Por José Luis Preciado
El espectáculo de Davos 2026 no debe leerse como un choque entre paradigmas irreconciliables, sino como la puesta en escena de una antítesis real pero cuidadosamente manufacturada. El supuesto enfrentamiento entre el imperialismo regionalista de Donald Trump y el ultraglobalista del Foro Económico Mundial es, en realidad, la forma contemporánea de una vieja estrategia oligárquica: ordenar el mundo a través del caos, los antagonismos manufacturados y la dialéctica hegeliana aplicada al poder.
Executive Intelligence Review (EIR) abrió un análisis reciente sobre la Cumbre con una pregunta reveladora —“¿Prevalecerá la ley de la selva?”— describiendo el discurso de Trump en Davos como la expresión descarnada de la ideología del Hombre Bestia de Joseph de Maistre: el terror, la coacción y el principio de que la fuerza hace el derecho. Trump no solo reivindicó la agresión estadounidense contra Venezuela como método ejemplar de negociación, sino que volvió a insistir en la “adquisición” de Groenlandia, reduciendo el derecho internacional a un estorbo circunstancial frente a los imperativos estratégicos de Washington.
Sin embargo, leer este episodio como una ruptura con el orden globalista es un error de fondo. Como reconoce el propio presidente del Foro Económico Mundial, Børge Brende, la coordinación entre Davos y la Casa Blanca ha sido constante y deliberada, con reuniones directas, sincronización política y una presencia estadounidense reforzada en el foro. Davos no fue “tomado” por Trump: se reorganizó en torno a él, como bien señaló EIR en su nota “Davos se organizó en torno a Trump, Larry Fink y los multimillonarios de la IA”.
Aquí aparece la clave dialéctica que suele perderse en los análisis basados en lecturas que dividen todo en rojo y azul: el culmen de Occidente que se oculta detrás de la fachada corporativa del Foro Económico Mundial no abandona su retórica “progresista” —clima, ODS, Acuerdo de París— porque haya sido derrotado, sino porque su Plan A (ultraglobalista) dejó de ser viable frente a la emergencia de un mundo multipolar que rechazó la unipolaridad y las políticas maltusianas encubiertas bajo falsificaciónnes sofisticadas como la del cambio climático antropogénico. Ante la resistencia activa de China, Rusia y otros polos no alineados a la desindustrialización, la despoblación ni la desconscientización, las élites de Occidente activan un Plan B: un modelo más brutal, fragmentado y abiertamente coercitivo, basado en regiones estratégicas en disputa y en la normalización de la fuerza desnuda como principio ordenador.
En ese escenario, Trump no es una anomalía ni un accidente, sino la figura funcional de la “bestia regional”, dizque “soberanista”, necesaria para gestionar el caos controlado. Cambia el método —del hipócrita ultraglobalismo antiindustrial-tecnocrático al descarnado imperialismo regionalista industrial-tecnocrático—, pero no el objetivo estratégico: contener, desgastar y, si es posible, revertir el ascenso del bloque multipolar emergente, con China y Rusia como enemigos estructurales en ambos esquemas.
Paul Spydell aporta un elemento crucial para desactivar tanto el trumpismo ingenuo como la lectura dualista superficial. Para él, el “stand-up” de Trump en Davos no obedece a un gran diseño estratégico, sino a un patrón narcisista y performativo de mentiras: provocación máxima, escalada mediática y retirada táctica —el ya conocido TACO (Trump Always Chickens Out, Trump siempre arruga). Pero esta ausencia de coherencia estratégica individual no invalida la coherencia estructural del sistema. Al contrario: la vuelve más funcional, porque permite introducir disrupción sin alterar los fundamentos del poder.
Spydell lo demuestra con datos duros: no existe margen real para una fractura del bloque occidental. La financiación del sistema estadounidense depende de un núcleo extremadamente concentrado de aliados —Reino Unido, Canadá, Japón, Islas Caimán— que absorben más del 100% de los flujos netos de capital extranjero. China, India o Brasil ya no son pilares del sistema. Europa, en cambio, se vuelve estructuralmente indispensable. Esto significa, como he venido argumentando en diversos artículos, que ni el “imperialismo regionalista” de Trump ni el ultraglobalismo de Davos pueden romper el bloque manufacturado por las élites oculistas de Occidente: están condenados a sintetizarse.
