Por José Luis Preciado
Como ya he explicado antes, no estamos ante una nueva Guerra Fría entre bloques cerrados, sino ante una transformación más profunda: la configuración de un nuevo orden mundial multipolar donde la soberanía estratégica depende de conservar suficiente capacidad material para seguir funcionando cuando las dependencias externas dejan de estar garantizadas. La visita de Estado de Xi Jinping a Estados Unidos entre el 23 y el 25 de septiembre ofrece una entrada extraordinaria a esa transformación. Washington y Pekín no resolvieron sus contradicciones estructurales, pero ambos gobiernos coincidieron oficialmente en construir una relación de “estabilidad estratégica” basada en respeto, equidad y reciprocidad y anunciaron que sus respectivos líderes asistirán a las próximas reuniones de APEC y del G20. Los comunicados estadounidense y chino coinciden además en cuestiones como Irán, determinadas reducciones arancelarias, cooperación contra narcóticos y nuevos mecanismos de diálogo. El significado del encuentro, por tanto, no reside en haber terminado la rivalidad. Consiste en que las dos mayores economías han reconocido implícitamente algo que el viejo lenguaje de hegemonía y contención tiene dificultades para expresar: destruir por completo la interdependencia antes de construir sustitutos suficientes impondría a ambos sistemas costos potencialmente enormes.
Aquí aparece la primera gran corrección conceptual que exige el nuevo orden. Cooperación y competencia ya no son términos mutuamente excluyentes. Dos Estados pueden intentar reducir simultáneamente su dependencia recíproca mientras mantienen abiertos comercio, inversión y comunicación estratégica. Es exactamente lo que ocurre con Estados Unidos y China. Reuters estima que, pese a la inversión estadounidense para reconstruir cadenas nacionales de tierras raras, Washington seguirá dependiendo de capacidades chinas críticas durante buena parte de la próxima década. China, por su parte, continúa necesitando mercados internacionales, energía, tecnología extranjera en determinados segmentos y un sistema comercial suficientemente abierto para absorber una parte importante de su producción. Ninguno puede desconectarse inmediatamente del otro sin dañar funciones que todavía no ha logrado reproducir por completo.
La cumbre puede entenderse así no como el comienzo de una amistad geopolítica, sino como un episodio de redundancia negociada. Cada potencia intenta comprar tiempo para construir aquello que todavía no controla. Pekín fortalece semiconductores, sistemas de pagos, inteligencia artificial, reservas, energía, infraestructura y mercados alternativos. Washington subsidia capacidad industrial, reorganiza minerales críticos, busca producción nacional, moviliza industria militar y tecnológica y estrecha el control sobre cadenas consideradas estratégicas. Incluso después de la visita, Trump manifestó el 29 de septiembre reservas frente a una cooperación profunda con China en gobernanza de inteligencia artificial por considerar que podría perjudicar la posición competitiva de las empresas estadounidenses. La estabilidad estratégica no elimina, pues, la competencia por capacidad. Intenta impedir que esa competencia destruya prematuramente el sistema dentro del cual cada parte está reconstruyendo su autonomía.
Ésta es precisamente la diferencia entre interdependencia y vulnerabilidad. Durante la etapa culminante de la globalización se asumió que comprar fuera aquello que otro podía producir más barato incrementaba eficiencia. La hipótesis funcionaba mientras tres condiciones parecían permanentes: corredores comerciales abiertos, financiación abundante y accesibilidad política de los proveedores. Cuando cualquiera de las tres desaparece, el activo barato puede convertirse en dependencia costosa. Una fábrica extranjera es eficiente hasta que una sanción impide comprarle. Una única ruta marítima reduce costos hasta que se cierra. Un proveedor dominante facilita economías de escala hasta que utiliza su posición como instrumento de presión. Un sistema financiero universal reduce fricciones hasta que participar en él depende de decisiones políticas externas.
El gran cambio del siglo XXI consiste en que todas las potencias importantes están aprendiendo esa lección al mismo tiempo.
