Oscuro Claro
Hay momentos en la historia en los que el análisis deja de ser una herramienta de anticipación para convertirse en una forma de reconocimiento. El presente pertenece a esa categoría: la guerra en Medio Oriente, el agotamiento del petrodólar, las fragilidades del crédito privado, la irrupción de la inteligencia artificial. No son fenómenos separados que coinciden por azar. Convergen. Y lo que parecían crisis independientes revelan su naturaleza verdadera: son una misma cosa. Las cartas de la historia se están repartiendo, y el mundo atraviesa una convergencia inédita de crisis macrohistóricas, una superposición de quiebres civilizatorios —la del largo siglo XVI, la de la Antigüedad tardía, la del Paleolítico superior— cuya complejidad no tiene equivalente en la historia reciente. Lo que sigue no es un pronóstico, sino un intento de cartografía: trazar las coordenadas en las que convergen la fragilidad del crédito privado, el agotamiento del petrodólar y la disrupción tecnológica que redefine el valor del trabajo humano.

Por José Luis Preciado

I: La convergencia de los quiebres

Hay momentos en la historia en los que el análisis deja de ser una herramienta de anticipación para convertirse en una forma de reconocimiento. El presente pertenece a esa categoría: el mundo atraviesa hoy una convergencia inédita de crisis macrohistóricas, una superposición de quiebres civilizatorios cuya complejidad no tiene equivalente en la historia.

El historiador ruso Andrei Fursov, conocido por sus análisis heterodoxos sobre los ciclos largos de la civilización occidental, ha propuesto una clave de lectura que resulta particularmente iluminadora. Según Fursov, la macrocrisis actual hereda la combinación de dinámicas de tres grandes rupturas históricas: la del largo siglo XVI, con su mercantilización extrema y lucha de élites; la de la Antigüedad tardía, marcada por colapso institucional y desintegración cultural; y la del Paleolítico superior, caracterizada por disrupciones geoclimáticas globales.

Esta triple convergencia actualmente configura un patrón de inestabilidad sistémica que amenaza con desestabilizar los cimientos del capitalismo tardío y del Estado moderno. En este umbral, el análisis deja de proyectar escenarios para identificar patrones que ya están en marcha, aunque la conciencia colectiva apenas los perciba. No se trata de crisis aisladas ni de una sucesión de eventos desconectados, sino de una mutación sistémica.

En esta ocasión dejaré el ámbito sociocultural en segundo plano, y me enfocaré en la convergencia de tres vectores de fragilidad: la sobreextensión del crédito global, el agotamiento del orden del petrodólar y la irrupción de una tecnología que redefine el valor económico del ser humano. Esta sincronización de tensiones, estructural y prolongada, evidencia que las cartas de la historia se están repartiendo. Las metaélites —redes transnacionales de poder financiero, tecnológico e institucional que operan por encima de los Estados nacionales— reconfiguran el tablero global, asignando posiciones de poder y redefiniendo estructuras de influencia que permanecerán durante décadas.

La tesis que atraviesa este ensayo es que la convergencia de crisis financiera, agotamiento geopolítico y disrupción tecnológica no es accidental, sino que responde a una misma dinámica de transición estructural: el paso de un orden basado en la expansión ilimitada de crédito y hegemonía unipolar hacia otro caracterizado por fragmentación, escasez y reconfiguración de jerarquías de poder.

Conviene, sin embargo, precisar: lo que llamamos caos no es el fin del mundo, sino la reconfiguración inevitable de un modelo construido sobre deuda barata, globalización frágil y dependencia estratégica de los propios adversarios. Como ha señalado el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, nos encontramos en medio de una reestructuración del orden mundial que se percibe más bien como una desintegración, en todos los sentidos de la palabra. La lucha por el liderazgo en este nuevo mundo es extremadamente seria. Los factores moderadores que durante décadas garantizaron una cierta estabilidad relativa están desapareciendo.

Durante décadas, el sistema financiero internacional se sostuvo sobre una premisa implícita: el crecimiento podía ser perpetuo si el crédito también lo era. La expansión del balance de los bancos centrales, la financiarización de la economía real y la progresiva sustitución del ingreso productivo por deuda permitieron sostener una ilusión de estabilidad que, en realidad, dependía de una condición frágil: la confianza.

El sistema del petrodólar fue el eje invisible de ese equilibrio, un circuito cerrado de poder donde Estados Unidos emitía la moneda, el mundo la demandaba para acceder a la energía, y los excedentes regresaban como financiamiento de la deuda estadounidense. Esta mecánica permitió sostener déficits estructurales sin consecuencias inmediatas, exportando inflación y absorbiendo liquidez global.

Sin embargo, ese equilibrio dependía de tres pilares: hegemonía militar, estabilidad financiera y confianza institucional. Hoy, los tres muestran signos simultáneos de erosión. Ese equilibrio se construyó sobre ilusiones insostenibles: globalización hipereficiente, deuda barata y keynesianismo sin límites, desindustrialización, baja inversión en defensa, dependencia energética de los adversarios, y una optimización de todo para conseguir el precio más bajo y el margen más alto, olvidando la resiliencia, la soberanía y la cohesión interna de los países. Hoy nos enfrentamos a la factura: salarios estancados, clase media erosionada, deudas degradadas, monedas devaluadas, dependencia estratégica mutua entre potencias que ya no confían entre sí. Cada grieta es consecuencia lógica del mismo error original: priorizar la eficiencia y la apariencia sobre la solidez.

En este contexto de erosión de los tres pilares, emerge un fenómeno que puede entenderse a la luz de las discusiones contemporáneas sobre aceleracionismo. La primera aceleración es visible y coyuntural: ante una crisis, se inyecta liquidez para contener el colapso inmediato del sistema financiero. La segunda aceleración es estructural: la misma crisis se convierte en un mecanismo para reconfigurar y rediseñar las dinámicas del sistema económico y social, alterando sus reglas, relaciones de poder y jerarquías de influencia. Este enfoque reconoce que las tensiones no solo se manifiestan en el corto plazo, sino que operan simultáneamente en niveles más profundos, prolongados y sistémicos.

