Por José Luis Preciado
Una revelación publicada el 24 de septiembre por el Canal 12 de Israel (1) confirma que el supuesto “plan de Trump” para el futuro de Gaza no es, en realidad, una iniciativa genuinamente estadounidense, sino la continuación de una agenda elaborada por su yerno, el jabadista Jared Kushner, y por el ex primer ministro británico Sir Tony Blair.
Como ya he señalado en artículos previos, la Familia Kushner mantiene estrechos vínculos con el movimiento cabalista jasídico Jabad-Lubavitch y ha financiado al Partido Demócrata y a la Universidad Yeshiva en Nueva Jersey. La Universidad Yeshiva, eje de educación y tradición judía, incluye estudios talmúdicos y está relacionada con academias como Bnei David, una yeshivá de élite financiada por el gobierno israelí que forma a futuros líderes militares y cuyos rabinos han emitido polémicas enseñanzas que exaltan a Hitler y promueven la esclavitud de los árabes. En paralelo, Tony Blair ostenta dos de los más altos títulos británicos: Sir, como Caballero de la Orden de la Jarretera desde 2022, un honor personal del monarca pese a las críticas por su rol en la guerra de Irak, y The Right Honourable, otorgado de por vida tras su ingreso al Consejo Privado de la Reina en 1994, símbolos de su permanencia en la élite británica más allá de su carrera política. El sionismo político, de hecho, es una creación de la aristocracia británica, como muestra la Declaración Balfour, una carta original de Lord Arthur Balfour a Lord Walter Rothschild, del 2 de noviembre de 1917.
Según el informe del Canal 12 de Israel, el proyecto presentado por Donald Trump ante líderes árabes y musulmanes incluye la liberación de rehenes, un alto el fuego permanente y la retirada gradual de Israel de la Franja, pero su núcleo es un mecanismo de gobierno sin Hamás, financiado por países árabes y vigilado por una fuerza multinacional, con el objetivo de administrar Gaza como un enclave “seguro” para la inversión extranjera. Lo que la prensa israelí presentó como un plan de reconstrucción tiene, sin embargo, un trasfondo geopolítico que cobra fuerza a la luz de los datos publicados semanas antes por el analista francés Thierry Meyssan.
En un artículo publicado el 2 de septiembre (2), Meyssan relata, citando al Washington Post, que el 27 de agosto se celebró en la Casa Blanca una reunión clave en la que Trump, su vicepresidente J. D. Vance, el enviado especial Steve Witkoff, el secretario de Estado Marco Rubio, el ex primer ministro británico Sir Tony Blair y funcionarios israelíes discutieron un proyecto de administración directa de Gaza por parte de Estados Unidos durante al menos diez años. Según el Washington Post, el plan prevé transformar la devastada franja en un “brillante complejo turístico y centro de alta tecnología”, con una inversión inicial de 100 000 millones de dólares. Para facilitar el desplazamiento “voluntario” de la población, se propuso pagar 23 000 dólares a cada familia que acepte abandonar el territorio. Incluso se han mencionado contactos preliminares con países tan dispares como Libia, Etiopía, Sudán del Sur, Indonesia y Somalilandia para reubicar a decenas de miles de palestinos, aunque ninguna de esas naciones ha confirmado su participación. La operación, presentada como una salida pragmática, recuerda a la “Ley de Deportación de los Indios” de Andrew Jackson en el siglo XIX: un genocidio disfrazado de reubicación humanitaria.
Los preparativos financieros y logísticos de este proyecto ya están en marcha. Meyssan documenta que el Tony Blair Institute for Global Change y el Boston Consulting Group han trabajado en el llamado Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation Trust (GREAT Trust), diseñado para convertir la franja en una “Riviera de Gaza” al estilo Dubái. Bajo la fachada de ayuda humanitaria, la Gaza Humanitarian Foundation —creada en Suiza y vinculada a exagentes de inteligencia y contratistas militares privados— ha comenzado a reemplazar a la ONU y a otras agencias en la distribución de alimentos, una estrategia que permitió al ejército israelí perpetrar ataques letales contra civiles que buscaban asistencia. La participación de mercenarios ligados a exoficiales de la CIA y a compañías como Blackwater añade un inquietante componente paramilitar a un esquema que pretende presentarse como filantrópico.