Por eso la multipolaridad no debe confundirse con una simple transferencia de la hegemonía estadounidense a China. El BRICS no es una alianza militar ni un Estado supranacional y sus integrantes persiguen grados diferentes de autonomía. Rusia sólo podría convertirse en un polo efectivo si transforma recursos naturales y capacidad nuclear en estructuras financieras, tecnológicas y productivas propias. Según la tesis de Sistema nacional de economía política: un polo no existe porque posea territorio, armas o materias primas; existe cuando puede convertirlas sistemáticamente en crédito, industria, tecnología, infraestructura, conocimiento y poder de negociación.
El Nuevo Banco de Desarrollo ofrece una demostración concreta. Su programa previsto de bonos en rupias busca movilizar alrededor de 250,000 millones de rupias durante cinco años para financiar proyectos reduciendo riesgos cambiarios. No aparece aquí una moneda BRICS destinada mágicamente a destruir el dólar. Aparece algo menos espectacular y estructuralmente más importante: la construcción paulatina de una capacidad para financiar infraestructura en monedas locales. La desdolarización real empieza mucho antes de que desaparezca el dólar. Empieza cuando existen suficientes alternativas para que una operación determinada no dependa obligatoriamente de una sola moneda, un solo sistema de mensajería, un solo mercado crediticio o una sola jurisdicción.
Esto explica también por qué la autonomía rusa no consistiría simplemente en sustituir dependencia occidental por dependencia china. Una soberanía relativa verdaderamente funcional exige redundancia también frente a los socios. Rusia puede comerciar más con China y, al mismo tiempo, tener un interés estratégico en desarrollar sistemas financieros, tecnología, infraestructura eurasiática y mercados propios que impidan que cualquier relación bilateral se convierta en condición absoluta de supervivencia. Lo mismo vale para India respecto de Estados Unidos y China; para Brasil respecto de Washington y Pekín; para Arabia Saudita respecto de Occidente y Asia; y para Europa respecto del dólar, la energía externa y las plataformas tecnológicas extranjeras.
S. Jaishankar expresó esa lógica desde otra perspectiva en Naciones Unidas al hablar de una crisis simultánea de alimentos, combustibles, fertilizantes y finanzas que afecta especialmente al Sur Global. El punto más significativo de su planteamiento no es retórico: cuando alimentos, energía, fertilizantes, crédito, mercados y tecnología pueden sufrir interrupciones simultáneas, desarrollo y seguridad dejan de ser compartimentos diferentes. Industrializarse se convierte en una cuestión de soberanía. Controlar datos e infraestructura digital también. Y preservar varias fuentes de abastecimiento deja de ser ineficiencia para convertirse en seguro estratégico.
La OTAN ha llegado desde la dirección opuesta a una conclusión sorprendentemente semejante. Sus 2026 Resilience Baseline Requirements vinculan explícitamente defensa con continuidad gubernamental, energía, agua, alimentos, salud, comunicaciones, transporte, cadenas de suministro y capacidad de recuperación de infraestructura. El documento contempla además las “dependencias estratégicas” como posibles vulnerabilidades y exige que la planificación civil pueda sostener operaciones militares durante crisis o conflicto. La decisión adoptada anteriormente por los aliados de caminar hacia un gasto equivalente al 5% del PIB para 2035 reserva hasta 1.5 puntos porcentuales precisamente para infraestructura crítica, resiliencia, preparación civil e industria.
La conclusión trasciende cualquier valoración sobre la OTAN: la infraestructura civil se está convirtiendo abiertamente en infraestructura estratégica. Redes ferroviarias, carreteras, puertos, hospitales, redes eléctricas, telecomunicaciones, almacenes, centros de datos y cadenas alimentarias forman parte de la capacidad de un Estado para resistir una crisis. La vieja distinción entre economía productiva y seguridad nacional se vuelve cada vez menos nítida. El mismo puente puede transportar mercancías en paz y unidades militares durante una emergencia. La misma red eléctrica alimenta hogares, fábricas de chips y sistemas de defensa. El mismo centro de datos procesa operaciones comerciales, inteligencia y logística militar.
