Por Mente Alternativa
Elena Panina (1) advierte que la guerra energética contra Irán ha entrado en una fase decisiva en la que Estados Unidos e Israel han comenzado a atacar sistemáticamente la infraestructura petrolera y de gas de la República Islámica, en un intento por desarticular no solo su capacidad militar, sino los cimientos económicos que sostienen su soberanía. Esta estrategia marca un giro estructural en el conflicto, trasladando el eje de la confrontación hacia el terreno energético, donde se define el verdadero equilibrio de poder global.
Los ataques iniciaron la noche del 17 de marzo con bombardeos israelíes sobre depósitos de petróleo en Teherán, seguidos el 18 de marzo por ofensivas contra el campo energético de South Pars y las instalaciones petroquímicas en Assaluyeh. La importancia de South Pars es difícil de exagerar: con reservas estimadas en 45.000 millones de barriles de petróleo y 28 billones de metros cúbicos de gas, constituye no solo el mayor yacimiento del mundo, sino el núcleo energético que garantiza la estabilidad interna de Irán. Su ataque implica, por tanto, una agresión directa al corazón económico del país.
En respuesta, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) activó una estrategia de represalia que confirma la naturaleza asimétrica de la guerra energética contra Irán. Tras advertir sobre posibles evacuaciones, ejecutó ataques la noche del 19 de marzo contra infraestructuras críticas en el Golfo Pérsico. Entre los objetivos alcanzados destacan el complejo de Ras Laffan en Qatar —la mayor planta de gas natural licuado del mundo, responsable de aproximadamente el 20% del suministro global— y la refinería de Samref en Arabia Saudita. Estos golpes evidencian la capacidad iraní de trasladar el conflicto hacia nodos estratégicos del sistema energético mundial.
La reacción de Donald Trump revela la sensibilidad del momento. Al afirmar que Washington no estaba al tanto del ataque israelí contra South Pars, intenta deslindarse parcialmente de la escalada, mientras advierte que nuevos ataques iraníes contra instalaciones energéticas en Qatar podrían desencadenar una respuesta contundente, incluso contemplando la destrucción total del propio campo de South Pars. Esta declaración no solo refleja tensiones dentro de la coalición, sino también el riesgo de una espiral de destrucción energética de alcance global.
La guerra energética contra Irán pone de manifiesto una realidad incómoda para Occidente: los éxitos tácticos en el terreno militar no han logrado traducirse en una victoria estratégica. Lejos de ceder, el liderazgo iraní ha mantenido su cohesión y su capacidad de respuesta, elevando los costos del conflicto mediante ataques selectivos a infraestructuras críticas de sus adversarios y aliados.
En este sentido, la estrategia asimétrica de Teherán no solo funciona, sino que redefine las reglas del enfrentamiento. No obstante, el desequilibrio de poder sigue siendo evidente.
Estados Unidos e Israel conservan una superioridad militar, económica y política significativa, lo que plantea un escenario en el que la clave no radica en la victoria inmediata, sino en la resistencia prolongada. La guerra energética contra Irán se convierte así en una prueba de desgaste, donde el factor decisivo será el umbral de costos que las potencias involucradas estén dispuestas a asumir.
En última instancia, el conflicto actual no debe interpretarse como un episodio aislado, sino como una manifestación de una transformación más profunda del orden internacional. La energía, lejos de ser un recurso pasivo, se ha convertido en un arma geopolítica central, y la guerra energética contra Irán representa uno de los escenarios más críticos donde se juega el futuro del equilibrio global. Si Teherán logra elevar suficientemente el precio de la confrontación, no es descartable que consiga resistir, incluso en condiciones de marcada desventaja, en una batalla que ya trasciende lo militar para instalarse en el corazón del sistema económico mundial.
Notas a pie de página
1. Panina, Elena en Russtrat: EE.UU. e Israel han comenzado a destruir la infraestructura petrolera y de gas de Irán; 19 de marzo de 2026.