Por Mente Alternativa
Aleksandr Duguin —ideólogo del proyecto civilizatorio Moscú-Tercera Roma— lo advirtió en su último programa del Escalation Show de Radio Sputnik: la actual coyuntura de Oriente Medio ha reactualizado una lógica de confrontación que muchos daban por superada: la de la geopolítica profética, aquella que no se limita a leer el tablero de las alianzas y los recursos, sino que intuye el designio trágico de las civilizaciones enfrentadas. Duguin, pensador heterodoxo y figura central del eurasianismo radical, sostiene que la tan especulada operación terrestre de Estados Unidos en Irán no responde a ningún cálculo racional de victoria militar, sino a una suerte de compulsión autodestructiva del imperio norteamericano, ahora bajo la presidencia de Trump.
Para comprender la magnitud de este posible despliegue, es necesario desmontar el esquema clásico que Washington ha utilizado durante décadas para derrocar regímenes hostiles. Duguin lo sintetiza con una fórmula precisa: sin una élite colaboracionista en el corazón del Estado enemigo, la invasión está condenada al fracaso o, peor aún, a convertirse en una trampa de desgaste. Esa élite —a la que el analista ruso denomina la “sexta columna”, distinguiéndola de la quinta columna callejera y fácilmente reprimible— ha sido tradicionalmente el verdadero caballo de Troya de las intervenciones estadounidenses. En Irak, en Libia, en Siria, primero se eliminó al líder soberano o se le desestabilizó, y luego quienes aguardaban en la segunda o tercera línea del poder negociaron a escondidas con Washington para ascender al trono vacante. Sin esa traición palaciega, las invasiones nunca se materializaron, o bien se hundieron en el fango de la insurgencia, como ocurrió en Vietnam o en Afganistán.
Ahora bien, lo que hace única y extraordinariamente peligrosa la actual crisis iraní es que, en un giro trágico de la historia, las propias campañas de bombardeos preventivos de Estados Unidos e Israel han arrasado precisamente a aquellos sectores del régimen de Teherán que podrían haber actuado como sexta columna. Duguin lo expresa con crudeza: “No queda nadie en el liderazgo dispuesto a negociar por separado”. La purga de facto inducida por la agresión externa ha unificado a una élite que, hasta hace poco, mostraba fisuras entre los pragmáticos abiertos al diálogo y los guardianes de la revolución. Hoy, tras la muerte de más de ciento sesenta y cinco niñas por misiles estadounidenses —una cifra que Duguin menciona con énfasis patético—, la sociedad iraní, incluso aquellos sectores que discrepaban del régimen de los mulás, se ha cohesionado en torno a un sentimiento de indignación nacional.
Este fenómeno psicológico es el que convierte a una eventual operación terrestre de Estados Unidos en Irán en una apuesta suicida. Irán no es Irak: noventa millones de habitantes, una geografía montañosa que supera en hostilidad a la afgana, una capacidad probada de asimetría militar y, sobre todo, una voluntad de resistencia que ya no distingue entre leales y opositores. El cálculo de Washington —si es que existe un cálculo racional— parece ignorar que el cierre del estrecho de Ormuz, la destrucción de plantas desalinizadoras en Israel (que suministran el cuarenta y siete por ciento de su agua) y los ataques a infraestructuras energéticas en Kuwait y Emiratos Árabes Unidos no son meras represalias, sino las primeras páginas de una guerra regional de desgaste.
Duguin, con su prosa a menudo hiperbólica pero no por ello menos lúcida, describe el colapso simultáneo de los apoyos que Estados Unidos necesitaría para sostener una invasión terrestre. Israel, lejos de ser el aliado invencible que la propaganda sionista proyecta, se desangra en Líbano: las pérdidas de las FDI son “colosales”, la Cúpula de Hierro intercepta solo una fracción de los cohetes de Hezbolá y Yemen, y el país se convierte progresivamente en una versión invertida de Gaza, sometido a un martilleo constante que ha provocado el éxodo masivo de su población. Las monarquías árabes del Golfo, por su parte, carecen tanto de la infraestructura militar como de la voluntad existencial para embarcarse en una guerra terrestre; acostumbradas a la renta petrolera, la especulación financiera y el lujo, no están dispuestas a sacrificar sus tronos por una aventura trumpista. Incluso Catar podría desmarcarse abiertamente de la coalición.
Mientras tanto, al menos cuatro focos de resistencia en apoyo a Irán arderían simultáneamente: Irak, Yemen, Siria y el Hezbolá libanés. Y Duguin subraya un factor inesperado: la ocupación israelí en el sur del Líbano ha provocado el rechazo no solo de los chiíes, sino de toda la sociedad libanesa, incluidos aquellos sectores que antes estaban dispuestos a cualquier acuerdo con Occidente. En Siria, la paradoja es aún más elocuente: aunque el nuevo hombre fuerte, al-Sharaa, haya llegado al poder con ayuda de la CIA y el Mossad, se ve forzado a responder a las aspiraciones de unas calles ferozmente antiisraelíes.
Lo que está en juego, en el análisis de Duguin, trasciende el equilibrio militar inmediato. La chispa que puede incendiar todo el mundo suní —desde Arabia Saudí hasta Egipto y Argelia— sería un ataque a la mezquita de Al-Aqsa. Y los signos de una radicalización creciente son inequívocos: el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa, ha sido impedido de entrar en la Ciudad Santa el Domingo de Ramos, un acto sin precedentes en mil años de historia que ha indignado a la cristiandad católica global. Si los sionistas dan pasos extremos contra los lugares sagrados del islam, la propia existencia de Israel como Estado se volverá insostenible.
En ese contexto, hablar de una “Gran Israel” es una quimera. Y sin embargo, en medio de esta catástrofe anunciada, la Administración Trump se prepara para lanzar una operación terrestre, supuestamente para “abrir” el estrecho de Ormuz, pero en realidad como un gesto de impotencia agresiva. Duguin concluye con un diagnóstico desolador: Trump carece de un apoyo interno consolidado; su aprobación está en mínimos históricos, y la llegada de los primeros ataúdes a suelo estadounidense volverá su posición políticamente insostenible.
La operación terrestre de Estados Unidos en Irán, lejos de restaurar la hegemonía norteamericana, sería el principio del fin de un orden imperial que ya solo se sostiene por la inercia de su propia retórica apocalíptica. En palabras del pensador ruso, adaptando una máxima clásica: cuando el imperio ya no puede encontrar traidores en la cúpula del enemigo, se ve obligado a combatir contra pueblos enteros que han aprendido a odiarlo sin fisuras. Esa es la lección olvidada de la geopolítica profética, y en Irán, Estados Unidos está a punto de recibirla con toda su crudeza.
Moscú como la Tercera Roma: Siete dispensaciones del ideal ruso, por Aleksandr Duguin