Por José Luis Preciado
“Me alegra que se hayan ido y que no vayan a volver. Me puse muy contento cuando les retiramos las visas y les dijimos que podían abandonar Estados Unidos, y puede que hasta cantara un par de canciones o incluso bailara de alegría” – Markwayne Mullin, secretario del Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU.
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El Arrowhead Stadium de Kansas City contenía el aliento de sesenta mil espectadores aquella noche de junio. Allí, sobre el césped, Argelia y Austria —los dos rivales de Irán en el Grupo J— disputaban su destino en la Copa del Mundo. Pero el verdadero drama —el que decidiría la suerte de los persas— se desarrollaba en dos frentes a la vez: en el terreno de juego y en los pasillos oscuros donde el poder no necesita alzar la voz para hacerse obedecer. Lo que parecía un partido de fútbol —once contra once, noventa minutos, una pelota— era en realidad el acto final de una obra escrita en despachos mucho más silenciosos que cualquier estadio.
El torneo, ya de por sí marcado por una logística que bordeaba lo kafkiano para la delegación persa, encontró en la última jornada de la fase de grupos su punto de inflexión. Irán, imposibilitado de establecer su base en Estados Unidos debido a la negativa sistemática de visados para su personal —un obstáculo que la FIFA nunca logró resolver—, había fijado su campamento en Tijuana, México, donde fueron recibidos con los brazos abiertos. Pero jugar en Estados Unidos ya era una condena anunciada. Los jugadores persas habían viajado desde su base en la frontera norte de México hacia Nueva York el mismo día del encuentro, arrastrando el peso de visados denegados para su personal y un itinerario diseñado —quizá no por casualidad— para erosionar las piernas y la mente antes de que estas pudieran hacer historia. Mientras en el Arrowhead Stadium se disputaba el partido entre Argelia y Austria, Irán jugaba simultáneamente en el MetLife Stadium de Nueva York.
Los persas hicieron su parte: ganaban, y un gol polémico que habría sellado su clasificación fue anulado por una posición de fuera de juego milimétrica, de esas que a veces se conceden y a veces no, según el ángulo del asistente o la interpretación del VAR. Ese gol, que los habría puesto en la siguiente ronda, desapareció del marcador como si nunca hubiera existido. Y entonces, a más de 2,000 kilómetros de distancia, en Kansas City, ocurrió lo inevitable: el empate 3-3 que clasificaba a Argelia y Austria, y que convertía la anulación del gol iraní en sentencia de muerte deportiva. El capitán Mehdi Taremi lo resumió con la economía de quien ha visto suficiente: «Pusieron obstáculos logísticos a propósito para eliminarnos… Si quieren que nos vayamos, nos iremos, pero no es justo».
Este trato, que muchos calificarían de hostigamiento, adquiría una dimensión distinta cuando se leía en clave geopolítica. El torneo se desarrollaba en un momento de máxima tensión, cuando Estados Unidos se veía forzado a aceptar un memorando de entendimiento con Irán, un acuerdo que Pakistán celebró como una de sus mayores victorias diplomáticas. La firma, apresurada y remota, reflejaba la premura de unas partes que buscaban contener un conflicto que amenazaba con desbordarse. Era, como advertí en otro artículo, el resultado de un callejón sin salida para la administración Trump: la incapacidad de doblegar militarmente a Irán, la presión de una economía que se resquebrajaba y la necesidad de evitar que el fuego se extendiera por toda la región. En ese contexto, la «acogida» de Irán en suelo estadounidense, la primera vez que una nación acoge a otra con la que está en guerra, se antojaba menos como un gesto de hospitalidad y más como una prolongación de la cruzada, un último acto de presión en el tablero antes de que la diplomacia forzara el cierre de las hostilidades.
El partido entre Argelia y Austria, sin embargo, no necesitó de conspiraciones explícitas para devenir en farsa. Los números, esos testigos mudos, hablaron por sí solos: 279 pases completados de 282 para los argelinos, 80 de 85 para los austriacos, una posesión que no buscaba portería sino el simple acto de consumir tiempo. Durante treinta minutos, el balón circuló como un rumor en una corte, sin destino, sin urgencia, como si el resultado ya estuviera decidido en alguna parte y los once jugadores de cada bando fueran meros actores cumpliendo un guion que ignoraban.
