Oscuro Claro
El mundo enfrenta una encrucijada histórica entre la paz precaria, impulsada por el miedo y caos inducido por las élites maltusianas de Occidente, y la paz mediante el desarrollo, basada en cooperación y multipolaridad. El proyecto del túnel del Estrecho de Bering simboliza esta alternativa concreta, proponiendo un futuro definido por infraestructura, soberanía y desarrollo compartido, no por fuerza o manipulación.

Por José Luis Preciado

La reorganización del sistema internacional se ha convertido en un imperativo histórico. Mientras las potencias occidentales buscan mantener su dominio mediante la ley de la selva y estrategias de tensión, emergen alternativas basadas en la cooperación, el respeto a la soberanía y el desarrollo económico. Este análisis conjuga los recientes hechos en Gaza, Ucrania y la política global, junto con la ambiciosa propuesta del túnel Estrecho de Bering, para demostrar que la humanidad se encuentra en un cruce decisivo: perpetuar la violencia y la precariedad o apostar por una paz sostenible a través del desarrollo.

El reciente alto al fuego en Gaza, mediado por la administración Trump, es un ejemplo de la paz precaria: un respiro impuesto por el agotamiento mutuo más que por un verdadero entendimiento. Como en la Paz de Westfalia de 1648, la tregua surge por necesidad, no por convicción. Ninguna de las partes—ni el gobierno de Netanyahu ni Hamas—desea genuinamente la paz, y la inclusión de figuras como el cortesano británico Sir Tony Blair en planes de administración internacional revela la intención de imponer soluciones de arriba hacia abajo, disfrazadas de virtuosismo, que podrían consolidar un neocolonialismo global.

Bajo esta fachada, las fuerzas destructivas permanecen latentes, listas para reaparecer en cualquier momento, como advierte el geoestratega Dennis Small en análisis recientes: la ley de la selva y la estrategia de tensión (de manufactura británica) están diseñadas para inducir miedo, normalizar lo impensable y justificar la coerción internacional. En la ONU, la tensión ha sido palpable. Mientras líderes del Sur Global, Rusia y China denuncian la erosión de la soberanía y exigen un sistema internacional basado en cooperación y desarrollo, Netanyahu desafía la legalidad internacional y proclama su política de exclusión y dominio. Li Qiang y Sergey Lavrov advierten que, si se consolida la ley de la selva, los débiles se verán devorados y la humanidad se precipitará hacia más sangre y brutalidad. Este enfrentamiento refleja una disputa civilizatoria: ¿quién definirá las reglas del mundo que viene?

La propuesta de Helga Zepp-LaRouche de restaurar principios universales y establecer un sistema legal que fomente el desarrollo y la paz es la antítesis de la lógica maltusiana-hobbesiana que rige la geopolítica actual: la doctrina MAD, la amenaza nuclear y la imposición de soluciones autoritarias.

Los conflictos en Ucrania y Oriente Medio evidencian la aplicación contemporánea de esta ley de la selva. Las ambiciones expansionistas prolongadas de Estados militaristas pueden reconfigurar territorios y amenazar a estados vulnerables. Ante esto, la única defensa viable para países pequeños es integrarse a alianzas estratégicas con potencias nucleares, un recurso que no siempre es accesible. La lógica del miedo y la fuerza se impone, creando una paz frágil y dependiente del equilibrio del terror, mientras que los actores estratégicos promueven la confrontación para sostener su influencia.

Frente a este panorama sombrío, emergen propuestas que demuestran que la paz basada en el desarrollo es posible. La idea del túnel del Estrecho de Bering, presentada por Rusia, respaldada por China, y que ahora parece estar siendo considerada por Trump, simboliza una apuesta concreta por la interdependencia económica, la conectividad global y la cooperación multipolar. Este megaproyecto no es un gesto simbólico: plantea un corredor ferroviario que conecta Siberia con Alaska, integrando rutas de comercio, energía y transporte en Eurasia y América, una iniciativa de paz a través del desarrollo que ha venido impulsando el movimiento larouchista desde 1978, y de la cual hice eco en un artículo publicado por MA en agosto.

Esta iniciativa resonó en los medios de comunicación masivos después de que, el 16 de octubre, Kirill Dmitriev, director del Fondo Soberano de Rusia y enviado del Kremlin, la impulsara en su perfil de X. Allí publicó un mapa llamado “Kennedy–Khrushchev World Peace Bridge”, que parece corresponder al período posterior a la crisis de los misiles cubanos, cuando Kennedy intentaba desarrollar una relación de paz con la Unión Soviética. Si bien la propuesta existe desde el siglo XIX, cobró nueva actualidad luego de que los rusos entregaran a la congresista Anna Paulina Luna, de Florida, documentos anteriormente secretos del archivo sobre el caso Kennedy.

Dmitriev promueve la iniciativa como el «Túnel Putin-Trump», un enlace de 70 millas que, según afirmó, la tecnología de The Boring Company podría construir por solo 8,000 millones de dólares. Los mapas publicados incluían un diagrama técnico moderno del túnel. Dmitriev reconoció que el verdadero desafío no es solo la construcción del túnel, sino los miles de kilómetros de conexiones ferroviarias necesarias a ambos lados, integrando este corredor en una visión más amplia de un «puente terrestre mundial» compatible con la Franja y la Ruta china. La publicación, que alcanzó millones de visitas y generó un concurso internacional, representa un importante impulso geopolítico y económico para este proyecto centenario.

