Oscuro Claro
La amenaza de una guerra nuclear ya no es una abstracción distante, sino una posibilidad concreta que se alimenta de otro abismo silencioso: una deuda nacional que rebasa los cuarenta billones de dólares, un déficit fiscal enquistado y un sistema fiduciario que agoniza mientras los activos físicos —el oro, la tierra, los bienes tangibles— recuperan su centralidad perdida. En ese cruce de fuego y números rojos, la pregunta es si la humanidad será capaz de despertar de su parálisis moral antes de que el reloj de la aniquilación marque la hora final.

Por José Luis Preciado

En una entrevista del 28 de agosto, Joe Kent, exdirector del Centro Nacional Antiterrorista de Estados Unidos, encendió las alarmas al afirmar que durante las reuniones del Pentágono sobre cómo responder a Irán se ha planteado la opción de utilizar armas nucleares tácticas. Kent confirmó que estas discusiones son reales y advirtió que «seríamos unos necios si pensáramos que un ataque nuclear no podría ocurrir».

Pero no se trata únicamente de declaraciones alarmistas. El subsecretario de Guerra para Política de Estados Unidos, Elbridge Colby, ha sido explícito en su respaldo a una estrategia que otorga un peso creciente a las armas nucleares tácticas en conflictos regionales. Colby, según reporta Consortium News, ha abogado durante mucho tiempo por prepararse para librar una «guerra nuclear limitada». Esta postura encuentra eco en figuras como Ariel Cohen, investigador principal del Atlantic Council, quien escribió en The Hill que el Departamento de Defensa está elaborando una estrategia nuclear que concede mucho más peso a las armas tácticas de menor alcance y potencia para reducir la «brecha de credibilidad» de Estados Unidos. La lógica subyacente es tan peligrosa como simple: si el adversario cree que nunca se lanzará un ataque nuclear, entonces hay que demostrar que sí se está dispuesto a hacerlo.

Esa disposición a cruzar el umbral nuclear no surge en un vacío estratégico; viene precedida por una crisis fiscal que ningún político osa nombrar en horas de audiencia máxima. La deuda total de Estados Unidos supera los cuarenta billones de dólares (trillones en anglosajón), el déficit anual se mantiene entre el 6% y el 7% del PIB, y los tipos a largo plazo, ya en el 5,3%, siguen escalando mientras la Reserva Federal simula combatir la inflación con una política que, en realidad, sigue vertiendo gasolina sobre el fuego. En ese escenario, la guerra se convierte en la válvula de escape preferida de un establishment que prefiere el estruendo de los misiles a la poda quirúrgica del gasto, exactamente como ya se barajó en 2008, cuando los centros de análisis de Washington sopesaron la opción bélica antes que rescatar la economía con 700 mil millones de dólares.

Frente a esta deriva hacia el abismo, Helga Zepp-LaRouche, fundadora del Instituto Schiller, ha insistido en que la solución pasa por un doble movimiento: devolver a las sociedades occidentales la alegría de la cultura clásica para que recuperen su capacidad creativa, y amplificar la voz optimista del Sur Global para construir una «comunidad de futuro compartido para la humanidad». En esa dirección, el Instituto Schiller ha promovido una carta abierta al Papa León XIV para que convoque una cumbre de líderes mundiales que aborde las cuestiones de la paz y el desarme nuclear. La carta, que ya cuenta con cerca de mil firmas de personalidades, exjefes de Estado y activistas de todo el mundo, no aspira a que el Papa resuelva los conflictos con una varita mágica, sino a que su autoridad moral cree el espacio para un diálogo que la psicosis belicista ha vuelto casi imposible.

Sin embargo, la inercia de la guerra no se detiene. En el frente ucraniano, Rusia ha intensificado sus ataques contra el sector energético, mientras que la visita del jefe de la CIA a Moscú sugiere que incluso en Occidente hay quienes empiezan a comprender que Ucrania no está ganando la guerra, sino desapareciendo como nación. En el frente iraní, Estados Unidos ha lanzado ataques contra la isla de Larak, en el estrecho de Ormuz, e Irán ha respondido con represalias contra bases militares estadounidenses en Jordania. Pero la ofensiva más devastadora quizá sea la económica: el secretario del Tesoro, Scott Besent, ha amenazado con una guerra financiera total contra cualquier país que mantenga intercambios comerciales con Irán.

El problema para Besent y la administración Trump es que la mayoría de los principales socios comerciales de Irán —China (30% del comercio), Turquía (13%), Rusia (3%), India (2%)— se han negado a aceptar estas condiciones. India, a través de su primer ministro Modi, ha reiterado su compromiso de fortalecer los vínculos con Irán y expandir la canasta comercial. China ha sido igualmente explícita en su rechazo. La paradoja es que la propia amenaza de Besent puede estar acelerando el proceso que pretende detener: la creación de un sistema financiero alternativo al dólar.

