Oscuro Claro
Medio siglo después del primer apretón de manos entre Ciudad de México y Pekín, las relaciones diplomáticas México-China se han vuelto un vínculo tan próspero como asimétrico, tejido de comercio, inversión y memoria compartida.

Por José Luis Preciado

Enrique Dussel Peters, economista y coordinador del Centro de Estudios China-México de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, reunió cuarenta documentos y cuarenta y tres firmas en el volumen colectivo «50 años de relaciones diplomáticas entre México y China. Pasado, presente y futuro». El libro fue editado por la propia UNAM en enero de 2022, con la participación del Senado de la República y de la Embajada de la República Popular China en México, y reconstruye desde ángulos diplomáticos, académicos, empresariales y personales el itinerario de un vínculo que cumplió su quincuagésimo aniversario el 14 de febrero de ese año. Que la fecha fundacional coincidiera con el día dedicado en México al amor y la amistad no dejó de sorprender al embajador chino Qingqiao Zhu, quien encontró en esa casualidad calendárica una metáfora involuntaria pero certera del carácter cálido que tuvo, desde el principio, un acercamiento fraguado en plena Guerra Fría. Las relaciones diplomáticas México-China nacieron, de hecho, como un gesto de audacia política. En 1971 México había votado a favor de la resolución 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que reconoció a la República Popular como único representante legítimo de China ante el organismo, y un año después formalizó el vínculo bilateral que hoy se revisa con la distancia crítica que solo dan cinco décadas.

Conviene no confundir el origen protocolario con el origen real del encuentro entre ambos pueblos. Mucho antes de que existiera un Estado mexicano independiente, la llamada Nao de China unió, desde 1575, las costas de Acapulco con las de Manila. Aquella ruta tejió uno de los circuitos comerciales más longevos de la historia moderna y permitió que mercancías, ideas y personas cruzaran el Pacífico durante casi trescientos años. Ese intercambio germinal encontró marco jurídico en 1899, con la firma de un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, y adquirió representación formal en 1904, cuando ambos países abrieron sus primeras legaciones en Ciudad de México y Pekín. Fue también entonces cuando llegó a territorio mexicano una migración china que levantó vías férreas, sembró campos y explotó minas, y que dio origen a ciudades enteras como Mexicali. La diplomacia sino mexicana contemporánea no inventó, entonces, un vínculo nuevo. Formalizó uno que ya llevaba casi cuatro siglos de gestación silenciosa.

Sobre esa base histórica se construyó, a partir de 2003, una arquitectura institucional cada vez más densa. Ese año la relación fue definida como estratégica. En 2013, con la visita del presidente Xi Jinping, se elevó a una asociación estratégica integral, categoría que buscaba trascender la declaración protocolaria para dotar de contenido sustantivo al vínculo. Entre 2004 y 2005 se crearon la Comisión Binacional y el Grupo de Alto Nivel. Entre 2013 y 2014 se sumaron el Grupo de Alto Nivel-Economía y el Grupo de Alto Nivel-Inversión, mecanismos que se reúnen periódicamente aunque todavía carecen de una evaluación sistemática de sus resultados, según advierte el propio Dussel Peters en su capítulo sobre la relación económica bilateral. En 2008 ambos gobiernos firmaron un acuerdo de promoción y protección recíproca de las inversiones, uno más de los treinta que México ha suscrito desde 1995. Entre 2020 y 2021 México asumió además la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, impulsando desde ahí el Foro CELAC-China como principal espacio regional de diálogo con Pekín. La cooperación económica bilateral, en suma, fue adquiriendo un entramado institucional que la política meramente declarativa de los años setenta no imaginó.

Ese entramado, sin embargo, no ha evitado que el comercio bilateral chino se convierta en la asignatura más desequilibrada de la relación. Hasta 1996 China participaba con menos del uno por ciento del comercio exterior mexicano. En 2020 esa cifra alcanzó el 10.17 por ciento, impulsada sobre todo por las importaciones, que llegaron al 19.19 por ciento del total. La contraparte de ese ascenso fue el declive relativo de Estados Unidos, cuya participación en el comercio total de México cayó del 81 por ciento en 1999 al 63.31 por ciento en 2020. El resultado es un desequilibrio que Dussel Peters cuantifica con precisión: por cada dólar que México exportó a China en 2020, importó 9.3 dólares, la relación más desigual que el país mantiene con cualquier socio comercial, y un déficit que superó los 40,000 millones de dólares hacia 2010 y rebasó los 75,000 millones desde 2018. Hay, no obstante, un matiz que conviene subrayar. La composición de esas importaciones ha cambiado con el tiempo. En 2020 el 54.76 por ciento de lo importado desde China correspondió a bienes de capital, frente al 33.13 por ciento proveniente de Estados Unidos, de modo que China se consolidó como el segundo proveedor de maquinaria y equipo del país, matizando la imagen de una relación reducida a manufacturas de consumo barato.

