Oscuro Claro
El largo ciclo de dominación iniciado hace cinco siglos llega a su fin, consideran los panelistas de un coloquio reciente organizado por el Instituto Schiller en Berlín. La articulación del Sur Global emerge como la fuerza decisiva para lograr el “fin de los 500 años de colonialismo” y construir un nuevo orden internacional.

Por José Luis Preciado

La historia, en su devenir dialéctico, no ofrece privilegios eternos ni condenas perpetuas. Aquello que parecía inmutable —la centralidad del poder occidental, la naturalización de la explotación periférica, la sumisión de los estados al designio de las potencias— ha entrado en una fase de descomposición acelerada. Para comprender la magnitud del cambio epocal que se despliega ante nuestros ojos, es menester escuchar las voces que emergen desde las entrañas de un sistema en crisis. En un reciente encuentro en Berlín, bajo el auspicio del Instituto Schiller, diversos actores internacionales coincidieron en un diagnóstico certero: la humanidad asiste al principio del fin de una era de 500 años de dominación colonial. La afirmación inicial en dicho foro resuena con la claridad de un parte meteorológico: es imperativo recordar que Estados Unidos, hoy el garante del orden, inició su camino replicando las políticas que ahora condena en el Sur Global. La lucha por la soberanía, lejos de ser un capítulo cerrado, es una herida abierta que requiere sutura. Como se señaló, hubo un golpe de estado contra el imperio, un problema que aún no ha concluido y que exige una solución colectiva para todas las naciones del mundo.

Este largo ciclo de dominación, sin embargo, no se extinguirá por simple obsolescencia. Requiere de un acto de voluntad política y filosófica. Un ejemplo paradigmático de la persistencia de esta lógica imperial fue la reciente visita del Rey Carlos III a Washington D.C. y su discurso ante el Congreso estadounidense. Lejos de ser un mero acto protocolario, esta visita constituyó una provocación calculada para revitalizar la llamada «relación especial» entre Londres y Washington, precisamente en un momento de incertidumbre política. El timing de la visita, a menos de tres meses del 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, no podía ser más irónica. El monarca británico, al dirigirse al Congreso, hilvanó una serie de falsedades sobre los destinos entrelazados de ambas naciones, hablando de una relación que abarca cuatro siglos y una alianza inquebrantable para contener a China, construir submarinos nucleares y defender Ucrania. La respuesta de Donald Trump, calificando al monarca —conocido por su promoción de políticas maltusianas de reducción poblacional— como un «buen tipo», y declarando que el vínculo entre ambas naciones es «eterno, insustituible e inquebrantable», revela la profundidad de una ideología que aún se resiste a morir.

Sin embargo, mientras la corte mediática se extasiaba con este despliegue de nostalgia imperial, un informe del Comité de Relaciones Internacionales y Defensa de Chatham House, fechado el 22 de abril y titulado *»Ajustándose a Nuevas Realidades: Reequilibrando la Asociación UK-USA»*, presentado ante la Cámara de los Lores por el exsecretario general de la OTAN, Lord Robertson, advertía de lo contrario: Gran Bretaña ya no puede contar con Estados Unidos para defender sus intereses comunes. La paradoja era grotesca: un monarca británico promoviendo una visión delirante de alianza estratégica en la víspera del 250 aniversario de la independencia de su antiguo colonia. La historia, con su fino cinismo, parecía reírse de los actores. A pesar de las bromas nerviosas del rey, negando ser parte de una «astuta retaguardia», la realidad del imperialismo londinense siempre fue la misma: desde Jamestown en 1607 hasta hoy, las colonias fueron tratadas como meras fuentes de riqueza material, mano de obra barata y activos militares.

Un somero repaso a la historia de la Colonia de la Bahía de Massachusetts, fundada en 1628 y con su carta revocada en 1684 por rebelarse al maltrato imperial, ilustra la esencia de ese sistema. La Ley de Navegación de 1660, que prohibía el uso de barcos no británicos y obligaba a que todas las exportaciones pasaran por Londres, es el arquetipo de las medidas de coerción económica que, bajo el eufemismo de «statecraft económico» (como alabó el Secretario del Tesoro estadounidense, Basant), continúan hoy contra naciones como Irán. La resistencia no se hizo esperar: la colonia acuñó su propia moneda, el *Pine Tree Shilling*, desafiando a la metrópoli. La chispa que encendió la revolución fue la Ley del Té de 1773, que otorgó el monopolio a la Compañía Británica de las Indias Orientales, provocando el Motín del Té en Boston. La respuesta británica fue brutal: la Ley del Puerto de Boston, la revocación de la carta colonial y la exigencia de resarcir a la Compañía. Todas estas medidas fueron el catalizador de la rebelión. El 1 de febrero de 1775, el último recurso ante el Parlamento fue rechazado, con Benjamín Franklin observando impotente desde la cámara. Dos meses después, el 18 de abril, se produjo el «disparo oído en todo el mundo» en Lexington.