La expansión de esa lógica hacia Groenlandia muestra hasta qué punto territorio, infraestructura y soberanía vuelven a mezclarse. El acuerdo firmado por Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia el 22 de septiembre permite ampliar la presencia militar estadounidense, desarrollar instalaciones adicionales y restringir determinados controles extranjeros sobre sectores sensibles, aunque mantiene formalmente el derecho groenlandés a la autodeterminación. Calificar ese arreglo como “anexión suave” o “neocolonialismo”, como hacen algunos de los materiales suministrados, es una interpretación política discutible; los hechos jurídicos, sin embargo, ilustran perfectamente la categoría de soberanía relativa. Un territorio puede conservar instituciones, elecciones y personalidad jurídica mientras cede o comparte funciones críticas de seguridad, inversión o infraestructura.
La cuestión no es exclusiva de Groenlandia. Nuevas iniciativas hemisféricas estadounidenses aparecen como un intento de sustituir la soberanía nacional latinoamericana por una noción de “soberanía hemisférica” administrada desde Washington y presenta posibles planes militares hacia Cuba como extensión de esa lógica. Esas afirmaciones, especialmente las referidas a preparativos concretos de invasión, descansan en buena medida en informes de fuentes anónimas y lecturas editoriales y no deben tratarse como decisiones militares demostradas. Su importancia para el marco conceptual reside en otra cosa: revelan que la disputa sobre soberanía ya no se formula únicamente en términos de fronteras políticas, sino también de quién decide sobre inversiones, minerales, seguridad, bases, puertos, telecomunicaciones y vínculos económicos externos.
Esa misma tensión aparece en Irán con una claridad incluso mayor. Las sanciones financieras, restricciones bancarias y presiones sobre servicios de transporte muestran cómo el control de infraestructuras monetarias y comerciales puede convertirse en instrumento coercitivo sin que exista ocupación territorial. La economía mundial aprendió durante décadas a considerar pagos, bancos corresponsales, seguros, transporte marítimo y compensación financiera como servicios neutrales. La geopolítica contemporánea demuestra que son también sistemas de acceso. Quien controla la puerta puede decidir quién entra.
Ahí se entiende mejor la arquitectura financiera que el BRICS y otras potencias intentan construir. No hace falta reemplazar por completo SWIFT, el dólar o los mercados occidentales para reducir su poder disciplinario. Basta con disminuir progresivamente el número de operaciones para las cuales no existe ninguna alternativa. La soberanía estratégica es, nuevamente, redundancia.
Pero construir redundancia cuesta dinero precisamente cuando el dinero se está encareciendo.
La Reserva Federal elevó el 16 de septiembre su rango objetivo en 25 puntos básicos, hasta 3.75%-4.00%, señalando que la inflación continuaba elevada. El 29 de septiembre, el rendimiento del Treasury estadounidense a 30 años llegó a niveles no vistos desde 2002, en medio de nuevas preocupaciones sobre inflación, energía y política monetaria. El viejo mecanismo de aplazar contradicciones fiscales mediante crédito progresivamente más barato encuentra así un obstáculo evidente: cuando el servicio de la deuda vuelve a consumir recursos significativos, deuda pública, defensa, infraestructura, transición energética, inteligencia artificial y política social empiezan a competir más abiertamente por capacidad financiera.
El Banco de Pagos Internacionales añade otro nivel de complejidad. Su revisión trimestral de septiembre señala presiones sobre los rendimientos soberanos, preocupación por la sostenibilidad fiscal, valoraciones tecnológicas elevadas y un creciente recurso de las grandes empresas tecnológicas al endeudamiento para financiar inteligencia artificial. El BIS observa además que inversionistas apalancados y financiados mediante repos se han convertido en compradores importantes de deuda soberana, mientras los activos de ETF apalancados sobre acciones individuales superaron los 190,000 millones de dólares en Estados Unidos durante 2026.
