar el marco interpretativo desde el cual se aborda este análisis. La comprensión aquí propuesta no se inscribe en la tradicional dicotomía política de izquierda y derecha, categoría frecuentemente utilizada como simplificación operativa del conflicto político moderno. Desde una perspectiva metapolítica, dicha división puede entenderse más bien como una construcción histórica funcional, útil para organizar la competencia política visible, pero insuficiente para explicar las estructuras profundas de poder, influencia y continuidad histórica que operan por encima de los ciclos ideológicos. En este sentido, el análisis que sigue se sitúa deliberadamente fuera de esa dualidad, enfocándose en las dinámicas de largo alcance, las redes transgeneracionales y las formas de organización del poder que trascienden los marcos partidistas convencionales.

A partir de este marco interpretativo, la transición entre el análisis histórico de las estructuras de influencia y poder y sus expresiones contemporáneas no se produce como un salto abrupto, sino como una continuidad lógica que se despliega en el presente. En ese sentido, la lectura de la revelación archivística adquiere una dimensión aún más inquietante cuando se la contrasta con las declaraciones públicas del heredero de esta fortuna, Ricardo Salinas Pliego, quien ha manifestado en al menos una entrevista su admiración por la dinastía de banqueros Medici, proyectándose como parte de un linaje de emprendedores que, como los florentinos, combinan negocios, cultura y filantropía para impulsar el desarrollo de México. Esta auto-referencia, leída a la luz de los documentos desclasificados de la CIA, trasciende la mera vanidad para convertirse en una confesión involuntaria de aspiraciones dinásticas cuidadosamente orquestadas. Mientras los Medici originales fueron una familia banquera del Renacimiento italiano que acumuló poder mediante comercio y mecenazgo cultural —aunque también operaban dentro de estructuras políticas corruptas y clientelares—, la comparación sugiere que Salinas Pliego ve legitimidad histórica en modelos de concentración patrimonial donde el control económico se entrelaza deliberadamente con influencia política y social.

La elección de los Medici como referente no es estética ni casual. Revela una autocomprensión precisa de linaje que conecta con la doctrina metapolítica que ha nutrido al Yunque y al sinarquismo desde sus orígenes: la idea de una aristocracia corporativa que gobierna mediante la fusión del poder financiero, el control cultural y la alianza con el poder religioso. Los archivos de inteligencia desclasificados muestran que el sinarquismo mexicano se inspiró explícitamente en el modelo del Imperio de Carlos V y la España de Felipe II —un orden corporativo donde las élites económicas y eclesiásticas ejercían dominio sobre una población concebida como súbditos, no como ciudadanos. Salvador Abascal, el líder más militante de la UNS en la década de 1940 y miembro del Yunque hasta su muerte en el año 2000, escribió libros titulados La revolución antimexicana y La constitución de 1917, destructora de la nación, donde atacaba los fundamentos republicanos de México. La admiración de Ricardo Salinas Pliego por los Medici no es, desde esta perspectiva, un exceso de vanidad, sino la expresión sincera de una tradición política que concibe el poder como patrimonio dinástico, no como función democrática.

La conexión entre Hugo Salinas Price y LIHUFF con la posición actual de Ricardo crea una línea de continuidad transgeneracional que merece reflexión profunda. Si los Medici patrocinaron artistas e intelectuales mientras consolidaban hegemonía florentina, los Salinas contemporáneos han desarrollado redes mediáticas, financieras y comerciales que ejercen funciones análogas de configuración de opinión pública y condicionamiento político. La diferencia radica únicamente en escala tecnológica y sofisticación operativa, pero el principio subyacente permanece idéntico: el poder económico como instrumento de dominación política y social. Al identificarse conscientemente con los Medici, Salinas Pliego reconoce implícitamente su papel como constructor de dinastía más que meramente empresario aislado. Esta autocomprensión contradice narrativas populistas de «empresario contra la clase política» cuando su propio reconocimiento revela aspiraciones oligárquicas deliberadas. Los Medici nunca pretendieron ser ciudadanos entre iguales; aspiraron a gobernar desde posiciones de privilegio heredado. El eco histórico es notablemente claro.

