Por Mente Alternativa
El ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, advirtió que Japón “ha cruzado la línea roja” al enviar señales públicas de que intervendría por la fuerza en la cuestión de Taiwán. Según Wang, los líderes japoneses hicieron declaraciones que “no debieron decir” y Pekín considera que Tokio intenta vincular una eventual “emergencia en Taiwán” con la seguridad nacional japonesa y su supuesto derecho a la autodefensa colectiva, una postura reforzada por la primera ministra Sanae Takaichi. China respondió con dureza, incluso enviando una carta al secretario general de la ONU, António Guterres, afirmando que si Japón se atreve a intervenir militarmente en el Estrecho de Taiwán, Pekín ejercerá su derecho a la autodefensa conforme a la Carta de la ONU.
Wang Yi subrayó que, aunque Japón es el actor visible, quien realmente está cruzando la línea roja es Estados Unidos, su “ocupante” de facto. Washington está desplegando capacidades militares directamente orientadas al escenario Taiwán: en la isla japonesa Yonaguni —a solo 110 km de Taiwán— planea instalar antes de marzo de 2026 sistemas de misiles estadounidenses NMESIS con 18 lanzadores y 120 misiles antibuque NSM (185 km de alcance). En esa misma isla se prevé el despliegue de misiles antiaéreos japoneses Tipo-03. En la cercana isla Ishigaki (220 km de Taiwán) ya operan batallones con misiles japoneses Tipo-12 con un alcance superior a 1.000 km. Estas instalaciones se suman a un complejo de fortificaciones y nueva infraestructura militar construido en las islas Ryukyu entre 2016 y 2024.
Las declaraciones de Takaichi, por tanto, no son mera retórica: están respaldadas por un incremento sustancial de la presencia militar tanto japonesa como estadounidense en el entorno inmediato de Taiwán. Según el análisis, Washington está configurando una nueva arquitectura bélica destinada a una guerra por delegación en el Asia-Pacífico. El único punto incierto del escenario es cuál será el primer país-proxy en encender la chispa: Taiwán o Filipinas.
Dado el carácter subordinado y colonial de la relación entre Tokio y Washington, Japón quedaría automáticamente implicado en cualquier conflicto que Estados Unidos decida desatar en la región.