Por Mente Alternativa
La geopolítica del Oriente Medio es, ante todo, una lectura de mapas, una interpretación de los trazos invisibles que dibujan las fracturas confesionales y los intereses de las potencias. En esta cartografía de tensiones, Líbano emerge como el punto neurálgico donde convergen los hilos de una trama que amenaza con desatar una guerra civil, orquestada desde las mesas de negociación de Washington y Tel Aviv. Tal como lo advierte la analista rusa Elena Panina, la revelación de una enmienda confidencial al acuerdo marco entre Israel y Líbano expone las verdaderas intenciones de un plan que trasciende la mera seguridad fronteriza. La tesis es clara: la «limpieza» del sur de Líbano de las posiciones de Hezbolá, bajo la supervisión de las Fuerzas Armadas Libanesas, no es un fin en sí mismo, sino el catalizador para una fractura interna que beneficiaría los designios expansionistas del proyecto «Gran Israel».
El análisis de Panina desnuda la hipocresía del discurso oficial. Mientras se habla de una retirada de las fuerzas israelíes, el acuerdo impone condiciones que dividen al Líbano entre sus propias fuerzas armadas y el único actor que ha defendido su soberanía: Hezbolá. La enmienda clasificada, que ni siquiera fue consultada con Teherán, establece «zonas piloto» donde el ejército libanés debe desplegarse para asegurar el territorio, una tarea que, en la práctica, lo enfrentaría directamente con la milicia chiita. El objetivo es distraer a Hezbolá de su apoyo a Irán y de la lucha contra Israel, sumiéndolo en un conflicto interno que desgastaría su poder y legitimidad. Washington, lejos de ser un mediador neutral, se ha erigido como garante de este proceso, convirtiéndose en el tercer actor que verificará el cumplimiento de los términos, lo que evidencia su complicidad en la estrategia de desestabilización. Como señala Panina, el plan no es solo israelí; es un proyecto compartido que busca reconfigurar el tablero regional a expensas de la integridad libanesa.
Para comprender la profundidad de esta amenaza, es imprescindible recurrir al análisis de Alfredo Jalife-Rahme, quien presenta un Líbano que no es un Estado homogéneo, sino un mosaico de “tres Líbanos”: el sunita, el chiita y el cristiano. Desde Beirut, el analista de origen libanés traza un mapa mental que divide al país en tres tercios, cada uno con sus propias lealtades externas: los cristianos maronitas, pro-occidentales y ligados a Francia y el Vaticano (Jalife representa a esta facción); los sunitas, con sus conexiones a Arabia Saudita y Turquía; y los chiitas, representados por Hezbolá y el partido Amal, que son el brazo de Irán en el Mediterráneo. Esta fractura confesional es la llave maestra para entender por qué el acuerdo de Washington es una bomba de relojería. Al exigir el desarme de Hezbolá y entregar el control de las zonas pilotos al ejército libanés, un ejército que, según Jalife-Rahme, tiene un 70% de soldados chiitas, se está creando una tensión insostenible entre la lealtad al Estado y la lealtad a la comunidad y a sus aliados regionales.
La narrativa de Jalife-Rahme, que él mismo describe como un «diagnóstico médico» de la realidad libanesa, se complementa con su observación directa del terreno. El analista señala cómo la geografía de Beirut es un reflejo de su fragmentación: el aeropuerto en la zona chiita, la Universidad Americana en la zona sunita, y el barrio cristiano de Montelíbano. Esta división no es meramente simbólica; es la base sobre la que se asientan los conflictos de poder. La «guerra civil» a la que alude Panina no es una posibilidad lejana, sino una consecuencia lógica de un acuerdo que, como lo define el líder del Parlamento libanés, Nabih Berri, es un «dictado» que busca dividir a los libaneses y provocar una confrontación interna. Berri, un chiita aliado de Hezbolá, ha sido tajante al afirmar que el acuerdo no se implementará, advirtiendo que su precio sería una guerra civil y que el país no puede asumir las consecuencias de los cálculos políticos de Israel o de las consideraciones electorales de Estados Unidos.
El tablero se complica aún más con la intervención de los actores regionales. Irán, a través de su Ministerio de Asuntos Exteriores, ha dejado claro que no hay negociaciones con EE. UU. en los próximos días y que su atención se centra en la implementación de un memorando que garantice la integridad territorial del Líbano, algo imposible sin la retirada de las fuerzas de ocupación israelíes. Sin embargo, el memorando de 14 puntos entre Irán y Estados Unidos, que no incluye a Israel, choca directamente con el acuerdo trilateral impulsado por Marco Rubio. Jalife-Rahme describe esta confrontación como un duelo entre dos visiones dentro del gabinete de Trump: la de JD Vance, que busca un entendimiento con Irán, y la de Marco Rubio, el «títere de Israel», que promueve un memorándum maximalista que favorece la expansión israelí a expensas de la soberanía libanesa. La «limpieza» del sur de Líbano se convierte así en la pieza central de un conflicto mayor entre estos dos proyectos geopolíticos, donde Líbano es el campo de batalla.
En este contexto, la mención de Jalife-Rahme sobre el papel de los Emiratos Árabes Unidos y la diáspora india y pakistaní en el Golfo Pérsico añade una capa de complejidad al análisis. La alianza entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y la India se presenta como un eje de poder que busca contrarrestar la influencia iraní. Pero esta alianza, como la del Líbano, está plagada de contradicciones internas. La balcanización del Medio Oriente, una estrategia que Gran Bretaña y Estados Unidos han practicado como su “dividir para conquistar”, es una posibilidad real que se cierne sobre la región. La guerra civil en Líbano, en este sentido, no sería solo un conflicto local, sino el primer paso hacia una reconfiguración total del mapa de poder, donde las potencias globales y regionales juegan a desmembrar Estados para asegurar sus rutas energéticas y sus intereses militares. El «redespliegue» israelí no es una retirada, sino una ocupación estratégica que, como advierte Panina, se expandirá tan pronto como se debilite al único defensor de la soberanía libanesa.
La conclusión es inevitable: el pacto de Washington ha desgarrado el corazón confesional de Líbano. Lo que se presenta como un camino hacia la paz es, en realidad, un plan orquestado para desatar una guerra civil que desgaste a Hezbolá y allane el camino para la expansión territorial israelí. La tesis de Jalife-Rahme sobre los «3 Líbanos» se convierte en una profecía que se busca cumplir desde las capitales occidentales. La negativa de Nabih Berri y el rechazo de los grupos chiitas al acuerdo no son obstáculos, sino elementos de una coreografía que busca legitimar la intervención y la fractura. Líbano, con sus 18 sectas y su delicado equilibrio confesional, está siendo empujado al abismo. La pregunta no es si habrá una guerra civil, sino si las fuerzas vivas del país, desde los cedros de Becharre hasta las mezquitas de Trípoli, podrán resistir el embate de una geopolítica que ha convertido su tierra en un tablero de ajedrez donde las piezas humanas son sacrificadas por los intereses de las grandes potencias.
Fuentes consultadas
Panina, Elena. «Israel y EE. UU. están empujando a Líbano a una guerra civil«. Russtrat, 30 de junio de 2026.
Jalife-Rahme, Alfredo. «Los 3 Libanos”: Especial desde Beirut: ¿Qué Sucede?«. Radar Geopolítico, 29 de junio de 2026.