Por Mente Alternativa
En un análisis publicado en Red Voltaire, Thierry Meyssan plantea una cuestión que traspasa los límites de la geopolítica convencional para instalarse en el terreno de la filosofía moral y la responsabilidad histórica: ¿Habrá que eliminar el fascismo en Israel? La pregunta, que el autor formula con la crudeza de quien observa el abismo, no nace de la especulación académica, sino de la evidencia empírica de una deriva política que ha transformado el rostro del Estado de Israel bajo el liderazgo de Benyamin Netanyahu. La opinión pública internacional, según Meyssan, ha mudado su posición al constatar que el primer ministro y su coalición no persiguen la paz, sino el exterminio sistemático de la población del sur de Líbano, repitiendo la pauta ya ensayada en Gaza. Lo que antes era una sospecha para muchos, se ha convertido en una certeza insoportable: la maquinaria bélica israelí, lejos de ceñirse a los cánones de la legítima defensa, opera bajo una lógica de aniquilación que encuentra su fundamento doctrinal en el sionismo revisionista de Vladimir Jabotinsky, una corriente política que los analistas de Red Voltaire han señalado desde que la alianza Likud-kahanistas se afianzó en el poder.
Para comprender la gravedad de esta afirmación, es menester desbrozar el camino de la confusión y el equívoco que han envuelto el debate público. Thierry Meyssan insiste en una distinción capital que suele ser ignorada o deliberadamente tergiversada: el proyecto de construcción de un “Imperio judío” preconizado por Jabotinsky nada tiene que ver con el sionismo humanista y laico de Theodor Herzl. Acusar a quienes realizan esta distinción de antisemitismo no solo es un insulto a la inteligencia, sino un recurso falaz para clausurar cualquier discusión incómoda. El revisionismo de Jabotinsky, como bien documenta el autor, no fue una anomalía marginal, sino una fuerza política que, en su búsqueda pragmática del poder, entabló alianzas ominosas con el fascismo europeo. Los revisionistas fueron aliados de Benito Mussolini y, en una de las páginas más sórdidas de su historia, negociaron con individuos próximos a Adolf Hitler, llegando a organizar con el oficial de las SS Adolf Eichmann el envío de miles de judíos húngaros a los crematorios de Auschwitz. Esta cooperación no fue un accidente, sino la expresión de una afinidad electiva con las ideologías de la fuerza y la pureza étnica, que priorizaban la construcción del Estado por encima de cualquier consideración ética universal. Esa genealogía del mal, que Meyssan exhuma con rigor documental, es la clave para interpretar las acciones del gobierno israelí actual, que no sería sino el heredero legítimo de aquella tradición política que supo pactar con el diablo para alcanzar sus fines.
El punto de inflexión que ha abierto los ojos del mundo, según el análisis, no fue la masacre de civiles palestinos, que ha sido una constante silenciada durante décadas, sino la oposición frontal de Netanyahu al protocolo de acuerdo de Estados Unidos con Irán. Aquel documento, en el que el principal aliado de Israel demostraba que era posible transitar una vía diferente a la confrontación perpetua, reveló la naturaleza profunda del gobierno de Netanyahu: su rechazo a la paz no es táctico, sino ontológico. La operación palestina Diluvio de Al-Aqsa, del 7 de octubre de 2023, solo sirvió como catalizador para desatar una furia que ya estaba programada. La confusión generada en torno a si las operaciones militares constituían o no un genocidio es, para Meyssan, un falso debate. La existencia de una orden explícita de exterminio étnico es irrelevante cuando el método empleado, la famosa «directiva Dahiet», implica la destrucción total de la infraestructura civil y la equiparación de toda la población con un objetivo militar. Esta doctrina, redactada por el general Gadi Eizenkot en octubre de 2008 y publicitada sin rubor en el diario Yediot Aharonot, establece que las fuerzas israelíes aplicarán una fuerza desproporcionada contra las poblaciones, causando grandes daños y destrucciones, bajo el pretexto de que, desde su punto de vista, no son poblaciones civiles sino bases militares. Esta no es una recomendación, es un plan aprobado, y su aplicación en Gaza durante los últimos tres años y ahora en Líbano constituye un crimen de guerra reivindicado abiertamente por un militar que fue jefe del estado mayor y miembro del «gabinete de guerra».