La guerra en Medio Oriente encaja coherentemente dentro de esta dinámica de doble aceleración. No actúa como la causa fundamental del desorden, sino como un catalizador que amplifica procesos ya existentes. Antes del conflicto, ya se observaban señales claras de deterioro: contracción del crédito, tensiones en mercados inmobiliarios, burbujas sectoriales y desaceleración global. El conflicto proporciona la narrativa que legitima intervenciones extraordinarias, funcionando como un acelerador tanto coyuntural como estructural de la transformación del sistema global.

En este punto resulta fundamental recuperar una observación formulada en su momento por Lyndon LaRouche y retomada recientemente por el geoestratega Dennis Small: en sentido estricto, no existe una crisis de Irán, sino una crisis del sistema global que utiliza a Irán como punto de detonación. Lo que aparece como conflicto regional es, en realidad, una manifestación localizada de tensiones estructurales que atraviesan al conjunto del orden internacional.

II: La Fragilidad Financiera y el Agotamiento del Petrodólar

El epicentro de las vulnerabilidades actuales se encuentra en el mercado de crédito privado, ese universo de financiamiento que ha crecido en la penumbra regulatoria desde aproximadamente 200.000 millones de dólares en 2008 hasta un rango estimado entre 1,8 y 2 billones de dólares en la actualidad. Este crecimiento fue impulsado por tres fuerzas convergentes: la retirada relativa de los bancos del financiamiento corporativo de riesgo medio tras la crisis de 2008, un entorno prolongado de tasas de interés bajas entre 2009 y 2022 que incentivó la búsqueda desesperada de rendimiento, y la demanda insatisfecha de financiamiento por parte de empresas de capital privado y de empresas de mediana capitalización incapaces de acceder a los mercados públicos. Lo que nació como una alternativa eficiente al crédito bancario tradicional se ha convertido, con el paso del tiempo, en un ecosistema financiero paralelo cuyas fragilidades comienzan ahora a revelarse.

Las señales de deterioro son múltiples y convergentes. Proyecciones de UBS Research indican que, en un escenario adverso, las tasas de incumplimiento en crédito privado podrían alcanzar niveles del 12 al 15 por ciento, superando los máximos observados en el mercado de deuda corporativa de alto rendimiento durante la crisis financiera de 2008 y 2009. Morgan Stanley Research reporta que las tasas de incumplimiento actuales se sitúan entre el 7 y el 8 por ciento, con tendencia ascendente en sectores como servicios empresariales, tecnología no rentable y comercio minorista.

Más inquietante aún es el uso creciente de mecanismos como el payment-in-kind, que permite diferir pagos de intereses mediante capitalización, sumando los intereses al capital adeudado y postergando el pago pero incrementando el endeudamiento total. La Reserva Federal de Nueva York ha señalado que esta práctica puede enmascarar el deterioro subyacente y postergar artificialmente la materialización de pérdidas, creando una ilusión de estabilidad que se desvanecerá cuando las condiciones de refinanciación se endurezcan.

Entre 2024 y 2026, varios fondos de crédito privado de grandes gestoras han implementado restricciones a los reembolsos, un fenómeno conocido en la jerga financiera como gating. Límites a los retiros en vehículos de Blackstone y BlackRock, suspensiones temporales de reembolsos en fondos con exposición significativa a bienes raíces comerciales. Estos episodios reflejan un descalce estructural entre la liquidez prometida a los inversores y la iliquidez de los activos subyacentes, préstamos a empresas no cotizadas con plazos de cinco a diez años. Este descalce constituye la vulnerabilidad clásica de todo sistema financiero que promete liquidez inmediata sobre activos ilíquidos, y su manifestación es siempre el prólogo de episodios de estrés más profundos.

El sector de capital privado enfrenta tensiones paralelas. Según datos de Bain & Company, el volumen de activos no realizados supera los 4 billones de dólares, un nivel históricamente elevado. En un entorno de tasas de interés base entre el 4 y el 5 por ciento, frente al rango de 0 a 0,25 por ciento previo a 2022, el modelo tradicional de apalancamiento que requería costos de financiamiento reducidos para generar retornos atractivos enfrenta una presión matemática inexorable.

El mercado de salidas se ha contraído dramáticamente: las ofertas públicas iniciales de empresas respaldadas por private equity cayeron un 45 por ciento en 2025 frente al promedio de 2018 a 2021. Ante esta parálisis, el sector ha utilizado mecanismos como los continuation funds —ventas de activos entre fondos de la misma gestora— y las ventas secundarias internas para proporcionar liquidez sin materializar pérdidas. Si bien estas prácticas son legales, su uso generalizado tiene el efecto de postergar el reconocimiento de pérdidas y ocultar tensiones subyacentes.

A diferencia de 2008, el contexto fiscal de Estados Unidos añade una capa adicional de vulnerabilidad que limita la capacidad de respuesta de las autoridades. Al cierre de 2025, la deuda pública federal se situaba en aproximadamente el 100 por ciento del PIB, con un déficit fiscal anual cercano al 6 por ciento del PIB. El servicio de la deuda representa aproximadamente el 20 por ciento de los ingresos federales, un nivel no observado desde la década de 1990.

Sin embargo, estas cifras macroeconómicas ocultan una realidad más cruda que emerge de los estados financieros consolidados del Tesoro. A finales de marzo de 2026, el Departamento del Tesoro publicó sus balances correspondientes al año fiscal 2025. Los números son reveladores: a 30 de septiembre de 2025, el gobierno registraba activos totales por valor de 6,06 billones de dólares, mientras que sus pasivos declarados alcanzaban los 47,78 billones. El resultado es un patrimonio neto negativo de 41,72 billones de dólares. Entre los años fiscales 2024 y 2025, esta posición consolidada se deterioró en casi 2,07 billones de dólares. Los pasivos totales equivalen ahora a casi ocho veces el valor de los activos declarados.