En un análisis reciente (3), el historiador Harley Schlanger advierte que el papel de Sir Tony Blair en este entramado no es accidental, sino parte de una maniobra neocolonial de alcance global. Según Schlanger, Trump ha dado a Blair la tarea de coordinar actores regionales e internacionales para gestionar Gaza después del genocidio, prometiendo pagos simbólicos a quienes acepten marcharse, una vaga posibilidad de retorno y la creación de corredores comerciales que contrarresten la Ruta de la Seda impulsada por China. Lejos de ofrecer una vía hacia un Estado palestino soberano, este plan busca perpetuar el dominio colonial británico en una región clave para el tránsito energético y las nuevas rutas euroasiáticas. Blair, viejo operador del “orden basado en reglas” angloestadounidense, aporta la credibilidad necesaria para vender como “reconstrucción” lo que en realidad es una reconfiguración geopolítica destinada a frenar la influencia de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái y el proyecto chino de la Franja y la Ruta.
La convergencia de estos elementos confirma que Gaza se ha transformado en el epicentro de una operación que combina ingeniería financiera, despojo territorial y guerra encubierta para rediseñar Oriente Medio. Bajo el disfraz de un plan de paz, el tándem Kushner-Blair propone un modelo de “desarrollo” que reproduce los métodos coloniales del pasado: desplazar poblaciones enteras, privatizar territorios estratégicos y utilizar la ayuda humanitaria como instrumento de control.
La aparente disposición de Trump a respaldar esta estrategia británica no solo vulnera el derecho de los palestinos a su tierra, sino que también evidencia la persistencia de un culmen occidental ocultista, empeñado en frenar el surgimiento de un orden multipolar basado en la soberanía y el beneficio mutuo, para lo cual opera mediante la síntesis dialéctica y el caos generado por el choque entre la visión unipolar del mundo —representada por sus actores de línea dura— y la óptica multipolar vigente, que lo obliga a repartirse el poder con otras élites no occidentales, utilizando a figuras de juego multidimensionales como Donald Trump, aunque sin renunciar por ello a colar la mayor cantidad posible de los objetivos estructurales de su agenda original.
Eso explica el súbito consenso occidental manifestado en la sesión de la Asamblea General de la ONU del 23 de septiembre de 2025, que evidenció un cambio de paradigma mundial en el que numerosos aliados de EE.UU. e Israel reconocieron oficialmente al Estado palestino, reflejando un giro irreversible en la opinión global pese a la continuidad del genocidio en Gaza.
Mientras Donald Trump defiende la primacía estadounidense y descalifica el reconocimiento de Palestina como un “premio” a Hamas —ignorando quizá que la línea dura del Hamas ha operado históricamente bajo la influencia de la Corona británica a través de la Hermandad Musulmana—, el poder de EE. UU. mostró claros signos de declive frente al avance de bloques como BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, que agrupan a la mayoría de la humanidad y promueven estructuras políticas y económicas independientes del control occidental. Ante esta arrogancia y el riesgo de confrontación nuclear, líderes como el presidente de Indonesia, Prabowo Subianto, hicieron un llamado a rescatar las mejores tradiciones de cada civilización —incluyendo las raíces emancipadoras de la Revolución estadounidense— como camino para restaurar el derecho internacional y evitar una catástrofe global.
La semana pasada, Diane Sare, ex candidata independiente larouchista al Senado de EE. UU., afirmó en la ONU (4) que el sistema político estadounidense está roto, pues sus representantes no reflejan la voluntad de la mayoría de ciudadanos que desean el fin del genocidio palestino y la suspensión del envío de armas a Israel. Denunció la corrupción y el compromiso moral de congresistas, y llamó a los Estados miembros de la ONU a invocar la resolución 377A para actuar unidamente por la paz, pese a los bloqueos del Consejo de Seguridad. Sare criticó la arrogancia de Netanyahu, quien justifica las atrocidades en Palestina citando a Will Durant, y subrayó que lo que importa no es la duración de la vida individual sino la contribución al progreso y la justicia global. Señaló como ejemplo a Hind Rajab y otros mártires cuya memoria permanece en la conciencia de la humanidad, recordando que la historia pertenece a los pacificadores.
Notas a pie de página
1. Ravid, B. (2025, 24 de septiembre). לסיום המלחמה בעזה [Para poner fin a la guerra en Gaza](#). N12. https://www.mako.co.il/news-world/2025_q3/Article-a06fed1767c7991026.htm
2. Thierry Meyssan, en Red Voltaire: El futuro de Gaza visto desde la Casa Blanca; 2 de septiembre de 2025.
3. Harley Schlanger, en The LaRouche Organization: Tony Blair — Still Evil after All These Years; 23 de septiembre de 2025.
4. The LaRouche Organization: Diane Sare Addresses UN Peace Rally to Enact Resolution 377a; 18 de septiembre de 2025.