Por Mente Alternativa
En un extenso y documentado reportaje publicado en MintPress News, el investigador David Miller revela, sobre la base de archivos internos filtrados de la intranet del gobierno británico, que el Servicio de Inteligencia Exterior del Reino Unido, el MI6, ha construido y sostenido durante más de una década una infraestructura de propaganda de alcance global, camuflada sistemáticamente bajo el eufemismo de «lucha contra la desinformación», y que ha ampliado sus objetivos originales —centrados en Rusia— para abarcar Irán, China, Gaza y más allá. Lo que emerge de esos documentos secretos no es la imagen de un Estado democrático que defiende la verdad frente a la manipulación autoritaria, sino la de una maquinaria sofisticada, opaca y bien financiada que produce exactamente aquello que dice combatir: narrativas fabricadas, audiencias intervenidas e instituciones civiles instrumentalizadas al servicio de objetivos geopolíticos definidos en los sótanos de la inteligencia.
El origen rastreable de este aparato se sitúa en 2014, cuando el Foreign and Commonwealth Office lanzó el Russian Language Program en respuesta a la anexión de Crimea. Presentado como un esfuerzo por fortalecer medios independientes en lengua rusa, el programa operó durante tres años antes de ser comunicado formalmente al Parlamento, lo cual constituye, en sí mismo, un indicador inequívoco de su naturaleza encubierta: los documentos oficiales registraban que la información sobre las organizaciones implementadoras había sido «retenida por razones de seguridad», una fórmula que, leída en su contexto, no disimula sino que confirma la presencia operativa del MI6. La contradicción estructural del programa —financiar a la Integrity Initiative, que trabajaba principalmente en inglés y con audiencias europeas, cuando el mandato oficial era llegar a rusohablantes en el extranjero— delata desde el inicio una distancia abismal entre la cobertura pública y la operación real.
La Integrity Initiative encarnó con particular nitidez el modelo de funcionamiento de este entramado. Gestionada por el Institute for Statecraft, una organización registrada falsamente en un molino abandonado en Fife, Escocia, articuló redes internacionales de periodistas, académicos y analistas de política exterior que, según los documentos filtrados en 2018, participaron en campañas que intervinieron activamente en la política doméstica del Reino Unido, incluyendo ataques sostenidos contra Jeremy Corbyn, entonces líder del Partido Laborista. La Oficina del Regulador de Organizaciones Caritativas de Escocia determinó, en su informe de 2019, que la entidad no cumplía los requisitos mínimos del estatus caritativo, que no generaba beneficio público en el cumplimiento de sus fines declarados y que había permitido beneficios privados indebidos a sus administradores. Sin embargo, y de manera sintomática, ninguna acción formal fue adoptada. La organización se disolvió discretamente en 2023, pero la operación, bajo distintas siglas y estructuras, continuó con perfecta continuidad.
Andy Pryce es el hilo conductor que atraviesa todo el relato. Funcionario del FCDO cuyo perfil de LinkedIn omite toda referencia a su rol en la unidad de Contrainformación, Pryce supervisó el Russian Language Program, el Counter Disinformation and Media Development Program y, presumiblemente, la Counter Disinformation Unit creada tras el incidente de Salisbury en 2018. Fue él quien diseñó la estrategia comunicacional del gobierno británico ante el supuesto envenenamiento de los Skripal, una operación que el propio Daily Express describió como una «partida» respecto a las formas previas de respuesta institucional. Correos filtrados evidencian una coordinación operativa estrecha con el periodista Paul Mason, a quien habría actuado como «manejador», una relación que Mason intentó desmentir judicialmente, con el resultado revelador de que su propio abogado le advirtió que sería muy difícil sostener públicamente que no mantenía contacto con el Estado secreto británico. Aunque Pryce niega haber trabajado directamente para el MI6, la totalidad de su trayectoria institucional lo ubica en el núcleo de operaciones financiadas y dirigidas por la inteligencia.
