Por Mente Alternativa
El equipo de analistas liderado por Jeremy Shapiro, director de investigación del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), ha publicado un documento titulado «Desorden gestionado: El difícil camino hacia una paz modesta con Rusia después de Ucrania» que, lejos de proponer una solución pacífica al conflicto, erige un sistema de gestión perpetua del desorden como el único horizonte posible para el «mundo después de Ucrania». Este texto, concebido como una hoja de ruta para lo que sus autores denominan un «caos controlado», parte de un diagnóstico tan lúcido como desalentador: la guerra en Ucrania terminará, muy probablemente, con un alto el fuego que no resolverá ninguna de las cuestiones fundamentales de soberanía, seguridad, poder o identidad, dejando a Europa y a Rusia atrapadas en una confrontación abierta, caótica y de baja intensidad que podría extenderse durante una generación o más. Esta premisa, que asume el fracaso de una paz auténtica como un punto de partida ineludible, da origen a una propuesta que no busca la reconciliación, sino la institucionalización del conflicto para evitar que una tregua precaria se convierta en una guerra mayor, una estrategia que, como el propio Shapiro reconoce, se inspira en la lúcida advertencia del historiador Michael Howard: el fin de los disparos no crea por sí mismo la paz.
La arquitectura conceptual del «caos controlado» se erige sobre tres pilares fundamentales que buscan transformar la confrontación caótica en una rivalidad regulada, menos vulnerable al accidente, al pánico y a la presión política doméstica. El primero de ellos es la separación estratégica: Europa debe reducir su exposición a Rusia mediante defensas más sólidas y una menor dependencia energética, mientras que Ucrania debe atarse económicamente a Occidente y ser capaz de mantener su posición militar, pues la disuasión efectiva es condición sine qua non para cualquier diálogo posterior. El segundo pilar es la compartimentación, que propone aislar aquellas cuestiones de interés común —riesgo nuclear, explotación del Ártico, cambio climático, no proliferación— de los temas más neurálgicos como la soberanía ucraniana, para evitar que las crisis se cascaden y contaminen áreas de beneficio mutuo. El tercer principio, quizás el más revelador de la asimetría subyacente, es la condicionalidad: Rusia deberá ganarse el alivio de sanciones y la reintegración diplomática mediante el cumplimiento de hitos verificables, con recompensas reversibles que hagan que el acatamiento de las reglas resulte más rentable que la violación.
El plan operativo del ECFR se despliega en un esquema gradual que comienza con la congelación del statu quo en la línea de control, la prohibición de operaciones ofensivas de gran envergadura y la limitación de sistemas de largo alcance, todo ello acompañado de la creación de canales de comunicación directa entre Moscú y Kiev. Paralelamente, se prevé la transición hacia el retiro de armas pesadas, inspecciones y el establecimiento de una vía separada entre Rusia y la OTAN con notificaciones sobre ejercicios, observación de maniobras y el retorno a las negociaciones sobre estabilidad estratégica, mientras que para el Mar Negro se diseña un régimen propio para prevenir incidentes con un papel especial para Turquía. En una perspectiva más lejana, se contemplan límites al número de tropas cerca de Ucrania y el flanco oriental de la OTAN, reglas para el movimiento de sistemas de misiles, una comisión permanente para reducir riesgos y nuevos acuerdos sobre control de armas, donde los ciberataques, el sabotaje a infraestructuras y la injerencia electoral serían considerados violaciones del alto el fuego. Sin embargo, la propuesta revela su verdadera naturaleza cuando se examina el estatus reservado para Ucrania —un Estado bien armado para encarecer cualquier nueva ofensiva rusa, pero no lo suficientemente fuerte para atacar a Rusia por sí mismo— y la posición que se asigna a Moscú, que recibe una «zanahoria» insípida y mordisqueada en forma de alivio de sanciones gradual y reversible, sujeto a inspecciones y a la verificación de «acciones concretas» por parte de un grupo limitado de países europeos.
