Por José Luis Preciado
“Derrocaremos a Xi… hagámoslo, hermano.” -Steve Bannon a Jeffrey Epstein en junio de 2019.
Durante años, los medios sistémicos y un sector de la disidencia describieron a Steve Bannon como el arquitecto intelectual del nacional-populismo que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. En 2018, el diario El País lo retrataba como el estratega que exportaba a Europa una insurgencia soberanista destinada a demoler el “globalismo” y refundar la derecha occidental (1). El relato era claro: Bannon encarnaba la rebelión contra Bruselas, contra las élites liberales, contra la inmigración masiva y contra el consenso transatlántico. Era el ideólogo de una ruptura histórica.
Pero investigaciones independientes (2, 3, 4), y en particular una de Daniel Platt y Margaret Scialdone, publicada en 2022 por Executive Intelligence Review (EIR) (5), ofrecía un diagnóstico radicalmente distinto. Según esos análisis, Bannon no sería un insurgente antisistema, sino un operador incrustado en redes vinculadas a la aristocracia europea y a centros de pensamiento anglófilos —como la Henry Jackson Society, relacionada con figuras influyentes y con nexos en círculos militares, de inteligencia y de la élite financiera del Reino Unido, así como el Dignitatis Humanae Institute, conectado con casas reales europeas y con la Orden de Malta—. A ello se suman estructuras asociadas a la llamada “relación especial” británico-estadounidense: su expansión mediática, por ejemplo con Breitbart en Londres, y sus alianzas estratégicas lo habrían vinculado con cuadros procedentes de las élites políticas y sociales británicas, sectores de la aristocracia y círculos de influencia que actúan como puente entre la antigua nobleza europea y los centros de poder financiero y geopolítico del mundo anglosajón.
Su papel no habría sido romper el orden, sino neutralizar cualquier deriva verdaderamente soberanista dentro del fenómeno Trump, bloqueando acercamientos estratégicos con Rusia o China y reencuadrando el descontento popular dentro de parámetros compatibles con la geopolítica imperial. El supuesto anti-globalista operaría, en realidad, como válvula de contención.
La pieza que faltaba en este rompecabezas acaba de emerger con la publicación parcial y curada de los archivos judiciales vinculados a Jeffrey Epstein (apenas un tercio del total del expediente). Según reveló Christopher Lamb (6), Bannon intercambió mensajes con Epstein en 2019 en los que expresaba su intención de “derrocar” al papa Francisco y a Xi Jinping. No se trataba de una crítica teológica. Se trataba de una estrategia política. Bannon veía en Francisco un obstáculo para su proyecto “soberanista” y buscó instrumentalizar el libro “En el armario del Vaticano” (In the Closet of the Vatican) para erosionar su autoridad moral. El detalle no es menor: Epstein —ya condenado en 2008 por delitos sexuales— aparecía como posible productor ejecutivo del proyecto audiovisual. El mismo Epstein que ironizaba sobre gestionar reuniones con el pontífice y que, en sus mensajes con Bannon, se identificaba con la máxima miltoniana: “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.
Según Newsmax (7), a finales de 2018, tras la recuperación demócrata de la Cámara de Representantes, Steve Bannon expresó por mensaje a Jeffrey Epstein su temor de que la Casa Blanca no tuviera “ningún plan para contraatacar” la creciente presión política; cuando Epstein respondió que Trump estaba “al límite”, Bannon replicó que la situación iba “más allá del límite”, aludiendo a la Enmienda 25. Estos intercambios, que se extendieron hasta poco antes del arresto de Epstein en julio de 2019 —cuando escribió a Bannon “Se cancela todo”—, incluyen solicitudes logísticas desde Roma para que Epstein enviara su avión o pagara un vuelo chárter, así como mensajes personales como “¿Me quedo contigo esta noche?”. El medio sugiere que la difusión de estas conversaciones podría avivar divisiones en el entorno de Trump, al tiempo que pone en evidencia la cercanía entre Bannon y Epstein y deja abiertas interrogantes sobre el alcance de sus consultas políticas.

Aquí la dualidad se revela con nitidez. El Bannon que se presentaba como defensor de la tradición judeocristiana dialogaba con un financiero pedófilo desacreditado para socavar al líder espiritual de más de mil millones de católicos, independientemente de que este sirviera a la causa ultraglobalista. El mismo Bannon que promovía una “escuela de gladiadores” para defender la cultura occidental judeo-cristiana en el monasterio de Trisulti –junto a Benjamin Harnwell y el Dignitatis Humanae Institute– aparecía simultáneamente articulando redes mediáticas y operaciones psicológicas con actores del mundo financiero más oscuro. No es contradicción: es método.
