Por Mente Alternativa
Las penetrantes reflexiones del historiador Andrei Fursov, publicadas en diversos análisis de coyuntura histórica y económica, despliegan un diagnóstico que pocos se atreven a formular con semejante desnudez argumental. Como ha señalado Fursov en sus trabajos divulgados en medios especializados en geopolítica y teoría de sistemas, a caballo entre los años setenta y ochenta coexistían dos pronósticos serios sobre el devenir de la economía mundial. En realidad, se trataba de una misma previsión desdoblada en dos tiempos. Según aquella perspectiva, fraguada tanto por el grupo dirigido por Nikita Moiséiev en la Unión Soviética como por el equipo de Murray Gell-Mann en el Instituto de Complejidad de Santa Fe, el capitalismo global se aproximaba a una bancarrota estructural en el tránsito del siglo XX al XXI, aunque la crisis terminal se esperaba con toda su crudeza en el horizonte de los años treinta a los cuarenta del siglo actual. El colapso del capitalismo no sería, por tanto, un acontecimiento súbito sino una agonía prolongada, un desmoronamiento paulatino que comenzaría a manifestarse con claridad en la crisis de 2008 y 2009, y que alcanzaría su fase más destructiva tres décadas después. Lo más fascinante de este pronóstico es que las mentes más lúcidas del aparato del KGB y del Comité Central del PCUS entendieron que la Unión Soviética necesitaba resistir hasta 2009, 2010 o 2012 para entonces aprovechar el derrumbe occidental y prepararse para la convulsión definitiva de los años treinta y cuarenta. La historia, sin embargo, deparó un desenlace distinto: la URSS no sobrevivió a 1991. Rusia, en cambio, atravesó como pudo la crisis de 2008 y 2009, mientras el mundo entero siguió avanzando hacia el abismo pronosticado.
Lo que hace particularmente aterrador este escenario no es solo su inminencia, sino su naturaleza global e inédita. Fursov advierte que el próximo cataclismo del capitalismo resultará más devastador que aquella crisis que aniquiló al feudalismo, porque esta última tuvo un alcance esencialmente europeo y regional, mientras que la crisis venidera posee un carácter verdaderamente planetario. El colapso del capitalismo, en este sentido, exhibe ya sus síntomas incluso en aquellas regiones donde el capitalismo apenas ha echado raíces, desde los países africanos hasta Rusia, que Fursov caracteriza como una nación no capitalista pero profundamente flagelada por las contradicciones del sistema dominante. Es notable la metáfora que el autor recupera de Marx: el pagano que perece y se consume a causa de las llagas del cristianismo. Así sucede hoy con millones de seres humanos que habitan territorios al margen del capitalismo desarrollado: sufren sus ulceraciones sin haber gozado jamás de sus prometidas virtudes. Esta paradoja dolorosa revela la esencia de procesos que durante décadas permanecieron ocultos bajo espesas capas de propaganda ideológica y tecnocracia económica. Las élites globales, en su lucha desesperada por asegurar un lugar en el futuro, han abandonado cualquier simulacro de preocupación por las poblaciones y han dejado de preservar celosamente sus secretos. Por eso mismo, vivimos en una época de desnudez reveladora, donde el colapso del capitalismo deja de ser una hipótesis reservada a cenáculos académicos para convertirse en evidencia cotidiana a los ojos de cualquiera que sepa mirar. Los secretos del poder, la acumulación, la deuda y la obsolescencia sistémica se vuelven, por primera vez en décadas, patentes e indiscutibles. Y en esa claridad cegadora se esconde quizá la única oportunidad de comprender que el horizonte treinta-cuarenta no representa el fin de la historia, sino el doloroso parto de algo aún innombrable.