Esto cambia el significado de la crisis de deuda. La cuestión ya no es únicamente cuánto debe un Estado, sino qué infraestructura física debe financiar mientras paga intereses crecientes y quién está sosteniendo marginalmente el mercado de sus bonos. Una economía que necesita simultáneamente nuevas redes eléctricas, defensa antimisiles, fábricas de semiconductores, centros de datos, reservas energéticas y reconstrucción industrial no puede resolver la ecuación simplemente expandiendo balances financieros. El crédito sólo se convierte en poder cuando termina materializado en capacidad.
Ésta es la principal conexión entre el deterioro del viejo “siglo atlántico” descrito y el marco del Sistema nacional de economía política. El orden atlántico no está desapareciendo porque Estados Unidos deje súbitamente de ser una gran potencia o porque el dólar vaya a perder mañana su función central. Su transformación deriva de una distribución cada vez más dispersa de las capacidades que constituyen el poder moderno. Finanzas y una parte decisiva de la innovación permanecen concentradas en Estados Unidos y otros centros occidentales; China posee una extraordinaria densidad manufacturera; Rusia y Oriente Medio conservan enormes posiciones energéticas; India reúne escala demográfica y creciente capacidad tecnológica; otros Estados controlan minerales, estrechos, puertos, rutas y mercados regionales. Ningún actor controla ya por sí solo todas las capas.
Por eso la gran cuestión del siglo XXI quizá no sea quién ocupará la cúspide de la antigua pirámide, sino si seguirá existiendo una pirámide capaz de organizar todo el sistema mundial desde un único centro. La multipolaridad no requiere que todas las potencias sean iguales. Requiere únicamente que ningún actor tenga capacidad suficiente para convertir permanentemente su propia infraestructura monetaria, tecnológica, militar y normativa en condición obligatoria para todos los demás.
China lleva ventaja en comprender la dimensión productiva de esa transición, pero eso no significa que haya resuelto sus propias contradicciones. Necesita un sistema comercial abierto y simultáneamente intenta reducir su exposición a él; posee una enorme capacidad industrial y, al mismo tiempo, vulnerabilidades energéticas, demográficas, financieras y tecnológicas. Su estrategia consiste menos en eliminar la interdependencia que en disminuir las dependencias cuya interrupción sería intolerable. Esa distinción es fundamental.
Estados Unidos está recorriendo el camino inverso hacia una conclusión parecida. Su dominio financiero permitió durante décadas tolerar grados de desindustrialización que parecían irrelevantes mientras bienes, energía y componentes podían obtenerse de cadenas internacionales estables. La competencia con China, la guerra, las restricciones de oferta y la fragilidad logística han devuelto valor estratégico a aquello que parecía económicamente anticuado: fábricas, refinerías, minas, reservas, redes eléctricas, astilleros y personal técnico.
Europa intenta hacer lo mismo mientras soporta una combinación especialmente difícil de deuda, envejecimiento, costos energéticos, transición industrial y rearme. El peligro es que reconstruir capacidad productiva y expandir capacidad militar consumen muchos de los mismos insumos: capital, energía, acero, electrónica, químicos, trabajadores especializados, infraestructura y presupuesto. La militarización no ocurre en un universo económico separado; compite con vivienda, transporte, salud, industria civil y modernización energética por el mismo excedente físico.
La competencia espacial eleva el problema a otra escala. La creación de nuevas capacidades británicas para operaciones espaciales, y documentos estadounidenses, muestran cómo órbita, guerra electrónica, vigilancia y protección de satélites se incorporan a la planificación militar. Pero el espacio confirma, en vez de negar, la naturaleza física del poder. Un satélite necesita semiconductores, materiales, combustible, lanzamiento, estaciones terrestres, software, energía, telecomunicaciones y una industria capaz de reponerlo. La potencia espacial no empieza en órbita: empieza en fábricas, laboratorios, redes eléctricas y cadenas logísticas terrestres.
Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial. Cuanto más abstracta parece, más concreto se vuelve su soporte. Centros de datos, aceleradores, transformadores, refrigeración, electricidad, cobre, fibra, agua y suelo industrial forman su anatomía material. De ahí que el diálogo sino-estadounidense sobre tecnologías avanzadas conviva con una competencia feroz por chips, minerales y capacidad energética. Hablar de soberanía en IA sin hablar de electricidad y semiconductores es repetir, en el mundo digital, el mismo error que consiste en confundir dinero con capacidad productiva.
Europa acaba de ofrecer además una demostración monetaria de esta convergencia entre soberanía e infraestructura. El 21 de septiembre, el Eurosistema puso en marcha Pontes, mecanismo que permite liquidar transacciones mayoristas de activos tokenizados utilizando dinero del banco central. El Banco Central Europeo lo presenta como el primer paso de su estrategia para adaptar el dinero soberano a mercados financieros tokenizados. No significa que Europa haya adoptado una criptomoneda privada como moneda de reserva ni que los bancos centrales estén desapareciendo. Significa exactamente lo contrario: el banco central está entrando en la nueva arquitectura tecnológica para asegurarse de que la capa final de liquidación continúe bajo autoridad monetaria pública.
Ése es uno de los elementos más reveladores de todo el conjunto. La transformación tecnológica no necesariamente destruye las instituciones existentes. Puede obligarlas a colonizar una nueva capa de infraestructura. El Estado que controla la moneda procura conservar la liquidación; el que depende de satélites procura protegerlos; el que depende de minerales procura diversificarlos; el que depende de una ruta intenta construir otra; el que depende de modelos extranjeros intenta desarrollar capacidad local; el que necesita crédito busca financiarse en más de una moneda.
Incluso la hipótesis mucho más especulativa de Daniel Estulin sobre la evolución del poder británico adquiere utilidad si se separa de sus elementos ocultistas y difíciles de demostrar documentalmente. Estulin interpreta la historia británica como una transición desde control territorial hacia control de redes y sostiene que una eventual fragmentación del Reino Unido no implicaría necesariamente la desaparición de las estructuras financieras, informacionales y tecnológicas que se desarrollaron alrededor de su antiguo poder imperial. La genealogía que propone —Venecia, City de Londres, finanzas transatlánticas, Silicon Valley, algoritmos— es interpretativa y no debe confundirse con una cadena causal historiográficamente demostrada. Pero la pregunta que contiene es legítima: ¿qué ocurre cuando las redes de poder adquieren mayor alcance que el territorio político que originalmente las produjo?
El siglo XXI multiplica precisamente esa clase de fenómenos. Una empresa tecnológica puede ejercer funciones transnacionales que ningún Estado mediano puede reproducir. Un sistema de pagos puede condicionar economías sin administrar su territorio. Un fabricante de semiconductores puede convertirse en nodo estratégico mundial. Un estrecho marítimo controlado por una potencia regional puede afectar precios en continentes enteros. Una plataforma de nube sometida a una determinada jurisdicción puede almacenar datos esenciales de instituciones situadas en otra.
La soberanía, por eso, deja de ser binaria. Ninguna potencia posee soberanía absoluta y ninguna economía desarrollada puede aspirar racionalmente a la autarquía. La verdadera medida es cuántas funciones esenciales puede seguir reproduciendo un sistema cuando desaparecen uno, dos o varios proveedores externos.
Ése es también el punto donde la propuesta de una “Nueva Arquitectura de Seguridad y Desarrollo” promovida por Helga Zepp-LaRouche encuentra un vínculo posible con la economía física sin que sea necesario adoptar todas las premisas del Movimiento LaRouchista. Una arquitectura estable no puede construirse exclusivamente mediante equilibrios militares. Necesita mecanismos que hagan menos rentable la destrucción de las capacidades productivas del adversario y más valiosa la coexistencia. Ferrocarriles, energía, agua, tecnología, comercio, reconstrucción, crédito productivo y proyectos compartidos pueden funcionar como infraestructura de seguridad porque aumentan el costo de romper el sistema común.