Pero la obligación no financiada de los programas de seguro social a 75 años experimentó un salto de 10,1 billones de dólares en un solo año, pasando de 78,3 billones en 2024 a 88,4 billones en 2025. Si se sumaran estos 88,4 billones de obligaciones no financiadas a los 47,8 billones de pasivos reconocidos en el balance oficial, la deuda total del Estado rondaría los 136,2 billones de dólares, una cantidad equivalente a cinco veces el producto interior bruto anual de la nación.

La propia Oficina de Responsabilidad Gubernamental, el brazo fiscalizador del Congreso, ha emitido una salvedad de opinión sobre los estados financieros de 2025, la vigésimo novena vez consecutiva que se declara incapaz de determinar si estos reflejan fielmente la realidad, debido a los crónicos problemas de gestión financiera en el Departamento de Defensa y a las debilidades en la contabilización de transacciones intergubernamentales. Esta salvedad recurrente constituye un diagnóstico institucional: ni siquiera los mecanismos de control del Estado pueden garantizar la fiabilidad de las cifras que describen su propia situación fiscal.

Esta realidad fiscal no es un problema futuro o una mera restricción técnica para las autoridades. Es el sustrato sobre el que se asientan todas las demás vulnerabilidades. Porque cuando un Estado opera con un patrimonio neto negativo equivalente a cinco veces su PIB, cada una de sus decisiones —en materia monetaria, militar, energética o geopolítica— se toma desde una posición de fragilidad estructural que ningún portaaviones ni reserva estratégica puede compensar por completo.

En respuesta a esta confluencia de vulnerabilidades financieras y de suministro, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha movilizado su principal herramienta de defensa colectiva: la liberación de reservas estratégicas. El 11 de marzo, sus países miembros acordaron poner a disposición del mercado 400 millones de barriles de petróleo de sus reservas de emergencia, el mayor volumen liberado en la historia de la organización. No obstante, la AIE reconoce que la capacidad de aumentar la oferta es limitada y que la contención de la demanda es, por tanto, una parte crucial de la ecuación de seguridad energética.

La tesis del momento Suez 2026 ha sido popularizada por el fundador de Bridgewater Associates, Ray Dalio, quien sitúa la crisis actual como equivalente histórico a 1956, momento en que el Reino Unido perdió su hegemonía frente a Estados Unidos. El paralelismo histórico es revelador. En 1956, Gran Bretaña intentó recuperar el control del Canal de Suez tras su nacionalización por Egipto. Washington, oliendo la debilidad financiera británica, se negó a apoyar la libra esterlina y torpedeó la operación. El resultado fue una retirada humillante del Reino Unido y el traspaso definitivo de la corona de reserva mundial de la libra al dólar.

Según el analista Thierry Meyssan, la administración estadounidense busca deliberadamente generar tensiones en los cuellos de botella energéticos para mantener su control estratégico. Atacar oleoductos, interferir en seguros marítimos y coordinar operaciones militares asimétricas no son errores tácticos, sino medidas calculadas para acelerar la reconfiguración del sistema energético global.

Hoy, Estados Unidos vive su propio momento Suez. Los portaaviones, símbolo de proyección de poder estadounidense durante ochenta años, han sido atacados y han tenido que replegarse. Las bases aéreas en Kuwait, Arabia Saudita, Irak y Qatar han sufrido daños extensos. Esta pérdida de control militar no es un hecho aislado, sino el síntoma de un cambio de época. La era de cuatrocientos años de dominación naval —primero británica, luego estadounidense— está terminando. Las guerras ya no se libran con grandes portaaviones sino con drones baratos, sistemas de satélites y tecnología asimétrica que nivela el campo de batalla. El poderío militar estadounidense ya no puede imponer el control físico sobre los cuellos de botella estratégicos, y esa incapacidad tiene consecuencias sísmicas para el sistema que dependía de ese control: el petrodólar.

El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 por ciento del petróleo mundial, se convierte así en algo más que un punto geográfico: es un interruptor sistémico. Su control —o la imposibilidad de controlarlo— redefine no solo los precios de la energía, sino la arquitectura del poder global.

Como ha señalado el analista Alastair Crooke, esta redefinición tiene una consecuencia aún más profunda: quien controla el volumen de petróleo que sale al mercado y a quién se destina se convierte en el fijador del precio del crudo, una prerrogativa que Estados Unidos había ejercido desde 1973. Irán, al condicionar el paso por Ormuz al pago en yuanes, no solo está desafiando la hegemonía del dólar, sino apropiándose de una función que durante décadas permitió a Washington sostener su sistema financiero global.

La magnitud de esta disrupción ha sido cuantificada por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que la ha calificado como la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero global. Según el organismo, los flujos de crudo y productos derivados que típicamente atravesaban el estrecho, unos 20 millones de barriles diarios equivalentes al 20 por ciento del consumo mundial, se han reducido a un mero goteo. Esta parálisis ha obligado a los países del Golfo a reducir su producción en al menos 10 millones de barriles diarios, mientras la capacidad de almacenamiento se agota y los precios del crudo superan los 100 dólares por barril.

Sin embargo, reducir el impacto de la disrupción en Ormuz a una mera cuestión de precios del crudo sería un error de perspectiva. El petróleo no es solo combustible, sino la materia prima fundamental de la que depende la totalidad de la producción industrial contemporánea. El bloqueo no afecta únicamente la energía para el transporte, sino la petroquímica básica que alimenta cadenas de suministro globales. La pérdida de aproximadamente un 20 o 25 por ciento de la producción mundial de polímeros básicos desencadena una reacción en cadena donde el efecto del ingrediente faltante se multiplica, provocando una contracción del 30 al 40 por ciento en la producción de productos terminados.

El sistema petrodólar, que nació formalmente entre 1944 y 1956, obligaba a los países exportadores de petróleo a vender su crudo exclusivamente en dólares, y a reciclar esos dólares en bonos del Tesoro estadounidense a cambio de protección militar. Era un sistema profundamente inteligente: ponía al mundo entero a trabajar para sostener la moneda estadounidense.

