Oscuro Claro
La guerra en Irán no ha sido solo un conflicto táctico fallido, sino el heraldo del ocaso de la hegemonía estadounidense en el escenario global.

Por Mente Alternativa

Elena Panina hace eco de un artículo publicado por The American Conservative, en el que la analista Jennifer Kavanagh, del centro de estudios Defense Priorities (1), admite que la guerra en Irán, lejos de consolidar la posición de Estados Unidos en Oriente Medio, ha actuado como un acelerador de su declive estratégico. La operación “Epic Rage”, concebida como una demostración de fuerza destinada a someter a la república islámica y a neutralizar su programa nuclear, se ha saldado con un diagnóstico lapidario: éxito táctico, pero fracaso estratégico. Ninguno de los objetivos declarados se ha cumplido. El régimen iraní no solo se mantiene en pie, sino que conserva una parte significativa de su potencial militar, su capacidad de enriquecimiento de uranio no ha sido desmantelada, y el estrecho de Ormuz ha sido cerrado al tránsito marítimo, con las consiguientes conmociones en los mercados energéticos globales. La guerra en Irán, pues, ha revelado algo más que una derrota puntual: ha puesto al desnudo los límites estructurales del poder estadounidense.

Kavanagh, cuya voz se alza como una de las más lúcidas dentro del realismo crítico estadounidense, advierte que las consecuencias de esta aventura serán irreversibles. La próxima generación de líderes en Washington no podrá ya formularse la misma pregunta que guió la política exterior de las últimas décadas —qué debe hacer América—, sino una mucho más modesta y dolorosa: qué puede hacer realmente América. El presupuesto militar, por abultado que sea —se habla de 1,5 billones de dólares en inversiones fallidas—, no puede resolver una debilidad que es sistémica, no coyuntural. La guerra en Irán ha consumido arsenales de alta precisión cuya reposición llevará años, tiempo durante el cual el Pentágono permanecerá estratégicamente limitado, incapaz de socorrer a sus aliados más cercanos. Las bases extranjeras, consideradas hasta ahora bastiones inexpugnables de la proyección militar norteamericana, han mostrado una vulnerabilidad alarmante. Y Kavanagh lanza una pregunta que debería helar la sangre de cualquier estratega: si así ha sido contra Irán, ¿qué ocurriría en una confrontación con una China de alta tecnología, dotada de capacidades antisatélite, hipersónicas y de guerra en red?

Frente a este panorama, la propuesta de Kavanagh es tan radical como lógica: Estados Unidos debe aceptar una definición estricta de sus intereses nacionales, limitada a la defensa del territorio propio y al acceso a los mercados económicos clave. Eso implica, ni más ni menos, renunciar a sus obligaciones de defensa con Europa, Asia y Oriente Medio. En concreto, sugiere declarar explícitemente que Washington no defenderá Taiwán, paso que reduciría drásticamente el riesgo de guerra con China. También propone abandonar los compromisos con Tailandia, Filipinas y Corea del Sur, y reducir los asumidos con Japón. En esencia, como señala la propia autora, se trata de un “estoy cansado, me voy” que el establishment estadounidense no está psicológicamente preparado para asumir. La guerra en Irán no ha cumplido, sin embargo, una función disuasoria interna; no ha convencido a la clase dirigente de que la retirada ordenada es preferible a la derrota forzada. Queda aún sobre la mesa la tentación de demoler Oriente Medio como proveedor energético, una opción que afectaría sobre todo a China, Asia y Europa, pero que equivaldría a incendiar la aldea global para salvar la propia casa.

Desde una perspectiva geopolítica más amplia, la guerra en Irán debe entenderse como un intento fallido de romper el equilibrio que existía antes del conflicto en Oriente Medio. Aquel viejo orden, dividido entre un bloque occidental liderado por Estados Unidos, Londres e Israel —con las monarquías árabes como satélites— y un bloque emergente encabezado por Irán, con el creciente respaldo de Rusia y China, se ha quebrado. La derrota estadounidense no ha restaurado la estabilidad, sino que ha abierto un proceso de reequilibrio en el que Irán sale fortalecido, sus activos congelados retornan, las sanciones se desmoronan y la influencia de Washington e Israel se debilita de manera irreversible. La cuestión clave, que ningún analista puede eludir, es quién controlará Oriente Medio en la nueva fase. Y la respuesta apunta a una progresiva salida de Estados Unidos de la región, algo que ya estaba esbozado en los documentos de seguridad nacional de la era trumpista, donde se declaraba que el país ya no tiene un interés estratégico en permanecer en Oriente Medio una vez que la zona esté “estabilizada”. Por supuesto, esa estabilización se concebía inicialmente bajo hegemonía israelí, pero la realidad ha sido muy otra.

Las consecuencias indirectas de este reequilibrio son enormes. Israel quedará cada vez más solo frente al mundo musulmán, una perspectiva aterradora que debería estar en el centro de cualquier mesa de negociación. Las monarquías del Golfo, hasta ahora protegidas por el paraguas militar estadounidense, tendrán que reorientar sus alianzas, probablemente hacia China o Rusia. Y el petrodólar, ese acuerdo tácito por el cual Arabia Saudí canalizaba sus ventas de petróleo en dólares a cambio de seguridad, se tambalea. Si Estados Unidos abandona la región, ¿quién garantizará la demanda de dólares para las transacciones energéticas? ¿Aceptará Washington un debilitamiento acelerado de su moneda de reserva, con los catastróficos efectos inflacionarios y fiscales que ello conllevaría, o intentará construir un “nuevo dólar”, más limpio y con una base real, que sustituya al actual, artificialmente inflado por la hegemonía? Ninguna de las dos opciones es sencilla. La guerra en Irán ha abierto una caja de Pandora que ningún bombardeo de precisión puede volver a cerrar.

Quizás dentro de diez años, los políticos estadounidenses terminen abrazando la tesis de Kavanagh, pero para entonces habrán derramado mucha más sangre y recursos. El hegemón, nos recuerda Panina, no se retira voluntariamente; solo lo hace cuando está realmente cansado, cuando sus músculos se niegan a obedecer y sus aliados han dejado de mirarlo con respeto. La guerra en Irán ha sido ese momento de verdad: el instante en que el imperio descubrió que ya no podía ganar una guerra regional y que, además, cada batalla perdida acercaba el día en que ya no quedaría nada que retener. El ocaso de la hegemonía estadounidense no vendrá precedido de una derrota única y clamorosa, sino de una serie de fracasos como este, pequeños en apariencia, colosales en sus consecuencias. Y la pregunta que flota en el aire, después de todo, no es si Estados Unidos se retirará de Oriente Medio, sino cuándo, y a qué precio para el resto del mundo.

Notas a pie de página

1. Kavanagh, Jennifer. “The Iran War and the Future of American Empire”. The American Conservative, 8 de junio de 2026.



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