La analogía con los Medici adquiere una pertinencia escalofriante cuando se examina el modelo de negocio que sustenta el imperio Salinas en la actualidad. El Banco Medici, fundado en Florencia en 1397, revolucionó las finanzas europeas mediante mecanismos ingeniosos para eludir la prohibición eclesiástica de la usura: el sistema de «regalos» o «depósitos discrecionales» que disfrazaban el interés como gratificación voluntaria, las cartas de cambio que ocultaban ganancias en fluctuaciones cambiarias, y las concesiones comerciales que transformaban préstamos en acceso preferencial a mercancías. Esta arquitectura financiera, diseñada para extraer riqueza bajo apariencia de legalidad moral, encuentra su correlato contemporáneo en las prácticas comerciales de Grupo Salinas. La revelación reciente del secretario de gobierno del estado de Puebla, documentada en investigaciones periodísticas independientes, expone cómo el modelo de negocio de las motocicletas Italika —ese mismo que Ricardo Salinas Pliego promocionó en redes sociales para burlarse del proyecto estatal Olinia— constituye una versión moderna de la usura medicea.

El funcionario poblano desmanteló con precisión quirúrgica la arquitectura fraudulenta: las motocicletas Italika, vendidas a un precio aparentemente accesible de 17,000 pesos, están diseñadas con durabilidad limitada para que fallen al cabo de un año, obligando a las familias a comprar otra o a perpetuar el ciclo de reparaciones y recambios. El crédito ofrecido a través de tiendas Elektra multiplica el costo original hasta el doble o el triple cuando se consideran los intereses y penalizaciones por atraso, atrapando a los sectores más vulnerables en una espiral de endeudamiento perpetuo. Las fallas documentadas —problemas eléctricos, desgaste prematuro del kit de arrastre, fugas en carburadores, roturas en chicotes de embrague, baterías que se agotan rápidamente— no son accidentes de manufactura sino características deliberadas de un producto concebido para la obsolescencia programada. El 55% de los robos y delitos en el país se cometen con este tipo de motocicletas, según datos oficiales, convirtiendo a Itálika no solo en un instrumento de extracción económica sino también en un vector de inseguridad pública. Esta lógica empresarial reproduce con exactitud la usura medieval: ofrecer acceso inmediato a cambio de un costo diferido que termina siendo exponencialmente mayor, manteniendo a los deudores en permanente servidumbre financiera.

La coherencia de esta lógica extractiva encuentra su contraparte en la relación del clan con el fisco mexicano. Durante más de una década, Grupo Salinas sostuvo una batalla legal para evitar el pago de impuestos, acumulando un adeudo que, en su punto más alto, fue cifrado por el gobierno en 74,000 millones de pesos. Fue necesaria la intervención de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que en noviembre de 2025 desechó los amparos que la empresa litigaba desde 2008, para que, finalmente, el imperio de Ricardo Salinas Pliego se viera obligado a pagar.

El 29 de enero de 2026, Grupo Salinas realizó un primer pago de 10,400 millones de pesos, comprometiéndose a liquidar el resto de un adeudo total de 32,132 millones en 18 mensualidades que se extenderán hasta julio de 2027. La presidenta Claudia Sheinbaum celebró el acuerdo como “el pago más grande que se haya hecho por un caso de este tipo” y una demostración de que “ya no hay privilegios”.

No es casualidad que el enojo de Salinas Pliego contra el gobierno de Sheinbaum, y su burla sistemática a proyectos públicos como el auto Olinia, se hayan intensificado precisamente en este contexto. La mandataria lo ha señalado con claridad: el empresario “está muy enojado” porque se le ha obligado a pagar lo que debe. La resistencia del clan Salinas a contribuir con el gasto público, mientras extrae riqueza de los sectores más vulnerables mediante créditos usurarios, revela la doble naturaleza de una dinastía que se autoproclama forjadora de prosperidad, pero que en la práctica se ha erigido como un obstáculo sistémico para la justicia fiscal y social.

La implicación epistemológica de esta revelación archivística, enriquecida con la autoconfesión dinástica de Salinas Pliego y la exposición de su modelo usurero, nos obliga a reconsiderar nuestras narrativas históricas sobre la soberanía política mexicana durante el siglo pasado y sus prolongaciones en el presente. Si las decisiones aparentemente autóctonas fueron en realidad condicionadas mediante financiamiento externo dirigido y asesoramiento estratégico procedente de agencias de inteligencia extranjeras, entonces el concepto mismo de autodeterminación nacional requiere redefinición crítica que reconozca estas intervenciones estructurales. No se trataba meramente de influencia diplomática legítima entre naciones aliadas, sino de operaciones encubiertas diseñadas específicamente para alterar procesos democráticos internos mediante la creación artificial de contrapesos organizados que respondían a mandatos foráneos más que a convicciones genuinamente nacionales. Esta distinción fundamental diferencia entre cooperación internacional transparente y manipulación sistemática disfrazada de asociación voluntaria.