Sin embargo, como recuerda Alastair Crooke, el pacto original fue más sutil de lo que suele narrarse. Estados Unidos no impuso unilateralmente este sistema, sino que ofreció un intercambio a los estados del Golfo: podían elevar el precio del petróleo —y de hecho Washington alentó el aumento de 1973-74— a cambio de que todos los excedentes generados fueran reciclados en inversiones y reservas denominadas en dólares. Fue ese acuerdo el que convirtió a las pequeñas monarquías del Golfo en el sostén financiero de la hegemonía estadounidense, y también el que las dejó en una posición de subordinación estructural de la que Irán aspira ahora a liberarlas. Comprender esta génesis ayuda a explicar por qué la ruptura actual es tan profunda: no se trata solo de un cambio de moneda, sino de la disolución de un pacto que durante medio siglo definió las relaciones de poder en la región.

El indicador más revelador de su agotamiento es lo que algunos analistas denominan el cruce mortal entre petróleo y bonos: el precio del petróleo necesario para evitar la escasez y mantener la estabilidad energética se ha situado muy por encima del nivel que los mercados de bonos pueden tolerar sin desencadenar una crisis de deuda soberana. En otras palabras, el sistema ya no puede cumplir simultáneamente sus dos funciones esenciales: garantizar energía asequible y sostener la deuda estadounidense.

Pero ese sistema está en ruinas. Y lo notable es que Estados Unidos está forzando activamente su propio colapso. La administración Trump está ejecutando todos los pasos que perjudican el sistema actual: atacando infraestructura energética, tomando control de los seguros marítimos y convirtiendo a Washington en el interruptor que enciende o apaga el Estrecho de Ormuz.

¿Por qué haría esto Estados Unidos? Porque el petrodólar, en su funcionamiento, requería que Estados Unidos mantuviera déficits comerciales persistentes que suministraran dólares al mundo, lo que a su vez implicaba deslocalizar su capacidad productiva en favor de China. Si ese proceso continuaba, en cinco o diez años China fabricaría literalmente todo el equipamiento militar estadounidense. Nadie en Washington quiere eso. El petrodólar no puede ni debe ser salvado a toda costa.

En este sentido, el multidimensional Donald Trump —burdo, provocador y a menudo caótico en las formas— opera sin embargo con una lógica de disrupción estratégica. No vino a salvar el viejo mundo; vino a romperlo para que pueda nacer un nuevo sistema.

En enero de 2025, mientras la mayoría de analistas alternativos percibían a Trump como un elemento «antiestablishment», expliqué que tanto el modelo ultraglobalista como su antagonista trumpista «fueron manufacturados y son alimentados por la aristocracia occidental con el propósito de alternarlos y enfrentarlos entre sí, generando ventajas geoestratégicas a través de su colisión y síntesis, en el sentido dialéctico hegeliano del término. En este marco, el ultraglobalismo representa la tesis de línea dura de las élites occidentales, mientras que el trumpismo actúa como el ‘Plan Alternativo’ de algunas facciones de esta misma oligarquía. Este plan aparece como una estrategia multidimensional que les permite a dichas élites adaptarse al rediseño multipolar, a la vez que colar tantos elementos del modelo ultraglobalista como les sea posible, sin revelar tantas contradicciones. O, en una perspectiva aún más maquiavélica: buscan sintetizar lo peor de ambos modelos —el vertical y el horizontal— para consolidar la posición de poder de las élites de Occidente ante cualquier desenlace.»

Atacar las grietas del modelo post-Guerra Fría —desindustrialización, dependencia energética, globalización sin contrapesos— requiere patear el tablero, precisamente con brutalidad trumpiana, y esa operación no solo reconfigurará la posición de Estados Unidos en el mundo, sino que implicará un nuevo reparto entre potencias y, posiblemente, un nuevo sistema financiero y monetario. Todo ello vendrá acompañado, inicialmente, de mucho dolor para las economías y sociedades del mundo.

La magnitud de la encrucijada queda resumida en una observación que Alastair Crooke atribuye al propio Donald Trump: perder la hegemonía del dólar equivale a perder una gran guerra. La paradoja a la que se enfrenta hoy la administración estadounidense es que ambos procesos —la pérdida de la hegemonía monetaria y la inmersión en un conflicto de gran escala en Medio Oriente— están ocurriendo simultáneamente. Lo que inicialmente pudo concebirse como una operación rápida de decapitación se ha convertido en un enfrentamiento prolongado que, lejos de restaurar la credibilidad estadounidense, acelera la transición hacia un orden multipolar donde la capacidad de fijar el precio de la energía y de controlar las rutas marítimas ya no reside exclusivamente en Washington.

Esta lectura de la guerra como catalizador sistémico revela una lógica coordinada de presión sobre polos emergentes de poder, donde lo que la teoría de las aceleraciones describe como gestión de crisis, la geopolítica lo configura como contención. Alastair Crooke aporta una pieza clave: el patrón de anuncios de «negociaciones avanzadas» los lunes seguidos de escaladas militares los fines de semana no busca un acuerdo, sino manipular mercados y crear ficción diplomática mientras se prepara la siguiente fase del conflicto. Thierry Meyssan añade que los conflictos contemporáneos —Ucrania, Irán, Medio Oriente, Asia oriental— funcionan como mecanismos de presión para acelerar reordenamientos que de otro modo tardarían décadas.

Esta dinámica se complementa con la tesis de una Tercera Guerra Mundial ya en marcha, pero articulada como una guerra de dos ejes dentro del propio Occidente: un bloque (Trump-Netanyahu) prioriza la confrontación con Irán; otro (UE, Reino Unido, globalistas estadounidenses) prioriza la guerra contra Rusia en Ucrania. Ambos compiten por la prioridad estratégica pero coinciden en evitar una alianza sólida entre Rusia e Irán. Así, la fragmentación occidental no es descoordinación sino dos facciones con un mismo horizonte de contención del mundo multipolar. Rusia e Irán enfrentan al mismo adversario colectivo, lo que exige una acción coordinada del mundo multipolar —abriendo frentes que dispersen fuerzas occidentales, como un posible movimiento de China en Taiwán— mientras el Sur Global permanece fragmentado: América Latina débil, África parcialmente resistente, mundo islámico dividido, India ambigua.

