Por José Luis Preciado
Donald Trump no es una anomalía del sistema estadounidense: es su caricatura final. El charlatán en jefe encarna la ilusión de omnipotencia de un imperio que ya no puede sostener materialmente sus pretensiones. Sus anuncios grandilocuentes —la “Cúpula Dorada”, la restauración del “Departamento de la Guerra”, la fantasiosa “Flota Dorada” contra China y un aumento del gasto militar del 50%— no son señales de fuerza, sino síntomas de pánico. Thierry Meyssan acierta al señalar que estas iniciativas evocan la lógica de la Guerra Fría sin contar con las condiciones económicas, industriales ni estratégicas que la hicieron posible. No se trata de una reedición del poder estadounidense, sino de sus estertores.
La comparación con Gorbachov no es gratuita: así como el líder soviético desmontó el Pacto de Varsovia antes de admitir el colapso de la URSS, Trump parece dispuesto a desmantelar la OTAN para no pronunciar la palabra prohibida: fin de la hegemonía estadounidense. La diferencia es que, a diferencia de la Unión Soviética tardía, Washington no busca una transición ordenada, sino una huida hacia adelante.
Manlio Dinucci introduce aquí la clave interpretativa central: el imperio no ha muerto, se ha radicalizado en su fase de declive. Incapaz de detener el desplazamiento estructural del poder hacia Asia, Estados Unidos apuesta por la militarización extrema. Llevar el gasto bélico formal a 1,5 billones de dólares —y mucho más si se computan los gastos ocultos— implica asumir que más de la mitad del gasto militar mundial recaerá sobre un país con una deuda superior a los 38 billones de dólares. No es una estrategia de victoria, sino de demolición controlada.
Mientras tanto, la guerra económica ha fracasado. China no solo resistió los aranceles, sino que incrementó sus exportaciones y consolidó su supremacía industrial en sectores estratégicos como el automóvil eléctrico. Rusia, lejos de colapsar, reorientó su economía hacia Asia, sustituyó importaciones y reforzó su rol energético. El bloque BRICS se expande. Ante este panorama, Occidente recurre a lo único que aún controla: la violencia, la subversión y el caos.
Aquí se inscriben los intentos de reabsorber el petróleo venezolano bajo tutela estadounidense y la escalada contra Irán. Los llamados de Trump a la insurrección interna en la República Islámica no son exabruptos, sino la expresión descarnada de una lógica imperial que necesita desesperadamente controlar flujos energéticos antes de que el tablero monetario se derrumbe.
La expiración del tratado New START el próximo 5 de febrero añade un componente existencial al escenario. Con su desaparición, se elimina el último marco de control nuclear entre Estados Unidos y Rusia. El propio Chatham House —vocero de los intereses estratégicos de la corona británica— reconoce que este vacío obliga a planificar sobre la base de los peores escenarios.
Detrás de la preocupación británica hay un cálculo frío, afirma Elena Panina: como potencia nuclear secundaria, dependiente de la tecnología estadounidense, Londres necesita desesperadamente la arquitectura de tratados. Una Realpolitik nuclear sin reglas dejaría al Reino Unido reducido a un actor irrelevante y convertiría a Europa en un campo de batalla potencial. La estabilidad nuclear ya no es un debate teórico, sino una cuestión inmediata de supervivencia.
Este desorden estratégico se superpone con un colapso más profundo: el de las instituciones económicas occidentales. Dennis Small, retomando a Lyndon LaRouche, describe un proceso de destrucción estructural provocado por décadas de parasitismo financiero. La burbuja especulativa de 2,4 cuatrillones de dólares no es una distorsión corregible, sino la expresión terminal de un sistema condenado.
El sistema financiero global atraviesa un proceso de descomposición estructural, no un episodio coyuntural. Tras décadas de endeudamiento creciente, ingeniería financiera y dependencia del crédito barato, los mecanismos que sostuvieron la expansión especulativa comienzan a fallar. El progresivo ajuste monetario en Japón —con el aumento de los rendimientos de los bonos y el encarecimiento del financiamiento— ha expuesto la fragilidad de estrategias altamente apalancadas asociadas al carry trade del yen, contribuyendo a episodios de volatilidad y liquidaciones en distintos mercados.