El economista ruso Sergey Glaziev, asesor del presidente Putin, ha señalado que la amenaza estadounidense de «desconectar del sistema del dólar» a los países que comercian con Irán debería ser respondida con la introducción de una moneda digital de cálculo independiente, respaldada inicialmente por oro y posteriormente por una canasta de productos básicos. Glaziev recuerda que hace casi una década se presentó en el Foro Económico Oriental un proyecto de moneda digital llamada SOLID, y que actualmente los expertos rusos han desarrollado UNIT, una stablecoin respaldada por oro. «Ha llegado el momento», afirma Glaziev, de que la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) se presente como una entidad de integración seria con sus propias herramientas de cálculo, comercio y finanzas.

Esa rebelión comercial no es un gesto aislado; se apoya en una infraestructura física que ya está en marcha. China ha levantado una red global de bóvedas de oro en Hong Kong, Singapur, Dubái y Moscú, conectando el lingote físico con el comercio denominado en yuanes para resolver la pregunta que siempre lastró la internacionalización del renminbi: ¿qué puede hacer el exportador con esa moneda al final del día? Al mismo tiempo, el emisor de la stablecoin Tether ha acumulado más de ciento cuarenta y seis toneladas de oro en sus reservas corporativas, con el objetivo de elevar esa exposición al 15% de su cartera, actuando como un seguro contra la dominancia fiscal y la erosión inflacionaria. Incluso la tecnología de registro distribuido se perfila como el riel ultrarrápido que permite saldar en segundos lo que el sistema SWIFT tarda días, tokenizando el oro físico y permitiendo su uso como colateral en tiempo real. Estas no son elucubraciones futuristas; son los cimientos de un nuevo mapa monetario donde lo que no se puede imprimir —barcos, granos, energía, lingotes— recupera su centralidad, y donde la amenaza de «desconectar del dólar» que esgrime Besent acelera el mismo proceso que pretende detener.

Las cifras respaldan esta urgencia. En veinte años, la participación de China en el valor añadido global de la industria manufacturera ha aumentado del 9% al 27%, mientras que la de Estados Unidos ha caído del 22% al 17% y la de la Unión Europea del 24% al 17%. Este desplazamiento del centro de gravedad industrial tiene implicaciones geopolíticas profundas: las conversaciones sobre la desindustrialización de Occidente han dejado de ser retórica política para convertirse en estadísticas medibles. Al mismo tiempo, investigaciones académicas señalan que las grandes crisis financieras —como las de 1929 y 2008— históricamente han seguido o precedido a conflictos bélicos a gran escala. No es casualidad que en 2008, los centros de análisis de Estados Unidos consideraran la posibilidad de una «guerra como forma de salir de la crisis» en lugar de gastar 700 mil millones de dólares en rescatar la economía.

Pero la analogía más nítida, y la más olvidada, es la de 1914. En aquellos trece días fatídicos entre el ultimátum a Serbia y la declaración de guerra británica, la Bolsa de Londres cerró sus puertas durante cinco meses, los bancos disfrutaron del feriado más largo de su historia y el patrón oro fue suspendido de facto mientras el gobierno imprimía billetes de emergencia para evitar el colapso. Aquel fue el principio del fin de la hegemonía financiera de Londres y el traslado del cetro a Nueva York. Hoy, con Estados Unidos sobreextendido en Ucrania, Oriente Medio y la presión sobre Taiwán, y con informes que confiesan la escasez crítica de munición para una guerra de desgaste, el espejo de 1914 se torna inquietantemente vigente: un conflicto que se intensifique podría desencadenar el cierre generalizado de los mercados, la suspensión de derivados y ETF, y una crisis de liquidez que dejaría inaccesibles los ahorros de millones de ciudadanos, exactamente como ocurrió hace un siglo, pero con el agravante de un apalancamiento infinitamente mayor.

El geoestratega Dennis Small insiste en que el pesimismo inducido por el terror a la guerra nuclear es el peor enemigo de la acción. Como San Agustín describió en su época, la exposición prolongada a la violencia brutal —los leones devorando cristianos en el anfiteatro romano— terminaba por adormecer la conciencia de los espectadores, empujándolos a la negación y la parálisis moral. Algo similar ocurre hoy con las imágenes de Gaza, o con la amenaza nuclear: la gente prefiere apartar la mirada y convencerse de que «nadie es tan loco como para hacerlo». Pero la historia demuestra que la locura colectiva es posible cuando las instituciones que deberían contenerla se convierten en sus principales impulsores.