III: El Nuevo Orden y la Reconfiguración del Poder

El mundo que emerge no será unipolar. La globalización —entendida como integración fluida de mercados, capitales y cadenas de suministro— está siendo reemplazada por un sistema fragmentado. Bloques económicos, tensiones geopolíticas y escasez estructural redefinen el entorno.

La transición hacia este nuevo orden ya está siendo registrada por las principales entidades financieras globales. Análisis de Deutsche Bank publicados en abril de 2026 señalan que el petroyuan está haciendo avances concretos contra el petrodólar, y que este proceso de sustitución se acelerará cuanto más se prolongue la situación en el estrecho de Ormuz, y probablemente más allá de ella. Lo que hasta hace poco se presentaba como una posibilidad teórica de mediano plazo se está convirtiendo, en la lectura de los mercados, en una tendencia en curso con catalizador geopolítico identificable. La crisis en Ormuz no solo ha interrumpido flujos físicos de energía, sino que está actuando como acelerador de un realineamiento monetario que llevaba años gestándose en los balances de los bancos centrales y en los acuerdos bilaterales entre los grandes productores de petróleo y los polos emergentes de poder.

En este nuevo mundo, el oro recupera su función histórica. No como activo especulativo, sino como reserva de valor neutral. La acumulación masiva por parte de bancos centrales no es un fenómeno aislado, sino una señal de transición. China, Rusia y otros bancos centrales lo han acumulado masivamente durante años. Turquía ha vendido oro recientemente para defender su economía, demostrando que el oro funciona nuevamente como activo de liquidez de última instancia.

Estados Unidos tiene oro en sus reservas; revalorizarlo contablemente de 43 dólares la onza a 5.000 o 10.000 dólares le permitiría reducir su deuda nominal de manera significativa. El oro representa lo que el sistema necesita recuperar: confianza sin contraparte.

Sin embargo, el nuevo orden no será un simple retorno al pasado. La innovación tecnológica introduce una capa adicional que los analistas comienzan a explorar. Una de las preguntas que se hacen muchos analistas actualmente es a través de qué vehículo se liquidará el oro, más allá de recuperar su función histórica. El rumbo tecnológico de la historia apunta a que será mediante tokens digitales.

El nuevo orden mundial multipolar plantea si los sistemas de liquidación del bloque emergente y del bloque angloestadounidense convergerán en una síntesis tecnológica común o si cada región operará con estructuras separadas. La respuesta apunta a la fragmentación con puentes puntuales, no a una integración global. Estamos en medio de una tercera guerra mundial financiera y tecnológica donde cada bloque construye su propia infraestructura de liquidación con su propia combinación de activos físicos y tecnología digital, y la integración total es una ilusión.

El bloque emergente, encabezado por los BRICS que han comprado oro masivamente y apoyan el petroyuan, desarrolla una infraestructura basada en activos reales. En mayo de 2024, el miembro de la Academia Rusa de Ciencias y Ministro de Integración y Macroeconomía de la Unión Económica Euroasiática (UEEA), Sergey Glazyev, anunció UNIT, un ecosistema monetario descentralizado sobre la blockchain Cardano que permite liquidar recursos naturales y comercio bilateral respaldado por oro en un cuarenta por ciento y monedas nacionales en un sesenta por ciento, eliminando la dependencia del dólar. Diversos analistas consideran poco probable que la liquidación ocurra exclusivamente mediante el yuan, ya que China prefiere mantener una divisa débil para sostener su competitividad, sino a través de una capa de liquidación digital donde el oro sirve como respaldo mientras un entramado de criptomonedas de utilidad opera como mecanismo de transferencia entre contrapartes. Esta síntesis inédita entre lo físico y lo digital no será un simple retorno al patrón oro ni una prolongación del sistema fiat, sino una incorporación de la innovación tecnológica al corazón de la arquitectura financiera. Lo más probable es una implementación piloto en los próximos dos o tres años, primero entre Rusia, China e Irán.

El bloque angloestadounidense se mueve en dirección opuesta, orientada a la especulación. En julio de 2025, Paul Gallagher sugirió en la prestigiosa Executive Intelligence Review (Save the Dollar, Un-Tether the White House) que los recursos especulativos de este orden, incluyendo el dólar, se liquidarán mediante stablecoins privadas como Tether y USDC, tokens digitales que actúan como dólares ersatz para generar demanda artificial de la deuda del Tesoro estadounidense. Según el análisis de Gallagher, Londres juega un papel central al buscar convertirse en la principal potencia criptográfica de Occidente mediante una apertura total a stablecoins extranjeras, recreando el modelo del mercado de eurodólares de los años 1950 y 1960 que permitió a Londres emitir y controlar más del ochenta por ciento de los dólares en circulación fuera de Estados Unidos, destruyendo el sistema de reserva en oro de Bretton Woods. Esta estrategia quedó documentada en la Cumbre de Política Criptográfica del Reino Unido organizada por Ripple el 18 de junio de 2025, donde el gobierno británico presentó su CryptoAssets Order para abrirse a stablecoins como USDC y USDT rechazando el modelo restrictivo de la Unión Europea. Londres será el gran ganador táctico en el corto plazo, pero paradójicamente terminará socavando el control de la Reserva Federal sobre el dólar como ocurrió con el eurodólar.

En marzo de 2025, Mente Alternativa añadió que la ley GENIUS funciona como un caballo de Troya para imponer una versión barnizada de moneda digital de banco central donde el gobierno estadounidense ejerce control absoluto sobre las transacciones bajo la apariencia de descentralización. Paralelamente se propone crear una reserva estratégica de Bitcoin como activo especulativo para fortalecer el dólar, aunque los analistas cuestionan esta estrategia porque Bitcoin no puede respaldar el valor del dólar al depender su valor de la oferta y la demanda. Tether nunca ha proporcionado una auditoría completa de sus reservas, tiene vínculos con Cantor Fitzgerald cuyo jefe es ahora Secretario de Comercio, y se ha mudado a El Salvador para operar sin regulación. La ley GENIUS no resuelve el problema de fondo: en una corrida, los emisores de stablecoins tendrían que vender sus bonos del Tesoro masivamente, colapsando el mercado de deuda estadounidense, como ya ocurrió en marzo de 2023 con Silicon Valley Bank y la stablecoin Circle.