El geoestratega Dennis Small recuerda que más capacidad no determina por sí sola cómo será utilizada. Una economía industrialmente soberana puede construir centrales eléctricas o arsenales. Una inteligencia artificial soberana puede mejorar servicios públicos o perfeccionar sistemas de vigilancia. Una red logística redundante puede alimentar ciudades o sostener guerras prolongadas. La capacidad material es condición de soberanía; no es garantía de racionalidad política.
Ésa es quizá la diferencia decisiva entre multipolaridad y simple fragmentación.
Una multipolaridad funcional conserva interdependencias suficientes para limitar la guerra y redundancias suficientes para impedir la subordinación absoluta. Una fragmentación hostil intenta eliminar cada dependencia, duplica sistemas incompatibles, convierte tecnología, crédito y comercio en armas permanentes y termina haciendo de cada relación económica un problema de seguridad. El primer escenario acepta que Estados Unidos, China, Rusia, India, Europa y las potencias medias seguirán necesitando negociar. El segundo transforma el planeta en archipiélagos monetarios, tecnológicos y militares cuya única comunicación estable es la coerción.
La reunión entre Xi y Trump no decidió cuál de esas trayectorias prevalecerá. Ninguna cumbre podría hacerlo. Lo significativo es que incluso mientras ambos países construyen capacidad para resistirse mutuamente, consideran útil institucionalizar reuniones, reducir determinados aranceles, mantener canales militares, conversar sobre tecnología y encontrarse nuevamente en APEC y el G20. Reuters confirmó que Trump espera reunirse otra vez con Xi en China en noviembre y en el G20 de diciembre.
Esto permite formular una conclusión distinta a la vieja narrativa de “desacoplamiento”.
El mundo no se está desglobalizando simplemente.
Se está reasegurando.
Los Estados están pagando primas en forma de inventarios, subsidios, fábricas duplicadas, rutas alternativas, monedas locales, reservas energéticas, infraestructura digital soberana, producción militar y cadenas de suministro más costosas. Están aceptando perder parte de la eficiencia que caracterizó a la globalización de las últimas décadas para reducir la probabilidad de que una sola interrupción paralice funciones esenciales.
En ese proceso se decide la nueva jerarquía.
No la decidirá exclusivamente el tamaño de un PIB ni la cantidad de dinero que pueda movilizar un banco central. La decidirá la capacidad de convertir crédito en centrales eléctricas; minerales en semiconductores; investigación en tecnología industrial; deuda en infraestructura productiva y no solamente en consumo financiero; petróleo en combustibles utilizables; redes digitales en capacidad computacional propia; moneda en sistemas de liquidación; población en trabajo calificado; puertos en corredores logísticos y alianzas en proyectos que puedan sobrevivir a una crisis.
El dinero seguirá importando enormemente.
Pero el dinero ya no basta.
Una potencia puede disponer de billones y descubrir que no existen suficientes transformadores. Puede aprobar un presupuesto militar y descubrir que su industria tarda años en ampliar producción. Puede sancionar a un proveedor y descubrir que no existe otro capaz de sustituirlo. Puede digitalizar una moneda y descubrir que los chips, la nube o las redes que la sostienen pertenecen a otro ecosistema. Puede proclamar soberanía y descubrir que otro controla el seguro, el transporte, la compensación financiera, la energía o el software necesarios para ejercerla.
Por eso el Sistema nacional de economía política reaparece como una de las categorías más útiles para comprender el presente. No porque el Estado nacional pueda encerrarse sobre sí mismo, sino precisamente porque sólo un sistema productivamente denso puede interdependender sin quedar subordinado.
La contradicción que define esta época puede formularse entonces con precisión.
China y Estados Unidos necesitan reducir sus vulnerabilidades sin destruir la economía mundial de la que ambos dependen. Rusia necesita construir autonomía sin convertirse en apéndice de un nuevo centro. India necesita industrializarse sin aceptar una arquitectura que limite su libertad de maniobra. Europa necesita reconstruir seguridad energética, industrial y militar mientras administra deuda y envejecimiento. El Sur Global necesita infraestructura y crédito sin cambiar una dependencia por otra. Los bancos centrales necesitan adaptar el dinero a redes tokenizadas sin perder control sobre la liquidación. Las sociedades digitales necesitan inteligencia artificial y conectividad sin convertir cada capa tecnológica en un punto de fallo externo.
