Por José Luis Preciado
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Hay un gesto que se repite en la historia argentina con la precisión de una pesadilla: la entrega de la soberanía bajo el hechizo del espectáculo. Mientras el pueblo vibra con la pelota, los dueños del poder desmantelan los cimientos de la nación. No es nueva esta coreografía. Pero lo que estamos presenciando en estos días —con Lionel Messi como estandarte involuntario, Javier Milei como mayordomo del sionismo y la Asociación del Fútbol Argentino bajo la lupa del FBI— no es un mero episodio de corrupción. Es la consumación de un proyecto geopolítico que lleva décadas tejiéndose, y que, en el escenario de la Copa Mundial de la FIFA 2026, encontró su puesta en escena más perfecta. Nunca en la historia del fútbol la geopolítica fue tan descarnada como en este torneo.
En un artículo titulado «Los vínculos de Lionel Messi con Netanyahu, el ejército israelí y su unidad de espionaje de élite 8200″, el periodista de investigación Alan Macleod desmonta con paciencia de forense una verdad incómoda: el futbolista más famoso del planeta, el que dice huir de la política como quien esquiva una falta, se ha convertido en el rostro amable de una red de inteligencia militar israelí que ha elaborado listas de objetivos mediante inteligencia artificial para operaciones de bombardeo en Gaza y que ha desarrollado el software espía Pegasus —el mismo que utilizó Arabia Saudita para vigilar a Jamal Khashoggi antes de descuartizarlo en su consulado de Estambul. Macleod también documenta que el gobierno israelí vendió Pegasus a dictaduras y regímenes autoritarios en todo el mundo para reprimir a sus poblaciones, convirtiendo a la Unidad 8200 en un brazo tecnológico de la represión global. Messi no es un agente del Mossad, por supuesto. Nadie sostiene semejante absurdo. Pero su rol como «activo simbólico» que legitima y blanquea ante el mundo a empresas y personas vinculadas con la Unidad 8200 —la élite de inteligencia militar israelí— es una pieza clave en una estrategia mediática mucho más amplia: la normalización del sionismo en Argentina.
La elección de Messi como embajador global de OrCam en 2020 no fue un capricho publicitario. OrCam, esa empresa israelí de inteligencia artificial que fabrica dispositivos para invidentes, es en realidad una prolongación civil del aparato de inteligencia israelí. Macleod lo muestra con nombres y apellidos: Adi Levitski, director de operaciones de OrCam, fue oficial de la Unidad 8200; Matan Albeck, exjefe del departamento de análisis de datos de la misma unidad, también trabaja allí; Mor Shamy, exjefe de análisis de inteligencia, es ahora desarrollador de algoritmos en la firma; algunos empleados, como Amitai Edrei, trabajaron simultáneamente para ambas entidades. La puerta giratoria entre OrCam y la Unidad 8200 no es un accidente; es una característica estructural. Y sin saberlo, Messi se convirtió en el escudo humano de esa maquinaria de muerte.

Para comprender la naturaleza de esta operación, es imperativo distinguir entre el sionismo original y el que hoy gobierna Israel y se ha aliado con el presidente de Argentina, Javier Milei. No se trata de una crítica a la identidad judía ni al pueblo de Israel, sino a una ideología política específica y perversa: el sionismo revisionista o talmúdico, cuyo correlato cabalista no es más que otra cara de la misma moneda.
Como documenta el analista Thierry Meyssan, el proyecto que ejecuta Benjamín Netanyahu no es el sionismo laico de Theodor Herzl, sino el sionismo revisionista de Vladimir Jabotinsky. Esta corriente, que busca la construcción de un «Imperio judío», nada tiene que ver con el movimiento original y, de hecho, sus fundadores fueron aliados de Benito Mussolini y negociaron con individuos cercanos a Adolf Hitler, incluso organizando, con el SS Adolf Eichmann, el envío de judíos húngaros a Auschwitz.
Esa raíz fascista se manifiesta en una teología política que justifica el genocidio. El historiador Michael Hoffman desmonta el mecanismo ideológico que subyace a las acciones del ejército israelí, al que describe como el producto de «una singular concatenación de fuerzas centrada en la militarización del Talmud por el sionismo». Hoffman señala que este sionismo extremo ha pervertido las enseñanzas judaicas tradicionales —que durante siglos prohibieron la organización militar y la conquista— para crear una contracultura de colonos que se nutre de rabinos como Yitzchak Ginsburgh y Dov Lior, cuyas enseñanzas permiten el asesinato de no judíos, incluidos niños, y consideran la vida de un judío como superior a la de cualquier otro ser humano.