En Occidente, los antagones operan desde la perspectiva conceptual que he desarrollado durante años en Mente Alternativa (MA), lo que emerge no es una incoherencia personal, sino una lógica estructural. Dos facciones de la élite occidental compiten en la superficie y encarnan, en realidad, un mismo sistema cuya genealogía simbólica puede rastrearse hasta los antiguos cultos apolíneos y cuyos antecedentes políticos inmediatos se encuentran en la lucha de facciones dentro de Venecia a finales del siglo XVI, cuando la Serenísima República era una potencia de la economía-mundo protoglobalista y protocapitalista por derecho propio. Los Giovani, o Nuevo Partido Veneciano, aspiraban a proyectar el modelo marítimo veneciano hacia Inglaterra y los Países Bajos, consolidando nuevas potencias oceánicas; los Vecchi, o Viejo Partido Veneciano, preferían mantener la base mediterránea tradicional vinculada a Roma.
En su traducción contemporánea, esas corrientes se manifiestan como la facción liberal-globalista horizontal y la nacional-populista vertical. Ambas chocan en el plano discursivo, pero comparten un objetivo estratégico: preservar el control del sistema en manos de las élites occidentales, pues todas estas se entrelazan como círculos de Euler, incluso dentro de un orden multipolar atravesado por el caos y la inestabilidad. La facción liberal promueve agendas cosmopolitas y la desregulación financiera; la facción “soberanista” canaliza el resentimiento popular, lo reviste de símbolos identitarios y lo redirige hacia enemigos funcionales, manteniendo intacta la arquitectura profunda del poder dentro de los límites de un mismo marco civilizatorio oligárquico; más aún, articulan una dialéctica manufacturada al estilo hegeliano, en la que tesis y antítesis están contenidas dentro del mismo perímetro estratégico. La síntesis resultante permite a esas redes de la élite occidental metamorfosearse, reconfigurarse y evitar quedar fuera del Juego, al tiempo que convergen en la definición de un adversario común: cualquier proyecto verdaderamente soberanista, particularmente el que encarna China en el tablero geopolítico contemporáneo.
Pero, además, la contrainteligencia occidental se ocupa de preparar el terreno para infiltrar componentes del proyecto ultraglobalista dentro del emergente proyecto multipolar basado en macroregiones. En mi hipótesis de trabajo, la forma idónea de implantar tecnocracias neofeudales a escala regional no es mediante un globalismo homogéneo y frontal, sino a través de su conjugación con el verticalismo político: es decir, mediante una síntesis dialéctica entre las redes horizontales del globalismo financiero-tecnocrático y las estructuras verticales de la derecha occidental. En esa convergencia, aparentemente antagónica, se incubaría una nueva arquitectura de poder que combina centralización soberanista en la forma y gobernanza algorítmica transnacional en el fondo. Eso explicaría también el giro actual hacia a la derecha en América Latina, que coincide con la “nueva” estrategia hemisférica de Estados Unidos bajo Donald Trump, donde las prioridades de Washington y la disputa geopolítica con China redefinen el tablero regional.
Vínculos entre el Estado Profundo chino, Steve Bannon y la nobleza negra
El caso Bannon es paradigmático. Para los medios progresistas, es el villano reaccionario. Para parte de la derecha, el estratega visionario. Para la investigación de Platt y Scialdone, Bannon es el agente de la oligarquía angloestadounidense y monárquica europea. Para los archivos de Epstein, un actor dispuesto a fusionar poder espiritual y poder político con fines estratégicos. La pregunta no es cuál relato elegir, sino qué estructura subyacente conecta todos.
Si el populismo se convierte en instrumento de ingeniería social; si la fe se instrumentaliza como arma cultural; si la rebelión termina encapsulada en plataformas financiadas y coordinadas desde redes transatlánticas; entonces no estamos ante una revolución, sino ante una gestión del conflicto. La alternancia de modelos antagónicos —progresismo globalista y nacionalismo identitario— funciona como una dialéctica controlada. Steve Bannon no sería, entonces, la anomalía del sistema, sino uno de sus engranajes más sofisticados: el operador que convierte la disidencia en combustible del mismo orden que dice combatir. Y eso explica por qué, más allá de los escándalos, las redes permanecen.
