Por Andrei Fursov
El período en el que entramos —la cuarta “Edad Oscura”— es completamente distinto de lo que fueron los dos siglos anteriores, pues en la época de los comodines (1) las proporciones entre lo pequeño y lo grande cambian de manera radical y se borran las fronteras entre lo externo y lo interno.
Ante esta situación, las preguntas engañosas principales son “¿quién tiene la culpa?” y “¿qué debemos hacer?”. Sin embargo, la cuestión fundamental es: ¿qué está pasando con nuestro país y con el resto del mundo? Y para ella, constantemente carecemos de respuesta.
Esa pregunta, por lo general, ni siquiera se formula seriamente; y al no responderse, permanecen los pseudo-interrogantes que, por alguna razón, se consideran las preguntas principales. Esto evidencia, una vez más, no solo la inmadurez, sino el infantilismo de quienes han pretendido —y pretenden— desempeñar el papel de élite gobernante e intelectual.
Sin plantear esta pregunta, es imposible desarrollar una estrategia de desarrollo geohistórico y, en consecuencia, imposible alcanzar un éxito geohistórico. En la era preindustrial, la ausencia de tal estrategia no era mortal. Pero una vez que Occidente (los anglosajones) realizó su salto industrial y el mundo se convirtió en un espacio de expansión político-económica y cultural-ideológica occidental, esta “presencia de una ausencia” pasó a ser mortal. Así quedó demostrado con el derrumbe del poder autocrático en 1917 en Rusia, y con la caída del comunismo y el ignominioso final de la élite poscomunista en 1991.
Actualmente, Rusia —y buena parte del mundo— entra en un nuevo período de confrontación con Occidente, una confrontación en ciertos aspectos mucho más compleja, sutil y psicológicamente agotadora que las anteriores. Exigirá personas igual de complejas y sutiles, capaces de combinar en sí mismas al actor, al ilusionista y al combatiente de la política mundial; personas capaces de actuar con una sonrisa, bajo el principio de las artes marciales.
Nota del editor
1. Echando mano de la metáfora del juego de cartas que utiliza a menudo, el historiador Fursov se refiere a los “comodines” como elementos multidimensionales en las transiciones (como Trump, Putin o el propio Xi) que sintetizan las dinámicas del viejo orden unipolar con las del nuevo orden multipolar a lo largo de la coyuntura actual.