Pero hay un estrato aún más profundo en esta trama. Hoffman revela que el sionismo talmúdico no es un fin en sí mismo, sino un instrumento. Su investigación apunta a una «criptocracia ocultista» que, desde el Concilio de Florencia en el siglo XV, ha utilizado a los judíos como chivo expiatorio para ocultar su propio control de la banca usurera. Según esta visión, los enemigos ocultos del pueblo judío —desde la Casa Blanca hasta el castillo de Windsor y el Papa de Roma— impulsan el sionismo fanático para llevar al Estado de Israel a un callejón sin salida. «Los enemigos encubiertos de los judíos», escribe Hoffman, «instan hoy a los israelíes a ir a Gaza y ‘matarlos a todos'». La ayuda militar incondicional que recibe Israel no es un acto de amistad, sino una estratagema para destruirlo a través de su propia arrogancia.
Este es, pues, el entramado ideológico que utiliza la imagen de Messi: no el sionismo histórico, sino su versión revisionista y fascista, instrumentalizada a su vez por una élite que busca el despojo global, utilizando a Argentina como un nuevo escenario para su macabro experimento geopolítico.
En el marco de esta operación hay un elemento estratégico que sirve para entender cómo se despliega el control de la imagen de los actores sociales. Como ha documentado Ronen Bergman, corresponsal del New York Times, el arma más poderosa del Mossad israelí no es tecnológica ni táctica: es psicológica. Es la capacidad de identificar exactamente qué necesita una persona y convertirse en eso. En «El camino de la decepción», el exoficial del Mossad Víctor Ostrovsky describe cómo la agencia de inteligencia construye un mapa de vulnerabilidades a partir de cuatro vectores universales: dinero, ideología, coerción y ego. El ego, advierte Ostrovsky, es el vector más fácil de activar y el más difícil de detectar, porque la persona rara vez lo admite, ni siquiera ante sí misma.
Messi, el futbolista aclamado como el mejor de la historia, el hombre que ha construido su identidad sobre el reconocimiento global, encaja en ese perfil con precisión quirúrgica. El Mossad no necesitó reclutarlo como espía; necesitó que él, voluntariamente, se convirtiera en el rostro de una empresa vinculada a la Unidad 8200. Para eso, no le ofrecieron dinero ni lo coaccionaron. Le ofrecieron algo mucho más poderoso: la confirmación de su identidad como un ícono global, un hombre que trasciende el fútbol y se asocia con la innovación tecnológica y el progreso humanitario. El pedido no llegó como pedido, sino como una oportunidad de ser coherente con quien Messi ya creía ser. Y una vez que aceptó, el mecanismo de dependencia gradual hizo el resto: cada aparición pública, cada foto con Netanyahu, su visita al Muro de los Lamentos, cada contrato publicitario, reforzó la narrativa de identidad que el Mossad y sus aliados habían construido alrededor de él. Messi no está atrapado por el Mossad. Está atrapado por la versión de sí mismo que el Mossad le ayudó a construir.
Ese mecanismo no se detiene en el contrato publicitario. La seguridad personal de Messi ha estado a cargo de un equipo de élite de exagentes israelíes, según revela el propio Macleod. Fueron ellos quienes se hicieron cargo de la seguridad de su boda en 2017 y quienes custodian sus pasos en cada gira internacional. La presencia de estos cuerpos de seguridad —sin que sepamos con certeza si provienen del Mossad, del Shin Bet o de un comando de élite— convierte a Messi en un territorio ocupado por la inteligencia israelí, una suerte de enclave soberano del sionismo que se mueve por el mundo con el beneplácito que otorga el éxito deportivo.
No es menor el hecho de que, en 2013, Messi visitara Israel junto al F.C. Barcelona en una supuesta «gira por la paz». Durante ese viaje, el astro argentino se reunió con Benjamin Netanyahu y con el presidente Shimon Peres, posó con soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel, se cubrió la cabeza con una kipá y oró en el Muro de los Lamentos, el lugar más sagrado del judaísmo. Netanyahu quedó tan complacido que, en una entrevista reciente, confesó que su jugador favorito es Messi y que alentaba a Argentina en el Mundial. No es una declaración ingenua. Es la expresión de un vínculo que trasciende lo deportivo: Netanyahu sabe que la popularidad de Messi entre los israelíes —el 38% apoya a Argentina, según una encuesta reciente— es un activo diplomático de primer orden.
• 2011: Messi participó en una campaña por la la memoria de las víctimas del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de 1994, en Buenos Aires.
• 2013: Envió un mensaje de apoyo al equipo argentino de la Maccabiah, los «Juegos Olímpicos judíos» en Israel.
• 2017: Fue contratado como embajador global de Sirin Labs, una startup israelí de seguridad blockchain con sede en Tel Aviv.