La implementación de esta directiva no es un exceso en el fragor del combate, sino la ejecución fría de una política de erradicación de la resistencia popular. Al aplicar a la población civil el mismo tratamiento que a los combatientes, se está sentenciando a la desaparición a gazauítas y libaneses del sur, lo que constituye, en esencia, la definición más pura de genocidio. La Corte Internacional de Justicia, el tribunal interno de las Naciones Unidas, tenía la obligación moral y jurídica de declararlo así. Sin embargo, la presión política, encarnada en la figura de su presidente, el libanés Nawaf Salam, cuyo linaje familiar está vinculado a la compra de tierras palestinas para la causa sionista, impidió que la justicia internacional hiciera su trabajo. La paradoja es que Salam fue nombrado primer ministro de Líbano, un país que ahora sufre las consecuencias de aquella decisión que no se tomó. Este entramado de intereses, donde las élites judiciales y políticas se confunden con las estructuras de poder que perpetúan el conflicto, evidencia la profunda podredumbre de un sistema internacional que es incapaz de aplicar sus propias leyes cuando los intereses de los poderosos están en juego. La cuestión que se yergue ante nosotros, como un espejo deformante de la historia, no es ya si se está cometiendo un genocidio, sino cuál será la respuesta de la humanidad ante la evidencia de que las raíces fascistas del sionismo revisionista han florecido en el corazón del Estado de Israel.
Thierry Meyssan, con su prosa incisiva, nos conduce a una reflexión de una brutalidad lógica: ¿Habrá que aplicar en Israel un proceso similar a la desnazificación que se llevó a cabo en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial? Esta pregunta, que hace las veces de tesis central del artículo, no es una ocurrencia retórica, sino una necesidad histórica que se impone ante la constatación de que Netanyahu y sus aliados no ocultan su intención de transformar a Israel en una «súper Esparta», en contraposición al ideal democrático de una «Atenas» que concilie la identidad con la justicia. La desnazificación no fue solo un juicio a los criminales de guerra, sino un proceso de purga ideológica y reeducación de una sociedad entera que había sido colonizada por el odio. Aplicar un esquema similar en Israel implicaría desmontar las estructuras de poder que han hecho posible la tortura, los crímenes de guerra y el genocidio, y emprender la titánica labor de reconstruir una narrativa nacional que no se funde en la supremacía étnica y la negación del otro. La empresa es titánica, porque el fascismo revisionista no es ya una ideología importada, sino un producto autóctono que ha encontrado en el miedo y el trauma colectivo el combustible para su expansión.
La pregunta que Meyssan plantea no es, sin embargo, un mero ejercicio intelectual; es una cuestión vital que nos interpela a todos, israelíes y no israelíes, judíos y no judíos, porque los sionistas revisionistas se han erigido en enemigos del género humano. La historia, que suele ser un depósito de lecciones olvidadas, nos muestra que esta corriente política no ha vacilado en asesinar a judíos ucranianos prosoviéticos en la década de 1920, ni a judíos húngaros adinerados durante la Shoah. Su lealtad no es a su pueblo, sino a un proyecto de poder que requiere de un enemigo perpetuo para justificar su existencia. Mañana, cuando los opositores internos empiecen a ser una amenaza para su supervivencia, no dudarán en asesinarlos también. La barbarie no es un accidente, es el método. Por eso, ver fríamente los hechos históricos y detenerlos es la única respuesta ética posible. La desnazificación de Israel no es una opción entre muchas, es la condición de posibilidad para la supervivencia de una nación que ha sido secuestrada por sus demonios. El proceso sería largo, doloroso y profundamente conflictivo, pero necesario si se quiere preservar algo del espíritu humano que alguna vez animó la idea de un hogar para el pueblo judío. La conciencia humana, que hoy vemos amputada por la indiferencia y la complicidad, solo podrá ser restaurada cuando se aborde la raíz del mal. Mientras tanto, la máquina de la destrucción sigue su curso, y con ella, la ruina de un pueblo que, paradójicamente, creyó estar construyendo su propia salvación.
Fuentes consultadas
Meyssan, Thierry. ¿Habrá que eliminar el fascismo en Israel?. Red Voltaire. 23 de junio de 2026.