La permanencia de estas redes adquiere ahora una dimensión adicional cuando se examina la reacción pública de Ricardo Salinas Pliego ante el proyecto Olinia, el automóvil eléctrico presentado por el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum. Su tuit, en el que comparaba despectivamente el vehículo estatal (con un costo estimado de 150,000 pesos y disponibilidad proyectada para 2027) con su motocicleta Itálika (17,000 pesos, disponible «hoy mismo»), no fue una mera disputa comercial. Fue la reedición contemporánea de la guerra ideológica que su padre libró en los años setenta bajo las órdenes de la CIA: la ridiculización sistemática de todo proyecto público o socialista como «absurdo, costoso y sin sentido», mientras se exalta el negocio privado como la única vía viable, sin importar su calidad intrínseca o sus consecuencias sociales. La burla hacia Citlali Hernández y la mofa compartida con Antonio García Nieto sobre la versión de Olinia «para circular por Culiacán» no son excesos verbales aislados; son la manifestación pública de una estrategia de deslegitimación que tiene raíces profundas en la infraestructura de inteligencia que su padre ayudó a construir.

La red que Hugo Salinas Price ayudó a consolidar en los años setenta no se limitaba al territorio mexicano ni a la relación bilateral con Estados Unidos. Formaba parte de la red internacional negra de ultraderecha que ha sobrevivido a la derrota del Eje en 1945 y se ha reorganizado en múltiples coyunturas históricas, conectándose con redes que hoy operan en Estados Unidos, Europa y América Latina. El propio Yunque, a través de su líder Clemente Gutiérrez Pérez, ha reconocido públicamente sus vínculos con la Falange Española y Fuerza Nueva de Blas Piñar en España; con Patria Argentina; con la International Third Position de Roberto Fiore en Inglaterra —organización vinculada al atentado de la estación de Bolonia en 1980—; y con grupos de mexicanos radicales y exiliados cubanos en Florida. Esta red internacional, que se remonta a las conexiones entre el Instituto Iberoamericano de Berlín, la Falange de Franco y el Japón imperial durante la Segunda Guerra Mundial, demuestra que el proyecto del Yunque y sus aliados no era ni es meramente mexicano: es una variante regional de un movimiento transnacional que aspira a la restauración de un orden corporativo católico, y que ha sabido navegar desde el nazismo hasta la Guerra Fría y desde la Guerra Fría hasta el neoliberalismo actual. La CIA, al cooptar a Salinas Price, no estaba reclutando a un empresario aislado; estaba integrando en su estrategia a un nodo de una red que ya tenía décadas de experiencia en la subversión política y la infiltración estatal.

La conexión con Trump no es meramente ideológica ni retórica. Ricardo Salinas Pliego ha desarrollado sólidas relaciones con altos funcionarios de la administración Trump, y algunos sectores políticos ya lo perfilan como una alternativa presidencial para 2030. El propio empresario ha afirmado que los ataques del gobierno de Sheinbaum en su contra buscan precisamente impedir que materialice esa candidatura.

El periodista Álvaro Delgado Gómez, en SinEmbargo, documenta que Salinas Pliego es «el magnate de México que con mayor celeridad y eficacia se ha movido para cortejar a Donald Trump», superando incluso a Carlos Slim Helú. Grupo Salinas patrocinó el Hispanic Inaugural Ball de la investidura presidencial de Trump, donde el hijo mayor del mandatario se retrató con la delegación de Banco Azteca. Esta cercanía no es casual: responde a una afinidad ideológica de extrema derecha y a un proyecto político compartido para México.

