Oscuro Claro
Lo que no ocurrió el 9 de mayo fue una guerra nuclear, y en ese vacío dejado por el holocausto evadido, los cables submarinos estrecho de Hormuz emergen como la nueva frontera de la vulnerabilidad global. En ese nuevo mundo, tener el dinero para comprar no será suficiente; lo crucial será ganar la puja global por acceder a la energía y a los datos, justo en el momento en que los frágiles hilos de vidrio que sostienen nuestra civilización digital descansan, indefensos, en el fondo del estrecho de Hormuz.

Por José Luis Preciado

Lo que no ocurrió el 9 de mayo fue una guerra nuclear. Y en ese vacío dejado por el holocausto evadido, un nuevo orden mundial en gestación comenzó a mostrar sus primeras costuras geopolíticas. Así lo expone el geoestratega Dennis Small en un informe reciente para la Organización LaRouche, donde señala que la fecha emblemática de la victoria sobre el fascismo en la Gran Guerra Patria no solo estuvo marcada por desfiles y discursos, sino por una ausencia que habla más que cualquier presencia: la de un ataque ucraniano contra la Plaza Roja que, de haberse consumado, habría desencadenado una oleada de represalias nucleares. Small sostiene que el hecho sobresaliente de esas jornadas fue justamente lo que no pasó, y que la comprensión de ese vacío es tan determinante como el estudio de los actos oficiales para leer el actual orden mundial en gestación. Porque la amenaza había sido explícita: el presidente en funciones de Ucrania, Volodímir Zelenski, advirtió el 3 de mayo en Ereván que Rusia temía un sobrevuelo de drones sobre la Plaza Roja, una clara insinuación de posible ataque durante la celebración del 81 aniversario de la victoria. La respuesta rusa no se hizo esperar: al día siguiente, el Ministerio de Defensa emitió una orden directa de Vladímir Putin, anunciando un cese al fuego de dos días y advirtiendo que, en caso de intento criminal del régimen de Kiev por perturbar los actos, las Fuerzas Armadas de la Federación lanzarían un ataque de misiles masivo contra el centro de la capital ucraniana. Fue la primera vez que Moscú precisaba sus represalias, y no cualquier represalia: un ataque quirúrgico contra el corazón de toma de decisiones, ubicado a pocos metros de decenas de misiones diplomáticas occidentales. De esta manera, la advertencia funcionó como un mecanismo de disuasión real, y el desfile pudo celebrarse sin que un solo dron ucraniano violara el espacio aéreo moscovita.

El trasfondo de esta tensión controlada revela las líneas maestras de un orden mundial en gestación que ya no se rige por las viejas reglas de la Guerra Fría ni por la unipolaridad de los años noventa, sino por una compleja red de amenazas explícitas, ceses al fuego negociados a último minuto y presiones cruzadas entre potencias. Small destaca que, trece horas antes de la ceremonia, Donald Trump anunció en Truth Social un cese al fuego de tres días y un intercambio de mil prisioneros por mil, medida que Zelenski terminó aceptando a regañadientes, autorizando la celebración del desfile y excluyendo la Plaza Roja del plan operativo de uso de armas ucranianas. La lectura del analista es clara: Trump debió dar un paso atrás ante la firmeza rusa, y Kiev solo cedió bajo la presión combinada de Washington y Moscú. Putin confirmó posteriormente que se había trabajado con socios estratégicos —China, India y el propio gobierno estadounidense— para explicar la evolución potencial de la situación, y que fue Trump quien propuso el cese al fuego adicional. Small interpreta que los rusos mantienen una política dual: por un lado, toman con absoluta seriedad la amenaza del resurgimiento del nazismo en Europa y el riesgo de escalada nuclear, y por otro, buscan activamente profundizar la brecha entre Washington y Londres, señalando a la capital británica como el verdadero centro belicista. Así, lo que no ocurrió el 9 de mayo no fue producto del azar ni de la moderación voluntaria, sino de una demostración de fuerza calculada, de advertencias milimétricamente dosificadas y de una reconfiguración de las alianzas donde la Casa Blanca aparece cada vez más como un actor presionable.

