Por Mente Alternativa
Hace apenas unas horas, Helga Zepp-LaRouche, fundadora del Schiller Institute, advertía que «estamos más cerca de la Tercera Guerra Mundial que en ningún otro momento previo”, al revisar las espirales de conflicto en Irán y Ucrania. La afirmación, recogida por The LaRouche Organization, no es un mero ejercicio retórico, sino el diagnóstico de una estratega que observa cómo los acuerdos firmados en la región, lejos de apagar incendios, parecen bendecir la política del Gran Israel y sepultar cualquier atisbo de entendimiento entre Moscú y Washington. El espíritu de Alaska, aquel destello de diálogo que pareció brillar en la cumbre de Anchorage entre Trump y Putin, yace hoy cadáver en la geopolítica, y su ausencia nos arrastra hacia el abismo de una confrontación que amenaza con devorar los cimientos de la civilización.
El tablero internacional se ha convertido en un polvorín donde cada movimiento parece diseñado para acelerar la chispa final. Mientras el mundo contenía la respiración ante las conversaciones técnicas entre Irán y Estados Unidos en Doha, la realidad sobre el terreno desmentía cualquier esperanza. El acuerdo entre Israel y Líbano, refrendado por la firma de Marco Rubio, no es un pacto de paz, sino una licencia para la expansión territorial israelí, una maniobra que deja el Memorando de Entendimiento con Teherán como un mero papel mojado. La posibilidad de una guerra civil en Líbano, ante la negativa de Hezbolá a desarmarse, es solo una de las múltiples fracturas que amenazan con desgarrar la región.
Simultáneamente, el frente ucraniano no ofrece respiro. Los ataques con drones sobre territorio ruso, intensificados y apoyados directamente por gobiernos europeos, han llevado a Moscú a considerar la guerra no como un conflicto bilateral, sino como una agresión orquestada por la OTAN. El presidente Putin, en su intervención ante el partido Rusia Unida, calificó la situación como un ataque sin precedentes del establishment occidental, una retórica que, lejos de ser un ardid diplomático, refleja una percepción real de asedio. Los analistas más pesimistas, como el propio Serguéi Karagánov, ya no descartan la posibilidad de que Rusia recurra a un arma nuclear para disuadir a una Europa que parece empeñada en una «guerra eterna» contra ella. La locura de esta escalada es tal que incluso la propuesta de un nuevo banco de defensa transatlántico, impulsado por los primeros ministros de Canadá y Luxemburgo, ha sido comparada por Zepp-LaRouche con el financiamiento hiperinflacionario de Schacht a la maquinaria bélica de Hitler, una burbuja financiera que podría precipitar el colapso de la economía real.
Frente a este panorama desolador, la conmemoración del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos adquiere una resonancia trágica y, al mismo tiempo, una urgencia renovada. La fundadora del Schiller Institute insiste en que la única salida a este callejón sin salida geopolítico no reside en la táctica militar, sino en el retorno a los principios universales de soberanía y consentimiento que inspiraron la revolución americana. Para Zepp-LaRouche, la Declaración no es un simple documento histórico, sino un acta de emancipación no solo de las colonias, sino de toda la humanidad frente al modelo oligárquico del Imperio Británico y sus herederos venecianos. La batalla de ideas, olvidada en los corredores del poder, debe reanudarse con la misma pasión con la que los padres fundadores se alzaron contra la corona. Se trata de declarar la independencia de una geopolítica imperial que concibe al mundo como un tablero de dominación, y abrazar un nuevo paradigma de cooperación basado en el desarrollo de las naciones y el respeto a la soberanía.
La esperanza, sin embargo, no es un lujo que podamos permitirnos, sino una exigencia ética. Es necesario detenerse y dar la vuelta. La ciudadanía está empezando a responder. Las recientes derrotas de candidatos alineados con el lobby pro-israelí en las primarias de Nueva York y Colorado son un síntoma de un despertar de la conciencia política, una señal de que la población exige un cambio de rumbo. Sin embargo, la movilización ciudadana no será suficiente si no va acompañada de un cambio profundo en la percepción del mundo. Como recuerda la propia Zepp-LaRouche, la verdadera independencia consiste en comprender que el sistema de economía política estadounidense, forjado por Alexander Hamilton y basado en el crédito soberano para fomentar la productividad, es la antítesis del libre comercio depredador del Imperio Británico. Este conocimiento, enterrado por la narrativa de la «relación especial» y la dominación cultural, es el arma más poderosa para desmontar el engranaje bélico actual.
Estamos, pues, en una encrucijada histórica. La posibilidad de una conflagración nuclear nunca ha sido tan tangible. La muerte del diálogo entre las grandes potencias, simbolizada por el fracaso del proceso de Anchorage, nos ha dejado huérfanos de una estrategia de paz. En este contexto, la Declaración de Independencia no es un monumento del pasado, sino un faro para el futuro. Su mensaje de que los gobiernos derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados es la única base sólida para construir un orden mundial justo y duradero. La pregunta que nos plantea Helga Zepp-LaRouche, en la víspera del 4 de julio, es si estaremos a la altura del desafío de nuestros antepasados fundadores, o si permitiremos que el imperio, cual ave fénix, renazca de sus cenizas para consumirnos a todos.
Fuentes consultadas
The LaRouche Organization. On This 250th Anniversary, Bury Colonialism Once and for All. 1 de julio de 2026.