Oscuro Claro
El giro a la derecha en América Latina coincide con una nueva estrategia hemisférica de Estados Unidos bajo Donald Trump, donde las prioridades de Washington y la disputa geopolítica con China redefinen el tablero regional.

Por Mente Alternativa

El giro a la derecha en América Latina que hoy celebran figuras como Javier Milei no es un fenómeno aislado ni espontáneo, sino un proceso político que converge con la estrategia hemisférica de seguridad impulsada por Donald Trump. Así lo analiza el veterano diplomático y analista geopolítico M. K. Bhadrakumar en un artículo publicado por India Punchline, donde vincula el ascenso de liderazgos conservadores y de extrema derecha en la región con las prioridades estratégicas de Washington en el actual contexto de transición global.

La victoria de José Antonio Kast en la segunda vuelta presidencial en Chile, con un contundente 58% frente al 42% de la candidata comunista Jeannette Jara, se convirtió en el símbolo más reciente de este viraje político. Aunque Kast no fue el candidato más votado en la primera ronda y su triunfo se explica por la convergencia de todas las fuerzas de derecha, el resultado refuerza la percepción de una tendencia regional: elección tras elección, la izquierda pierde terreno frente a opciones conservadoras, muchas veces por márgenes amplios. El propio Milei lo celebró difundiendo un mapa de Sudamérica dividido entre el “avance de la libertad” y el repliegue de la izquierda.

Sin embargo, el fenómeno va más allá de Chile. Bhadrakumar sitúa esta victoria en una secuencia que incluye el triunfo de Rodrigo Paz en Bolivia, el avance parlamentario de Milei en Argentina, el desempeño de Nasr Asfura en Honduras —abiertamente respaldado por Trump— y la consolidación de gobiernos conservadores en Ecuador, Paraguay y El Salvador. Este alineamiento coincide con el hecho de que América Latina ha sido elevada a prioridad estratégica en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en un momento en que la población latina dentro del propio país norteamericano alcanza ya uno de cada cinco habitantes.

El caso chileno, no obstante, introduce una dimensión ética inquietante. Kast es un defensor declarado de Augusto Pinochet y no ha ocultado su admiración por la dictadura que dejó decenas de miles de torturados y miles de asesinados. Lejos de perjudicarlo, este posicionamiento reactivó un pinochetismo latente que nunca desapareció del todo: incluso en el plebiscito de 1988, Pinochet conservó el apoyo del 44% del electorado, una base que posteriormente se redistribuyó dentro de la derecha tradicional. Encuestas recientes muestran que alrededor de un tercio de los chilenos aún considera al dictador como uno de los “mejores líderes” de la historia del país.

A ello se suma el desgaste del gobierno de Gabriel Boric, marcado por la inflación, el estancamiento económico, el aumento del crimen y la inmigración irregular. Desde 2018, la economía chilena prácticamente no ha crecido en términos reales, un fracaso que Kast capitalizó con un discurso de orden, ajuste fiscal y mano dura contra el narcotráfico. Este patrón se repite en otros países: más que una adhesión ideológica profunda a la extrema derecha, existe un voto de castigo contra los gobiernos incumbentes.

Bhadrakumar subraya que esta “nueva derecha” adopta formas distintas según el país: libertaria en Argentina, autoritaria en El Salvador, reformista en Bolivia, nativista y nacionalista en Estados Unidos. En todos los casos, desplaza a una centroderecha más moderada y se beneficia de un clima de incertidumbre social y económica. En Chile, Kast propone un programa económico alineado con el libre mercado, la privatización de sectores estratégicos como el cobre y la apertura del litio al capital privado, en sintonía con Milei y con la visión de Trump sobre inmigración y seguridad.

El trasfondo geopolítico es ineludible. Chile se convierte en un espacio de disputa entre Estados Unidos y China, su principal socio comercial. Aunque Washington sigue siendo el mayor inversor, desplazar la influencia económica china será un desafío considerable. A diferencia de la lógica histórica de la Doctrina Monroe, hoy inviable, China no busca imponer esferas de influencia mediante la fuerza, sino operar en un marco de competencia económica abierta.

En última instancia, el giro a la derecha en América Latina no responde tanto a una imposición externa como a transformaciones internas profundas. La extrema derecha no constituye una mayoría estable, pero con apoyos del 25 al 30% y una fuerte inercia política, logra capitalizar el descontento social y alinearse con una estrategia hemisférica estadounidense que busca recomponer su influencia en una región cada vez más disputada.

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