La convergencia hacia una síntesis tecnológica global única es improbable por la incompatibilidad de objetivos y tecnologías: los BRICS anclan su comercio en oro y monedas nacionales para desprenderse del dólar, mientras el bloque anglosajón perpetúa el dólar mediante dólares privados tokenizados que alimentan una burbuja de deuda especulativa. Además, la Unión Europea introduce una tercera vía con su marco MiCA, que ya expulsó a Tether del mercado europeo, y el euro digital como CBDC, reforzando la fragmentación en tres bloques: el anglosajón con stablecoins especulativas, los BRICS con UNIT sobre Cardano, y Europa con una CBDC regulada. Estos sistemas podrían conectarse mediante puentes tecnológicos como Polkadot o Cosmos, pero la voluntad política para usarlos será nula mientras dure la guerra económica. Solo una crisis financiera global podría forzar algún enlace de emergencia. La síntesis entre lo físico y lo digital será real, pero múltiple, regional y en constante competencia. En medio del reparto de poder donde la guerra económica es la principal trinchera, cada bloque construye sus propias cartas de navegación.

Sin embargo, la transformación más radical no es monetaria. Es antropológica.

La inteligencia artificial introduce una ruptura sin precedentes: la desvalorización del trabajo humano como fuente primaria de ingreso. Si el conocimiento puede ser replicado a coste cero, su valor de mercado tiende a desaparecer. Si el trabajo puede ser automatizado, su función económica se diluye. El 52 por ciento del PIB mundial está impactado directamente por trabajos manuales. Las empresas tecnológicas están corriendo a construir robots porque, literalmente, pueden absorber ese 52 por ciento del PIB mundial.

Esto redefine el concepto de escasez. Ya no reside en las habilidades, sino en los activos. La riqueza se desvincula del trabajo y se vincula al control de recursos. Este desplazamiento configura una estructura que algunos analistas describen como tecnofeudalismo: un sistema donde el acceso a infraestructuras sustituye al acceso al empleo.

En este entorno, la renta básica universal emerge no como política social, sino como mecanismo de estabilidad. No redistribuye riqueza en el sentido clásico; administra dependencia. Como advertía Yuval Noah Harari, para la masa de gente sobrante, las opciones serán drogas y videojuegos.

En esta economía postcapitalista, lo que hacía valioso a un individuo —sus habilidades escasas, su forma particular de resolver problemas— pierde valor porque la inteligencia artificial lo resuelve a coste cero. El equivalente de esa escasez se traslada al plano digital: activos con suministros limitados que funcionan como reserva de valor en un mundo donde lo ilimitado amenaza con devaluarlo todo.

Estos activos digitales, en la medida en que logren consolidarse como infraestructura de valor, no son una mera moda especulativa sino un intento de construir un mecanismo de preservación patrimonial en una era donde el trabajo humano deja de ser remunerado. En el nuevo sistema de valor, quien no posea estos activos quedará fuera de la arquitectura central.

La respuesta institucional a esta crisis ya ha comenzado a tomar forma, y su naturaleza es reveladora. La AIE, forjada en el shock petrolero de 1973, ha calificado la situación actual como la mayor disrupción en la historia del mercado, superando incluso aquella que motivó su propia creación. Al hacerlo, no solo ha liberado reservas estratégicas a una escala sin precedentes, sino que ha activado un plan de gestión de la demanda que reconoce la necesidad de un ajuste profundo en el comportamiento social y económico. Esta actuación es un síntoma más de que las reglas del juego han cambiado. Ya no se trata de anticipar una crisis futura, sino de navegar una transición que ya está en marcha, una transición en la que incluso las instituciones diseñadas para gestionar el viejo orden se ven obligadas a operar en modo de emergencia permanente.

IV: Estrategias de Resiliencia en Tiempos de Transición

El resultado de esta transición, aunque más lento, más caro y más caótico en su fase inicial, será probablemente más estable a largo plazo. Quienes logren adaptarse a este nuevo régimen —caracterizado por menor disponibilidad de crédito, mayor fragmentación geopolítica y escasez estructural— no solo preservarán su patrimonio, sino que podrán posicionarse para las oportunidades que emergerán cuando el nuevo orden consolide sus reglas.

Frente a la convergencia de riesgos financieros, geopolíticos y estructurales, la preservación del patrimonio deja de ser un ejercicio de optimización para convertirse en una disciplina de supervivencia. La experiencia histórica demuestra que intentar anticipar con precisión el momento exacto de una crisis suele ser un esfuerzo estéril; lo verdaderamente decisivo es comprender la exposición propia a distintos escenarios adversos. En este sentido, la prioridad ya no radica en maximizar rendimientos en el corto plazo, sino en preservar la integridad del capital a través de ciclos cada vez más volátiles y menos predecibles.

Las tensiones recientes en los mercados han puesto de relieve una distinción que durante años fue ignorada: la diferencia entre liquidez aparente y liquidez real. Muchos vehículos financieros prometen acceso inmediato al capital en condiciones normales, pero revelan su verdadera naturaleza en momentos de estrés, cuando las salidas se restringen y la liquidez se evapora. En ese contexto, mantener una proporción significativa de activos genuinamente líquidos no es una postura conservadora, sino una estrategia de flexibilidad. El efectivo y los instrumentos de corto plazo, a menudo despreciados en épocas de abundancia, adquieren un valor estratégico cuando las condiciones se deterioran y las oportunidades surgen precisamente en medio de la dislocación.

