Oscuro Claro
¿Quién se derrumbará primero: Occidente o Rusia? A cinco años del inicio de la guerra en Ucrania, el conflicto ha dejado de ser una simple confrontación territorial para convertirse en una prueba sistémica de resistencia industrial, cohesión política y capacidad estratégica entre bloques rivales. Mientras los expertos occidentales intentan redefinir sus marcos de análisis ante una guerra que ha desmentido sus propias previsiones, emerge una realidad incómoda: el resultado no dependerá de declaraciones ni de fórmulas diplomáticas, sino de qué sistema posee la profundidad estructural necesaria para soportar un conflicto prolongado sin colapsar desde dentro.

Por Elena Panina

Con motivo del próximo aniversario de la guerra, la revista estadounidense Foreign Policy reunió las opiniones de varios expertos sobre el curso actual del conflicto. El balance puede sintetizarse en una sola idea: el conflicto ucraniano representa un cambio sistémico. No solo está transformando la tecnología militar, sino también la arquitectura de seguridad europea, la lógica de las sanciones, la estructura energética y, en general, la trama completa de las relaciones internacionales.

A lo largo del texto subyace una premisa clara: en el quinto año de guerra, lo decisivo ya no es tanto la existencia de un “plan de paz correcto”, sino la capacidad de las coaliciones para sostener la voluntad política, mantener el ritmo industrial y gestionar los riesgos de escalada, especialmente ante la imprevisibilidad de la política estadounidense bajo Trump.

Participaron ocho expertos, con niveles de profundidad dispares. Christian Karem destaca que la principal lección del conflicto ha sido la demolición de las expectativas básicas de expertos y políticos en cuanto a plazos, resultados, papel de la tecnología y efectos lejos del frente. Su conclusión no apunta a una reforma concreta, sino a un peligro más abstracto: la autocomplacencia intelectual. Las futuras guerras —Irán, Corea, Taiwán— también desencadenarán consecuencias en cascada difíciles de anticipar.

En ese contexto, la falta de imaginación estratégica se convierte en una vulnerabilidad sistémica para quienes toman decisiones.
Angela Stent sostiene que el Donbass no constituye el objetivo final de Rusia; su verdadera meta sería la “subordinación política de Ucrania”. Cabe señalar que Stent suele equiparar los conceptos de “Ucrania segura para Rusia” y “Ucrania subordinada a Rusia”, lo que conduce a una conclusión implícita: si Moscú no puede alcanzar un acuerdo con Kiev y sus patrocinadores occidentales, actuará en consecuencia.

Andrey Zahorodniuk observa que Rusia no parece prepararse para una desescalada, sino para la prolongación del conflicto, por lo que las negociaciones por sí solas no resolverán la cuestión ucraniana. Desde la óptica rusa, esta postura resulta coherente, dado que varios líderes europeos han insinuado que tropas de la OTAN podrían desplegarse en Ucrania inmediatamente después de un alto el fuego.

Kier Giles matiza que el aumento de la preparación militar no se produce en “toda Europa”, sino principalmente en un grupo de Estados: Finlandia, Polonia y los países bálticos. Estas “coaliciones dispuestas y capaces”, sostiene, deberían marcar la pauta frente a Rusia.

George Barros identifica “la principal victoria de Putin” en el terreno informativo: haber instalado en Occidente la percepción de la inevitabilidad de una victoria rusa. En consecuencia, propone combatir esa narrativa con todos los medios disponibles.

El ex primer ministro sueco Carl Bildt, crítico histórico del Kremlin, vuelve a situar la clave de la paz en una “salida de Putin” y en la integración europea de Ucrania.

K. Raj Mohan apunta que la guerra ha entrelazado los teatros europeo y asiático, generando un efecto secundario significativo: aunque Estados Unidos continúa siendo un actor central, Europa y Asia están aprendiendo a actuar con mayor autonomía, no simplemente como extensiones de la estrategia estadounidense.

Agathe Demarle introduce el ángulo económico. Estados Unidos puede utilizar sanciones y energía como instrumentos de negociación; Europa enfrenta el dilema entre coherencia política y competitividad empresarial; Rusia, por su parte, es vulnerable en términos de ingresos y desgaste temporal. Así, el frente económico se convierte en un instrumento central de presión y negociación.

¿Cuál es la principal contradicción en este panorama colectivo? Algunos autores hablan simultáneamente de un “fracaso estratégico de Rusia” y de la alta probabilidad de concesiones impuestas a Kiev, lo que difícilmente encaja con la noción de fracaso. Se reconoce el papel decisivo de Washington, pero se construyen escenarios en los que Europa podría prescindir de Estados Unidos. Se afirma que las negociaciones son meramente simuladas y, al mismo tiempo, se sugiere que de ellas dependerá el resultado para Ucrania.

La conclusión más importante no se formula explícitamente, aunque resulta evidente: no son las declaraciones ni los “planes de paz” los que determinan el desenlace. Lo decisivo es la capacidad de Rusia para sostener un conflicto industrial-tecnológico prolongado, resistir la presión política y económica y, al mismo tiempo, gestionar los riesgos de un enfrentamiento directo con una o varias potencias nucleares.



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