Por Mente Alternativa
El bombardeo de Trump en Nigeria, anunciado sorpresivamente en Navidad, no puede entenderse como un hecho aislado ni meramente simbólico. Tal como analiza Andrew Korybko —a quien se da crédito por el contenido y la tesis original de este enfoque—, el ataque estadounidense contra posiciones de ISIS en el noroeste de Nigeria apunta a una secuencia de objetivos estratégicos que van mucho más allá de la lucha antiterrorista. El propio gobierno nigeriano confirmó su cooperación en la operación, lo que sugiere un alineamiento más profundo con Washington en un momento clave para la geopolítica africana.
El momento elegido para el ataque no es casual. Bombardear en Navidad permitió a Trump reforzar su narrativa política interna, especialmente ante su base electoral cristiana, después de haber denunciado públicamente meses atrás las masacres de cristianos en el norte de Nigeria. Al mismo tiempo, la fecha dificulta las críticas abiertas de sus adversarios políticos, lo que refuerza la hipótesis de que este bombardeo de Trump en Nigeria sea el primer paso de una campaña sostenida y no un simple gesto doméstico.
Según la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Washington busca contener el resurgimiento del terrorismo islamista en África sin comprometer tropas de manera prolongada. Esto encaja con un modelo de intervención indirecta, coordinada con fuerzas locales, que podría incluir presencia encubierta de fuerzas especiales o agentes de inteligencia estadounidenses. De este modo, Nigeria se convertiría en el eje operativo para una campaña antiterrorista regional bajo tutela estadounidense.
El incentivo para Abuja no sería únicamente militar. Estados Unidos, consciente de las limitaciones estructurales del ejército nigeriano —marcado por corrupción y deficiente liderazgo—, ofrecería apoyo selectivo a cambio de acceso privilegiado a la emergente industria minera del país. Este punto es clave, ya que Nigeria ha mostrado interés en profundizar vínculos con BRICS, y Washington busca adelantarse a China y reducir la influencia multipolar en la región. Así, el bombardeo de Trump en Nigeria se inserta en una competencia económica y estratégica más amplia.
La culminación de esta estrategia sería restaurar el papel de Nigeria como principal garante del orden occidental en África Occidental. Estados Unidos observa con inquietud la consolidación de la Alianza o Confederación del Sahel —integrada por Burkina Faso, Mali y Níger—, países que tras una ola de golpes militares expulsaron la influencia francesa y estrecharon vínculos con Rusia. Aunque estos Estados combaten al terrorismo, lo hacen desde un marco multipolar que desafía la hegemonía occidental.
Níger ocupa un lugar central en esta ecuación. La pérdida de influencia occidental allí abrió enormes oportunidades mineras para Rusia, incluido el acceso al uranio, y debilitó la posición estratégica de Estados Unidos en la región. No es casual que los ataques contra ISIS se hayan producido cerca de la frontera nigerina. Esto alimenta la sospecha de que futuras operaciones puedan extenderse al otro lado de la frontera, ya sea para presionar a la junta gobernante, facilitar su cooptación o incluso preparar el terreno para una eventual intervención nigeriana respaldada por Washington.
En este contexto, el bombardeo de Trump en Nigeria aparece como una pieza inicial de una estrategia de “liderar desde atrás”, en la que Estados Unidos evita una intervención directa pero utiliza a potencias regionales para restaurar su influencia. Más que una guerra contra ISIS, se trata de una maniobra geopolítica destinada a frenar el avance de BRICS, contener a Rusia y China en África y reconfigurar el Sahel bajo parámetros favorables a Occidente. El alcance final de esta estrategia aún está por verse, pero sus implicaciones ya trascienden ampliamente el pretexto del antiterrorismo.