Sin embargo, la preservación del patrimonio individual, por fundamental que sea, resulta insuficiente si no se comprende en un marco más amplio de resiliencia colectiva. La magnitud de la crisis exige ampliar la mirada. La AIE, en su rol de coordinadora de la seguridad energética global, ha demostrado que la respuesta a shocks de esta naturaleza no puede recaer únicamente en los mercados o en las reservas estratégicas, sino que debe incorporar acciones coordinadas en la economía real. Sus recomendaciones, pensadas para gobiernos pero aplicables también a empresas y hogares, ofrecen un plan concreto para mitigar el impacto inmediato de la crisis y reducir la vulnerabilidad estructural.

En el ámbito del transporte, por ejemplo, la AIE cuantifica el potencial de ahorro de medidas directas: reducir los límites de velocidad en autopistas en diez kilómetros por hora puede disminuir el consumo individual entre un cinco y un diez por ciento; promover el teletrabajo tres días a la semana para los empleos que lo permitan podría reducir el consumo nacional de combustible hasta en un seis por ciento; medidas como la restricción de circulación por placas en grandes ciudades pueden generar ahorros adicionales del uno al cinco por ciento. Ante la escasez de Gas Licuado de Petróleo, la agencia recomienda desviar su uso del sector transporte para priorizarlo en usos esenciales como la cocción de alimentos en hogares. La experiencia de crisis previas demuestra, además, que las medidas de apoyo deben ser temporales y estar dirigidas a los sectores más vulnerables para ser eficientes.

Pero la resiliencia no se agota en la gestión de la demanda energética. Quien aspira a sortear los próximos años con su patrimonio intacto debe comenzar por eliminar las deudas, especialmente las bancarias. Lo que en ciclos expansivos funcionaba como palanca para amplificar rendimientos se convierte, cuando el crédito se contrae, en una carga crítica que dicta las decisiones desde la urgencia. En el entorno que se perfila, caracterizado por condiciones financieras más restrictivas y menor disponibilidad de refinanciación, la eliminación de pasivos no es simplemente una decisión prudente, sino una forma de recuperar margen de maniobra. Quien depende del crédito en un sistema que comienza a restringirlo se sitúa, inevitablemente, en una posición de vulnerabilidad estructural.

A esta descarga financiera le sigue la necesidad de anclar la existencia en un territorio propio. La casa con tierra deja de ser un mero instrumento de inversión para convertirse en un elemento de autonomía. En un mundo donde las cadenas de suministro muestran signos de fragilidad y la estabilidad urbana ya no puede darse por sentada, la capacidad de asegurar recursos básicos como agua, alimento y energía adquiere un valor que trasciende lo económico. La vivienda, especialmente aquella vinculada a tierra productiva, se redefine como una infraestructura de resiliencia. No se trata del apartamento de ciudad, sino de una vivienda en el campo que permita huerto, crianza de animales y acceso a agua propia.

En este rearme existencial, el oro físico ocupa un lugar que ningún papel ni promesa digital puede suplantar. Ni los fondos cotizados ni los certificados, sino el metal en posesión directa: el verdadero dinero que funciona como salvavidas durante las crisis de liquidez. Su volatilidad en el corto plazo no contradice esta función; al contrario, suele reflejar su condición de activo al que se recurre precisamente cuando otros mecanismos fallan. En escenarios donde los mercados se congelan o las infraestructuras digitales se vuelven temporalmente inaccesibles, la posesión directa de valor adquiere una relevancia que trasciende cualquier consideración especulativa.

La relevancia del oro como activo de reserva estratégico adquiere una dimensión adicional cuando se examinan las tensiones que atraviesa su propia cadena de suministro. A comienzos de abril de 2026, estalló una disputa de gobernanza entre Newmont y Barrick, los dos mayores productores de oro del mundo, en el marco de su joint venture en Nevada. Newmont emitió un aviso de incumplimiento contra Barrick, acusándolo de desviar recursos de la empresa conjunta hacia su propio proyecto, lo que habría contribuido a las caídas de producción en áreas compartidas. La disputa amenaza con desencadenar cláusulas de compra-venta valoradas en decenas de miles de millones de dólares y, más allá del impacto puntual sobre la producción de estos dos gigantes, plantea interrogantes más amplios sobre los estándares de gobernanza en el sector minero y la fiabilidad del suministro de oro físico en un momento de creciente demanda por parte de bancos centrales. En un entorno donde el oro recupera su función de reserva de valor neutral, la estabilidad de su cadena de producción se convierte en un factor de riesgo sistémico.

En este rearme existencial, la vieja fórmula del sesenta por ciento en acciones y cuarenta en bonos ha muerto. Para navegar la convergencia de crisis macrohistóricas, resulta más útil recuperar la lógica de Jacob Fugger (traducido como Fúcar), el banquero del siglo XVI que supo prosperar en la transición de un orden civilizatorio a otro —aclaro que esto no es apología del banquero, sino revelación de su método—. Nacido en Augsburgo, ciudad independiente del Sacro Imperio Romano Germánico, Fugger aprovechó su condición de operar desde un enclave libre para construir una red financiera que trascendía fronteras y soberanías. Fugger no acumuló riqueza mediante porcentajes estáticos, sino integrando producción, financiamiento, comercio y reserva de valor bajo una lógica de control sistémico.

Fugger forjó su verdadera maestría en Italia, en los centros neurálgicos de Roma, Venecia y Florencia. En el Fondaco dei Tedeschi, las oficinas alemanas en Venecia, aprendió la contabilidad por partida doble y, más importante aún, comprendió la estructura de poder que había hecho de las familias patricias venecianas y de la nobleza negra romana —los linajes aristocráticos entrelazados con el papado— la cúspide del capitalismo europeo. Fugner observó que la riqueza no se acumulaba asumiendo riesgos comerciales aislados, sino situándose en la intersección entre los mercaderes, los príncipes y la Iglesia.