Pero el análisis de Small no se limita al frente ucraniano. El orden mundial en gestación que emerge de su exposición se alimenta de otros movimientos tectónicos igualmente reveladores. China, por ejemplo, acaba de anunciar el 3 de mayo una ley de bloqueo que prohíbe a las empresas que operan en su territorio cumplir con sanciones extranjeras consideradas ilegítimas, una respuesta directa a los esfuerzos de Washington por cortar el flujo de petróleo iraní hacia Pekín. Como señala Fox News, citada por Small, este enfrentamiento pone de relieve la dificultad creciente de Estados Unidos para hacer cumplir sus sanciones contra grandes economías, sobre todo cuando las transacciones pueden realizarse fuera del sistema del dólar. La portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, acogió con satisfacción esta decisión china, considerándola totalmente justificada. No es un detalle menor: Rusia, China, Irán, Brasil y posiblemente Arabia Saudita comienzan a articular respuestas coordinadas frente a lo que perciben como chantaje angloestadounidense. Y en ese mismo sentido, Small menciona el papel del príncipe Bin Salman, quien habría comunicado a Trump que Arabia Saudita no permitiría el uso de su espacio aéreo para la llamada «Operación Libertad» en el estrecho de Ormuz, una decisión que, según el Financial Times, respondía a la peligrosidad y escasa planificación de la iniciativa estadounidense. Todo ello ocurre mientras la economía física mundial comienza a resquebrajarse: el cierre del estrecho de Ormuz —producto de la guerra declarada por Estados Unidos e Israel contra Irán— ha disparado los precios de fertilizantes, productos farmacéuticos y energía, golpeando con especial virulencia a África y Centroamérica.

Sin embargo, hay una dimensión de este conflicto que permanece invisible para la mayoría de los observadores, y que amenaza con paralizar no solo el flujo de mercancías sino el propio sistema nervioso de la civilización contemporánea. Como ha señalado Amy Paik, profesora adjunta en la Universidad Johns Hopkins, en un artículo para Asia Times, la próxima crisis económica global puede no comenzar con una explosión ni con un ciberataque, sino con el silencio ominoso que sigue a la ruptura de los frágiles hilos de vidrio que transportan el noventa y siete por ciento del tráfico mundial de internet. El objetivo de esta amenaza son los cables submarinos del estrecho de Hormuz, una infraestructura invisible pero absolutamente vital para el funcionamiento del comercio, la banca y los sistemas de inteligencia artificial que sostienen el mundo contemporáneo. Durante décadas, el estrecho de Hormuz ha sido sinónimo de riesgo energético: veinte millones de barriles de petróleo al día atraviesan sus aguas, y cualquier interrupción ha sido considerada un escenario de pesadilla para los mercados. Sin embargo, lo que Irán ha comenzado a señalar desde finales de abril de 2026 es una vulnerabilidad aún más profunda y menos protegida: la fibra óptica que yace en el lecho marino y que transporta unos diez billones de dólares diarios en transacciones financieras. Medios vinculados al Estado iraní han difundido mapas detallados de las rutas de esos cables, las estaciones de aterrizaje y los centros de datos regionales en el Golfo Pérsico, en un movimiento que analistas de The Jerusalem Post han calificado como preparación de objetivos. Los cables submarinos estrecho de Hormuz resumen una realidad geopolítica nueva: el control de los puntos de estrangulamiento digital se ha convertido en el arma asimétrica definitiva.