Sin embargo, el lector debe ir más allá de los meros hechos militares y económicos para indagar en la raíz filosófica del conflicto. Como advirtió John Adams en una carta a Thomas Jefferson en 1815, la verdadera Revolución no fue la guerra, sino lo que ocurrió en las mentes de las personas entre 1760 y 1775. Y esa revolución mental fue, ante todo, una batalla contra el empirismo británico. Del lado del imperio se alzaban las teorías de Thomas Hobbes y John Locke, quienes fungieron como propagandistas de una sociedad feudal donde una oligarquía gobierna sobre bestias humanas. Hobbes concebía la vida como «desagradable, brutal y breve», dominada por una guerra eterna de todos contra todos, cuya única solución era un soberano absoluto, un Leviatán. Por su parte, John Locke, a quien se atribuye falsamente el título de filósofo de la libertad, fue en realidad el arquitecto del liberalismo coherente con el feudalismo y el neoliberalismo. Su defensa del libre mercado, del presupuesto equilibrado, y su justificación de la usura, la esclavitud y el trabajo infantil, revelan su verdadera naturaleza. En 1694, participó en la creación del Banco de Inglaterra y en 1699 redactó la Constitución para el Gobierno de las Carolinas, cuyo objetivo era preservar el poder de una aristocracia terrateniente. Su máxima era clara: «La preservación de la propiedad es el fin adecuado del gobierno».

Frente a esta concepción mezquina del ser humano, los padres fundadores estadounidenses, influidos por el científico y filósofo alemán Gottfried Leibniz y su red anti-Locke y anti-Newtoniana (que incluía a Jonathan Swift y a Benjamin Franklin, gracias al contacto con el leibniziano James Logan), erigieron una idea radicalmente distinta. Mientras Locke pone la defensa de la propiedad como fin del gobierno, la Declaración de Independencia establece que la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad son el cometido del gobierno. Y fue Franklin quien cambió la redacción original de Jefferson de «verdades sagradas e innegables» por la magistral «verdades evidentes por sí mismas», implicando un proceso de descubrimiento activo por parte del ciudadano. Para estos anti-lockeanos, la felicidad no reside en la posesión estática de bienes, sino en la libertad de cambiar los axiomas cuando se demuestran erróneos. Leibniz, con su hipótesis de un universo dinámico y anti-entrópico, desafió el materialismo de Locke y Newton, sentando las bases de una economía física centrada en la creatividad. Como preguntaba Leibniz en 1671: «¿Acaso no es todo el propósito de la sociedad liberar al artesano de la miseria?» Jeremy Bentham, el teórico utilitarista británico, intentó contrarrevolucionar este pensamiento en 1776, calificando las opiniones de los estadounidenses como «demasiado ridículas para merecer atención» y negando la existencia de derechos naturales e inalienables. La victoria en Yorktown en 1781 fue, por tanto, una victoria de las ideas sobre el poder de las armas y el dinero.

Esta batalla no concluyó en 1781. El siglo XIX vio a Henry Carey, asesor del Presidente Lincoln e hijo de un aliado de Franklin, escribir en 1851 su panfleto *»La armonía de los intereses»*, donde contrastaba dos sistemas: el inglés, que conduce al saqueo, la ignorancia, la despoblación y la barbarie; y el estadounidense, que conduce a la creciente riqueza, el confort, la inteligencia y la civilización. La Gran Depresión fue otro campo de batalla. Franklin D. Roosevelt, invocando la tradición de economía física de Leibniz y Franklin, instó a no tener miedo y a expulsar a los cambistas del templo, afirmando que la felicidad no reside en la mera posesión de dinero, sino en el gozo del logro y la emoción del esfuerzo creativo.

Fue en este contexto de declive imperial que Winston Churchill inventó el término «relación especial». Tras la Segunda Guerra Mundial, desesperado por mantener el poder del imperio ante su declive productivo real, Churchill reclutó a Harry Truman para colocar el poderío militar estadounidense detrás del plan británico, creando la OTAN. Lord Ismay, su secretario general, definió cínica y sinceramente el propósito de la alianza: «mantener a la Unión Soviética fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes abajo». Esta geopolitica clásica de la City de Londres sigue siendo una amenaza para Estados Unidos y el mundo.