El mecanismo de supervivencia del aparato es tan eficaz como predecible: cada vez que una unidad es expuesta, se rebautiza, se reorganiza y se relanza con una cartera de objetivos ampliada. La Counter Disinformation and Media Development se convirtió en parte del Information Threats and Influence Directorate en 2023; este, al ser delatado por el FSB ruso en septiembre de 2024, que expulsó a seis diplomáticos británicos y publicó una voluminosa documentación sobre las operaciones del HMG Russia Unit, se transformó en el Cyber, Information and Tech Threats Directorate, y luego, ya en 2026, en el Hybrid Threats Directorate. Las siglas mutan; la estructura, los funcionarios y la financiación proveniente del Conflict, Stability and Security Fund permanecen. Miller señala que el propio Comité de Inteligencia y Seguridad del Parlamento británico ha reconocido que las siete agencias de inteligencia bajo su supervisión —MI5, MI6, GCHQ, la Joint Intelligence Organisation, el National Security Secretariat, Defense Intelligence y la Office for Security and Counter-Terrorism— están representadas en el Implementation Group coordinado por el HMG Russia Unit, lo que implica que el FSB, al acusar a cinco agencias, subestimó el alcance real del dispositivo.
La expansión hacia Irán y Gaza merece una consideración específica, pues revela la dimensión política —no meramente defensiva— del proyecto. Los documentos filtrados muestran que en 2023 el ITID incorporó un equipo semi-desvinculado para Israel/Gaza, con mandato explícito de C-FIMI, es decir, contraintervención extranjera en información, con énfasis particular en los ángulos iraníes del conflicto. Abigail Cullen, identificada como responsable simultánea del equipo de Gaza y del escritorio de China e Irán, omite toda referencia a estas funciones en su perfil público. La gestión narrativa del conflicto en Palestina no es, por tanto, una reacción espontánea del gobierno británico ante una crisis humanitaria, sino parte de una arquitectura de intervención informativa diseñada institucionalmente y operada desde la misma cadena de mando que fabricó el relato sobre las armas químicas en Siria —incluyendo el papel de los Cascos Blancos, financiados con fondos MI6, en la construcción de escenas post-ataque destinadas a cruzar la «línea roja» que justificaría la intervención occidental—, y que ahora orienta sus recursos hacia el moldeamiento de la percepción global sobre el régimen iraní.
Lo que emerge con claridad de la investigación de Miller es un patrón cuya lógica interna merece ser articulada con precisión: no se trata de un Estado que miente ocasionalmente bajo presión, sino de un Estado que ha institucionalizado la producción de narrativas como función permanente de gobierno, dotándola de presupuesto multimillonario —más de 150 millones de libras esterlinas en nueve años solo para los programas RLP y CDMD—, de personal especializado reclutado desde los servicios de inteligencia, y de una arquitectura de plausible negación que permite que cada unidad expuesta sea reemplazada por otra formalmente distinta pero operativamente idéntica. La retórica de «lucha contra la desinformación» cumple en este contexto una función doble: justifica la operación ante la opinión pública y la dota de una cobertura moral que blinda a sus operadores frente al escrutinio parlamentario y periodístico. Cuando el Comité de Asuntos Exteriores recomendó en 2026 aumentar la financiación del Hybrid Threats Directorate, lo hizo sin saber —porque el FCDO no lo había informado— que estaba recomendando fortalecer una operación de inteligencia encubierta. La ironía que Miller subraya no es menor: la presidenta del comité en ese momento, Emily Thornberry, había pedido en 2017 y 2018 investigaciones precisamente sobre el lobby israelí y la Integrity Initiative.
La pregunta que este reportaje instala con urgencia intelectual no es si el Reino Unido produce propaganda —eso está documentado—, sino qué significa para las democracias liberales el hecho de que el aparato informativo que legitima sus guerras, sus sanciones y sus narrativas sobre el orden internacional sea indistinguible, en sus métodos, de las operaciones de influencia que denuncia en sus adversarios. Cuando la «lucha contra la desinformación» se convierte en un instrumento de acción geopolítica encubierta, no se defiende la democracia: se le da un nombre más presentable a la propaganda de Estado.
Fuentes consultadas
Miller, David. «Leaked Documents Reveal UK Intelligence Operation Targeting Russia, Iran, Gaza and Beyond.» MintPress News, 23 de junio de 2025.