Por Mente Alternativa
En un análisis publicado por United World International, el politólogo Onur Sinan Güzaltan examina la creciente tensión en las relaciones bilaterales entre Turquía y Rusia, dos potencias eurasiáticas cuyo entendimiento estratégico se ha visto sacudido por la prolongación del conflicto en Ucrania y las presiones cruzadas de Occidente. Güzaltan sostiene que, si bien ambos países han mantenido hasta ahora un enfoque flexible que les permitía sortear sus diferencias, los recientes acontecimientos en el Mar Negro y las denuncias sobre transferencias de armamento estadounidense desde inventarios turcos hacia Ucrania podrían haber traspasado ciertos límites, poniendo en riesgo la estabilidad de una relación que durante años se desenvolvió en un carril mayoritariamente positivo.
La tensión no es nueva, pero sí se ha agudizado. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zakharova, advirtió que Moscú espera explicaciones tanto de Ankara como de Washington, y dejó claro que una eventual transferencia de armas estadounidenses desde Turquía a Ucrania asestaría un golpe severo a las relaciones bilaterales. Turquía, por su parte, aún no ha emitido un pronunciamiento oficial, lo que alimenta la incertidumbre y la desconfianza en un momento en que el tablero geopolítico ya está cargado de tensiones. A esta fuente de fricción se suma la creciente inseguridad en el Mar Negro, donde los ataques de drones ucranianos contra buques comerciales —incluidos aquellos con bandera turca— han llevado al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, a denunciar lo que califica como actos de terrorismo que ni Turquía ni Estados Unidos condenan públicamente.
El contexto es complejo. Turquía, miembro de la OTAN con el ejército más numeroso de la Alianza, ha intentado mantener una política de equilibrio entre Occidente y Rusia, negándose a sumarse a las sanciones contra Moscú y aplicando con meticulosidad la Convención de Montreux en el Mar Negro. Al mismo tiempo, Ankara ha manifestado su apoyo a Kiev, y su propuesta de una moratoria en el Mar Negro —impulsada por el canciller Hakan Fidan— ha recibido el respaldo del embajador ucraniano en Ankara, Nariman Celal, quien instó a Turquía a intensificar sus esfuerzos para traer a Rusia de vuelta a la mesa de negociaciones. Sin embargo, la parte rusa no muestra disposición a cesar sus operaciones militares en Ucrania si no se aceptan sus condiciones, lo que coloca a Ankara en una posición incómoda: la de un mediador que, por un lado, busca preservar su relación estructural con Moscú y, por otro, no puede desatender sus compromisos atlánticos.
Lavrov ha ofrecido una lectura lúcida de la posición turca: «Turquía aspira a ser a la vez miembro de la OTAN con el ejército más grande del bloque y a mantener relaciones con la Unión Europea, aunque es plenamente consciente de que nunca será admitida en la UE. También busca fomentar fuertes lazos con Rusia, dados nuestros muchos proyectos económicos conjuntos y nuestra historia compartida: el Cáucaso y el Mar Negro». Esta apreciación revela la naturaleza paradójica de la relación: Rusia valora a Turquía como un socio indispensable en el Mar Negro y como un contrapeso a la influencia occidental, pero también es consciente de que Ankara navega en aguas turbulentas, atrapado entre su pertenencia a la Alianza Atlántica y sus intereses estratégicos con Moscú.
Güzaltan señala que, hasta ahora, Moscú ha respondido con mesura a las declaraciones de apoyo turco a Ucrania, tomando en cuenta los compromisos occidentales de Ankara. Pero los recientes desarrollos en el Mar Negro y las acusaciones sobre transferencias de armas sugieren que se han cruzado ciertos límites, y que la flexibilidad que caracterizaba el vínculo bilateral podría estar llegando a su fin. No obstante, el analista identifica cinco factores estructurales que subyacen a la preferencia compartida por preservar la relación: los vínculos en el ámbito energético, la estrategia rusa de no perder a Turquía como una suerte de salvavidas frente a las sanciones, las exigencias mutuas de seguridad en el Mar Negro, la necesidad de diálogo y cooperación en los Balcanes, el Cáucaso, Asia Central, Asia Occidental y el norte de África, y el comercio bilateral. Todos ellos pueden resumirse en dos grandes categorías: necesidades geopolíticas y necesidades económico-energéticas.
Sin embargo, estas necesidades estructurales no impiden que ambos países se pongan a prueba en zonas grises ni que utilicen esos movimientos como moneda de cambio en sus relaciones con otras potencias. La política de equilibrio del gobierno turco entre Occidente y Rusia, y viceversa, se ha construido precisamente sobre ese «espacio para la flexibilidad». Los acontecimientos en Siria, el Cáucaso, Asia Central y, más recientemente, Ucrania, pueden leerse dentro de este marco. Tanto Ankara como Moscú evitarán, hasta el último momento, dar pasos que puedan socavar los cimientos de su relación. Pero a medida que la confrontación entre Rusia y Occidente se intensifica y se expande, y a medida que el compromiso del gobierno turco con el eje Estados Unidos-Reino Unido se vuelve cada vez más vinculante en áreas que afectan a Rusia, la posibilidad de una ruptura entre Ankara y Moscú crece en igual proporción.
