Por José Luis Preciado
La historia humana está impregnada de rituales de exclusión, purga y sacrificio. No hablo de cuentos míticos, sino de un fenómeno estructural identificado por el filósofo René Girard: el mecanismo del chivo expiatorio (1). Cuando un grupo enfrenta una crisis interna —una rivalidad mimética desbordada, un escándalo que amenaza la cohesión del colectivo—, emerge un proceso casi automático. La comunidad proyecta en un individuo la responsabilidad de todos sus males, concentra sobre él la violencia colectiva y lo expulsa o sacrifica para restaurar el orden. No importa que su culpabilidad objetiva sea completa o parcial; basta que su caída satisfaga la lógica interna del sistema.
Hoy, la caída pública de Andrés Alberto Cristiano Eduardo Mountbatten-Windsor, conocido como Príncipe Andrew, Duque de York, es un ejemplo cristalino de este patrón. Su arresto en Norfolk, su liberación bajo investigación por “conducta irregular en el ejercicio del cargo público” y la declaración sin precedentes de Carlos III de que “la ley debe seguir su curso”, son más que un hito jurídico: constituyen un rito de expulsión simbólica, una puesta en escena diseñada para proteger la legitimidad de la monarquía ante un escándalo de proporciones globales. La imagen de Andrew, aislado y fotografiado en cada movimiento, representa la canalización visual de la violencia simbólica acumulada de la institución.
Su declive no fue fortuito; se gestó a lo largo de años de marginación institucional: desde el retiro de sus funciones oficiales tras el escándalo Epstein, hasta la pérdida de sus títulos militares y representativos, así como la apertura de investigaciones basadas en los archivos parciales, selectivos y cuidadosamente curados del caso, que contienen hasta nueve millones de documentos, de los cuales solo se ha publicado un tercio. Esta preparación meticulosa evidencia que su caída no persigue únicamente castigar conductas individuales, sino salvaguardar el núcleo del poder. Andrew concentra la crisis, absorbe la tensión y permite que la institución continúe intacta, tal como lo han hecho otros miembros expuestos en circunstancias similares.
La perspectiva de Mike Billington sobre los escritos de Lyndon LaRouche (2) aporta una lectura más profunda de esta estrategia. Ya en 1994, Billington y LaRouche señalaban las crisis estructurales de legitimidad de la Casa de Windsor, mucho antes de que los conflictos con Harry y Meghan se hicieran públicos. Identificaban disfunción, racismo y colonialismo persistentes, y analizaban cómo la influencia de figuras como el príncipe Felipe en organizaciones globales podía interpretarse como parte de un proyecto maltusiano de las élites de Occidente con consecuencias devastadoras para el Sur global. Billington destacaba que la princesa Diana, al desafiar públicamente a la monarquía, encendió la alarma del establishment; su muerte, trágica y sospechosa, fue un acto de control silencioso que preservó la legitimidad simbólica del sistema.
El trabajo de la periodista Sonia Poulton (3) complementa este análisis al documentar cómo redes de abuso sexual operaron con impunidad durante décadas, protegidas por complicidad institucional y encubrimiento sistemático. Su documental Pedófilos en el Parlamento muestra que la estructura no elimina la conducta aberrante: elimina la amenaza visible que desestabiliza la legitimidad. Andrew, al igual que Diana en su momento, se convierte en una figura sacrificial que permite al sistema continuar funcionando, intacto en sus engranajes esenciales.
Michael Hoffman, historiador revisionista y erudito católico, aporta otra dimensión crucial: las raíces ocultas de la Corona británica. Desde Isabel I y su asesor, el astrólogo Dr. John “007” Dee, hasta la protección de redes de abuso contemporáneas, Hoffman muestra que la familia real ha tejido su supervivencia en torno a prácticas de cripto-poder y ocultismo. El asesinato de Diana, los crímenes del pedófilo Jimmy Savile y la complicidad aparente de Margaret Thatcher configuran un patrón donde la impunidad de la élite se mantiene mediante la manipulación de la narrativa pública, la amnesia social inducida por los medios y la fatiga de compasión. Epstein, en este entramado, parecía destinado a ser silenciado, y Andrew, como chivo expiatorio, asume el papel de descarga simbólica para preservar al núcleo monárquico.
La revelación de la relación de Andrew con Epstein refuerza la lógica girardiana: no es la conducta criminal lo que el sistema busca erradicar, sino la amenaza a su legitimidad. Savile, protegido por décadas, fue reconocido como satanista y recibió honores de la Corona: la Orden del Imperio Británico en 1971 y la caballería en 1990. Realizó actos de explotación y necrofilia mientras sus conexiones con la Corona y figuras como Thatcher aseguraban su impunidad. Glitter, otro caso documentado, revela la continuidad de una estructura que protege a los poderosos. Hoffman explica que la criptocracia sembró medias verdades y desinformación para desacreditar denuncias reales, neutralizando a los “idiotas útiles” que señalaban estos crímenes y consolidando el control de la narrativa.
Entre sacrificios históricos, ocultismo y escándalos modernos, Andrew encarna el chivo expiatorio que descarga la crisis en un individuo. Su caída concentra la violencia simbólica y permite que la institución monárquica continúe funcionando, intacta, mientras los engranajes reales más profundos y protegidos permanecen operativos. La historia de la Corona es un recordatorio de que el poder se mantiene menos mediante justicia que mediante el control de las apariencias, la selección de víctimas visibles y la neutralización de amenazas simbólicas.
Sobre el autor
José Luis Preciado es antropólogo, historiador, y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.
Notas a pie de página
1. René Girard. La violencia y lo sagrado. México: Fondo de Cultura Económica, 1985.
2. Mike Billington: The Coming Fall of the House of Windsor, Revisited; EIR Volumen 11, número 20-21, 1 de octubre de 1994.
3. Sonia Poulton: Paedophiles In Parliament (2018).
4. Michael Hoffman: It Didn’t Start with Prince Andrew. From the Murder of Princess Diana to the Enabling of Jimmy Savile, the British Royal Family have been true to their occult “007” roots.