Por José Luis Preciado
La reciente “marcha de la Generación Z” en México no fue el estallido orgánico de un enojo juvenil, sino una operación inducida para generar caos en un momento geopolítico extremadamente delicado, en el que Estados Unidos necesita justificar un pretexto de intervención militar y presionar al gobierno de Claudia Sheinbaum para que obedezca las necesidades estratégicas de Washington. Esta táctica no es nueva: forma parte de un patrón histórico que se remonta a la Revolución Mexicana, que —según el relato histórico alternativo cada vez más citado— habría sido desencadenada por Washington en 1910, inmediatamente después de que Porfirio Díaz rechazara en 1909 las exigencias de William Taft: suspender el tren del Istmo de Tehuantepec para no competir con el Canal de Panamá, devaluar el peso y limitar las inversiones extranjeras que no fueran estadounidenses. México, al resistirse a convertirse en un protectorado económico, pagó el precio de su propia revolución. Y tras ella, ningún gobierno retomó aquel proyecto estratégico del tren interoceánico… hasta la 4T, que construyó el Corredor Interoceánico y abrió la puerta a inversión china, algo que irritó profundamente a Washington.
En ese contexto histórico, las provocaciones actuales adquieren una dimensión distinta. La élite estadounidense presiona hoy con la idea de intervenir militarmente a México bajo el pretexto del combate al narcotráfico, ignorando convenientemente que la última vez que lo hizo —1914 en Veracruz y 1916 en Chihuahua— lo hizo aprovechando el caos interno. De repetirse ese escenario, Washington alegaría que sus inversiones y personal están en riesgo, y presentaría una incursión militar como “inevitable”.
La marcha de la Generación Z forma parte de ese libreto. La oposición decidió no movilizar a la ciudadanía por el asesinato del alcalde de Uruapan —un motivo legítimo— sino que prefirió impulsar un movimiento “sin líderes” que simulaba una insurrección juvenil al estilo Nepal. Pero, a diferencia de Nepal, donde las protestas efervecieron debido al bloqueo de las principales redes sociales desatano la furia de una generación nomofóbica, en México los supuestos líderes apartidistas resultaron estar vinculados a la oposición, incluyendo uno beneficiado con un contrato de 2 millones de pesos del PAN. El fracaso de la segunda marcha, con asistencia mínima, confirmó su naturaleza artificial. A ello se sumó que algunos manifestantes pidieron abiertamente intervención militar estadounidense —el video existe y el audio es claro—, mientras un diputado panista apareció con un cartel tipo Trump que decía “Make Safe México Again”, exigiendo que el ejército estadounidense entre al país, y remató su discurso con un grotesco baile trumpista. Si la única propuesta de la oposición es solicitar invasión extranjera, su desconexión social es total.
Paradójicamente, en México la juventud enfrenta precariedad real —como advierte el Wall Street Journal, 2026 será el peor año para recién graduados en media década por el impacto de la IA—, pero existen amortiguadores sociales como Jóvenes Construyendo el Futuro que dificultan un proceso espontáneo de rebelión juvenil. Lo que vimos no fue un despertar generacional, sino un montaje.
Mientras tanto, la narrativa del narcotráfico como amenaza “narcoterrorista” pasa por alto lo esencial: Estados Unidos podría frenar a los cárteles de un día para otro si impidiera que sus bancos los financiaran y lavaran miles de millones de dólares. El best seller de 1978, Dope, Inc. (Narcotráfico, S.A.), publicado por EIR por encargo del estadista y economista Lyndon LaRouche, revela que el tráfico internacional de drogas está dirigido por los intereses financieros internacionales centrados en la City de Londres y Wall Street, en gran parte a través de sus paraísos bancarios extraterritoriales. Ya hubo sanciones contra HSBC, y aun así la maquinaria financiera sigue intacta.
El geoestratega Dennis Small, de la revista EIR, retoma un mapa de 2019 cuyas estadísticas, según expertos consultados recientemente, permanecen esencialmente iguales: el tráfico de cocaína producido en la región andina —Bolivia, Perú y especialmente Colombia, que concentra casi la mitad de la producción— fluye mayoritariamente por el Pacífico hacia Estados Unidos (sólo cerca del 8% del flujo salía de Venezuela); esta ruta coincide con el informe más reciente de UNODC para 2020-2023. Small cita además fuentes de la DEA según las cuales entre el 85% y el 90% de las drogas que entran a Estados Unidos lo hacen por cruces oficiales con aduanas —ocultas en cargomulas, camiones, automóviles y contenedores— y no mediante personas que cruzan ilegalmente.


Por ello, invadir Venezuela o pedir bombardeos en México, en lugar de exigir a la DEA que controle las aduanas y a Wall Street y la City de Londres —los centros financieros que lavan cerca de un billón de dólares al año— que detengan el blanqueo de capitales, resulta absurdo… salvo que el verdadero objetivo no sea combatir a los cárteles, sino utilizar el narcotráfico como pretexto para ejercer control geopolítico.
Esa intención está claramente expresada en las declaraciones de Stephen Miller, asesor de seguridad nacional y jefe adjunto de política de la Casa Blanca desde 2025, quien afirma que la frontera está controlada por “organizaciones narcoterroristas” que deben ser desmanteladas, y por la actual secretaria de prensa de la Casa Blanca, Caroline Leavitt, quien sugiere que Trump estudia medidas adicionales contra México. Detalles recientes confirman esta orientación: un despliegue militar estadounidense en el Caribe —según diversos analistas— no estaría dirigido a Venezuela sino que funcionaría como ensayo para medir la reacción latinoamericana antes de replicarlo en el Pacífico frente a Sinaloa o Guerrero. De hecho, el ejército estadounidense ya destruyó una lancha frente a Acapulco, y el Daily Mail británico tituló provocadoramente que “tropas estadounidenses invaden México”.