La paradoja de legitimidad que atraviesa a la dinastía Salinas resulta ahora plenamente visible. Al identificarse con los Medici, Ricardo Salinas Pliego revela su comprensión de que el poder económico no es suficiente; se requiere también influencia cultural, política y social para consolidar una hegemonía duradera. Los Medici florecieron porque controlaban el dinero y las conciencias; los Salinas contemporáneos controlan televisión (TV Azteca), telecomunicaciones (Totalplay), comercio minorista (Elektra) y servicios financieros (Banco Azteca). Esta infraestructura mediática y comercial no es accidental: es la materialización moderna del proyecto iniciado por Hugo Salinas Price cuando aceptó ser el enlace de la CIA para construir un contrapeso organizado contra la izquierda mexicana. Lo que comenzó como operación anticomunista puntual se ha metamorfoseado en componente estable de la infraestructura empresarial y mediática mexicana contemporánea, con la particularidad de que ahora sus operadores no necesitan instrucciones explícitas de Langley; han internalizado el mandato y lo ejecutan con autonomía, pero con idénticos resultados: la perpetuación de un orden social desigual y la obstrucción sistemática de políticas redistributivas.

Existe también una dimensión ética que merece reflexión seria respecto a las responsabilidades compartidas entre agentes extranjeros y colaboradores nativos en operaciones de esta naturaleza. Los mexicanos que participaron voluntariamente en estas redes asumieron compromisos con intereses ajenos que frecuentemente contradecían las necesidades populares de su propio país. Esta traición a la soberanía nacional, aunque ejecutada bajo pretextos de modernización económica y estabilidad política, generó consecuencias duraderas que aún afectan a segmentos vulnerables de la sociedad mexicana. Las familias trabajadoras que enfrentan condiciones laborales precarias, acceso limitado a servicios básicos, y perspectivas decrecientes de movilidad social experimentan indirectamente los resultados acumulados de decisiones tomadas décadas atrás por élites empresariales conectadas con programas de inteligencia extranjeros. El modelo de negocio de Itálika, diseñado para extraer riqueza de los más pobres mediante créditos usurarios y obsolescencia programada, es la manifestación contemporánea de esa traición: no es solo un fraude comercial, es la continuación de una lógica de explotación que encuentra su justificación ideológica en el anticomunismo original de LIHUFF.

La revelación pública de estos hechos mediante publicaciones de medios independientes como SinEmbargo representa un ejercicio necesario de revisionismo que devuelve a la ciudadanía información previamente reservada únicamente para círculos selectos de poder. El derecho colectivo a conocer procesos históricos reales que configuraron nuestra realidad presente constituye elemento fundamental de democracia madura capaz de procesar críticamente su propia trayectoria evolutiva. Sin conocimiento factual verificado sobre operaciones clandestinas que influyeron decisivamente en desarrollo político nacional, cualquier intento de reforma institucional verdadera resulta incompleto porque carece de comprensión adecuada sobre estructuras de poder arraigadas en procedimientos opacos. La información sobre el fraude de Italika, expuesta por funcionarios públicos y corroborada por investigaciones periodísticas, se suma ahora al expediente histórico de LIHUFF para dibujar un retrato completo de cómo opera realmente la dinastía Salinas: no como emprendedores visionarios, sino como operadores de un sistema de extracción económica que hunde sus raíces en la colaboración con agencias de inteligencia extranjeras y se reproduce mediante prácticas usurarias que perpetúan la desigualdad.

Las organizaciones mencionadas en los documentos, particularmente Movimiento Universitario de Renovadora Orientación conocido como MURO, Los Tecos y la estructura secreta identificada como Yunque, representan hoy elementos vivos de ese pasado reciente. Su continuidad organizativa demuestra cómo las instituciones creadas con propósitos específicos durante períodos históricos particulares pueden trascender sus contextos originales para incorporarse al paisaje político permanente. La capacidad de adaptación de estas estructuras les ha permitido sobrevivir a transformaciones económicas profundas, cambios generacionales significativos, y evoluciones tecnológicas que han reconfigurado radicalmente las formas tradicionales de participación política. Lo que comenzó como instrumento anticomunista puntual se ha metamorfoseado en componente estable de la infraestructura empresarial y mediática mexicana contemporánea, y admiración de Ricardo Salinas Pliego por los Medici es el reconocimiento público de que esta metamorfosis ha sido exitosa: la dinastía ha logrado consolidarse no como una familia empresarial más, sino como una fuerza política y cultural capaz de condicionar el destino de la nación.