Pero el destino, caprichoso, quiso escribir su propio final. Riyad Mahrez, ese mago argelino de pies veloces, rompió el hechizo con un gol en el minuto 93 que ponía el 3-2 y despertaba a Austria del letargo. La reacción de los banquillos fue inmediata: gestos airados, carreras hacia el área, la furia de quienes ven esfumarse lo que daban por seguro. Y entonces, en el último suspiro, Sasa Kalajdzic empujó el balón a la red. 3-3. Argelia y Austria clasificados. Irán, eliminado.
Ralf Rangnick, técnico austriaco, lo llamó «guion de Hitchcock». Vladimir Petkovic, su homólogo argelino, negó cualquier pacto con la vehemencia de quien sabe que las palabras, a veces, son más frágiles que las pruebas. Pero las imágenes captadas por un aficionado —esa nueva forma de verdad que se filtra por los bordes del relato oficial— mostraban conversaciones en los banquillos, gestos que no necesitaban traducción. El pacto de Gijón revisitado, escribieron algunos, aunque esta vez el cinismo era distinto: no una tregua de no agresión, sino un baile de resultados donde ambos equipos necesitaban un empate y, milagrosamente, lo obtuvieron.
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Lo que ocurrió en Kansas City no fue un accidente. Para entender por qué el fútbol es una herramienta de poder blando y cómo una federación deportiva puede convertirse en el tablero de ajedrez de intereses geopolíticos, quizá convenga observar a quien mueve las piezas.
La FIFA, con sus 211 federaciones asociadas, supera en miembros a la propia Organización de las Naciones Unidas. No es un dato menor: mientras la ONU negocia en sus salones de cristal, el fútbol ya ha tejido una red que abarca más territorios que la propia diplomacia global. Esa capilaridad, esa capacidad de llegar a rincones donde los embajadores no llegan, convierte a la FIFA en un actor geopolítico de primer orden, aunque sus estatutos insistan en que es solo una organización deportiva. El fútbol, como ninguna otra institución, tiene el poder de poner a dialogar —o enfrentar— a naciones que en otros foros no se sientan en la misma mesa.
Sir Henry Kissinger, el estratega de la Guerra Fría que definió la política exterior de Estados Unidos durante décadas, y quien fue Caballero Comandante Honorario de la Orden de San Miguel y San Jorge —uno de los mayores honores que Gran Bretaña puede otorgar a los mejores diplomáticos británicos o a algún extranjero extraordinario por haber rendido importantes servicios a la Mancomunidad Británica de Naciones— fue también el arquitecto de la conquista del fútbol por parte de su país. No era un mero aficionado: fue presidente honorario de la North American Soccer League, y usó su influencia para fichar a Pelé, convenciendo al entonces secretario de Relaciones Exteriores de Brasil de que el traspaso mejoraría las relaciones bilaterales entre ambas naciones. Su obsesión por llevar el Mundial a suelo estadounidense, aunque frustrada en 1986 por México, sembró la semilla que germinaría en 1994 y que hoy florece en la MLS, una liga que ha sabido atraer a las grandes estrellas del fútbol mundial como parte de una estrategia de poder blando. La frase que pronunció entonces —»la política de la FIFA me hace extrañar la del Medio Oriente»— ha quedado como una confesión involuntaria de quien sabía que el fútbol, como la geopolítica, es un tablero donde las piezas se mueven en la penumbra.
En 2015, el Departamento de Justicia y el FBI irrumpieron en la FIFA con una operación que parecía un guion de cine de espías. 37 cargos contra 14 personas —nueve funcionarios de la FIFA y cinco ejecutivos de marketing deportivo—, acusados de orquestar un sistema de sobornos que se extendía por 24 años y movía más de 150 millones de dólares. El epicentro de la podredumbre, según los fiscales, estaba en la CONCACAF, la confederación que agrupa a Norteamérica, Centroamérica y el Caribe. La operación, que algunos calificaron como una «limpieza étnica» de la vieja guardia del fútbol de la región, dejó un rastro de ejecutivos encarcelados, federaciones intervenidas y un mensaje claro: el poder judicial de Estados Unidos también juega en esta cancha. No fue casualidad que el escándalo estallara justo cuando la FIFA se preparaba para elegir las sedes de los mundiales de 2018 y 2022, ni que la investigación se extendiera a los contratos de patrocinio con las televisoras latinoamericanas. La justicia, como el fútbol, llega cuando conviene.
Gianni Infantino, actual presidente de la FIFA nacido en Brig, en el cantón de Valais, en la Suiza templaria, ha tejido una red de alianzas que trasciende el fútbol. Su cercanía con Donald Trump es la más visible: asiste a sus investiduras, frecuenta Mar-a-Lago, tiene oficinas en la Torre Trump y ha adoptado el eslogan «Make America Great Again» con la naturalidad de quien entiende que el poder se cultiva en los pasillos del poder. Lo ha propuesto para el Premio Nobel de la Paz, un gesto que pocos interpretan como altruista.