De su estancia italiana absorbió la lección de que el verdadero poder reside en controlar la liquidación del valor allí donde confluyen la deuda soberana, el favor eclesiástico y el flujo de materias primas. Sin embargo, Fugger no se limitó a emular a la nobleza negra; la superó. Mientras aquellas familias estaban atadas a sus facciones locales y a la protección de un solo soberano, Fugger desplegó su capital como una red transnacional, financiando a Carlos V y desplazando a los Médici de las finanzas papales, demostrando que la hegemonía financiera ya no se heredaba, sino que se construía mediante el control sistémico de los nodos críticos.

Hoy, replicar su espíritu implica abandonar la pasividad y construir una arquitectura patrimonial que responda a funciones estratégicas del sistema económico, en lugar de depender de fórmulas rígidas. La comprensión de que los activos reales y la diversificación entre jurisdicciones con marcos fiscales distintos ofrecen ventajas que los activos financieros por sí solos ya no garantizan es el punto de partida. Lo que se impone es una actitud contraria al trading de corto plazo: operar en un entorno de volatilidad extrema y cambios estructurales no es estrategia, sino apuesta.

Equivalente a las minas de plata que cimentaron el poder de Fugger, una asignación central debe dirigirse hoy a energía y materias primas, sectores imprescindibles en escenarios de crisis energética y reindustrialización. Fiel al espíritu del banquero que financiaba imperios, otro segmento debe exponerse a crédito estratégico y a acciones ligadas a defensa e infraestructura, no como apuesta por tecnología especulativa, sino como participación en los pilares que sostienen el poder en un mundo fragmentado. Donde Fugger nunca falló fue en la reserva tangible: el oro en posesión directa se complementa con bienes raíces en regiones estratégicas de resiliencia económica que sirvan como auténticos refugios ante la dislocación urbana. La liquidez en efectivo permite ejecutar la jugada más fuggeriana de todas: comprar en crisis, mientras la volatilidad de los mercados hace que operar con normalidad resulte arriesgado.

Esta arquitectura no busca maximizar retornos en condiciones ideales, sino preservar y expandir riqueza en condiciones adversas, exactamente como lo hacía Fugger en la transición de la Edad Media a la Modernidad. La clave no es diversificar por diversificar, sino posicionarse en los nodos críticos del sistema económico: energía, defensa, reserva tangible y control de la nueva infraestructura digital. En última instancia, la estrategia de inversión Fugger no es meramente financiera, sino civilizatoria: entender que en momentos de dislocación histórica la riqueza no pertenece a quien especula mejor, sino a quien controla lo indispensable. Esa es la verdadera lección para el inversor del siglo XXI: mantener efectivo mientras dure la turbulencia, vender en los repuntes incluso cuando traigan noticias de paz, y esperar con paciencia el momento adecuado para mover los recursos estratégicos.

Pero la preservación no se agota en el balance patrimonial. La concentración urbana, que durante décadas se vivió como sinónimo de eficiencia y oportunidad, puede convertirse en el eje de la vulnerabilidad cuando las disrupciones se generalizan. Desarrollar una vida lejos de los grandes centros, buscar la autosuficiencia, descentralizar la existencia: la proximidad a recursos básicos y la capacidad de autosuficiencia emergen como elementos clave de resiliencia. Y junto con la geografía, la comunidad. En entornos de incertidumbre prolongada, la red de relaciones y la cooperación local se convierten en activos tan relevantes como cualquier instrumento financiero. Las grandes transiciones históricas no se enfrentan en soledad, sino a través de estructuras colectivas y familiares que permiten compartir recursos, conocimiento y sostén filosófico. Solo así podemos anclarnos con profundidad en nuestras tradiciones culturales clásicas y desprendernos de la contracultura ultraglobalista, esa que ha erosionado nuestros valores humanos tradicionales y nuestro patriotismo.

Aquí cabe apuntar la importancia de el método de ‘la coincidencia de los opuestos’, de Nicolás de Cusa, quien observa que no se debe tomar partido en medio del conflicto entre dos opuestos sino encontrar un flanco que resuelva la situación en un nivel superior. Como recomienda Helga Zeep-LaRouche: Debemos introducir un concepto político de orden superior, inconmensurable con la geopolítica, que parta del punto de vista de que la raza humana es esencialmente buena. Ese fue el método con el que Cusa organizó el Concilio de Florencia, y debe ser el nuestro ahora. Todos debemos aceptar el reto de contraponer la idea de que “estamos condenados a sufrir un infierno termonuclear debido a la banalidad de la geopolítica”, otra idea del poeta Percy Shelley, que los hombres, “aunque renieguen y abjuren, se ven obligados a servir a ese poder que está sentado en el trono de su propia alma…”.

Finalmente, en un contexto donde el valor del trabajo abstracto puede erosionarse rápidamente por efecto de la automatización, las capacidades vinculadas a la autonomía material —cultivar, criar, reparar, construir, gestionar recursos— recuperan una importancia que la era de la especialización extrema había desdibujado. No se trata de una regresión al pasado, sino de una adaptación a un entorno en el que la dependencia de sistemas complejos puede convertirse en un riesgo. Quien sabe hacer cosas con sus manos, quien puede producir alimento, quien puede reparar lo que se rompe, dispone de una libertad que ninguna cartera financiera puede garantizar.

La historia ofrece innumerables ejemplos de sistemas que parecían permanentes y terminaron por transformarse. Imperios que cayeron, monedas que dejaron de serlo, estructuras que se disolvieron para dar paso a otras. Lo que vivimos hoy es otro momento de reparto de las cartas de la historia: las metaélites se reparten territorios de influencia, definen nuevas jerarquías de poder, establecen reglas tácitas y asignan recursos críticos, mientras la mayoría apenas percibe la magnitud de la reconfiguración en curso. El presente no es una excepción. La pregunta no es si el cambio ocurrirá, sino cómo se estará posicionado cuando lo haga.

Porque cuando la historia cambia de dirección, lo hace sin pedir permiso. Y quienes no han querido ver lo que ya estaba ocurriendo rara vez tienen tiempo de reaccionar cuando finalmente se vuelve evidente.

Sobre el autor

José Luis Preciado es antropólogo, historiador y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.

¿Cómo es que quienes han controlado el mundo durante los últimos 300-400 años ahora quieren cambiarlo?



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