En una reunión posterior entre Trump y Zelenski en la Casa Blanca, con medios presentes, una periodista preguntó a Trump si conocía la propuesta de construir un túnel por el estrecho de Bering, a lo cual respondió que sí, y la calificó de «interesante» y agregó que había que estudiarla. Cuando le preguntó a Zelenski, este mostró su descontento, a lo que el multidimensional Trump respondió riendo: «Sí, ya sabía que no te iba a gustar».

Small considera posible que Trump tenga la perspicacia para aprovechar esta propuesta porque le resuelve un problema, y no precisamente por ser un gran estratega en el sentido clásico, ni porque sea un gran pensador como Putin o Xi Jinping; sino por su pragmatismo y por la necesidad de encontrar una salida que pueda salvar a Estados Unidos y a él mismo de una crisis de desintegración en un momento en que las criptomonedas entran en crisis y el sistema financiero internacional muestra fragilidad.

Small resalta que el proyecto se ha convertido en un catalizador político y geoestratégico, capaz de ofrecer una alternativa al conflicto perpetuo y a la precariedad impuesta por la ley de la selva. La cooperación en infraestructura demuestra que el desarrollo puede ser la herramienta más eficaz para desactivar redes de violencia y dependencia financiera, proponiendo un modelo de paz tangible basado en interés mutuo y crecimiento económico compartido.

Sin embargo, la implementación enfrenta resistencias. La viabilidad política y técnica del túnel Estrecho de Bering enfrenta obstáculos reales: resistencias geopolíticas (sectores en Europa que prefieren mantener la confrontación), complejidad técnica (construcción en condiciones árticas extremas, conexión ferroviaria de miles de kilómetros) y el riesgo de que el proyecto sea cooptado por intereses privados o militares. Aquí es donde la propuesta de Small adquiere una dimensión ética y estratégica: la idea debe acompañarse de gobernanza transparente, participación multilateral y mecanismos que eviten la captura por actores hegemónicos o corporaciones extractivas.

El túnel Estrecho de Bering no solo compite con la lógica de sanciones y contención; ofrece una narrativa alternativa al relato occidental hegemónico: paz por desarrollo, en vez de paz por imposición. En regiones como Iberoamérica, donde la influencia de Wall Street y la City se mezcla con narcotráfico y políticas coercitivas, Small propone que la respuesta no sea solo la crítica a las operaciones militares o a los engaños diplomáticos, sino la elaboración de programas concretos que conecten a las economías y reduzcan la vulnerabilidad frente a ciclos de desestabilización financiera. Eso exige audacia política: proponer soluciones que sean palpables —ferrocarriles, puertos, corredores energéticos— y que no dependan exclusivamente de capitales especulativos.
Además, el proyecto desactiva parte del arsenal retórico de quienes prefieren el conflicto como negocio. Small recuerda con ironía que, si Trump quisiera de veras combatir el narcotráfico internacional, no bastaría con operaciones militares en el Caribe: haría falta atacar la City de Londres y Wall Street, los epicentros que financian y protegen esas redes. En términos estratégicos, sostener un programa de desarrollo transversal —incluyendo la alianza estratégica entre grandes naciones para obras de infraestructura— es la forma más eficaz de socavar las redes que alimentan violencia y dependencia.

La diferencia entre un gesto simbólico y una transformación efectiva dependerá de la gobernanza transparente, la participación multilateral y la articulación de proyectos productivos que respeten la soberanía. Como recuerda Small, la historia demuestra que incluso las paces más imperfectas pueden generar siglos de progreso si se construye sobre bases sólidas: en este caso, infraestructura, conectividad y cooperación económica.

La elección que enfrenta la humanidad es clara y urgente: continuar con la paz precaria, basada en la imposición, el miedo y la ley de la selva, o apostar por la paz mediante el desarrollo, articulando proyectos de infraestructura, cooperación financiera y tecnología compartida. Trump, con la idea del túnel del Estrecho de Bering, se presenta como un constructor, alguien que propone un “Colbert moderno” capaz de utilizar la inversión, la conectividad y la innovación como cimientos de un nuevo orden internacional. La lección es que, en un mundo de riesgos históricos y concentración de poder sin precedentes, solo mediante visión estratégica, cooperación y proyectos concretos de desarrollo será posible evitar que la humanidad caiga en la trampa de la precariedad y la violencia.

El planeta se encuentra ante una encrucijada histórica. La paz precaria refleja la consolidación de élites que se reparten las cartas de la Historia y buscan control mediante el miedo y la violencia, mientras que la paz a través del desarrollo representa la posibilidad de un mundo multipolar, más justo y conectado. La propuesta del túnel Estrecho de Bering es mucho más que un proyecto técnico: es el símbolo de la opción por el desarrollo como alternativa real a la confrontación. El futuro no debe definirse por la fuerza bruta ni por la manipulación de medios, sino a través de la capacidad de la humanidad de reconocer la estrategia de tensión, resistir la ilusión de la paz precaria y construir un orden internacional basado en cooperación, infraestructura, soberanía y desarrollo compartido.

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