Por José Luis Preciado
En su ensayo Cuando Baal y Moloch salvaron el mundo (1), el poeta y lingüista David Gosselin retoma una intuición atribuida a Socrates en el Simposio: el verdadero gran dramaturgo debe dominar tanto la tragedia como la comedia, porque ambas son reflejos especulares de una misma verdad sobre la condición humana. Lejos de ser una observación literaria menor, esta tesis encierra una clave civilizatoria de enorme profundidad.
La tragedia y la comedia no son simples géneros teatrales; son tecnologías espirituales. En la Antigua Grecia, durante festivales como las Dionisias, el público transitaba de una a otra como quien atraviesa dos polos de una misma experiencia formativa. La tragedia inducía pathos: obligaba a vivir el error humano y sus consecuencias devastadoras desde una distancia segura. La comedia, en cambio, permitía reír ante la necedad y el poder, desactivando el miedo y la solemnidad paralizante.
Gosselin sugiere que ambas formas constituyen una pedagogía de la conciencia colectiva. La tragedia enseña previsión; la comedia enseña desapego. La primera prepara para el sacrificio y la responsabilidad; la segunda permite desenmascarar al poder cuando éste se reviste de inevitabilidad histórica. En conjunto, conforman el arte como herramienta civilizatoria.
En nuestra época, marcada por guerras narrativas permanentes y por la ingeniería emocional de masas, esta dualidad adquiere una dimensión estratégica. Las élites contemporáneas no solo disputan territorios o recursos: disputan relatos. El control cultural ya no depende únicamente de la censura directa, sino de la capacidad de imponer marcos interpretativos que definan qué es trágico y qué es risible.
La tragedia moderna se manifiesta en la constante apelación al miedo: crisis climáticas apocalípticas, amenazas sanitarias globales, colapsos financieros inminentes. El pathos se utiliza como herramienta de disciplinamiento. Pero sin el contrapeso de la comedia —sin la capacidad de reír ante la pomposidad del poder— la sociedad queda atrapada en una narrativa única, emocionalmente cargada e intelectualmente clausurada.
Aquí radica el punto central: la comedia, cuando es auténtica, desmitifica. Permite decir lo indecible. Hace posible abordar temas que, en un clima puramente trágico, serían tabú. Al ridiculizar la pretensión de omnipotencia del poder, devuelve a los ciudadanos una cuota de soberanía interior.
Sin embargo, la comedia también puede ser cooptada. Convertida en simple entretenimiento vacío, neutraliza en lugar de liberar. Lo mismo ocurre con la tragedia: degradada en espectáculo sensacionalista, pierde su capacidad de generar auténtica catarsis y previsión. La dualidad solo funciona como herramienta civilizatoria cuando mantiene su profundidad filosófica.
La intuición socrática retomada por Gosselin es, en el fondo, política. Un pueblo incapaz de producir tragedias significativas pierde memoria histórica. Un pueblo incapaz de producir comedias incisivas pierde libertad interior. Ambos extremos conducen a la manipulación cultural.
En tiempos de hegemonía narrativa global, donde las plataformas digitales amplifican emociones a escala planetaria, el arte vuelve a ser un campo de batalla central. No se trata únicamente de estética, sino de arquitectura mental colectiva. Quien controla el tono —trágico o cómico— controla la percepción de la realidad.
El arte como herramienta civilizatoria implica comprender que la supervivencia cultural no depende solo de instituciones formales, sino de la capacidad simbólica de una sociedad para representarse a sí misma con lucidez. La tragedia permite enfrentar el destino; la comedia permite relativizar al tirano. Sin ambas, la comunidad se vuelve vulnerable a mitologías fabricadas desde arriba.
Gosselin, al rescatar esta dualidad clásica, nos recuerda que la verdadera batalla no es entre optimismo y pesimismo, sino entre conciencia y manipulación. La civilización que conserva la tensión creativa entre tragedia y comedia mantiene su equilibrio interno. La que pierde uno de los polos queda expuesta a la ingeniería cultural del poder.
En última instancia, el arte no salva al mundo por sí solo. Pero sin arte —sin esa oscilación consciente entre lo trágico y lo cómico— ninguna civilización puede sostener su autonomía espiritual frente a las fuerzas que buscan modelarla desde la sombra.
Notas a pie de página
1. David Gosselin: When Baal and Moloch Saved the World. 16 de febrero de 2026.