• 2019: Messi jugó un amistoso Argentina-Uruguay en Tel Aviv. El presidente israelí Reuven Rivlin asistió al evento.
• 2020: Firmó un contrato de tres años como embajador de OrCam, la empresa israelí vinculada a exmiembros de la Unidad 8200.

El encuentro previo a la final de la Copa del Mundo entre Netanyahu y el embajador argentino en Israel, el rabino Shimon Axel Wahnish —asesor espiritual de Milei y artífice de su conversión al judaísmo simbólico—, con la camiseta de la selección argentina de por medio, es la imagen que condensa todo este entramado. No se trata de un gesto aislado, sino de la culminación de una alianza que comenzó con el viaje de Milei a Israel en 2023, cuando el presidente argentino, que se autopercibe judío aunque fue criado en el colegio católico Cardenal Copello, declaró que era «el presidente más sionista del mundo». Y no es una metáfora.

Netanyahu, por su parte, ha sido igualmente efusivo: “Milei es un gran amigo de Israel. Es un superastro, realmente lo es. Ha hecho cosas increíbles con su economía al adoptar el libre mercado”, declaró el primer ministro israelí. Sin embargo, una encuesta reciente de Pew Research Center reveló que la mayoría de los argentinos tienen una visión negativa de Israel, con un 34% que manifiesta opiniones “muy desfavorables” del país, frente a apenas un 5% que las tiene “muy favorables”. Es decir, siete veces más argentinos rechazan a Israel que quienes lo apoyan. El alineamiento de Milei con Netanyahu no es, por tanto, un reflejo del sentir nacional, sino una imposición de las élites políticas y económicas que han secuestrado la voluntad soberana del pueblo argentino.
El rechazo a Israel no es un fenómeno exclusivo de Argentina. Macleod cita una encuesta de YouGov de 2025 que reveló que en Italia, un 43% de la población tiene una visión “muy desfavorable” de Israel, frente a apenas un 2% que la tiene “muy favorable” —más de veinte veces más. Incluso en Alemania, donde el apoyo a Israel ha sido históricamente más alto por la responsabilidad del Holocausto, solo un 21% manifiesta opiniones favorables (y apenas un 4% “muy favorables”), mientras que un 65% declara oposición abierta, incluyendo un 32% que “no gusta en absoluto” del Estado hebreo. Este aislamiento internacional contrasta con el abrazo militante de Milei a Netanyahu.

Pero la instrumentalización de la imagen de Messi no se agota en el terreno simbólico. Donde el poder sionista toca el fútbol argentino, el dinero sigue una ruta igualmente sospechosa. Durante la Copa de Mundo, el FBI comenzó a rastrear los movimientos financieros de la AFA, descubriendo una red de 260 millones de dólares que conecta a la dirigencia con bancos estadounidenses y beneficiarios sin justificación aparente. Según la investigación del periodista Hugo Alconada Mon publicada en La Nación, el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos están rastreando el movimiento de 260 millones de dólares canalizados a través de cuentas bancarias en Citibank, Bank of America, JP Morgan y otras entidades, provenientes de contratos comerciales de la AFA con Adidas y Warner.
De esa cifra, 57 millones se distribuyeron entre sociedades y beneficiarios sin justificación económica aparente, incluyendo giros a personas que percibían planes sociales en Argentina y a sociedades vinculadas con el tesorero de la AFA, Pablo Toviggino, y su familia. Los fiscales Patrick Gushue, Christopher Ting y Michael Berger, especialistas en delitos financieros, no solo buscan testimonios de empresarios como Guillermo Tofoni, un denunciante clave, sino que también analizan la posibilidad de convocar a exfuncionarios del gobierno de Milei que tuvieron acceso a información sensible sobre las operaciones de la AFA. La sombra del FIFAgate se proyecta ahora sobre Argentina, pero con un agravante: mientras la FIFA evalúa sancionar a la selección por la violencia desatada tras la derrota en la final del Mundial contra España, la justicia estadounidense amenaza con desnudar la podredumbre financiera de una institución que se creía intocable.
Mientras Milei abrazaba a Netanyahu y prometía trasladar la embajada argentina a Jerusalén —una medida que solo reconoce la ocupación ilegal de territorio palestino—, su ministro de Regulación, Federico Sturzenegger, redactaba un proyecto de ley para eliminar los topes a la compra de tierras por parte de extranjeros. Pero la oposición logró frenarlo. El 16 de julio, el Senado se disponía a tratar el proyecto cuando Patricia Bullrich, jefa de la bancada oficialista, tuvo que pedir un cuarto intermedio. No tenía los votos. La Unión Cívica Radical, clave para el quórum, había emitido un comunicado que decía: “La soberanía se defiende cuidando nuestra tierra. La Unión Cívica Radical rechaza la modificación de la Ley de Tierras que el gobierno promueve en el Senado de la Nación por considerar que se trata de eliminar limitaciones razonables, comprometiendo así la soberanía nacional, el control sobre las fronteras y los recursos estratégicos del país.”
