Oscuro Claro
La puntería estratégica es el arte de golpear el punto vulnerable del adversario en medio de la complejidad multidimensional de una guerra híbrida.

Por Mente Alternativa

En un informe reciente de la Organización LaRouche, el geoestratega Denis Small (1) desarrolla una reflexión geopolítica de alto calibre que conecta la precisión militar rusa con la fineza diplomática del Vaticano, bajo el hilo conductor de la puntería estratégica. Este concepto, acuñado por el analista, permite comprender cómo actores aparentemente disímiles coinciden en un mismo diagnóstico sobre la crisis civilizatoria actual: saber dónde, cuándo y cómo impactar para generar un cambio de paradigma.

La puntería estratégica se manifiesta primero en el plano militar. Putin reveló durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo un secreto de Estado: el misil hipersónico Oreshnik ha sido probado en objetivos concretos como Bélaya Tserkov y la zona fortificada de la República Popular de Donetsk (RPD), con observación milimétrica mediante drones para calcular la dispersión de las ojivas. No se trataba de una amenaza nuclear, sino de una demostración de capacidad de calibración exacta. Small subraya que esta precisión no es un mero alarde técnico, sino un instrumento de disuasión y de inteligencia operativa que permite decisiones futuras sobre el empleo a gran escala, incluso en zonas urbanas. La puntería estratégica rusa, sin embargo, no se limita al campo de batalla ucraniano.

El segundo y más significativo blanco de esa puntería es Londres. La Fiscalía General de Rusia acusó en ausencia a Ben Wallace, exsecretario de Defensa británico, por llamados públicos al terrorismo, al proponer en el Foro de Seguridad de Varsovia asfixiar Crimea y hacerla inhabitable. Small considera que esta acción penal encuentra el flanco débil de la coalición occidental: el Reino Unido, como centro neurálgico de la estrategia antirrusa. La puntería estratégica consiste aquí en no dispersarse en múltiples frentes, sino concentrar el poder judicial y simbólico en el punto donde el adversario muestra mayor vulnerabilidad y menor legitimidad. No es casual que mientras Rusia endurece su postura contra Ucrania y Europa, mantenga abierta la puerta a Estados Unidos, recordando los acuerdos concretos de Alaska que Moscú aceptó hace un año y que Washington no ha logrado imponer a Kiev.

La misma lógica de precisión se observa en la oferta de Putin a Alemania: reanudar el suministro de gas por el tramo intacto de Nord Stream 2, bastando con “pulsar un botón” para que fluyan hasta veintiocho mil millones de metros cúbicos anuales. Small destaca que esta propuesta, lanzada en medio del desplome industrial alemán —caída del 5,3% en automoción y del 16,3% en equipos eléctricos—, es un ejemplo perfecto de puntería estratégica política y económica. Alemania, que aceptó el sabotaje de sus gasoductos y reemplazó el gas barato ruso por GNL estadounidense cuatro veces más caro, ve ahora cómo su economía se militariza al estilo Schacht mientras pierde vergonzosamente ante Portugal en la votación de la Asamblea General de la ONU para un puesto en el Consejo de Seguridad. Small cita a Helga Zepp-LaRouche: ese revés diplomático es la voz del sur global castigando la política alemana sobre Gaza, Irán y el rearme. La puntería estratégica rusa sabe leer esos síntomas y ofrece una salida allí donde el enemigo está más fracturado.

Pero el concepto adquiere su dimensión más profunda cuando Small lo aplica al Papa León XIV durante su visita a España. En una nación polarizada, el Pontífice eligió como primer discurso no una catedral, sino el Palacio Real de Madrid, ante autoridades civiles y diplomáticos. Allí llamó a abandonar “las narrativas divisivas y polarizantes” y a pasar “de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad”. Small vincula esta idea con Nicolás de Cusa y la coincidencia de opuestos, con San Agustín y con el décimo principio de Helga Zepp-LaRouche sobre el bien como esencia humana. La puntería estratégica del Papa consiste en rescatar del olvido la figura de Alfonso X el Sabio y la Escuela de Traductores, donde cristianos, musulmanes y judíos colaboraron en un espacio de diálogo sobre la verdad. Al hacerlo, el Papa no solo elogia implícitamente la posición del presidente Sánchez sobre Gaza e Irán, que le ha granjeado el repudio de Bruselas y Washington, sino que ofrece un modelo epistemológico para la nueva humanidad: la unidad en la diversidad, donde lo infinito impregna lo finito y la complejidad deja de ser amenaza para convertirse en bendición.

Ante los jóvenes, el Papa fue aún más explícito: “Ante el vacío de la indiferencia y la sumisión frente a la violencia de la guerra y la mentira, debéis ser las chispas de una nueva humanidad”. Y ante los artistas, planteó la pregunta decisiva: “¿Qué significa ser verdaderamente humano?”, afirmando que en el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, belleza y verdad. Small observa que este llamado a la acción transformadora, a “entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad”, es idéntico en estructura a la puntería estratégica de Putin: ambos golpean en el punto preciso donde la crisis civilizatoria muestra su hueso más expuesto, ya sea la dependencia energética alemana, la hipocresía británica o el nihilismo cultural de Occidente.

La conclusión de Small es esperanzadora pero exigente. Frente a quienes creen que las grietas en el sistema —la rebelión contra el lobby sionista AIPAC en Estados Unidos, la debacle industrial europea, la derrota diplomática alemana— son insignificantes, él sostiene que la puntería estratégica combinada con las ideas necesarias es capaz de mover montañas. El Papa, Putin y analistas como Zepp-LaRouche coinciden en un diagnóstico sin coordinación aparente: el orden global basado en la extracción de recursos y el castigo a quienes defienden sus intereses nacionales está agotado. La nueva arquitectura financiera, los corredores de transporte eurasiáticos y las liquidaciones en monedas nacionales no son utopías, sino realidades en construcción. Lo que falta es precisión en el golpe, visión de conjunto y, sobre todo, la valentía de actuar en el mundo para cambiarlo. La puntería estratégica no es solo un arte militar o diplomático: es la virtud civilizatoria que permite a la humanidad salir de la confrontación estéril y entrar en la apreciación fecunda de su propia complejidad.

Notas a pie de página

1. Denis Small. “Putin, el Papa y el arte de la buena puntería”, EIR, 8 de junio de 2026.



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