Pero la red es más amplia. Infantino mantiene vínculos estrechos con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, y con el jeque de Qatar, donde tiene residencia y usa su avión privado. También con el presidente de Egipto, Al-Sisi. Monarquías y regímenes, todos ellos con intereses en el deporte como herramienta de proyección internacional. La gestión de Infantino, centrada en maximizar ingresos, ha expandido el Mundial y ha aliado a la FIFA con potencias económicas —Arabia Saudí, Qatar— a pesar de las críticas por derechos humanos. El dinero, como el agua, busca siempre el camino más fácil.
Su gobierno es personalista. Decisiones clave —como la asignación de la Copa del Mundo 2034 a Arabia Saudí— se han tomado sin consultar a los órganos de gobierno, trazando una nueva cartografía del poder que parece un eco de los mapas que los geopolíticos dibujan en sus despachos. El Mundial de 2026 no es solo un torneo deportivo: es la primera vez que tres países —México, Estados Unidos y Canadá— se unen para organizarlo bajo el paraguas del T-MEC, el tratado comercial que redefine las reglas del juego en Norteamérica. No es casualidad que este bloque geopolítico, que Trump ha amenazado con desmantelar en favor de acuerdos bilaterales, haya sido elegido para albergar la fiesta del fútbol. La de 2030 viaja al otro lado del Atlántico: España, Portugal y Marruecos, un triángulo que enlaza la península ibérica con el norte de África, una frontera que es también un puente entre dos mundos. Y la de 2034, la más reveladora de todas, aterriza en Arabia Saudí, controlado por las mismas élites que han tejido el orden occidental durante décadas. No es un capricho: es un mapa. Un guiño trazado en los despachos de la FIFA y el establishment que la respalda, donde el fútbol no es solo deporte, sino el lenguaje con el que el poder escribe las coordenadas del futuro.
Mientras México invertía 3,000 millones de dólares en sus tres sedes —con el Estadio Azteca como emblema de una modernización que costó 13 millones solo en la capital—, el negocio del fútbol seguía su curso imparable: los derechos de televisión generan tres veces más ingresos que los patrocinios, y el impacto económico total del torneo oscila entre los 40,000 y los 80,000 millones de dólares. El dinero, como el poder, no se detiene ante las acusaciones; al contrario, las absorbe y las convierte en parte del espectáculo.
Esa misma lógica clientelar —la de tejer redes de dependencia para asegurar su influencia— se extiende a la distribución masiva de fondos a las 211 federaciones, un sistema que algunos han descrito como un «sistema de clientelismo», una forma de soborno legal que asegura su reelección. La política, en este sentido, no es más que la gestión de la dependencia ajena.
Aunque su formación fue en Derecho, no en Economía, Infantino eligió Friburgo como su centro de influencia europeo, quizá porque entendió que la ciudad no era solo un lugar, sino un nodo intelectual de primer orden. Hay ciudades que son más que ciudades. Friburgo, en el cantón homónimo en la Suiza occidental, es una de ellas. Su universidad, fundada en 1889, ha sido cuna de una corriente de pensamiento que ha moldeado el orden económico del mundo occidental: el ordoliberalismo. Esta escuela, surgida en el periodo de entreguerras, propugnaba una economía de mercado fuerte pero regulada por un Estado que garantizara el orden competitivo. Fue el alma intelectual de la economía social de mercado que inspiró la reconstrucción de la Alemania de posguerra y, por extensión, el andamiaje sobre el que se construyó la Unión Europea. Que esta corriente germinara en el suelo neutral de Suiza, y no en el corazón de Alemania, añade una capa más a su naturaleza: la del pensamiento que se gesta en los márgenes pero termina gobernando el centro.
La red de Friburgo se extiende a través de figuras como el Prof. Dr. Lars P. Feld, asesor personal del Ministro Federal de Finanzas de Alemania y miembro del Consejo Alemán de Expertos Económicos —los cinco sabios de la economía—. Feld es también miembro de la Sociedad Mont Pelerin, fundada por Friedrich Hayek, el corazón intelectual del neoliberalismo global. La Mont Pèlerin no es una mera sociedad de debate intelectual. Sus críticos la han señalado como el taller ideológico de una oligarquía financiera cuyo objetivo último es la disolución de los Estados soberanos y la reducción de las poblaciones a la condición de rebaño, un proyecto que el ultraglobalismo de Davos ha llevado a su expresión más madura. Su participación en el diseño del freno de la deuda alemán y su influencia en la política económica del país lo convierten en un nodo central de esa red de poder que conecta el academicismo con las decisiones políticas.
