Oscuro Claro
En un vibrante discurso ante el G7, Lula desafió a las potencias occidentales a dejar de quejarse de China y a invertir en paz como única alternativa a la guerra y la ruina económica.

Por Mente Alternativa

En un lúcido y vibrante discurso pronunciado el 17 de junio de 2026 ante la cumbre del G7 en Évian, Francia, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva irrumpió como la voz discordante y lúcida del Sur Global, desafiando la complacencia y la miopía estratégica de los líderes de las naciones más industrializadas del planeta. Tal como lo reporta el geoestratega Dennis Small en un análisis para EIR, Lula no solo tuvo la valentía de «ir directamente a la cueva del león», sino que asestó un golpe certero al corazón del debate estratégico contemporáneo, proponiendo un cambio de paradigma que resuena con la urgencia de evitar una catástrofe civilizatoria. Al afirmar que el mundo se encuentra escindido entre dos realidades —la de los países que se obsesionan con contener a China y la de las naciones que esperan desesperadamente un socio para el desarrollo—, Lula desnudó la profunda fractura que amenaza con consumir el orden internacional. Su exhortación, sencilla y profunda, a «invertir en la paz» y su categórico «basta ya de guerras» no fueron meras frases hechas, sino la constatación de que el camino actual, pavimentado con gasto militar y especulación financiera, conduce inevitablemente a un abismo económico y nuclear.

La intervención de Lula en el G7 fue un acto de desenmascaramiento político de primer orden. Mientras la cumbre se debatía en discusiones estériles sobre Ucrania e Irán, el mandatario brasileño puso el dedo en la llaga de la inacción de Occidente. Su crítica fue incisiva: «No sirve de nada quedarnos aquí, sentados alrededor de esta mesa, quejándonos de China», espetó, exigiendo a los líderes del G7 que dejaran de lado su enfoque individualista y contemplaran los desequilibrios globales como un todo. Lula transformó la narrativa, preguntando no cómo frenar a China, sino cómo convertir a los 900 millones de habitantes de África en consumidores a través de la inversión y el desarrollo. En sus palabras, se condensaba una crítica mordaz al abandono de Occidente, que, por omisión o comisión, deja el terreno libre para que otras potencias ocupen el espacio del desarrollo. Al señalar que las empresas francesas, alemanas y estadounidenses no participan en las licitaciones brasileñas, mientras que las chinas sí, Lula demostró que la ausencia de Occidente en el Sur Global no es un accidente, sino el resultado de una política deliberada que prioriza la confrontación geopolítica sobre la cooperación productiva.

Esta posición de Lula no es un incidente aislado, sino la punta de lanza de una estrategia más amplia del Sur Global para reconfigurar las relaciones de poder en el siglo XXI. Como lo ha advertido insistentemente Helga Zepp-LaRouche, fundadora del Instituto Schiller, la única manera de evitar una confrontación nuclear es construir una nueva arquitectura internacional de seguridad y desarrollo que incluya a los países del Sur. En este sentido, las palabras de Lula en el G7 fueron un eco de las propuestas que se vienen gestando en el seno de los BRICS y del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD). La reciente adhesión de Uzbekistán al NBD y los préstamos millonarios otorgados a Sudáfrica no son meras operaciones financieras, sino la materialización de un nuevo paradigma económico que busca romper con la hegemonía del dólar y la especulación cancerosa que ha infectado el sistema financiero occidental. La decisión de Brasil de emitir bonos «panda» denominados en yuanes, que el ministro de Hacienda Dario Durigan formalizará en Pekín, es un paso audaz en esta dirección, un mensaje inequívoco a Washington de que la diversificación financiera es una necesidad estratégica para la supervivencia.

La dialéctica entre la paz y la guerra que planteó Lula en el G7 adquiere una dimensión dramática cuando se contrasta con la escalada bélica en Oriente Medio. El frágil acuerdo de 14 puntos entre Estados Unidos e Irán, que contemplaba la suspensión de sanciones petroleras y un alto el fuego en Líbano, se enfrenta al sabotaje sistemático del gobierno de Netanyahu, cuyas declaraciones genocidas —como la de su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, quien exige que «todo el Líbano arda»— revelan una voluntad de guerra permanente que no admite tregua. Desde la perspectiva de Irán y Rusia, la incapacidad de la administración Trump para controlar a sus aliados en Tel Aviv y Kiev siembra una desconfianza existencial: si Estados Unidos no puede o no quiere garantizar sus propios acuerdos, ¿qué valor tiene sentarse a negociar? Esta es la trágica paradoja de un imperio en declive que, atado a los designios de la City de Londres y Wall Street, se ha convertido en un pirómano que, mientras apaga incendios aquí, los provoca allá, empujando al mundo hacia una «gran depresión» económica comparable a las tinieblas del siglo XIV.

Frente a este panorama, Brasil se erige como un actor estratégico de primer orden, no solo por su peso económico, sino por su capacidad para ofrecer una alternativa al proyecto hegemónico de Washington. La propuesta de construir un ferrocarril bioceánico que conecte el Atlántico con el Pacífico a través de Perú, uniendo el corazón de Sudamérica con el puerto de Chancay, es un proyecto de envergadura continental que rivaliza con el Corredor Económico China-Pakistán. Este no es un simple proyecto de infraestructura; es la materialización del «Plan Oasis» para América Latina, una apuesta por el desarrollo productivo que desafía la lógica del «Escudo de las Américas» que Trump busca imponer. Para llevar a cabo esta transformación, Brasil debe, como señala Small, erigir un «muro absoluto» entre el sistema especulativo del dólar y un sistema de crédito soberano en moneda nacional, siguiendo el espíritu de la ley Glass-Steagall, que separa la banca comercial de la banca de inversión. Esta audacia económica, que implica restringir la convertibilidad libre del real para evitar la fuga de capitales, es la única garantía de soberanía y el camino para que Iberoamérica sobreviva a la tormenta que se avecina.

En definitiva, el discurso de Lula en el G7 no fue un simple intercambio diplomático, sino un parteaguas histórico. Al proclamar que «vamos a invertir en la paz», no solo denunció la hipocresía de los países ricos que predican la estabilidad mientras fomentan el caos, sino que trazó una hoja de ruta para un nuevo orden mundial. Su llamado a «aprovechar el siglo XXI y hacer cosas diferentes» resuena como una advertencia existencial: la alternativa a la cooperación en el desarrollo es la confrontación y la ruina. Mientras el establishment transatlántico se aferra a un pasado de guerras y especulación, Brasil, junto con el resto del Sur Global, se apresta a escribir un nuevo capítulo de la historia, donde la paz no es un sueño, sino una inversión necesaria y urgente.

Fuentes consultadas

Small, Dennis. «Lula al G7: ‘Vamos a invertir en la paz. Basta ya de guerras’«. EIR. 22 de junio de 2026.

Agência Brasil. «No G7, Lula cobra empenho dos países ricos diante de desigualdades«. 16 de junio de 2026.

Poder360. «Governo formalizará intenção de emitir títulos em yuan na 5ª feira«. 22 de junio de 2026.

Poder360. «Em Xangai, Durigan anuncia que Brasil emitirá títulos em yuans«. 23 de junio de 2026.

ANSA Latina. «Brasil listo para emitir sus primeros bonos en yuanes» 6 de junio de 2026.



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