El análisis de Güzaltan adquiere una dimensión aún más aguda cuando se confronta con el escenario dibujado el también analista Alfredo Jalife-Rahme en una intervención reciente. Este ha señalado que la confrontación entre Rusia y Gran Bretaña —a raíz del suministro británico de misiles Storm Shadow a Ucrania y la advertencia rusa de represalias— y la creciente tensión entre Israel y Turquía, con Naftali Bennett calificando a Turquía como «el nuevo Irán» y Turquía denunciando que Israel se prepara para una guerra, configuran un escenario de alta volatilidad. La pregunta que emerge es si Ankara podrá seguir sosteniendo su equilibrio táctico cuando las líneas rojas se vuelven cada vez más difusas y cuando la presión de terceros actores —desde Washington hasta Tel Aviv— amenaza con reducir el margen de maniobra turco.
Güzaltan concluye su análisis con una advertencia: no es posible proteger las relaciones entre Ankara y Moscú de las fracturas geopolíticas mediante un modelo basado únicamente en el equilibrio, la flexibilidad y el regateo. A menos que la relación se vuelva plenamente estructural, seguirá siendo vulnerable a las provocaciones de terceras potencias y expuesta a la posibilidad de una ruptura en cualquier momento. El camino hacia una relación plenamente estructural no pasa por políticas de equilibrio y flexibilidad táctica, sino que requiere la construcción de una estrategia conjunta y exhaustiva de cooperación basada en la igualdad y los intereses mutuos, y aislada de la influencia de terceras potencias.
Más allá de su relación bilateral, Ankara y Moscú poseen un potencial de cooperación en una vasta geografía que se extiende desde los Balcanes hasta Asia Central y desde el norte de África hasta Asia Occidental, capaz de alterar los equilibrios globales. Desbloquear ese potencial exige la voluntad política adecuada. Pero esa voluntad, advierte Güzaltan, no florecerá en un entorno de desconfianza creciente y de tensiones alimentadas por intereses externos. La pregunta que se cierne sobre el Bósforo y el Kremlin es si ambos actores serán capaces de trascender la lógica del corto plazo y construir una arquitectura de relación que resista los embates de un mundo en tránsito hacia un nuevo orden multipolar, o si, por el contrario, permitirán que las presiones de terceros —y las propias dinámicas del conflicto ucraniano— terminen por fracturar un vínculo que, durante décadas, ha sido uno de los ejes de la estabilidad euroasiática.
El análisis de Jalife-Rahme aporta una capa adicional de complejidad: la posibilidad de que tanto Rusia como Turquía estén siendo empujadas hacia confrontaciones que no buscan, pero que la lógica de la escalada y la propaganda de guerra hace cada vez más probables. La advertencia rusa de que cualquier instalación militar británica en Ucrania o más allá de sus fronteras puede convertirse en un objetivo legítimo, y la declaración de que Gran Bretaña ha sido reconocida como parte del conflicto, sugieren que Moscú está dispuesto a elevar la apuesta. Del mismo modo, los bombardeos israelíes contra bases turcas en Siria y la retórica belicista de ambos bandos indican que el Mediterráneo oriental podría convertirse en un nuevo frente de crisis.
En este contexto, la política de equilibrio de Ankara se asemeja cada vez más a un acto de malabarismo sobre un abismo. La flexibilidad que durante años permitió a Turquía sortear las contradicciones de su posición geopolítica —miembro de la OTAN pero socio de Rusia, aliado de Estados Unidos pero crítico de su política en Oriente Medio— se enfrenta ahora a su prueba de fuego. Porque la guerra en Ucrania no es un conflicto más: es el catalizador de una reconfiguración global que exige a cada actor definirse, y que penaliza la ambigüedad. Si Ankara no logra transformar su relación con Moscú en un vínculo estructural, con reglas claras y mecanismos de resolución de conflictos, corre el riesgo de quedar atrapado entre dos fuegos, y de ver cómo su papel de puente entre Oriente y Occidente se convierte en una posición insostenible.
El tablero eurasiático está en movimiento, y las piezas se reordenan a una velocidad vertiginosa. La pregunta que Güzaltan y Jalife-Rahme nos dejan no es si Turquía y Rusia lograrán mantener su relación, sino si ambos estarán dispuestos a pagar el precio de una verdadera estructuración, que implica no solo intereses compartidos, sino también la renuncia a ciertos juegos tácticos y la construcción de una confianza que trascienda las coyunturas. En un mundo donde la guerra fría parece resurgir con nuevos actores y nuevas herramientas, la capacidad de Ankara y Moscú para sostener su vínculo podría ser una de las claves para evitar que el conflicto ucraniano se convierta en una conflagración mayor. Pero para ello, como advierte Güzaltan, se necesita voluntad política, y esa voluntad, por ahora, sigue siendo la gran incógnita.
Fuentes consultadas
Onur Sinan Güzaltan. Türkiye–Russia relations: Quo vadis?. United World International. 31 de agosto de 2026.
Alfredo Jalife-Rahme. ¿Dos guerras a la vista: Rusia vs Gran Bretaña e Israel vs Turquía? Radar Geopolítico. 31 de agosto de 2026.