Oscuro Claro
Las investigaciones académicas señalan que las grandes crisis financieras (1929 y 2008) históricamente han seguido o precedido a conflictos bélicos a gran escala, y la tentación de utilizar la guerra como salvavidas económico resurge en los momentos más álgidos de la inestabilidad global.

Por Mente Alternativa

La relación entre los grandes colapsos financieros y la erupción de conflictos bélicos de envergadura constituye uno de los patrones más inquietantes de la historia económica moderna, y su análisis resulta imprescindible para comprender las derivas geopolíticas del presente. Como señala la investigadora Makarova Yu.A. en su estudio *Economic Analysis of Foreign Experience in Overcoming the Crisis Based on the Development of the Military-Industrial Complex*, presentado en la Moscow Conference on Economics, los procesos ocurridos durante la crisis financiero-económica de 2008, así como sus consecuencias, son frecuentemente comparados con la crisis de 1929, cuando las economías de la mayoría de los países desarrollados permanecieron largo tiempo en recesión. Muchos economistas sostienen que Estados Unidos logró acelerar su salida de la depresión precisamente al ingresar en la Segunda Guerra Mundial, un precedente que no ha dejado de rondar los círculos de poder estadounidenses cada vez que el sistema financiero tambalea. No en vano, en 2008, mientras el Tesoro estadounidense desplegaba un rescate sin precedentes de 700.000 millones de dólares, los centros de análisis de Washington ya barajaban una alternativa mucho más sombría: la guerra como forma de salir de la crisis, una hipótesis que la reconocida RAND Corporation habría elevado a evaluación formal ante el Pentágono, según reveló Yuan Jirong en un artículo publicado en Sina.com.

La tesis de que una guerra puede operar como mecanismo de estabilización económica no es, ciertamente, una invención reciente, sino que hunde sus raíces en la propia lógica del capitalismo belicista. El incremento significativo del presupuesto del Departamento de Defensa de Estados Unidos en los años fiscales 1974-1975, documentado por Faramazyan R.A. en *Military Economy of American Imperialism*, constituye otro ejemplo de cómo el gasto militar se ha empleado como contrapeso a la contracción económica. Lo que distingue a la coyuntura de 2008 no es, por tanto, la originalidad de la propuesta, sino la desesperación con que fue formulada y el hecho de que, por primera vez en décadas, se mencionara abiertamente a una gran potencia como eventual objetivo bélico. Esta eventualidad, sin embargo, choca con la realidad de un Estados Unidos exhausto por dos frentes abiertos y con una capacidad militar seriamente mermada: según una encuesta realizada por el Center for a New American Security y la revista *Foreign Policy* entre oficiales retirados y en activo, cerca del 90% consideraba que la guerra de Irak había debilitado sustancialmente la fuerza militar estadounidense, y el 80% afirmaba que el país no estaba en condiciones de librar otra contienda de gran escala.

Pero más allá de las limitaciones logísticas y presupuestarias, la invocación de la guerra como remedio anticíclico revela una profunda contradicción moral y estratégica que los propios analistas estadounidenses no pudieron eludir. La propuesta de una «guerra salvavidas» choca de frente con la evolución de la conciencia jurídica internacional y con la imposibilidad de encontrar aliados en una empresa que, a todas luces, resultaría equiparable a las aventuras expansionistas de la Alemania nazi o el Japón imperial. La experiencia de 2003, cuando Francia y Alemania se alinearon contra la invasión de Irak, ya había demostrado que la hegemonía estadounidense no bastaba para garantizar un consenso bélico en el seno de la comunidad atlántica. En un mundo multipolar, cualquier conflicto contra una gran potencia —ya sea Rusia, China o la India— no haría sino acelerar el ascenso de los competidores que aguardan en la retaguardia, reproduciendo la misma lógica que permitió a Estados Unidos erigirse en superpotencia tras dos guerras mundiales en las que supo esperar el momento oportuno para intervenir. Como advierte con crudeza el artículo de Sina.com, «la guerra contra cualquier gran potencia hoy en día no es una disputa de intereses, sino una lucha por la supervivencia», y en la era nuclear semejante apuesta resultaría no solo irracional sino suicida.

Paradójicamente, mientras los estrategas especulaban con la opción bélica, el gigantesco plan de rescate financiero desplegado a ambos lados del Atlántico revelaba sus propias y profundas fisuras. La inyección de 700.000 millones de dólares —equivalente al 70% de la base monetaria en circulación y al 5% del PIB estadounidense— no lograba atacar la raíz del mal: la desmesura de una economía virtual que había perdido todo anclaje con la producción real. El diagnóstico era tan simple como devastador: el problema no era la falta de confianza, sino la podredumbre de activos tóxicos generados por una financiarización desbocada. Inyectar liquidez en un sistema bancario al borde de la insolvencia era, como se ha dicho, equivalente a transfundir sangre a un paciente que no deja de hemorragiar internamente. Y las consecuencias de semejante terapia intensiva no se hicieron esperar: la emisión masiva de dólares amenazaba con devaluar la moneda, disparar los precios de las materias primas y generar una nueva burbuja especulativa en los mercados emergentes, mientras el endeudamiento público hipotecaba el futuro fiscal del país para décadas.

Lo que el debate entre la «guerra salvavidas» y el «rescate financiero» pone de manifiesto es, en el fondo, la incapacidad estructural del capitalismo contemporáneo para gestionar sus crisis sin recurrir a mecanismos de destrucción creativa que, en última instancia, sacrifican vidas humanas o bienestar social en el altar de la acumulación. La opción belicista, por más descabellada que parezca, no es sino la expresión más cruda de una lógica que subordina la geopolítica a los imperativos de la reproducción del capital, y que encuentra en el complejo militar-industrial un aliado tan poderoso como letal. Frente a esta deriva, la única respuesta posible es la que los propios analistas estadounidenses esbozan con timidez: la conciencia de que una guerra contra una gran potencia en el siglo XXI no solo es inviable militarmente, sino éticamente insostenible y estratégicamente contraproducente. Pero esa conciencia, para ser efectiva, debería traducirse en una transformación radical de los modelos de crecimiento y en una cooperación internacional que desactive los incentivos belicistas antes de que la próxima crisis los ponga de nuevo sobre la mesa. Porque la historia, como nos recuerdan Makarova y los analistas de RAND, no se repite, pero rima; y la rima de 1929 y 2008 es demasiado siniestra como para ignorarla.

Fuentes consultadas

Makarova Yu.A. Economic Analysis of Foreign Experience in Overcoming the Crisis Based on the Development of the Military-Industrial Complex. Moscow Conference on Economics. 2011.

苑基荣. 美兰德公司提出»战争救市»引发质疑. Sina.com. 4 de noviembre de 2008.

Shlykov V.V. La guerra como medio para salvar la economía estadounidense, partes 1 y 2. Military-Industrial Courier. 9 de noviembre de 2011.

Faramazyan R.A. Military Economy of American Imperialism. Mysl. 1983.

Krugman P. Fighting Off Depression. The New York Times. 7 de mayo de 2010.



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