Por Mente Alternativa
La «Operación Furia Épica» (Epic Fury) se presenta como una campaña de precisión, un esfuerzo calculado para neutralizar las capacidades nucleares y misilísticas de Teherán. El Dr. Andrew Latham, en su prudente análisis (1), advierte sobre la «trampa del cambio de régimen», un abismo hacia el cual la victoria militar podría arrastrar a Estados Unidos en una década de crisis estabilizadora. Su lógica, basada en la prueba de Clausewitz, es impecable: la violencia debe servir a un objetivo político limitado y claro. Sin embargo, su análisis asume erróneamente que el objetivo político es, en efecto, limitado y que quienes lo definen son exclusivamente los actores estadounidenses. La realidad es más siniestra y compleja: el objetivo nunca fue limitado, y los verdaderos arquitectos de esta crisis operan desde una tradición de poder que ve el caos no como un riesgo, sino como una herramienta.
Mark Curtis, co-director of Declassified UK (2), señala cómo la verdadera fuerza motriz no reside en Washington (este sólo es el músculo diplomático/militar), sino en una red de influencia británica que teje su agenda a través de organizaciones como United Against Nuclear Iran (UANI). Esta entidad, que aplaude sin rubor la «corajuda decisión» de Trump, no es más que un vehículo, un altavoz amplificador para una coalición de halcones neconservadores y, crucialmente, una élite de la aristocracia y el establishment de seguridad británico. Es aquí donde los nombres y los títulos revelan la verdadera naturaleza del impulso bélico.
Entre sus consejeros se encuentran figuras de un calibre y un linaje que hablan por sí solos: Sir Graeme Lamb, ex director de las fuerzas especiales británicas y caballero (Knight Bachelor); el difunto mariscal de campo y barón Charles Guthrie (Field Marshal es el más alto rango del Ejército británico, tradicionalmente otorgado a oficiales de alta graduación y que conlleva un estatus de nobleza); Sir Ivor Roberts, caballero (Knight Bachelor), ex embajador y jefe de antiterrorismo del Foreign Office; y Sir Richard Dearlove, el ex jefe del temido MI6 y Caballero Comandante de la Orden de San Miguel y San Jorge, así como Oficial de la Orden del Imperio Británico (KCMG OBE). Estos no son meros funcionarios; son titanes del establishment británico, caballeros del imperio, cuya experiencia se forjó en la gestión y expansión del poder británico a nivel mundial.
A ellos se suma una nueva generación de operadores políticos, como el ex ministro de Seguridad Tom Tugendhat, quien, en su calidad de Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE) y miembro del Privy Council, encarna la continuidad de esta tradición. Tugendhat, cuyo padre es el juez Sir Michael Tugendhat, no duda en calificar las supuestas instalaciones nucleares iraníes como construidas «para el asesinato de judíos en Israel» y en celebrar cada golpe militar como un paso hacia la ansiada «oportunidad de cambiar de dirección» en Irán. Su rol, proveer «orientación estratégica» a UANI, es la prueba irrefutable de que la política británica no es un espectador, sino un participante activo en la orquestación de la confrontación. Junto a él, figuras como la ex ministra y presidenta del Comité de Inteligencia Conjunto, Pauline Neville-Jones, completan un cuadro de una influencia británica profunda y coordinada.
Esta élite británica no opera en el vacío. Se ha aliado estratégicamente con los halcones israelíes, utilizando a UANI como punto de encuentro donde la inteligencia y los objetivos de Tel Aviv encuentran el respaldo y la legitimidad de la aristocracia británica. Asesores como Zohar Palti, ex director de Inteligencia del Mossad, y Dror Doron, ex analista principal de la oficina del primer ministro israelí, no son simples colaboradores; son los socios menores en una danza liderada por los caballeros británicos. El objetivo es claro: utilizar el poderío militar estadounidense como ariete para lograr un cambio de régimen que beneficie directamente los intereses geopolíticos de los cabalistas de Londres y Jerusalén, dejando a Washington con las secuelas del caos y la sangría de una estabilización imposible.
La advertencia, por tanto, debe ser reformulada. El peligro no es que Estados Unidos caiga en la «trampa del cambio de régimen» por error o por un desliz de la ambición. El peligro es que esté siendo conducido deliberadamente hacia esa trampa por una aristocracia británica que considera el caos en Oriente Medio no un fracaso, sino el precio necesario para reconfigurar la región a su imagen y semejanza. La pregunta que deberían hacerse los estrategas estadounidenses no es si pueden permitirse detenerse tras destruir las capacidades de Irán, sino si están dispuestos a ser los peones en un juego diseñado por la aristocracia britanica y sus acólitos. Ignorar la mano invisible de los ocultistas no es solo un error de cálculo; es una rendición de la soberanía estratégica a una potencia que, desde las sombras, sigue dictando las reglas de un juego que siempre ha sabido ganar.
Notas a pie de página
1. Andrew Latham, en 1945: Iran Regime Change Is The Great Chaos Crisis That Might Soon Begin; 8 de marzo de 2026.
2. Mark Curtis, en Declassified UK: The UK military & intelligence figures backing pro-Israel regime change in Iran; 11 de marzo de 2026.