Por José Luis Preciado
Hay una sombra que se proyecta con una constancia inquietante sobre el mapa de las intervenciones occidentales, un patrón que no responde al azar ni al error, sino a un método. La invasión de Irak en 2003 y la actual guerra contra Irán no son episodios aislados, sino dos actos de una misma lógica geopolítica: la construcción deliberada de una amenaza nuclear inminente para justificar una guerra ya decidida en el plano político.
En el amanecer del siglo XXI, el mundo fue arrastrado hacia la invasión de Irak bajo el argumento de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva y buscaba activamente capacidades nucleares. La administración de George W. Bush, con Dick Cheney como uno de sus principales arquitectos, movilizó a más de 160 mil soldados —principalmente de Estados Unidos y el Reino Unido, con apoyo de Australia y Polonia— en una operación que no solo devastó al Estado iraquí, sino que desencadenó una cadena de destrucción cuyas consecuencias humanas se cuentan por millones (1).
Sin embargo, el fundamento central de esa guerra —la existencia de armas de destrucción masiva— no solo era débil, sino falso. Como documentó el galardonado periodista de investigación Seymour Hersh, una pieza clave de la narrativa fue el supuesto intento de Irak de adquirir 500 toneladas de “torta amarilla” de Níger, evidencia que fue rápidamente desacreditada por el Organismo Internacional de Energía Atómica. Los documentos en los que se basaba esta acusación resultaron ser falsificaciones burdas, redactadas con membretes obsoletos que los inspectores identificaron en cuestión de horas.
A pesar de ello, esos documentos fueron introducidos en la maquinaria política estadounidense a través del MI6, lo que sugiere no un error de análisis, sino una operación deliberada de desinformación, como expone Jeffrey Steinberg (2). Incluso se ha señalado que estas falsificaciones pudieron haber tenido su origen en redes vinculadas al Mossad o a grupos opositores iraquíes como el Congreso Nacional Iraquí de Ahmed Chalabi.
El discurso de Cheney, de casi una hora, se construyó casi exclusivamente sobre estas premisas ya desacreditadas. Afirmó que Irak buscaba armas nucleares y que mantenía vínculos de larga data con Al-Qaeda, insinuando que era solo cuestión de tiempo antes de que dichas armas fueran transferidas a la red de Osama bin Laden. Sin embargo, estas afirmaciones contradecían evaluaciones internas de la CIA, cuyo director, George Tenet, había informado que Irak solo consideraría el uso de armas de destrucción masiva si se enfrentaba a un ataque inminente.
Es decir, la inteligencia disponible no respaldaba la narrativa de amenaza inmediata; la desmentía. La guerra no se basó en un error, sino en la transformación consciente de datos condicionados y, en algunos casos, falsificados, en una certeza política presentada al público como incuestionable.
Más de dos décadas después, el caso de Irán repite este esquema, aunque con una sofisticación mayor. Antes de la guerra de 2025, la propia comunidad de inteligencia estadounidense ya había concluido que Irán no estaba desarrollando un arma nuclear activa y que su liderazgo no había reactivado un programa de armas desde 2003. Sin embargo, la administración de Donald Trump promovió insistentemente la idea de que el país estaba a semanas de alcanzar la capacidad de producir material fisible para un arma nuclear.
Esta narrativa de urgencia fue utilizada para justificar ataques presentados como preventivos. Pero el punto de quiebre emergió con claridad el 18 de marzo de 2026, durante una audiencia ante el Comité de Inteligencia del Senado, cuando la directora de inteligencia nacional, Tulsi Gabbard (3), confirmó que el programa nuclear iraní había sido “obliterado” tras los ataques y que no existían indicios de reconstrucción.
Más aún, ese testimonio dejó al descubierto una fractura crítica: cuando se le preguntó si Irán representaba una amenaza nuclear inminente antes de la guerra, Gabbard no afirmó que así fuera. En su lugar, desplazó la definición de “inminente” al ámbito de decisión del presidente, separando explícitamente la evaluación técnica de la justificación política. Este punto es decisivo, porque implica que la noción misma de amenaza inminente —el núcleo legal y moral de una guerra preventiva— no se deriva necesariamente de los datos de inteligencia, sino de su interpretación política.
Así, el caso iraní no solo reproduce el patrón de Irak, sino que lo perfecciona. En 2003, la manipulación se apoyó en falsificaciones directas; en 2025-2026, opera mediante la transformación de evaluaciones condicionadas en certezas políticas, sin necesidad de fabricar evidencia burda. La inteligencia ya no necesita ser inventada: basta con reencuadrarla.
El patrón es inequívoco. Primero, se construye una narrativa de peligro existencial que exige acción inmediata. Luego, se selecciona, exagera o distorsiona la inteligencia disponible para respaldar esa narrativa. Finalmente, se establece una separación funcional entre lo que los datos indican y lo que la política necesita afirmar, permitiendo que la “amenaza nuclear inminente” opere como un dispositivo retórico independiente de la realidad empírica.
Las consecuencias de este mecanismo han sido devastadoras. La guerra de Irak no solo destruyó un país, sino que desestabilizó toda una región durante décadas. La confrontación con Irán, por su parte, reconfigura el equilibrio geopolítico global bajo premisas que, incluso según la propia inteligencia, no se sostenían. En ambos casos, la guerra no fue la respuesta a una amenaza real, sino la culminación de una narrativa diseñada para hacerla inevitable.
Lo que estos dos episodios revelan es algo más profundo que un simple error histórico: exponen una lógica de poder en la que la verdad deja de ser el punto de partida y se convierte en una variable ajustable. La inteligencia ya no limita la acción política; se adapta a ella. La amenaza no se descubre en los hechos; se formula en función de objetivos estratégicos.
Irak e Irán, en este sentido, no son excepciones, sino precedentes. Son la evidencia de que, en el orden geopolítico contemporáneo, la guerra puede ser precedida por la construcción de su propia justificación, y que la noción de una amenaza nuclear inminente puede ser activada no por lo que es, sino por lo que resulta útil afirmar que es.
Notas a pie de página
1. Watson Institute For International And Public Affairs: How Death Outlives War: The Reverberating Impact Of The Post-9/11 Wars On Human Health. 15 de mayo de 2023.
2. Jeffrey Steinberg, en Executive Intelligence Review: The ‘Ignoble Liars’ Behind Bush’s Deadly Iraq War. 18 de abril de 2003.
3. Tulsi Gabbard ante el Senado de los Estados Unidos: Testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado sobre amenazas globales; Washington D.C., 18 de marzo de 2026.