Oscuro Claro
No fue una decisión de mercado, fue una ejecución quirúrgica: dos años antes de que el estrecho de Ormuz se cerrara, un napolitano afincado en Ginebra llamado Gianluigi Aponte compró en silencio 150 de los petroleros más grandes del mundo —el 40% de la flota global de VLCC—, y cuando el resto del sector despertó con los beneficios diarios multiplicados por diez y sus buques inmovilizados, él llevaba 24 meses sentado sobre una fortuna en movimiento, no porque hubiera acertado, sino porque sabía, y saber, en este nivel del tablero, no es cuestión de intuición sino de pertenencia a una red de poder que entrelaza logias masónicas como la P2, familias reales como los Saboya (que gobernaron Ginebra y aún residen allí), banqueros genoveses y asesores de la Casa Blanca de tres administraciones distintas, un patrón histórico que ahora se extrapola al sistema financiero global con criptomonedas como vehículo de acumulación silenciosa y el fin del petrodólar como horizonte.

Por José Luis Preciado

Alguien sabía. Dos años antes del cierre del estrecho de Ormuz, un napolitano afincado en Ginebra comenzó a comprar en silencio los petroleros más grandes del mundo. No compró uno ni dos. Compró 150. Y cuando el mundo despertó con el estrecho bloqueado y los beneficios diarios multiplicados por diez, él ya llevaba 24 meses sentado sobre una fortuna en movimiento. Este artículo no es sobre un visionario. Es sobre un método.

En la historia real del poder —aquella que no se declara, sino que se ejecuta a través de estructuras interpuestas— existen momentos en los que los acontecimientos visibles funcionan apenas como la superficie de procesos mucho más profundos. El caso de Gianluigi Aponte y la acumulación estratégica de petroleros de crudo de gran tamaño (VLCC) no puede comprenderse únicamente como una apuesta empresarial visionaria; debe leerse como una expresión contemporánea de una lógica histórica donde redes financieras, entramados políticos y organizaciones opacas convergen en torno al control de flujos —energéticos, monetarios y logísticos.

I. El mediterráneo profundo: una tradición de poder oculto

Aponte, napolitano y fundador de Mediterranean Shipping Company (MSC) y residente en Ginebra, forma parte de una tradición de poder mediterráneo profundamente entrelazada con la historia política italiana. Su reconocimiento por figuras como Silvio Berlusconi no es un detalle menor si se sitúa dentro del contexto de la logia masónica Propaganda Due (P2), a la que perteneció Berlusconi, una red que durante la Guerra Fría operó como una arquitectura paralela de coordinación entre sectores del Estado, la banca, los servicios de inteligencia y los medios de comunicación. Lejos de ser una anomalía marginal, el escándalo de P2 reveló la existencia de un andamiaje de poder transnacional cuya función no era únicamente influir, sino dirigir procesos estratégicos.

Otro miembro de la logia P2 era el príncipe Vittorio Emanuele IV de Saboya, Príncipe de Nápoles —la misma ciudad donde nació Aponte. La Casa de Saboya también gobernó sobre Ginebra, Suiza, y hoy tiene allí una residencia, que es exactamente donde vive Gianluigi Aponte. El príncipe Vittorio ha sido acusado de homicidio, explotación de la prostitución y corrupción relacionada con una red ilegal de máquinas tragamonedas. Fue absuelto de todos los cargos. Está casado con Marina Doria, proveniente de una familia banquera de Génova, y los Saboya tienen una rama de la familia en esa misma ciudad.

Esta trama de linajes napolitanos, genoveses y suizos no se agota en la realeza. Se extiende al otro lado del Atlántico a través de apellidos que revelan su origen marítimo. La familia Marino se originó en Génova como políticos en la República de Génova. El apellido Marino significa «pariente del mar», como marinero. Los Marino más tarde se establecieron en Sicilia. Hoy, Roger Marino es un multimillonario ítalo-estadounidense que cofundó EMC Corporation —adquirida por Dell y ahora llamada Dell EMC— y es miembro de la junta directiva de TechTarget, una empresa de marketing digital.

Los documentos y exposiciones surgidos a comienzos de los años ochenta —en particular tras el intento de asesinato del Papa Juan Pablo II— mostraron que la logia P2 no solo integraba a altos funcionarios italianos, sino que se encontraba conectada con figuras de alcance global como Henry Kissinger, Alexander Haig y David Rockefeller, este último a través de la Comisión Trilateral. Según diversas investigaciones periodísticas de la época, incluyendo las del diario Paese Sera, estas conexiones no eran meramente sociales o diplomáticas, sino que se extendían a la coordinación con sectores militares y empresariales implicados en planes de desestabilización política, incluyendo intentos de golpe de Estado en Italia a finales de los años sesenta.