Pero la inacción no solo es moral; es también material. Los casos de congelamiento de cuentas bancarias sin orden judicial —desde Nick Fuentes en Estados Unidos hasta los miles de ciudadanos europeos sancionados, nos recuerdan que el principal nodo de riesgo no es la volatilidad del mercado, sino la propia cuenta bancaria, un cordón umbilical que el poder ejecutivo puede estrangular en cuestión de horas. Por eso, las recomendaciones que surgen de los análisis más lúcidos apuntan a diversificar los activos fuera del sistema: reservas de alimentos no perecederos, efectivo en billetes, metales preciosos y artículos de trueque, junto con la tenencia de tierra o vivienda en ciudades con economías diversificadas. No se trata de una apuesta especulativa, sino de resiliencia básica en un mundo donde el sistema financiero se ha tensionado hasta el límite y donde la guerra nuclear, lejos de ser un accidente, es la consecuencia lógica de una deuda que ya no se puede pagar con papel.

La buena noticia es que aún hay tiempo y que existen fuerzas dispuestas a resistir. Tres reuniones internacionales de importancia fundamental —la cumbre de la OCS en Biskek, el Foro Económico Oriental en Vladivostok y la cumbre de los BRICS en Nueva Delhi— discutirán alternativas a la locura imperante.
Como advierte Dennis Small, el universo observable contiene aproximadamente dos billones de galaxias, cada una con cientos de miles de millones de soles. El nuevo telescopio Román, con una potencia cien veces superior al Hubble, nos revelará pronto un universo aún más vasto y en constante creación. Y sin embargo, la única especie capaz de contemplar esa inmensidad y comprender su significado es la humana. Permitir que esa conciencia se extinga en un holocausto nuclear no sería solo un crimen contra la humanidad, sino contra el universo mismo, que ha hecho posible que un puntito insignificante pueda albergar la capacidad de concebir lo infinito.

La pregunta que Small deja en el aire es la más apremiante de nuestro tiempo: ¿seremos capaces de mostrar la fuerza interior para detener la guerra nuclear, o nos dejaremos arrastrar por la inercia de la psicosis y el pesimismo inducido? La respuesta, como siempre, no vendrá de los gobiernos ni de las élites, sino de la capacidad de cada ser humano para recordar que, como dijo Nicolás de Cusa, la mente humana es a la vez lo mínimo y lo máximo: lo mínimo en su pequeñez física, lo máximo en su capacidad de crear y comprender. Esa chispa, la única que puede iluminar el camino fuera de la guerra, aún está viva. Pero no lo estará por mucho tiempo si no actuamos ahora.

Fuentes consultadas

Dennis Small. Porqué y cómo hay que prevenir la guerra nuclear. EIR. 31 de agosto de 2026.

Dennis Small. The anteroom of nuclear war. Global South Media Network. 22 de agosto de 2026.

Dave DeCamp. Pentagon Eyeing Tactical Nuclear Weapons Use. Consortium News. 19 de agosto de 2026.

Tucker Carlson: Trump needs to be removed from office ‘immediately’. The Hill. 30 de agosto de 2026.

Appeal to Pope Leo XIV To Organize a Global Leaders Summit To Address the Questions of Peace and Nuclear Disarmament. Schiller Institute. 20 de agosto de 2026.

Sergey Glaziev. La reunión de la OCS y la moneda digital. 31 de agosto de 2026.

Investigaciones académicas sobre crisis financieras y conflictos bélicos. Moscow State University.

Análisis de 2008 sobre la guerra como salida de la crisis. Sina News. 4 de noviembre de 2008.

Michael Pettis. “A Great Rebalancing Is Coming.” Foreign Affairs. 28 de agosto de 2026.

Greg Ip. “Why the World Must Force China to Revalue the Yuan.” The Wall Street Journal. 28 de agosto de 2026.

José Luis Preciado. “El orden global se desintegra mientras el poder retorna a los activos físicos.” Informe confidencial. 1° de agosto de 2026.

S&P Global Ratings / South China Morning Post. “China Builds Global Gold Vault Network to Boost Yuan.” 25 de noviembre de 2023.

Oficina de Deuda Pública de EE. UU. “Informe de Deuda Nacional.” Departamento del Tesoro de EE. UU. 19 de agosto de 2026.

The Alchemist / LBMA. “The Great Financial Crisis of 1914.” London Bullion Market Association (referencia histórica).

Gary North. “How You Can Profit from the Coming Price Controls.” Gold Investments. 2026.



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