Este fenómeno se superpone con tendencias más profundas: el endurecimiento global del crédito, la acumulación sostenida de oro por parte de los bancos centrales, la pérdida de base industrial en Occidente y una reconfiguración geoeconómica en la que China controla insumos y cuellos de botella estratégicos. En ese contexto, la política monetaria occidental muestra límites crecientes, el dólar se deprecia funcionalmente frente a un endeudamiento insostenible y la economía financiera hipertrofiada entra en una fase de contracción forzada frente al retorno de los condicionantes materiales de la producción real.

En Davos, las élites transatlánticas desafiaron una vez más la realidad material. Ignoraron la gravedad económica y promovieron al cortesano Mark Carney como arquitecto de un nuevo rescate del mismo orden fallido. Carney, uno de los principales responsables de la expansión de la burbuja posterior a 2008, es presentado como salvador bajo la cobertura de una alianza de “potencias intermedias”. La pregunta incómoda es si este esquema puede repetirse sin desembocar en una guerra termonuclear. Todo indica que no.
La estafa se reviste además de retórica histórica. El discurso pronunciado en Davos por el representante comercial estadounidense Jamieson Greer, presentó una defensa aparentemente rigurosa del llamado “Sistema Americano” de economía política, desde Alexander Hamilton hasta el presente, destacando su papel en el desarrollo industrial de Estados Unidos y de otras potencias como Alemania, Rusia, Japón y China. Aunque el historiador Matthew Ehret reconoce la solidez histórica de esta exposición —basada en aranceles protectores, planificación nacional y cooperación internacional— advierte que la credibilidad del mensaje se quiebra cuando Greer reivindica a John Maynard Keynes como heredero de esa tradición.
Para Ehret, esta asociación no es un detalle menor: Keynes no solo fue un adversario declarado del Sistema Americano, sino un fiel servidor del Imperio Británico, promotor del maltusianismo, la eugenesia y una arquitectura financiera supranacional diseñada para vaciar de soberanía a los Estados-nación, infiltrando y desnaturalizando los principios hamiltonianos bajo una retórica de “equilibrio” y “gestión técnica”. Así, la exaltación de Greer por ese modelo no parece un error, sino un Caballo de Troya: lenguaje nacional-productivo para reinstalar la lógica imperial bajo nuevas formas tecnocráticas.
El contraste con Franklin D. Roosevelt (FDR) es revelador. El New Deal no fue keynesiano, sino hamiltoniano. El choque en Bretton Woods entre el proyecto antiimperial de FDR y el Bancor británico marcó el último intento serio de construir un orden económico soberano. Tras la muerte de Roosevelt, ese proyecto fue desmantelado y las instituciones de desarrollo degeneraron en instrumentos de recolonización.
El colapso monetario completa el cuadro. Peter Schiff advierte que el dólar está condenado como moneda hegemónica, y los datos lo confirman. La pérdida de poder adquisitivo del billete verde y la acumulación masiva de oro por parte de los bancos centrales indican que la sustitución ya está en marcha. No es una transición ordenada, sino la antesala de un colapso sistémico mayor que el de 2008.

En este contexto, la crisis iraní actúa como detonador. Como señala Matein Khalid, por primera vez los mercados descuentan una interrupción real del suministro energético iraní. El aumento del Brent, el riesgo de un bloqueo en Ormuz y la posibilidad de una guerra naval a gran escala revelan hasta qué punto la estabilidad financiera global pende de un hilo. Con un dólar debilitado, oro en alza y Wall Street tensionado, Irán se convierte en la bomba geopolítica perfecta para los planificadores del actual reparto de la cartas de la Historia.
La pregunta final ya no es qué se derrumba, sino qué puede construirse después. Carl Osgood retoma la visión posimperial de LaRouche: cooperación real entre naciones, crédito público productivo, grandes proyectos de infraestructura y una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo. Glass-Steagall, bancos nacionales y un sistema de crédito soberano no son utopías, sino condiciones mínimas para evitar el caos.
El Puente Terrestre Euroasiático, y su proyección hacia un Puente Terrestre Mundial, representa la antítesis del orden imperial: integración física, desarrollo compartido y soberanía real. Frente a un imperio que solo sabe ofrecer guerra, saqueo y fraude, la alternativa es clara. La Historia ya no espera.