Afortunadamente, hoy el péndulo de la historia se balancea en dirección opuesta. Como se expresó en la conferencia de Berlín, la humanidad se encuentra en una encrucijada histórica. El sistema internacional está transicionando de una estructura unipolar a una realidad multipolar compleja. Las economías emergentes y los países del Sur Global exigen un papel más importante en las decisiones internacionales. Figuras como el embajador de Etiopía, recordando la imbatible batalla de Adwa (1 de marzo de 1896), donde el emperador Menelik II y la legendaria emperatriz Taytu Betul aniquilaron al ejército colonial italiano en campo abierto, nos recuerdan que Etiopía, la cuna de la humanidad con su calendario propio (2018 en el momento de la conferencia), nunca fue colonizada. Etiopía, hoy miembro de los BRICS, es un faro de soberanía en África. Su movilización popular para construir la Gran Represa del Renacimiento Etíope, financiada con bonos patrióticos, es un modelo de desarrollo autóctono que rompe con el esquema de las contrapartidas y las condicionalidades.

El representante de Irán, por su parte, desnudó la hipocresía del orden actual: preguntó si el sistema colonial ha terminado formalmente (sí) y si aún sufrimos su legado (indudablemente sí). Citó Gaza, Líbano, Sudán, Venezuela, Ucrania y su propio país, bombardeado por misiles israelíes, como pruebas irrefutables. La solución, propuso, es avanzar hacia un orden internacional justo y equilibrado mediante el diálogo entre civilizaciones. La voz desde Afganistán, a través de la Organización Imina Research and Development, clamó por un cambio de paradigma: la seguridad y el desarrollo no pueden separarse. Afganistán no necesita más caridad, sino desarrollo a largo plazo, instituciones fuertes y socios fiables para explotar su enorme potencial juvenil y de recursos naturales.

Los jóvenes de Uganda sintetizaron el espíritu de la nueva era al describir las tres fases del colonialismo: el comercial (trueque de personas por bienes), el clásico (gobierno directo) y el neocolonialismo actual, que opera a través de la tecnología, la ideología (cultura occidental que erosiona la identidad africana) y la deuda. Su diagnóstico es quirúrgico: quien te alimenta te controla, como sentenció Thomas Sankara. La única salida es construir tecnología propia, sistemas financieros alternativos (al estilo de los BRICS) y, sobre todo, contar nuestra propia historia, porque el futuro es africano y debe ser forjado por africanos.

La conclusión de este coloquio sobre el fin de los 500 años de colonialismo es ineludible. Estamos ante el ocaso definitivo del *Leviathan* angloamericano. La mayoría de la humanidad —el Sur Global, los BRICS, la Unión Africana, las naciones no alineadas— ya no acepta ser el campo de juego del imperio. Como se discutió en el panel de Berlín, la única reforma posible de Naciones Unidas no es una reforma cosmética, sino una refundación total: abolir el derecho a veto en el Consejo de Seguridad, crear un consejo ejecutivo elegido por la Asamblea General y, sobre todo, activar los artículos 40 a 45 de la Carta para imponer la paz por la fuerza si es necesario, no solo mantenerla con cascos azules testimoniales. El genocidio en Gaza, la guerra en Ucrania y las agresiones contra Irán demuestran la absoluta parálisis de una ONU secuestrada por el veto estadounidense.

En este 250 aniversario de la Declaración de Independencia, el mejor homenaje que los estadounidenses pueden rendir a los padres fundadores de Estados Unidos —a Franklin, a Jefferson, a ese espíritu anti-Lockeano que creía en la felicidad como proceso creativo— es reafirmar los principios de libertad y rechazar los cantos de sirena de los imperialistas que les piden revivir una «relación especial» condenada a la extinción. La tarea de esta generación es construir una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo, basada en la cooperación mutua, el respeto a la soberanía y el derecho inalienable de todos los pueblos a determinar su propio destino. El fin de los 500 años de colonialismo no es una utopía: es una necesidad histórica. Como proclamó el embajador de Etiopía, no se trata de buscar limosnas, sino de establecer alianzas con dignidad. Ese es el camino. Esa es la única garantía de que, como civilización, podamos sentir la dicha de la que hablaba Leibniz: la dicha de liberar al artesano de la miseria, la dicha de un mundo sin amos ni esclavos.

Fuentes consultadas

1. Schiller Institute. The End of 500 Years of Colonialism – Panel 3: Part 1. 3 de junio de 2026
2. Carta de John Adams a Thomas Jefferson, 1815. Citada durante la conferencia para definir la Revolución como un cambio mental previo a la guerra.
3. Henry Carey, The Harmony of Interests, 1851. Citado en la conferencia para contrastar el sistema inglés versus el sistema estadounidense.
4. Informe de Chatham House: Adjusting to New Realities: Rebalancing the UK US Partnership, 22 de abril. Presentado a la Cámara de los Lores por Lord Robertson.



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