La gravedad de estas revelaciones fue tal que no solo provocaron encarcelamientos masivos de banqueros y políticos italianos, sino que desencadenaron un conflicto estratégico más amplio. La publicación de la lista parcial de miembros de P2 —retenida inicialmente por el gobierno de Arnaldo Forlani— fue forzada por sectores del Vaticano en un momento crítico, interpretado por algunos analistas como una respuesta institucional ante una amenaza directa contra la Iglesia. En ese contexto, el atentado contra Juan Pablo II no fue percibido como un hecho aislado, sino como parte de una confrontación más amplia entre visiones del orden global, incluyendo la oposición del pontífice a políticas de despoblación atribuidas a ciertas élites internacionales.

Este trasfondo no debe interpretarse como una narrativa conspirativa simplista, sino como evidencia histórica de que existen niveles de coordinación estratégica que trascienden las estructuras formales del Estado. Es precisamente en ese marco donde adquiere sentido el análisis de operaciones contemporáneas como la ejecutada por Aponte.

II. La acumulación silenciosa: cómo se construye una posición de poder

La acumulación silenciosa de activos logísticos críticos —en este caso, petroleros VLCC— no es simplemente una decisión de mercado, sino una forma de posicionamiento anticipatorio dentro de una arquitectura global de poder.

Durante dos años, a través de Sinocor, se adquirieron progresivamente entre 25 y 30 buques, seguidos por más de 80 en una fase acelerada a finales de 2025. El resultado fue el control de entre el 20% y el 40% de la flota global de esta categoría, una concentración que solo puede entenderse a la luz de una previsión precisa del cierre del estrecho de Ormuz. La posterior revelación de Forbes de que Aponte era el verdadero actor detrás de estas operaciones confirma el uso de estructuras intermedias para ejecutar estrategias de gran escala sin alterar prematuramente el equilibrio del mercado.

El cierre del estrecho ha generado una anomalía extrema: beneficios diarios que han pasado de 30,000 a 300,000 dólares, al tiempo que hasta el 40% de las terminales capaces de operar estos buques permanecen bloqueadas. Más de 200 petroleros están inmovilizados, pero la exposición del conglomerado liderado por Aponte es mínima en comparación con sus competidores. Esta asimetría no es accidental: es el resultado de una acumulación previa que permite absorber el choque mientras otros colapsan.

Aquí se revela la lógica estructural de las crisis. No son eventos disruptivos en sentido caótico, sino mecanismos de reorganización del poder. Como en 2008, donde instituciones como JPMorgan Chase absorbieron activos de entidades en quiebra, el actual reparto de las cartas de a historia apunta hacia una nueva ola de transferencia de riqueza. Las compañías más pequeñas, incapaces de sostener la presión si el cierre se prolonga más allá de ocho semanas, serán absorbidas por los actores dominantes de las familias más antiguas.

III. La extrapolación financiera: Ripple y la transición hacia el petro-cripto

El analista geofinanciero Fran De Olza apunta a la extrapolación directa de este mismo patrón hacia el sistema financiero global. Así como Sinocor funcionó como vehículo de acumulación encubierta, dice, estructuras como Ripple operan en la intersección entre lo público y lo privado. La presencia de figuras como Rosie Rios, Craig Phillips y Michael Barr indica una alineación institucional con la transición hacia sistemas de liquidación basados en activos digitales.

Rosie Rios, la 43ª Tesorera de Estados Unidos bajo Obama —la máxima autoridad a cargo de la producción de toda la moneda estadounidense y supervisora de Fort Knox—, se unió al directorio de Ripple en mayo de 2021 para «asesorar en asuntos gubernamentales y regulatorios». Su declaración al incorporarse fue explícita: «Blockchain y cripto apuntalarán nuestros futuros sistemas financieros globales. La criptomoneda es el qué. Ripple es el cómo».

Craig Phillips, quien fuera Consejero del Secretario del Tesoro Steven Mnuchin durante la primera administración Trump —supervisando el desarrollo de marcos regulatorios para todo el sistema financiero bajo órdenes ejecutivas y la ciberseguridad del sector— fue nombrado miembro del directorio de Ripple en octubre de 2019 para «asesorar en oportunidades regulatorias estratégicas» mientras la empresa expandía su red global.