Al conjugar todo esto con la tesis del poeta y lingüista David Gosselin sobre la dualidad tragedia–comedia como instrumento de hegemonía cultural, la cual analicé en otro artículo (8), se comprende que Bannon no encarnaría una ruptura auténtica, sino una forma sofisticada de canalización del malestar. Dramatiza la “tragedia” del ocaso occidental —la inmigración masiva, el globalismo financiero, la crisis moral y la erosión de la soberanía— generando un clima de urgencia histórica; pero simultáneamente recurre a la “comedia” populista —la sátira contra el establishment, el tono irreverente, la provocación mediática— como mecanismo de seducción emocional. En esa combinación, la indignación se convierte en espectáculo y la rebeldía en narrativa administrada.
Por ejemplo, en 2018, Bannon describió su estrategia mediática con la frase explícita “Inundar la zona con basura” (Flood the zone with shit). La idea era saturar el espacio informativo con múltiples narrativas para desorientar a la prensa convencional y romper su capacidad de fijar agenda. Es un ejemplo claro de provocación consciente y orden a través del caos, pues pretende desafiar al establishment desprestigiándose a sí mismo con lenguaje crudo, casi vulgar, diseñado para escandalizar.
Steve Bannon adopta asimismo un registro trágico cuando abandona la burla y la provocación irónica para situar el conflicto en términos existenciales, civilizatorios o apocalípticos. No es el Bannon satírico contra el establishment, sino el Bannon que habla de decadencia histórica, guerra y colapso. En su programa War Room, por ejemplo, ha descrito la lucha contra el Partido Comunista Chino como una guerra existencial por la civilización occidental (sic), utilizando un tono casi milenarista y reciclando el concepto del choque de civilizaciones, que tiene sus raíces en la estrategia geopolítica atribuida al historiador y experto en inteligencia y seguridad del Reino Unido Bernard Lewis, orientada a fomentar conflictos religiosos —especialmente en Oriente Medio— como instrumento de desestabilización, y como parte de un montaje programado para llevarnos a aceptar lo inaceptable.
Esa oscilación trágico-cómica no sería espontánea ni puramente ideológica, sino funcional. Tal como advierte Gosselin, tanto la tragedia como la comedia pueden ser degradadas cuando se transforman en productos de consumo simbólico: la primera convertida en sensacionalismo, la segunda en entretenimiento vacío. Bajo esa lógica, la figura de Bannon ilustraría cómo la energía disidente puede ser cooptada mediante una dramaturgia cuidadosamente modulada. La aparente rebelión no rompe el marco; lo refuerza al mantener la tensión emocional dentro de límites gestionables. Así, la dualidad deja de ser herramienta civilizatoria y se transforma en dispositivo de contención, donde inteligencia y contrainteligencia operan sobre la conciencia colectiva sin que esta perciba el cerco.
Sobre el autor
José Luis Preciado es antropólogo, historiador, y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.
Notas a pie de página
1. Pablo Guimón, en El País: Bannon, el ideólogo del trumpismo, desembarca en Europa: ‘La historia está de nuestro lado’. 10 de marzo de 2018.
2. MA: El peligroso giro sinofóbico del culto de Steve Bannon. 6 de julio de 2020.
3. Jorge Guerra: Desmontando el fenómeno QAnon / Donald Trump. 12 de junio de 2020.
4. Matthew Ehret, en The Last American Vagabond: Steve Bannon and China’s Deep State. 2 de enero de 2023.
5. Daniel Platt y Margaret Scialdone, en Executive Intelligence Review: Steve Bannon: Agent of Anglo Oligarchy and Its Monarchist European Friends. Vol. 49, No. 19, pp. 29–35, 13 de mayo de 2022.
6. Christopher Lamb, en CNN: Steve Bannon courted Epstein in his efforts to ‘take down’ Pope Francis. Febrero de 2026, basado en archivos del Departamento de Justicia de EE. UU.
7. Newsmax Wires: Steve Bannon Close to Epstein, Backed Trump Removal. Newsmax, 17 febrero 2026. Publicado en línea en Newsmax.com; artículo sobre mensajes de texto entre Steve Bannon y Jeffrey Epstein que muestran discusiones sobre la Enmienda 25 y una cercana relación antes del arresto de Epstein.
8. David Gosselin: When Baal and Moloch Saved the World. From tragedy to comedy. 16 de febrero de 2026.