Oscuro Claro
El apagado solar ha dejado de ser una distopía de ciencia ficción para instalarse en los despachos blindados de Washington y Bruselas.

Por Mente Alternativa

Karl Mathiesen y Corbin Hiar, en un reportaje publicado por Politico, revelaron que legisladores y funcionarios de Estados Unidos y la Unión Europea sostienen conversaciones confidenciales sobre tecnologías de geoingeniería solar, es decir, la restricción artificial de la luz solar como herramienta para contrarrestar el calentamiento global. Estas negociaciones, que transcurren lejos del escrutinio público, involucran a ministerios de defensa, comercio, agricultura y asuntos exteriores, y responden a una urgencia que ya no admite dilaciones: la ola de calor que asoló Europa este verano provocó sequías generalizadas, incendios devastadores y cosechas arrasadas, con pérdidas estimadas en torno a los 800.000 millones de euros. La cifra no es un dato menor; es el precio de un verano que ha convertido el cielo en un territorio en disputa.

La historia de la geoingeniería solar no es nueva, pero sí lo es su tránsito desde los márgenes académicos hacia los pasillos del poder. Durante décadas, la idea de dispersar partículas reflectantes en la estratosfera fue considerada una temeridad, cuando no una aberración. No elimina la causa primordial del calentamiento —la quema de combustibles fósiles— y conlleva riesgos mayúsculos: destrucción de la capa de ozono, alteraciones climáticas impredecibles y un polvorín geopolítico de consecuencias incalculables. Sin embargo, el tabú se resquebraja. Cynthia Scharf, investigadora principal del Center for Future Generations y exresponsable de comunicación climática de la ONU, lo expresó con una claridad meridiana: la discusión se está desplazando, predominantemente, hacia el interior de puertas cerradas. Y ese desplazamiento tiene nombres, apellidos y balances contables.

El factor que ha dinamitado la prudencia lleva el sello inconfundible de Silicon Valley. Inversores de capital de riesgo han inyectado decenas de millones de dólares en empresas emergentes dedicadas a la geoingeniería solar, apostando a que el sobrecalentamiento crítico del planeta obligará a los gobiernos a pagar por el acceso a tecnologías de “oscurecimiento” global. Stardust Solutions, una start-up israelí con sede en el corazón tecnológico californiano, recaudó sesenta millones de dólares en una sola ronda de financiación, la mayor conocida hasta la fecha en este sector. Sus partículas propietarias, cuyo diseño permanece en secreto, prometen contrarrestar todos los gases de efecto invernadero emitidos en los últimos ciento cincuenta años. La propuesta es, cuando menos, vertiginosa: una empresa privada, sin mandato democrático alguno, aspiraría a regular la temperatura del planeta mediante contratos billonarios con naciones desesperadas. Douglas MacMartin, profesor asociado de la Universidad de Cornell, no oculta su escepticismo: “Han ignorado todas las recomendaciones de todos y creen que pueden obtener beneficios en este campo. Creo que va a salir mal. Sus inversores van a tirar el dinero por la alcantarilla, y eso retrasará todo el campo”.

La advertencia de MacMartin no es un lamento académico. Es el reconocimiento de que la geoingeniería solar, lejos de ser una solución técnica, es un artefacto político de primer orden. Quien controle la capacidad de atenuar la radiación solar controlará, en última instancia, el termostato del mundo. Los ministerios de defensa que participan en estas discusiones no lo ignoran. La posibilidad de que una nación o un consorcio privado pueda modificar el clima global introduce una asimetría de poder sin precedentes: el país que despliegue aerosoles estratosféricos impondrá externalidades climáticas a sus vecinos sin necesidad de declarar una guerra convencional. El apagado solar, en este sentido, no es una tecnología de mitigación; es un instrumento de dominación.

La paradoja es cruel. La misma civilización que ha quemado combustibles fósiles durante siglo y medio, que ha talado bosques primarios y que ha acidificado océanos, ahora contempla la posibilidad de oscurecer el Sol para ganar tiempo. Pero el tiempo que se gana con el apagado solar no es neutral: es un tiempo comprado con riesgos ecológicos, con incertidumbre científica y con la promesa implícita de que alguien, en algún lugar, pagará la factura. Los inversores del Valle del Silicio ya han hecho sus apuestas. Los ministerios han abierto sus carpetas. Las puertas están cerradas. Y el cielo, ese bien común que ninguna constitución ha sabido proteger, se ha convertido en el próximo mercado emergente.

Fuentes consultadas

Karl Mathiesen y Corbin Hiar. The Strange and Totally Real Plan to Blot Out the Sun and Reverse Global Warming. Politico Magazine. 21 de noviembre de 2025.

Karl Mathiesen y Corbin Hiar. Researchers quietly planned a test to dim sunlight. They wanted to ‘avoid scaring’ the public. Politico. 27 de julio de 2025.

Cynthia Scharf. Declaraciones recogidas en Politico sobre las discusiones confidenciales en torno a la geoingeniería solar. Center for Future Generations. 2026.

Douglas MacMartin. Declaraciones recogidas en MIT Technology Review sobre Stardust Solutions y la geoingeniería solar comercial. Universidad de Cornell. 10 de diciembre de 2025.

EUobserver. Datos sobre pérdidas económicas por la ola de calor europea. EUobserver. 2026.



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