La Universidad de Friburgo, además, ha sido pionera en el networking de exalumnos al estilo estadounidense, inspirada en Harvard y Yale. Su red de 250.000 antiguos estudiantes es un mapa de ruta de la élite tecnocrática europea. Chaim Weizmann, primer presidente de Israel y científico que supo convertir sus descubrimientos químicos en capital político, es otro ejemplo de cómo esta institución ha formado a quienes luego construyeron Estados.
Infantino asiste regularmente al Foro Económico Mundial de Davos, donde comparte espacio con Klaus Schwab —hijo de un industrial suizo que colaboró con el régimen nazi— y con la misma red de pensadores y operadores económicos que emergen de la tradición ordoliberal de Friburgo. No es que el ordoliberalismo sea lo que hoy algunos llaman ultraglobalismo, sino que sus herederos —Feld, Schwab y toda la constelación de tecnócratas que orbitan en Davos— han transformado aquella idea de un orden competitivo regulado por el Estado en un proyecto de gobernanza global sin fronteras, donde las élites económicas dictan las reglas y absorben a los Estados-nación soberanos. El Gran Reseteo no es más que la última expresión de ese ethos compartido: una comunidad de ideas sobre cómo debe organizarse el mundo, que ha convertido el liberalismo con reglas en un liberalismo sin diques. Y en ese mundo, el fútbol no es solo deporte; es un campo de batalla cultural, un escaparate de poder blando, y a veces, un instrumento para eliminar a quienes no encajan en el orden establecido.
3
Irán, a través de su federación, agradeció el apoyo de Tijuana —esa ciudad que los acogió como una segunda casa— y denunció el trato recibido. Pero las denuncias, en el fútbol como en la política, suelen extraviarse en los laberintos burocráticos.
Las pruebas videográficas existen. Circulan en redes sociales, en foros donde los aficionados se convierten en periodistas improvisados. Muestran gestos, conversaciones, miradas cómplices. Pero las instituciones tienen una memoria selectiva. La FIFA, llamada a investigar, responderá con informes técnicos, con estadísticas que explican el inexplicable, con la solvencia de quien sabe que el poder no se demuestra con pruebas, sino con la capacidad de ignorarlas.
El Deshonor de Kansas City no será recordado como el mayor fraude deportivo de la década, porque el fraude, para ser tal, necesita ser probado en un tribunal. Y los tribunales, como las federaciones deportivas, suelen estar habitados por quienes entienden las reglas del juego. No las del fútbol, sino las del poder.
Los jugadores iraníes se marcharon del Mundial con la cabeza en alto. Habían demostrado, a pesar de los hostigamientos y la falta de descanso, una calidad de fútbol y una entereza moral que avergonzó a sus verdugos. Recibidos con cariño en Tijuana, se despidieron con la certeza de que, en el terreno de juego, fueron superiores a la corrupción que los expulsó.
Incluso mientras estas líneas se escriben, el tablero geopolítico sigue moviéndose. Donald Trump, en el día de la inauguración del Mundial, declaró que la guerra con Irán «ya terminó» y que los iraníes habían aceptado sus términos. Los boletos para los aficionados persas en suelo estadounidense fueron revocados, y la selección iraní, confinada a Tijuana, se entrenó bajo el peso de una hostilidad que trasciende el deporte. Los estrategas de Washington saben que el fútbol, como las armas, puede ser un instrumento de presión: mientras el mundo mira el balón, las negociaciones avanzan en las sombras. El fútbol, como siempre, es el escenario donde las potencias representan sus dramas, y los jugadores, sin saberlo, son los actores de una obra que no escribieron.
El fútbol, ese deporte que el hombre convirtió en religión, sigue siendo un espejo del mundo. Refleja sus virtudes pero también sus sombras, sus alianzas y sus traiciones. Lo que ocurrió en Kansas City —sea pacto, sea casualidad, sea la mano invisible del poder— no es más que una página en la larga historia de cómo los intereses de los poderosos se abren paso a través de las instituciones que deberían ser neutrales.
Y mientras tanto, en Tijuana, en Teherán, en cualquier lugar donde el fútbol sigue siendo pasión y no cálculo, los aficionados persas recordarán este Mundial no por la derrota, sino por la dignidad de quienes la sufrieron. Porque hay derrotas que, a la larga, pesan menos que las victorias manchadas.