Michael Barr, ex asesor de Ripple y «diseñador clave» de la ley Dodd-Frank que transformó la regulación bancaria tras la crisis de 2008, fue nominado por Biden en 2022 como Vicepresidente de Supervisión de la Reserva Federal, el cargo regulador bancario más poderoso del país, desde el cual supervisaría a los mismos bancos que Ripple pretende conectar a su red de liquidación digital.

Tres personas, tres administraciones distintas (Obama, Trump, Biden), una sola dirección: Ripple. No es coincidencia. Es continuidad institucional.

Ahora bien, esa continuidad institucional descansa sobre una estructura de propiedad deliberadamente opaca. Ripple Labs se mantiene como una empresa privada —cuyos accionistas no son públicos—, pero las operaciones rastreables revelan un entramado de capital que apunta al corazón del poder financiero tradicional.

En noviembre de 2025, una ronda de financiación de 500 millones de dólares —liderada por filiales de Fortress Investment Group y Citadel Securities, dos colosos de Wall Street— elevó la valoración de Ripple a 40 mil millones. No es una cooptación: es una alianza. A ella se suma el conglomerado japonés SBI Holdings, con un 9% de participación, posicionando a Ripple como puente entre el sistema bancario asiático y el nuevo orden digital. Y bajo la superficie, una reserva de 41 mil millones de XRP en su balance (valorada en casi 95 mil millones de dólares) otorga a la compañía una palanca de negociación con Estados y reguladores que pocas naciones poseen.

Pero el verdadero golpe de tablero ha sido la estrategia de adquisiciones. Entre 2023 y 2025, Ripple ha volcado 4 mil millones de dólares en comprar no competidores, sino infraestructura:

  • Rail (200 millones), empresa de pagos con stablecoins.
  • Hidden Road (1.250 millones), bróker principal de multiactivos.
  • GTreasury (1.000 millones), sistema global de gestión de tesorería.

No son compras al azar. Son la adquisición silenciosa de los engranajes que liquidarán el petróleo, los metales y la deuda en un entorno de contabilidad distribuida. Y para asegurar la cobertura regulatoria, en mayo de 2025 Ripple contrató a Ballard Partners —la firma de lobby estrechamente conectada con la administración Trump—, justo antes de que, en agosto de 2025, la SEC acordara finalizar toda apelación y enterrar el litigio. El martillo judicial se detuvo cuando el poder político cambió de mano.

CrossCoin Ventures, por su parte, opera como acelerador que financia startups del ecosistema a cambio de participación del 3% al 6% en acciones diluidas, inyectando hasta 50.000 dólares en XRP por proyecto. Y las alianzas estratégicas se extienden a Asia: BDACS en Corea del Sur para la custodia institucional de XRP. El cerco se cierra.

El conflicto con la SEC puede interpretarse, en este contexto, no como un obstáculo, sino como una fase dentro de un proceso más amplio de reconfiguración. La hipótesis del petro-cripto —un sistema donde los flujos energéticos se liquiden mediante tecnologías de contabilidad distribuida— deja de ser especulativa cuando se observa la convergencia entre movimientos geopolíticos, reposicionamiento logístico y transformación institucional.

¿Qué metálicas se ocultan detrás de Ripple? No el oro de Fort Knox —que Rosie Rios supervisó—, sino algo más profundo: el control de los flujos energéticos futuros. Si los VLCC de Aponte anticiparon el cierre de Ormuz, Ripple anticipa la liquidación de ese crudo en un libro mayor digital. Las familias que históricamente dominaron el estaño, el cobre y el litio —los metales de la transición energética— necesitan un canal de pagos que no dependa del SWIFT controlado por la OTAN. Ripple es ese canal. No es una cripto-rebelde. Es la banca de inversión reencarnada en protocolo. Fortress y Citadel no financian utopías descentralizadas: financian el grifo que sustituirá al petrodólar. Y cuando el estrecho se reabra, quien tenga la tesorería (GTreasury), el bróker (Hidden Road) y la stablecoin (Rail) no especulará con el precio del barril: lo fijará.