La inversión extranjera china cuenta una historia de crecimiento más reciente pero igualmente elocuente. Entre 2005 y 2009 México recibió apenas once transacciones de inversión china por 588 millones de dólares, que generaron 6,799 empleos. Entre 2015 y 2020 la cifra escaló a sesenta transacciones por 11,404 millones de dólares y 90,887 empleos, de manera que el balance completo del período 2000-2020 arroja 97 transacciones, poco más de 14,000 millones de dólares y 112,608 puestos de trabajo, concentrados sobre todo en manufactura y en la cadena autopartes-automotriz. El financiamiento directo del Estado chino, en cambio, ha sido modesto: un crédito de 1,000 millones de dólares en 2013, un Fondo México-China de 1,200 millones y líneas anuales del Banco Industrial y Comercial de China de entre 200 y 300 millones de dólares, cifras menores si se comparan con lo que Pekín ha destinado a otros países de la región. En materia de infraestructura México llegó tarde. Mientras otros países latinoamericanos recibían financiamiento chino desde 2005, el primer proyecto mexicano se concretó apenas en 2019, después de intentos fallidos como la cancelación, en 2015, del tren de alta velocidad entre Querétaro y la Ciudad de México. Los seis proyectos concretados desde entonces suman 3,015 millones de dólares y más de 80,000 empleos, con el primer tramo del Tren Maya como su expresión más visible.

Reducir medio siglo de relaciones diplomáticas México-China a estadísticas comerciales empobrecería, sin embargo, un vínculo que también se ha tejido en el terreno simbólico y cotidiano. El embajador Qingqiao Zhu recuerda que el volumen del comercio bilateral se multiplicó miles de veces desde 1972, que más de doscientas empresas financiadas por capital chino operan hoy en México, y que el tequila, la cerveza y los tacos mexicanos han conquistado paladares chinos con la misma naturalidad con que el panda y el manatí sellaron, al inicio de la relación, un intercambio de símbolos nacionales. Existen ya más de treinta hermanamientos entre ciudades y estados de ambos países, cinco Institutos Confucio y un Aula Confucio distribuidos en territorio mexicano, y en la Ciudad de México se levanta el único Centro Cultural de China en toda América Latina. La película «Coco» y las playas de Cancún son, del otro lado del Pacífico, referentes tan reconocibles como lo son en México el dragón, la Gran Muralla o la manufactura con el sello hecho en China.

Con todo, el propio libro coordinado por Dussel Peters no disimula los retos pendientes. El principal es de naturaleza política. La asociación estratégica integral definida desde 2013 no ha logrado, según el diagnóstico del propio economista, un mecanismo efectivo de monitoreo y aprendizaje que integre a los sectores productivo y académico de ambos países más allá de la formalidad institucional. A ese pendiente se suma un dilema de geometría triangular. La reciente intención de China de adherirse al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico obliga a México, y a Canadá, a sortear el artículo 32.10 del T-MEC, que exige avisar con tres meses de anticipación antes de iniciar negociaciones comerciales con una economía que el propio tratado cataloga como no de mercado, y firmar cualquier acuerdo resultante con treinta días de margen. La diplomacia sino mexicana enfrenta así una paradoja evidente. Mientras el comercio bilateral chino y la inversión extranjera china continúan creciendo por inercia propia, la voluntad política de ambos gobiernos no siempre ha sabido traducir esa pujanza en una agenda estratégica de mediano y largo plazo, ni en una cooperación económica bilateral verdaderamente planificada.

El propio volumen fija, para cerrar esa brecha, un horizonte que trasciende la coyuntura inmediata. Si 2022 marcó el cincuentenario del establecimiento formal de vínculos, sus coordinadores proponen mirar hacia 2072, cuando se cumplirá el centenario de la relación bilateral, como el verdadero punto de llegada de un proceso que todavía está lejos de agotar su potencial. Entre la ruta marítima que unió Acapulco con Manila hace más de cuatro siglos y el tren que hoy cruza la península de Yucatán con financiamiento e ingeniería mixtos, las relaciones diplomáticas México-China han recorrido un trayecto que mezcla continuidad histórica y transformación acelerada. Queda por verse si la próxima mitad de siglo logrará cerrar la brecha entre la profundidad del vínculo económico y la todavía tibia arquitectura política que lo sostiene. O si, como sugiere la propia mano que ambos países se estrecharon aquel 14 de febrero de 1972, la fórmula seguirá siendo la misma: paciencia diplomática, pragmatismo comercial y una curiosidad mutua que, medio siglo después, no ha dejado de crecer.

Fuentes consultadas

Enrique Dussel Peters (coordinador). 50 años de relaciones diplomáticas entre México y China. Pasado, presente y futuro. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Economía, Centro de Estudios China-México. Enero de 2022.

Enrique Dussel Peters. La relación económica México-China durante 50 años: condiciones y retos. En 50 años de relaciones diplomáticas entre México y China. UNAM, Facultad de Economía, Cechimex. 2022.

Instituto Matías Romero. México y China: los próximos cincuenta años. En 50 años de relaciones diplomáticas entre México y China. UNAM, Facultad de Economía, Cechimex. 2022.

Qingqiao Zhu. La hora se ilumina. En 50 años de relaciones diplomáticas entre México y China. UNAM, Facultad de Economía, Cechimex. 2022.



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