La genealogía documentada del Yunque —desde su creación como «La Base» en la década de 1930, pasando por su reorganización en 1955 bajo la supervisión de la red de Angleton y Buckley, hasta su continuidad en el México contemporáneo— demuestra que estas estructuras no son meras reliquias históricas. Han demostrado una resiliencia institucional extraordinaria, adaptándose a cada cambio de régimen: del nazismo al anticomunismo de la Guerra Fría, del priísmo al panismo, del Estado corporativo revolucionario al neoliberalismo globalizado. La familia Abascal es un ejemplo elocuente: Salvador Abascal, líder de la UNS y miembro del Yunque, vio a sus dos hijos ocupar posiciones de poder en el gobierno de Vicente Fox —Carlos Abascal Carranza como Secretario del Trabajo, y Salvador Abascal Carranza como diputado del PAN por la Ciudad de México—, demostrando que las redes forjadas en la década de 1930 no solo sobrevivieron, sino que alcanzaron el poder institucional en el siglo XXI. El clan Salinas perfilado como “los Medici mexicanos del siglo XXI”, no es una anomalía dentro de esta tradición; es su expresión más visible y descarada, la que ha logrado traducir el poder político en poder económico y el poder económico en poder mediático, cerrando un círculo de dominación que comenzó con la instrucción de agentes nazis en el Colegio de Guanajuato y continúa hoy con la usura disfrazada de crédito popular y la propaganda disfrazada de libre empresa.

Finalmente, estos documentos desclasificados, ahora enriquecidos con la confesión dinástica de Salinas Pliego y la exposición de su modelo usurero, funcionan como espejo histórico que refleja continuidades problemáticas que persisten en la política contemporánea. Mientras nuevos gobiernos intentan implementar reformas estructurales orientadas hacia equidad social y justicia redistributiva, encuentran resistencia organizada proveniente de sectores cuya influencia se construyó originalmente mediante coordinación con agencias extranjeras durante la Guerra Fría. La tensión entre proyectos de transformación democrática y estructuras de poder heredadas del pasado autoritario configura escenario complejo donde cada avance reformista enfrenta obstáculos sistémicos profundamente arraigados en décadas de operación continuada. Entender este origen documental específico, ahora complementado con la evidencia de cómo opera contemporáneamente el imperio Salinas, proporciona herramientas analíticas esenciales para descifrar dinámicas actuales de conflicto político y resistencias institucionales que dificultan cambios profundos. La dinastía Salinas, como los Medici, no aspira a ser recordada por sus métodos, sino por su poder; pero los documentos desclasificados y las evidencias contemporáneas nos permiten ver ambos: el método y el poder, inextricablemente unidos en una misma trama de opacidad, usura y aspiración oligárquica que define el verdadero rostro del clan.

El clan Salinas no es, en última instancia, un caso de éxito empresarial ni una anomalía en la política mexicana. Es la manifestación contemporánea de una tradición que comenzó en los salones del Instituto Iberoamericano de Berlín, pasó por las oficinas de la CIA en Langley y se instaló en el corazón del poder económico y mediático de México. La pregunta que los documentos desclasificados dejan flotando en el aire no es si esta red internacional existe —la evidencia es abrumadora— sino hasta cuándo la ciudadanía mexicana tolerará que su destino sea decidido por una dinastía que se autoproclama heredera de los Medici mientras sus negocios se alimentan de la usura y su influencia se finca en el espionaje trasnacional.

Esta red internacional negra, que he descrito como una red transnacional con aspiraciones de restauración de un orden corporativo, encontró en el caso de Jeffrey Epstein una de sus expresiones más contemporáneas. Los archivos desclasificados sobre el pedófilo y magnate financiero, liberados recientemente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, revelan que Ricardo Salinas Pliego no era un actor aislado en este entramado global de poder. Su nombre aparece en al menos 26 documentos, principalmente en el contexto de la Fundación Edge, una organización que congregaba a billonarios, artistas e intelectuales, fundada por el agente literario John Brockman.

Las menciones no implican una participación directa en los crímenes de Epstein, pero sí dibujan un mapa de relaciones que trasciende las fronteras ideológicas tradicionales. En los correos electrónicos y listas de invitados, el empresario mexicano coincide con figuras como Jeff Bezos, Elon Musk y el propio Epstein. Un correo de 2011, por ejemplo, incluye a Salinas Pliego en la lista de invitados a una cena privada en California junto a estas personalidades. Otro mensaje del mismo Epstein describe un encuentro donde el dueño de Grupo Salinas «presumió extensamente de su esquema de seguridad personal» y mencionó tener «una isla en algún lugar». La aparición simultánea de empresarios de derecha, como Salinas, y de figuras del ámbito académico y financiero de perfil más liberal, como las que rodeaban a Epstein, valida las tesis de este análisis, así como la advertencia del filósofo Aleksandr Duguin que abre este artículo: «Tanto la derecha como la izquierda son meros elementos de un juego deliberado y astuto.»