Elena Panina observa en tono irónico, que si Trump realmente quisiera atacar los nodos clave del poder financiero global no debería obsesionarse con la isla de Groenlandia, sino con las islas de paraísos fiscales británicos del Caribe, en particular las Islas Vírgenes Británicas (BVI), donde se concentran billones de dólares fuera del control fiscal estadounidense y que funcionan como extensiones financieras de la Corona británica. Panina amplía el foco mostrando que, además de los territorios británicos (Caimán, Bermudas, Turcas y Caicos, etc.), Francia y los Países Bajos también mantienen enclaves coloniales estratégicos en el hemisferio occidental, como la Guayana Francesa —rica en recursos y sede del cosmódromo de Kourou—, lo que expone la contradicción entre estas realidades coloniales y cualquier doctrina estadounidense de soberanía hemisférica, subrayando que el verdadero conflicto no es territorial sino financiero, imperial y sistémico, y que esas “islas” son piezas centrales del orden oculto occidental.
Es en este punto donde entra el cinismo cortesano de figuras como el premier de Canadá, Mark Carney. En Davos, el ex gobernador del Banco de Inglaterra reconoció abiertamente el colapso del llamado “orden internacional basado en reglas”, admitiendo que siempre fue una ficción útil para las grandes potencias. Sin embargo, lejos de cuestionar la legitimidad del sistema ultraglobalista, Carney propone su actualización: una nueva política nacional “sostenible” e “innovadora” para Canadá que, como ha advertido el historiador canadiense Matthew Ehret, no es más que la continuidad del control imperial británico bajo nuevas formas tecnocráticas.
Carney —“el príncipe Carlos de los banqueros centrales”—, al igual que Mario Draghi o Úrsula von der Leyen, forma parte de una élite cortesana transatlántica que gestiona, en nombre de la aristocracia europea y de los clanes de poder angloestadounidenses, el declive del orden liberal y su reformateo, al tiempo que prepara un régimen de excepción permanente, legitimado mediante crisis sucesivas.
El Foro Económico Mundial, lejos de ser el cerebro autónomo de este proceso, es la expresión moderna de una arquitectura mucho más antigua. El Club de Roma, como documentaron Mark Burdman, John Hoefle y Lyndon LaRouche, es el verdadero núcleo ideológico del proyecto: una red anglo-veneciana de aristocracias financieras que, desde los años 1960s, impulsa la agenda maltusiana de despoblación, crecimiento cero y desindustrialización, presentada como “salvación de la humanidad”.
Desde Aurelio Peccei —fundador del Club de Roma— hasta Klaus Schwab —fundador del Foro Económico Mundial—, y hoy Larry Fink, la continuidad es evidente. El llamado “Gran Reseteo” no constituye una innovación, sino la actualización de la “Gran Transición” que el Club de Roma ya formulaba en 1980. Bajo la lógica de la economía circular, ese proyecto anticipaba un futuro en el que las personas no poseerían bienes, sino que vivirían como arrendatarios permanentes dentro de un modelo supranacional de suscripción global. Instituciones como la OCDE, la OTAN y los bancos centrales no ejecutan políticas nacionales, sino directrices oligárquicas diseñadas fuera de todo control democrático.
La supuesta pugna entre Trump y Davos, entonces, cumple una función precisa: canalizar el descontento social hacia una polarización manufacturada, donde ambas opciones refuerzan el mismo marco de dominación. Trump aporta la brutalidad explícita, el lenguaje de la selva; Davos, el ropaje hipócrita tecnocrático y moral. Juntos producen la síntesis: un orden autoritario legitimado por el caos que ellos mismos provocan.
No estamos ante el colapso del sistema, sino ante su mutación controlada: del ultraglobalismo hacia un regionalismo coercitivo. Y mientras el debate público se extravía entre el circo narcisista de Trump y la hipocresía ilustrada de Davos, la aristocracia europea y británica, junto con los clanes de poder transatlánticos, avanzan una vez más en su proyecto histórico: gobernar el mundo no a pesar del caos, sino gracias a él. Por fortuna, existen élites en Asia que no están dispuestas a permitirles jugar la partida en solitario.