A ello se sumó un episodio revelador: caída de desechos de cohetes de SpaceX cerca de Playa Bagdad, en Tamaulipas, y la posterior llegada de contratistas del Pentágono que colocaron letreros declarando el área como “propiedad del Departamento de Defensa de Estados Unidos”. La Marina mexicana los retiró, pero el mensaje quedó claro: es alarmantemente fácil para Estados Unidos avanzar sobre territorio mexicano alegando confusiones topográficas. Como dice el refrán: a río revuelto, ganancia de pescadores.
Las operaciones geoestratégicas de imperio angloestadounidense en decadencia, antes ultrglobalista y ahora regionalista, siempre cumplen objetivos múltiples. Uno de los detonantes de estas tensiones también parece ser la crisis terminal de la deuda estadounidense. Como explicó el multimillonario estadounidense y gestor de fondos de cobertura Raymond Thomas Dalio, conocido por ser desde 1985 el codirector de inversiones de Bridgewater Associates, uno de los fondos de cobertura más grandes e influyentes del mundo, la deuda de Estados Unidos —más de 38 billones de dólares— crece a un billón cada dos meses y solo puede pagarse con una devaluación masiva del dólar, lo que convierte a los bonos del Tesoro en activos tóxicos. China lleva años vendiéndolos, Japón evalúa liquidarlos para financiar su paquete de estímulos, los bancos centrales están migrando al oro y México redujo sus tenencias de 99 mil millones en 2024 a 91 mil millones en 2025, lo que generó pérdidas al Banco de México por 261 mil millones de pesos. Desde la óptica de Washington, esa venta mexicana equivale a una traición.
Esa lectura explicaría por qué México parece estar preparándose para lo impensable.
Como reveló recientemente Víctor Hernández, experto en seguridad nacional, director del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos y exasesor del Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, la Sedena asignó bola blanca al 95% de los jóvenes en 2025 porque México enfrenta un riesgo real de intervención militar estadounidense. Hernández advierte que EE.UU. ya ha realizado ataques con drones y misiles en la zona económica exclusiva mexicana, incursiones aéreas sobre Valle de Bravo y despliegues navales similares a los usados contra Venezuela. Para él, un incidente mayor es inminente y podría producirse muy pronto.
Todo esto confirma con lo que predije en enero de 2025 en Mente Alternativa: el regreso de Trump reactivaría viejas ambiciones imperiales bajo la doctrina del regionalismo económico proteccionista, desde la propuesta de anexar Groenlandia y Canadá hasta la intención de recuperar el Canal de Panamá. Es un proyecto que busca reordenar el mundo en macro-regiones controladas por “Estados-civilización” y que solo puede ejecutarse subordinando a América Latina, especialmente a México. Ya en 2023 alertamos en MA que en un informe publicado el 12 de enero de 2023, titulado “El papel estratégico de América Latina en un conflicto global por Taiwán”, el investigador de la Escuela de Guerra del Ejército de Estados Unidos, Evan Ellis, propuso que Estados Unidos tiene que asegurarse los recursos de Iberoamérica y el Caribe para su uso exclusivo en una próxima guerra contra China. El 20 de julio del 2022, la jefa del Comando Sur de Estados Unidos, la generala Laura Richardson, describió esa política de acaparamiento de recursos del ejército estadounidense para la región exactamente en los mismos términos, en la conferencia que dio en el Foro del Instituto Aspen. En febrero de 2023, el presidente de México Andrés Manuel López Obrador firmó un decreto para nacionalizar el litio, lo que ha enfurecido al orden angloestadounidense, que necesita ese mineral geoestratégico y los recursos de América Latina en el marco de su guerra contra la soberanía de las naciones.
También alertamos sobre cómo Washington intentaba mover a México del Comando Norte al Comando Sur para colocarlo bajo la estructura militar que históricamente ejecuta operaciones de cambio de régimen en Iberoamérica. Y también vimos cómo la designación del fentanilo como “arma química” y de los cárteles como “organizaciones terroristas extranjeras” reproducía exactamente el patrón conceptual con el que Londres y Washington justificaron la invasión de Irak hace dos décadas, cuando el MI6 británico filtró documentos falsificados a la administración Bush que afirmaban la mentira de que el gobierno de Irak poseía “armas de destrucción masiva”.
El trasfondo global es claro: desde la guerra delegada de la OTAN contra Rusia en Ucrania hasta el genocidio en Gaza, pasando por el Caribe y Asia Oriental, la desintegración del orden unipolar empuja al imperio a buscar conflictos para preservar su hegemonía. Si México no tuviera a Estados Unidos como vecino, probablemente sería potencia mundial. Pero como advirtió Zbigniew Brzezinski: “Estados Unidos no quiere un Japón en su frontera sur”. Por eso, cada vez que un presidente mexicano intenta desarrollar soberanía, Washington responde con bloqueo, caos o intervención.
Hoy México camina sobre una cornisa histórica. Estados Unidos enfrenta una quiebra técnica, la deuda amenaza a su sistema financiero, Trump impulsa un proyecto abiertamente imperial, y la maquinaria militar se posiciona en el Golfo y el Pacífico. Frente a ello, México refuerza discretamente su preparación militar mientras resiste presiones internas y externas. Lo que está en juego no es solo la estabilidad del país, sino la posibilidad misma de que México se mantenga al margen del colapso estadounidense.
Mientras el imperio busca arrastrarnos, la pregunta es si México logrará evitar hundirse junto con la burbuja de deuda de Estados Unidos o si sucumbirá —una vez más— al torniquete de una potencia que siempre ha preferido un vecino débil antes que un igual soberano.