Por Mente Alternativa
En una extensa y meticulosa investigación publicada en su canal de YouTube, el historiador Sean Hross, a quien la prensa suiza ha etiquetado despectivamente como un «historiador» entre comillas, desentierra los cimientos de una de las estructuras de poder más oscuras y mejor guardadas de Europa: los escuadrones de la muerte suizos conocidos como P26. Su análisis, vertido en la pieza titulada «The Swiss Beast – Home of the Devil; Part 24 Italian P2 & Swiss P26 Gladio Death Squads in Gstaad CH», no solo reconstruye la historia oficial de estas unidades clandestinas, sino que lanza una acusación escalofriante: lejos de haber sido desmanteladas en 1990, estas fuerzas de la muerte no solo siguen activas, sino que intentaron asesinarlo personalmente en Francia en 2024. Para Hross, la existencia de los escuadrones de la muerte suizos P26 no es una anomalía del pasado, sino la manifestación lógica de una Suiza que describe como «la base de toda la maldad» y un centro neurálgico de una conspiración global milenaria orquestada por lo que él denomina la «nobleza de origen faraónico».
La historia oficial, que Hross se encarga de deconstruir, revela que los escuadrones de la muerte suizos P26 eran una formación de unos cuatrocientos hombres, entrenados en el uso de armas silenciadas para asesinatos precisos, con fusiles como el Heckler & Koch MP5 SD o el fusil de precisión silenciado Swiss G50. Operaban en el más absoluto de los secretos, hasta el punto de que sus miembros portaban máscaras en todo momento para no reconocerse entre sí, creando una estructura autónoma y, lo más grave, «extraparlamentaria», es decir, fuera del control del propio gobierno y del parlamento suizo. Hross enfatiza este punto con especial saña: «totalmente ilícito e inadmisible en una democracia», sentencia, para recordar al instante que «Suiza no es realmente una democracia verdadera». Este aparato de muerte, fundado en 1945 y supuestamente disuelto en 1990 al final de la Guerra Fría, tenía su propio cuartel general en un búnker llamado «Schweizerhof» (la corte suiza) en la localidad de Stade, el mismo pueblo que, en una de esas «coincidencias» que Hross considera improbables, sirvió de refugio para el príncipe Víctor Manuel de Saboya, el «príncipe asesino» que huía de la justicia italiana por el homicidio de un joven alemán en 1978.
El corazón de la tesis de Hross es un ejercicio de análisis comparativo. Al yuxtaponer la estructura de los escuadrones de la muerte suizos P26 con la de la infame logia Propaganda Due (P2) italiana, responsable del atentado de la estación de Bolonia en 1980 (85 muertos) y del asesinato del banquero Roberto Calvi, «el banquero de Dios», encontrado colgado del Puente de los Frailes Negros en Londres en 1982, Hross descubre un patrón inconfundible. «Ambos son secretos», «ambos cometieron numerosos asesinatos», «ambos eran escuadrones de la muerte», «ambos eran extraparlamentarios e ilícitos», «ambos estaban conectados a Stade», enumera. El paralelismo es tan evidente para Hross que le lleva a formular su hipótesis central: la «P» de P26 y P2 no significa «proyecto» como ha hecho creer la versión oficial, sino «Príncipe». Según su investigación, los escuadrones de la muerte suizos P26, la P2 italiana y organizaciones similares como la P13 (vinculada al príncipe Enrique XIII Reuss en el fallido golpe de Estado en Alemania en 2022) son ejércitos privados creados por la nobleza europea destronada —la «nobleza de origen faraónico»— para recuperar el poder absoluto. No buscan una monarquía constitucional, sino un regreso al «gobierno vertical» del feudalismo, en contraposición al «gobierno horizontal» de las repúblicas y los parlamentos, a los que sabotearían mediante atentados y una estrategia de tensión. La masacre de Bolonia, argumenta Hross, no fue un acto de terrorismo de extrema derecha o de la OTAN, sino un ataque deliberado contra la república horizontal orquestado por estos círculos monárquicos nostálgicos.