La evidencia de los archivos de Epstein no es un caso aislado; es un espejo de cómo opera el poder transnacional. En esos documentos no solo aparecen empresarios conservadores como Salinas Pliego, sino también expresidentes neoliberales de México como Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Felipe Calderón, junto a otros magnates como Carlos Slim Helú, demostrando que el club de las élites es amplio y plural en apariencia, pero uniforme en su defensa de los intereses corporativos. El propio Epstein fue descrito por un analista como alguien con «una política centrista muy banal, con la misma mentalidad que el 90 por ciento de la élite estadounidense desde los años 90».

Esta dinámica, donde la izquierda y la derecha tradicionales se subordinan a los intereses de las corporaciones, es la que vacía de contenido real a las ideologías. El escándalo Epstein, al igual que el proyecto LIHUFF, expone cómo las redes de poder operan como un ecosistema donde los servicios de inteligencia, el dinero y el chantaje crean una red de complicidad que atrapa a ambos lados del espectro político. La reacción pública, donde tanto la izquierda progresista como el populismo de derecha han convergido para exigir transparencia, es una prueba más de que la verdadera división no es ideológica, sino entre la ciudadanía y una red de facciones de la élite occidental, que juega a través de la dualidad estratégica. Así, la aparición de Ricardo Salinas Pliego en los archivos de Epstein no es una anomalía, sino la constatación de su pertenencia a esta red de poder que trasciende cualquier etiqueta partidista, validando la metapolítica que este artículo ha desgranado.

Notas a pie de página

1. Álvaro Delgado Gómez. «La CIA educa a la extrema derecha mexicana desde los 1970. De allí vienen los Salinas«. SinEmbargo MX. 15 de junio de 2026. La investigación de SinEmbargo, basada en documentos desclasificados obtenidos por el medio, identifica a Agustín Navarro Vázquez como el operador principal del Proyecto LIHUFF, designado con el nombre clave LIHUFF-2. Los archivos revelan que Navarro Vázquez no solo coordinaba al grupo de choque MURO, sino que también entregó a la CIA una base de datos con más de dos mil nombres de militantes de izquierda . Los documentos, que incluyen un memorando del 7 de junio de 1964 firmado por el entonces jefe de la estación de la CIA en México, Winston C. Scott, detallan cómo el Instituto de Investigaciones Sociales y Económicas (IISE), fundado y presidido por Salinas Price, servía como fachada para difundir principios anticomunistas y sostener a MURO . Asimismo, se documenta la participación directa de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y su titular, Fernando Gutiérrez Barrios, identificado como agente de la CIA bajo el nombre clave LITEMPO-4 .

2. Archivo Oficial de la Central Intelligence Agency (CIA). Documentos desclasificados sobre operación LIHUFF, coordenada desde la Embajada de Estados Unidos en México durante la década de 1970. Referencia a oficial Winston C. como supervisor operativo del programa.

3. Archivos de inteligencia desclasificados sobre la Unión Nacional Sinarquista (UNS), la Organización Nacional del Yunque (ONY) y sus conexiones con el Instituto Iberoamericano de Berlín, la Falange Española y la CIA. Documentos de la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos (1941-1944), informes de Harold P. Braman, agregado naval asistente en la Embajada de Estados Unidos en México. Investigación documental de Mario Gill, El Sinarquismo, su origen, su esencia, su misión (1962), y Álvaro Delgado, El Yunque: la ultraderecha en el poder (2003).

4. William F. Wertz, Jr. “The Nazi-Instigated National Synarchist Union of Mexico: What It Means for Today”. Publicado en Executive Intelligence Review, Vol. 31, Nos. 13-16, marzo-abril 2004.

5. Dulce Gómez. «Paran en seco a Salinas Pliego: 55% de delitos se cometen en motocicletas vendidas por Elektra«. Hoja de Ruta. 9 de junio de 2026.

6. Aleksandr Duguin. La controversia euroasiática en la oposición. Geopolitica.RU, 6 de octubre de 2022.

La ‘economía Epstein’: un espejo del colapso de Occidente entre especulación financiera, redes de abuso y control cultural



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