El análisis crítico de la analista Elena Panina, publicado en Russtrat, disecciona con precisión la asimetría fundamental de esta estrategia, desnudando su naturaleza coercitiva bajo el barniz de un orden negociado. Para Panina, todo el entramado del «caos controlado» del ECFR se reduce a un esquema en el que se exige a Rusia que cese en la búsqueda de sus intereses nacionales, mientras Occidente no solo se reserva el derecho de armar a Kiev hasta los dientes, sino que también se otorga la facultad de evaluar cualquier «intención» de Moscú y frustrarla mediante un sistema de inspecciones y sanciones revocables. La «generosa» oferta de participación en las negociaciones sobre seguridad europea, desde esta óptica, no es una concesión real, sino una necesidad táctica, pues es imposible discutir el control de armas estratégicas y la estabilidad en el Mar Negro sin la potencia nuclear rusa. El plan, lejos de ser un proyecto de orden posbélico, se presenta como un intento de fijar una configuración favorable para Europa bajo el principio, nada disimulado, de «ni paz, ni guerra, sino disolver al ejército», una sentencia que debe entenderse como una metáfora del desgaste perpetuo, la contención estratégica y la erosión de la capacidad de influencia rusa, no como una exigencia literal de desarme, pero que revela la aspiración última de la estrategia occidental.
El documento del ECFR, no obstante, posee el mérito de la honestidad brutal en su diagnóstico de las fisuras internas de Occidente, un aspecto que lo distancia de los análisis geopolíticos convencionales. Los autores reconocen que Estados Unidos y Europa no entrarán en este período como un único actor estratégico: mientras Washington se concentrará cada vez más en China, el hemisferio occidental y los costes fiscales del liderazgo global, Europa no tendrá ese lujo y enfrentará a Rusia como una amenaza militar vecina, con la reconstrucción de Ucrania como un problema europeo. Esta divergencia significa que la alianza atlántica se volverá menos automática, y Europa deberá temer tanto el abandono estadounidense como sus iniciativas unilaterales. Además, la propia Europa genera desorden interno: el consenso retórico sobre la necesidad de que Ucrania sobreviva oculta profundas divisiones entre los países del este y el norte, que juzgan cualquier acuerdo a través del lente de la disuasión y la vulnerabilidad, y los del sur y oeste, que priorizan la estabilidad, las presiones fiscales y la eventual normalización económica con Rusia. Esta fragmentación, que Rusia tratará de explotar, exige que cualquier acuerdo de posguerra gestione a Europa tanto como gestiona a Rusia, evitando que la desunión europea se convierta en un instrumento de la estrategia rusa.
En última instancia, el valor del documento del ECFR no reside en su factibilidad como plan de paz, sino en su capacidad para articular la lógica de una posguerra que ya no aspira a la victoria ni a la reconciliación, sino a la gestión perpetua de una confrontación que se asume como permanente. Al rechazar tanto la ilusión de una normalización inmediata como la quimera de un cambio de régimen en Moscú, y al mismo tiempo descartar el aislamiento total y la confrontación no gestionada, los autores abrazan una visión de la estabilidad basada no en la confianza, sino en el interés propio calculado, la disuasión y las reglas. Su propuesta, como ellos mismos reconocen, no hará feliz a nadie y dejará intactas las heridas de la guerra, pero se presenta como un sistema operativo para una paz mala, un mal menor frente a las alternativas concebibles que son todas peores. La crítica de Panina, desde una óptica opuesta, complementa este diagnóstico al evidenciar que, en la práctica de las relaciones de poder, un «caos controlado» diseñado por una sola de las partes se convierte inevitablemente en un instrumento de dominación estratégica, donde la soberanía ucraniana se convierte en la moneda de cambio de una estabilidad que beneficia a Occidente y disuelve, lentamente, la capacidad de influencia rusa en el continente.
Fuentes consultadas
Shapiro, Jeremy, Samuel Charap, Bob Deen, Hiski Haukkala, Ivan Krastev, Hanna Notte, and Jim O’Brien. «Managed disorder: The hard road to a modest peace with Russia after Ukraine.» European Council on Foreign Relations, 21 de julio de 2026.
Panina, Elena. “Caos controlado: en Europa han publicado una estrategia para la ‘paz después de Ucrania’”. Russtrat. 3 de agosto de 2026.