Un elemento central de la investigación de Sean Hross es la exposición del «modus operandi» suizo, una mezcla de secretismo extremo, propaganda y violencia despiadada. Hross documenta cómo el gobierno suizo encargó el «Informe Bergier» para exculparse de su papel en el financiamiento del régimen nazi, al igual que encargó historiadores oficiales (a los que él desprecia llamándolos «limpiadores») para blanquear la existencia y el propósito de los escuadrones de la muerte suizos P26. Pero más allá de la historia, Hross aporta un testimonio de primera mano. Afirma que los escuadrones de la muerte suizos P26, que él da por reactivados, intentaron ejecutarlo en Francia en 2024. Relata que dos hombres armados le salieron al encuentro en una zona oscura y boscosa, hablándole en alemán suizo: «Te enseñaremos ahora de una vez por todas a llamar nazis a la policía suiza». Solo la aparición fortuita de un grupo de hombres armados de origen árabe, que ahuyentaron a sus atacantes, frustró el intento de asesinato. Para Hross, este episodio no es un complot, sino la confirmación empírica de su tesis: «Los suizos tienen una licencia internacional para matar», sentencia, recordando el caso de Michel Erue, un joven francés desarmado que recibió dieciocho disparos por la espalda por parte de policías suizos en territorio francés y cuyo caso fue silenciado por las autoridades francesas.
La investigación de Hross adquiere entonces dimensiones casi metafísicas cuando conecta a los escuadrones de la muerte suizos P26 con un pasado mucho más remoto. Señala que Suiza fue el escenario que inauguró y clausuró la caza de brujas europea, con los primeros juicios masivos en Valais en 1428 y la última ejecución legal de una «bruja» (Ana Göldi) en Glaris en 1782. La conexión, sugiere, es la misma mentalidad de persecución y control. Pero su argumento más audaz es la interpretación de un «fresco faraónico» que, según él, prueba la conquista de Europa por una nobleza egipcia. En este fresco, Hross identifica jeroglíficos (como el signo N37, que representa un estanque o pantano) y una clave de bóveda o «keystone», un símbolo masónico que representa la culminación de una obra. Su lectura es que esta obra es la sumisión total de los pueblos europeos por parte de la «nobleza de origen faraónico», un proceso que habría durado dos mil años y que los escuadrones de la muerte suizos P26 serían una de sus herramientas más recientes y visibles. «La piedra clave, en la cima de la pirámide, significa que su obra de opresión se ha completado», sostiene Hross, para quien la historia de Europa no es más que un ciclo interminable de dominación jerárquica.
Este marco interpretativo le permite a Hross reinterpretar todo el conflicto geopolítico actual. Las guerras, los atentados y las crisis no son sino escaramuzas en una «guerra interna» entre el poder horizontal (repúblicas, parlamentos, democracias representativas) y el poder vertical (los príncipes y la nobleza que ansían el trono absoluto). Bajo esta óptica, figuras como Donald Trump o Vladimir Putin no son líderes nacionales, sino actores que «destruyen el sistema político horizontal de la república» para allanar el camino hacia el gobierno vertical. La propia neutralidad suiza, ese pilar de su identidad nacional, es desmontada por Hross como una farsa: «Suiza es neutral para la nobleza de origen faraónico, no para nosotros, los esclavos tontos». Es el santuario donde los príncipes asesinos (como Víctor Manuel de Saboya, que murió en Ginebra en 2024) encuentran refugio y desde donde los escuadrones de la muerte suizos P26 pueden operar con total impunidad, protegidos por un estado que controla las instituciones internacionales, llegando incluso a tener a un suizo al frente del Tribunal Europeo de Derechos Humanos durante dos décadas.
Finalmente, la denuncia de Sean Hross adquiere un tono trágico y personal. Él mismo se presenta como un testigo superviviente, un «historiador» perseguido por un estado totalitario que no tolera la crítica. Muestra documentos judiciales que, según él, demuestran cómo fue encarcelado por «criticar la historia suiza» en YouTube, una censura que califica de propio de una dictadura. La advertencia final de su investigación es lúgubre: «Un día llegará el momento en que no volverán a saber de mí. Entonces sabrán que los suizos han ejecutado sus numerosas amenazas de muerte». Hross concluye su vasto ensayo afirmando que la única arma contra este «enemigo interno», que gobierna de forma anónima e invisible, es la información. Por eso, a pesar del peligro, exhuma los archivos sobre los escuadrones de la muerte suizos P26, descifra las claves ocultas en frescos ancestrales y relata su propia huida, durmiendo en arbustos y cambiando de ubicación cada noche, como un «lobo corredor» que intenta escapar de los «magos malvados del principado». Su obra es, en esencia, un intento desesperado de fijar una verdad que cree inminente: que bajo la fachada de bancos, relojes y chocolate, Suiza ha sido y sigue siendo el cuartel general de una de las conspiraciones más longevas y sanguinarias de la historia de Europa, cuyo brazo ejecutor más letal son los escuadrones de la muerte suizos P26, controlados por la antigua aristocracia europea.
Fuentes consultadas
1. Sean Hross, “The Swiss Beast – Home of the Devil; Part 24 Italian P2 & Swiss P26 Gladio Death Squads in Gstaad CH”, 13 de junio de 2026.
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