Por Mente Alternativa
El 9 de enero de 2026, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de Estados Unidos (DARPA) publicó un aviso especial sobre su nuevo programa NASCENT, siglas de “Theory of National Security and Economics”. El documento revela algo inquietante: el Pentágono considera que carece de herramientas “adaptadas, efectivas y predecibles” para ejercer presión económica contra sus adversarios geopolíticos. En otras palabras, Washington reconoce el fracaso de su actual estrategia de guerra económica.
Según DARPA, el arsenal existente presenta dos problemas estructurales. Por un lado, las sanciones selectivas contra empresas específicas son fácilmente eludibles mediante intermediarios, cambios de jurisdicción y redes financieras paralelas. Por otro, los instrumentos “contundentes” como los embargos totales generan escaladas inmediatas de tensión, dañan a aliados y aceleran procesos de desdolarización. Ninguno ofrece el control quirúrgico que el poder estadounidense necesita para sostener su hegemonía global.
Frente a este escenario, DARPA propone algo sin precedentes: crear una disciplina científica completa llamada “geoeconomía cuantitativa”. Su objetivo es convertir la guerra económica en una ingeniería de precisión, capaz de modelar matemáticamente el colapso de economías rivales. Ya no se trataría de imponer sanciones y observar qué ocurre, sino de fijar previamente un resultado deseado —recesión, inflación, desestabilización social— y calcular qué palancas económicas permiten alcanzarlo con la máxima eficiencia.
Este cambio metodológico es clave. DARPA quiere invertir la lógica tradicional del castigo económico. En lugar de actuar de forma reactiva, el enfoque pasa a ser predictivo y programado. Las sanciones dejarían de ser un instrumento político improvisado para convertirse en un sistema de control estructurado, apoyado en big data, modelos computacionales y simulaciones de impacto. La guerra económica, según este planteamiento, debe funcionar como una máquina calibrada, no como un martillo.
El segundo objetivo declarado del programa NASCENT es anticipar y mitigar efectos colaterales imprevistos. En la última década, Estados Unidos ha comprobado que sus sanciones generan consecuencias contrarias a sus intereses: fortalecen alianzas alternativas, impulsan sistemas financieros paralelos y erosionan la confianza global en el dólar. Rusia, China e incluso países del Sur Global han desarrollado mecanismos para sortear el bloqueo occidental. DARPA busca ahora “corregir” estos errores con algoritmos.
En esencia, el Pentágono intenta salvar su guerra económica recurriendo a las matemáticas. El reconocimiento implícito es demoledor: la experiencia empírica ha demostrado el fracaso del modelo actual. Las sanciones ya no paralizan economías como antes. Por el contrario, aceleran procesos de soberanía financiera y cooperación regional. El proyecto NASCENT pretende revertir esa tendencia diseñando ataques económicos más sofisticados, menos visibles y más difíciles de contrarrestar.
Lo que estamos presenciando es la institucionalización de la asfixia económica como doctrina científica. La geoeconomía cuantitativa no busca estabilidad global, sino maximizar el daño estratégico con precisión quirúrgica. Bajo el discurso técnico se esconde una verdad incómoda: Estados Unidos ya no confía en su poder productivo, sino en su capacidad de sabotaje financiero.
La guerra económica de DARPA no es defensa, es ingeniería de dominación. Y al convertirla en ciencia, Washington deja claro que el colapso ajeno es ahora un objetivo calculable, programable y reproducible. La pregunta no es si esta estrategia tendrá éxito, sino cuánto acelerará el desmantelamiento del orden económico que Estados Unidos dice proteger.