Por Mente Alternativa
En este artículo se traduce el concepto “American System” como “Sistema Estadounidense” y no como “Sistema Americano”, ya que el término “Estados Unidos” no representa a la totalidad de América, aunque así lo proyecte su aparato ideológico y propagandístico. El Sistema Estadounidense fue un plan económico de carácter mercantilista y soberanista, formulado en Estados Unidos a partir de las ideas de la Escuela estadounidense encabezada por Alexander Hamilton.
La reciente intervención del representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, en el Foro Económico Mundial de Davos sorprendió por su aparente reivindicación del Sistema Estadounidense de economía política, una tradición asociada históricamente a Alexander Hamilton, Henry Clay y Franklin D. Roosevelt (FDR). En su discurso, Greer expuso con notable claridad cómo este modelo —basado en aranceles protectores, planificación nacional, crédito productivo y cooperación internacional— fue el motor de los mayores ciclos de industrialización no solo en Estados Unidos, sino también en Alemania, Rusia, Japón y China. A primera vista, el mensaje parecía anunciar una ruptura con décadas de ortodoxia neoliberal y financiarización extrema.
Sin embargo, como advierte el historiador revisionista Matthew Ehret, a quien se acredita este análisis, la alarma surge cuando Greer introduce a John Maynard Keynes como supuesto continuador intelectual de esa tradición. Lejos de ser un heredero del Sistema Estadounidense, Keynes fue, en realidad, uno de sus más persistentes adversarios. Su proyecto nunca fue la soberanía económica de las naciones, sino la administración tecnocrática del mundo desde la City de Londres mediante estructuras supranacionales, equilibrio contable y control monetario.
La idea, muy difundida, de que Franklin D. Roosevelt fue un keynesiano resulta históricamente falsa, afirma Ehret. FDR bebió directamente de la escuela hamiltoniana, como lo demuestra su defensa explícita del control soberano del crédito, la regulación bancaria contra la especulación, la inversión masiva en infraestructura y la promoción del bienestar general como mandato constitucional. Su enfrentamiento con Keynes fue real y documentado, y su New Deal se apoyó en instituciones como la Reconstruction Finance Corporation y la separación bancaria de Glass-Steagall, pilares del Sistema Estadounidense y no del keynesianismo.
Keynes, por el contrario, fue un fiel servidor del Imperio británico, profundamente influenciado por el pensamiento maltusiano y comprometido con la eugenesia como política pública. Su defensa de la “autosuficiencia nacional” no buscaba el desarrollo productivo soberano, sino la subordinación de las economías a un equilibrio matemático gestionado desde organismos internacionales. Su propuesta del Bancor en Bretton Woods —una moneda supranacional para castigar superávits y déficits— apuntaba a desmantelar la capacidad de los Estados para acumular poder industrial, exactamente lo opuesto a la lógica hamiltoniana.
En Bretton Woods se enfrentaron dos visiones irreconciliables: la del Sistema Estadounidense, representada por Roosevelt y Harry Dexter White, que impulsaba un orden poscolonial basado en el desarrollo físico de las economías; y la del Sistema Británico, defendida por Keynes, que buscaba perpetuar la hegemonía imperial bajo nuevas formas financieras. Aunque se crearon el FMI y el Banco Mundial, su diseño original respondía al proyecto de un “New Deal global”, no al keynesianismo. Solo tras la muerte de FDR esas instituciones fueron capturadas y transformadas en instrumentos de endeudamiento, austeridad y recolonización.
La introducción de Keynes como referente positivo en Davos 2026 no es, por tanto, un detalle menor. Funciona como un caballo de Troya ideológico: reutiliza el lenguaje del desarrollo nacional para reinstalar un esquema de control supranacional, hostil a la soberanía productiva y funcional a una hegemonía financiera en crisis. El peligro no radica en citar a Hamilton, sino en vaciarlo de contenido al mezclarlo con una tradición que siempre buscó neutralizarlo.
Hoy, cuando el orden unipolar se resquebraja y emergen alternativas multipolares impulsadas por grandes proyectos de infraestructura y cooperación euroasiática, la disputa entre el Sistema Estadounidense y el keynesianismo imperial vuelve al centro del tablero. Celebrar prematuramente una “restauración” en Davos puede llevar a repetir viejos errores. La historia demuestra que no todo lo que habla de equilibrio y reforma trabaja a favor de la emancipación de las naciones.