No estamos observando simplemente el final de una hegemonía y el ascenso de otra.
Estamos observando la lucha por determinar si el sistema internacional del futuro tendrá un único centro obligatorio, varios centros capaces de coexistir o una colección de bloques que sólo sepan relacionarse mediante presión económica y fuerza militar.
Y esa decisión, pese a toda la sofisticación de las finanzas, la diplomacia y la inteligencia artificial, volverá una y otra vez al mismo tribunal.
La materia.
La energía que realmente puede generarse.
La fábrica que realmente puede producir.
El puerto que realmente puede operar.
El crédito que realmente puede convertirse en infraestructura.
El chip que realmente puede fabricarse.
El alimento que realmente puede transportarse.
El sistema de pagos que realmente puede liquidar.
La red que realmente puede seguir funcionando cuando otra se apaga.
Ésa es la soberanía estratégica que comienza a ordenar el siglo XXI.
Y ésa es también la razón por la que, cuanto más digital, financiero y aparentemente virtual se vuelve el poder mundial, más brutalmente material vuelve a ser su fundamento.
Fuentes consultadas
Dennis Small. Hablemos de soluciones: Xi en Washington, el Papa en Francia. EIR. 28 de septiembre de 2026.
EIRNS. La trayectoria tras la visita de Estado de Xi Jinping a Washington. EIR. 28 de septiembre de 2026.
EIRNS. Acuerdos y desacuerdos de las reuniones entre Trump y Xi. EIR. 28 de septiembre de 2026.
The White House. Fact Sheet: President Donald J. Trump Advances a Fair and Reciprocal Relationship with China While Hosting Historic State Visit. Casa Blanca. 25 de septiembre de 2026.
Ministerio de Asuntos Exteriores de China. China y Estados Unidos Alcanzan Ocho Resultados y Entendimientos. Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Popular China. 26 de septiembre de 2026.
Reuters. China’s rare earths dominance to overshadow Trump’s talks with Xi. Reuters. 24 de septiembre de 2026.
Reuters. Trump says he will meet Xi in China in November. Reuters. 25 de septiembre de 2026.
Reuters. What is in the US-Greenland-Denmark security deal?. Reuters. 22 de septiembre de 2026.
Reuters. Bond yields extend run higher; stocks ease but Anthropic IPO optimism boosts tech. Reuters. 29 de septiembre de 2026.
NATO. 2026 Resilience Baseline Requirements. Organización del Tratado del Atlántico Norte. 15 de septiembre de 2026.
NATO. Defence investment and NATO’s 5% commitment. Organización del Tratado del Atlántico Norte. Actualizado el 29 de junio de 2026.
Federal Open Market Committee. Federal Reserve issues FOMC statement. Reserva Federal de Estados Unidos. 16 de septiembre de 2026.
Bank for International Settlements. Yields climb, yet risk appetite holds firm. BIS Quarterly Review. 14 de septiembre de 2026.
New Development Bank. President Dilma Rousseff met with India’s Finance Minister. Nuevo Banco de Desarrollo. 10 de marzo de 2026.
European Central Bank. Eurosystem brings central bank money to tokenised finance. Banco Central Europeo. 21 de septiembre de 2026.
Versan Aljarrah. The Monetary Seesaw: How the System Transfers Wealth to the Top. Medio no identificado en el material proporcionado. 5 de agosto de 2026.
Daniel Estulin. Conversación sobre la posible desintegración del Reino Unido y la transformación histórica de las redes de poder occidental. Medio no identificado en el material proporcionado. Septiembre de 2026.
Carl Osgood. British Imperialism in Space. Medio no identificado en el material proporcionado. 25 de septiembre de 2026.