Lo que hace particularmente peligrosa esta situación es la combinación de concentración geográfica y debilidad legal. Al menos diecisiete sistemas de cables atraviesan el mar Rojo y varios más cruzan el Golfo Pérsico. No se trata de redundancias, sino de arterias primarias. Un solo corte bien ubicado puede dejar sin conexión a regiones enteras durante semanas o meses. Irán podría cortar los cables submarinos en el estrecho de Hormuz sin necesidad de lanzar un misil, simplemente utilizando embarcaciones que arrastren anclas sobre las rutas fibroópticas, una acción que puede ser atribuida a accidentes o a actores proxies. Como advirtió Amy Paik, la ley internacional es asombrosamente débil: el Convenio de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece que, cuando un cable se daña en aguas internacionales, la jurisdicción para procesar al atacante recae en su propio país, no en el propietario del cable. Ninguna nación ha sido jamás procesada por cortar un cable submarino. Existe un precedente reciente y escalofriante: el 7 de febrero de 2024, la BBC informó que el movimiento hutí de Yemen había compartido en Telegram un plan para atacar cables submarinos en el mar Rojo, y menos de tres semanas después, cuatro cables que conectaban Arabia Saudita con Yibuti fueron cortados. Ahora, ese patrón se repite en el Golfo Pérsico, pero con una capacidad de daño potencialmente mayor, porque los cables en el estrecho de Hormuz alimentan más de trescientos centros de datos distribuidos en dieciocho países de Oriente Medio, donde gigantes como Amazon, Microsoft y Google han invertido miles de millones de dólares.

Paralelamente, y en un movimiento que profundiza aún más la reconfiguración geopolítica, Irán ha comenzado a imponer nuevas reglas para el tránsito marítimo. Según informó Red Voltaire en su boletín confidencial, el 6 de mayo varias compañías de transporte marítimo recibieron un correo electrónico de la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico, creada por las autoridades iraníes, con instrucciones explícitas para pasar por el estrecho de Ormuz. Entre los puntos más relevantes se encuentra la prioridad de pago en la moneda nacional iraní, la entrega de garantías en bancos iraníes, y una cláusula particularmente disruptiva: si un país ha causado daños a Irán durante la reciente guerra, deberá primero pagar los daños antes de obtener un permiso de paso. Los países que han adoptado sanciones contra Irán o que han bloqueado fondos iraníes no están autorizados a pasar. Por ahora, Teherán no está aplicando el pago de una autorización de paso, sino que exige garantías bancarias de que el exportador, el transportista y el comprador no están vinculados a un Estado implicado en el bloqueo ilícito de fondos iraníes en el extranjero. Pero el hecho de presentar a Irán esas garantías bancarias ya es una violación de las medidas coercitivas unilaterales impuestas por Estados Unidos. Esta medida iraní demuestra que la República Islámica no solo está luchando contra el ejército estadounidense, sino también contra la dominación colonial en general. Como escribe Thierry Meyssan en su último análisis para Red Voltaire, los occidentales no entienden en lo absoluto lo que quieren los iraníes. Mientras que Donald Trump y los dirigentes occidentales creen que los iraníes deberían tratar solo de escapar a las bombas del Pentágono y recuperar un nivel de vida aceptable, renunciando a su programa nuclear y abriendo el estrecho de Ormuz, la realidad es muy distinta. Los iraníes pueden liberar su propio país de la explotación colonial anglosajona y también liberar al mundo de la dominación colonial occidental, hallando en su religión la fuerza necesaria para concretar esa revolución. Meyssan recuerda que Mohammad Mossadegh demostró en los años 1950 que era posible recuperar los bienes de la Nación al nacionalizar el petróleo iraní, y que Ruhollah Khomeiny nunca dejó de soñar que cada musulmán podría dedicar su vida a la justicia. Lo que Irán está haciendo hoy no es defenderse ni negociar, sino seguir adelante en su búsqueda revolucionaria de justicia.