El control global de los recursos mineros estratégicos revela una clara estratificación del poder: el estaño ha estado históricamente dominado por un eje anglo-holandés, con familias como los Rothschild operando a través de conglomerados como Rio Tinto, y por el Estado chino con élites Hakka; el cobre ha sido controlado por el capital anglo-estadounidense a través de gigantes como Freeport-McMoRan y BHP, y en América Latina mediante familias intermediarias como los Luksic y Matte de ascendencia mediterránea y croata; mientras que el litio, el recurso más reciente, es el campo de batalla actual donde el capital judío-estadounidense (Albemarle, SQM), el chino (Ganfeng, Tianqi) y el anglosajón (Rio Tinto) disputan el control, con elementos internacionales y locales que funcionan como tejido conectivo y operador regional en todos los continentes, demostrando que más allá de las fachadas corporativas y los testaferros locales, el verdadero poder permanece concentrado en estos clusters que se adaptan y reconfiguran pero nunca pierden el control esencial sobre los recursos que mueven el mundo.

IV. El martillo controlado: Trump y la destrucción necesaria

El historiador ruso Andrei Fursov, conocido por sus análisis del declive de las élites occidentales y las dinámicas de poder ocultas, ofrece una lente que ilumina lo que de otro modo parecería caótico.

Según Fursov, las mismas fuerzas globalistas que derrocaron a Trump en 2020 fueron las que lo colocaron en el cargo en 2024. La situación había cambiado. Necesitaban a alguien que actuara como «un elefante en una tienda de porcelana» para destruir el orden que ellos mismos no habían podido consolidar por la vía evolutiva. Trump, por su carácter narcisista y destructivo, es fácilmente controlable psicológicamente. Las élites canalizan su energía para que destruya el mundo ultra-globalista —desde Obama hasta Biden— abriendo paso a algo nuevo. La lógica, como en la Internacional, es: «Destruiremos por completo el mundo de la violencia y luego…»

Esta perspectiva ilumina las operaciones de Trump que a simple vista parecen erráticas: la toma de capitales extranjeros, la presión sobre los países árabes que miraban hacia China, la demostración de que Dubái y otras plazas de Medio Oriente no son centros financieros seguros. La desestabilización de facto de esas zonas como refugios financieros alternativos confirman su tesis. Trump no está actuando contra el sistema por voluntad propia; está ejecutando una fase del plan: destruir para que pueda construirse el nuevo orden, aquel donde el petro-cripto y los activos digitales ocupen el centro del tablero.

En mi artículo “Steve Bannon y la dialéctica del falso soberanismo: de Trisulti a Epstein, la contrainteligencia oligárquica detrás del trumpismo”, demostré que el trumpismo no es una rebelión soberanista genuina, sino una bandera falsa ejecutada por Bannon como operador de contrainteligencia oligárquica. Bannon, lejos de ser un insurgente antisistema, actuó como válvula de contención que neutralizó cualquier deriva verdaderamente soberanista (como el acercamiento a Rusia o China), canalizando el descontento popular dentro de parámetros compatibles con la geopolítica imperial. Su colaboración con el pedófilo Jeffrey Epstein para «derrocar» a Xi Jinping y su entramado con redes monárquicas europeas y la inteligencia anglosajona revelan que el trumpismo forma parte de una dialéctica controlada: el supuesto anti-globalista opera, en realidad, como un engranaje más del sistema que dice combatir, destruyendo el viejo orden para abrir paso a uno nuevo igualmente controlado por las mismas élites.

V. El patrón que lo gobierna todo

El caso Aponte, leído a la luz de precedentes históricos como el escándalo de P2, sugiere que las crisis no son simplemente aprovechadas: son anticipadas dentro de márgenes de acción definidos por redes de poder que operan simultáneamente en múltiples niveles. La reapertura del estrecho de Ormuz ocurrirá, pero cuando lo haga, el mercado ya habrá sido reconfigurado. Más concentrado, más integrado, más controlado.

La conclusión, entonces, no reside en los discursos ni en las narrativas oficiales. Reside en los patrones. En la repetición de arquitecturas. En la evidencia de que, una y otra vez, el futuro no se espera: se construye mediante la acumulación silenciosa de posiciones estratégicas. Y quienes comprenden esa lógica no reaccionan ante la historia. La escriben.

La pregunta, entonces, no es si habrá una crisis. La pregunta es quién la está anticipando, con qué estructuras, y desde cuándo. Si Aponte pudo hacerlo con petroleros, si las élites de P2 lo hicieron con guerras y golpes, ¿qué te hace pensar que el fin del dinero tal como lo conoces no está siendo ya ejecutado frente a tus ojos, en silencio, a través de empresas que creías privadas y reguladores que creías neutrales?

El patrón está ahí. Solo hay que mirar.

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