En medio de esta tormenta geopolítica y digital, emerge una anomalía aún más desconcertante: la desconexión entre los mercados financieros y la realidad física. Vivimos un momento histórico donde los grandes índices bursátiles, como el S&P 500, se empeñan en subir como si todo estuviera en orden, mientras la realidad material del planeta se desmorona. El problema fundamental es que los mercados financieros modernos no están diseñados para procesar una crisis energética estructural y permanente. Su maquinaria está calibrada para entender disrupciones menores de oferta y demanda, pero cuando la dislocación es total y profunda, ese mecanismo falla por completo. Es imposible ponerle un precio de mercado a un barril de petróleo que nunca llegó a producirse porque el acceso físico a la fuente ha sido cortado por un conflicto geopolítico. Las cifras son tozudas: un cuarto del petróleo que se comercializa por vía marítima a nivel mundial ha dejado de estar disponible de forma permanente. Se habla de mil millones de barriles que han dejado de producirse desde el inicio de la guerra, y las refinerías en Europa y Asia están reduciendo sus operaciones no por falta de demanda, sino por una escasez aguda de materia prima. Los inventarios de crudo se están agotando hasta niveles críticos, un fenómeno que expertos como Jeff Currie de Carlyle ya advierten como un preludio a un colapso operativo. En Alemania, la escasez de queroseno amenaza con cancelar millones de vuelos, y la presidenta de la Unión Europea ya ha anunciado la posibilidad de un racionamiento. Este no es un shock temporal; es un cambio tectónico y permanente hacia un piso de precios de la energía mucho más alto.

Así, el orden mundial en gestación se revela como un entramado de crisis superpuestas: la nuclear evitada por milagro en la Plaza Roja, la amenaza silenciosa de los cables submarinos estrecho de Hormuz que pende sobre la economía digital, la reconfiguración de las rutas marítimas bajo reglas revolucionarias impuestas por Irán, y la burbuja de negación de los mercados financieros que se aferran a una normalidad inexistente. Confiar en los mercados hoy es creer que la fachada es el edificio. Y ese error, en un mundo de recursos finitos y geopolítica fracturada, puede ser el más costoso de todos. Porque mientras el mercado de papel se aferra a filtraciones de falsas paces para contener los precios, el shock físico —la escasez real, el racionamiento inminente, la destrucción de la demanda en los países más pobres— avanza imparable. Llegará un momento en que la realidad choque con esa ficción a toda velocidad, y la fachada de los mercados financieros colapsará. Estamos, quizás, a punto de regresar a esa dinámica de entreguerras, donde la asignación de recursos ya no la dicta el mercado, sino la intervención estatal y el racionamiento. Lo que se avecina no es una simple caída de los índices, sino el fin de un modelo que hemos dado por sentado durante ocho décadas. Y en ese nuevo mundo, tener el dinero para comprar no será suficiente; lo crucial será ganar la puja global por acceder a la energía y a los datos, justo en el momento en que los frágiles hilos de vidrio que sostienen nuestra civilización digital descansan, indefensos, en el fondo del estrecho de Hormuz.

Fuentes consultadas
  • Small, Dennis. El 9 de mayo: lo que pasó y lo que no pasó. EIR, 11 de mayo de 2026,
  • Paik, Amy. “The internet has a Strait of Hormuz problem: Iranian state media circulating maps of the Gulf’s undersea cable routes in apparent threat to sever the global internet.” Asia Times, 5 de mayo de 2026.
  • BBC News. “Houthi plan to target undersea cables shared on Telegram.” 7 de febrero de 2024.
  • The Jerusalem Post. Análisis sobre mapas de cables difundidos por medios iraníes, abril de 2026.
  • Red Voltaire. “Las reglas de Irán para el estrecho de Ormuz.” Boletín Confidencial Voltaire, Actualidad Internacional, edición 175.
  • Meyssan, Thierry. “Lo que Irán hace no es defenderse ni negociar, sino seguir adelante en su búsqueda revolucionaria de justicia.” Red Voltaire. 12 de mayo de 2026.


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