El senador radical Eduardo Vischi había liderado las objeciones, reclamando que las provincias tuvieran poder de decisión sobre sus territorios. El senador José Mayans, de Unión por la Patria, lo resumió con crudeza: “Acá vienen algunos con la camiseta de la República Argentina para decir que son tan argentinos, pero lo que no le dicen al pueblo argentino que hoy se está entregando la soberanía del pueblo argentino.” La sesión se levantó sin aprobar la ley, y el gobierno tuvo que convocar a una nueva reunión con el ministro Sturzenegger y los senadores aliados para intentar destrabar el proyecto, que ya acumula más de quince versiones y múltiples postergaciones. La próxima sesión está prevista para el 6 de agosto, y mientras tanto, organizaciones ambientales, sociales y de abogados convocan a movilizaciones para frenar la iniciativa. El fútbol no logró tapar el debate.
La ley de tierras rurales, que limitaba al 15% la propiedad extranjera en el territorio nacional, está siendo desguazada con la motosierra de Milei para permitir que fondos de inversión globales —muchos de ellos con sede en Israel y en Estados Unidos— adquieran millones de hectáreas en la Patagonia, en la zona pampeana y en las cuencas hídricas estratégicas. El objetivo, como denuncian movimientos campesinos y organizaciones sociales, es convertir a Argentina en un país rentista, extractivista, despojado de su soberanía alimentaria y energética.
El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) publicó un informe demoledor: “El proyecto denominado Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada es en realidad una norma para promover la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. Modifica aspectos centrales del régimen de expropiaciones, desalojos, tierras rurales, extranjerización de la tierra y manejo del fuego”. El informe alerta que, de aprobarse, el 78% de los lagos quedaría sin protección específica ante la compra de tierras ribereñas, y el 65% de los ríos. La referente del Partido Obrero en Santa Cruz, Gabriela Ance, denunció que la medida expondrá “glaciares, fuentes de agua dulce, áreas cordilleranas, bosques e hidrocarburos” a la especulación de capitales internacionales de Estados Unidos, Italia, China e Inglaterra, que ya poseen hectáreas en la Patagonia. La resistencia no es un rumor: está organizándose.
La ironía es brutal y no puede ser ignorada: el proyecto sionista de colonización territorial, que ha despojado a los palestinos de sus tierras con el argumento bíblico de la «Tierra Prometida», se reproduce ahora en Argentina con el silencio cómplice de un gobierno que, mientras el pueblo festeja los goles de Messi, vende el país a precio de saldo. No es una teoría conspirativa, sino un proceso documentado por periodistas que han desmenuzado el proyecto de ley «Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones en Nuevas Industrias» —el llamado Súper RIGI— que Milei presentó en el Congreso y que busca atraer inversiones de mil millones de dólares en inteligencia artificial sin regulación, con empresas como Palantir, Google, Meta y Amazon como principales interesadas.
Mientras la atención pública se concentraba en el partido de semifinal entre Argentina e Inglaterra, avanzaba silenciosamente uno de los proyectos energéticos más relevantes en torno a las Islas Malvinas. Se trata del desarrollo del yacimiento Sea Lion, liderado por la petrolera israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration, que contempla una inversión inicial cercana a los 2.100 millones de dólares. El proyecto, aprobado tras varios años de planificación, prevé una primera fase de extracción de aproximadamente 170 millones de barriles de petróleo, dentro de un campo cuyas estimaciones totales superan ampliamente esa cifra.
Desde la perspectiva argentina, esta iniciativa se inscribe en un conflicto de soberanía aún no resuelto, por lo que el gobierno ha manifestado su rechazo a la explotación de recursos naturales en la zona sin su consentimiento. No obstante, el Reino Unido y la administración local de las islas continúan avanzando con el desarrollo, proyectando un fuerte impacto económico en el territorio.
En este contexto, el avance del proyecto reabre el debate sobre el control de los recursos estratégicos del Atlántico Sur, en un momento en que la economía argentina enfrenta presiones internas como la inflación, la devaluación y el encarecimiento del costo de vida. Más allá de las interpretaciones políticas, lo cierto es que el desarrollo de Sea Lion representa un punto de inflexión en la disputa energética y geopolítica en torno a las Malvinas.
Pero la estrategia no se limita al territorio argentino. El proyecto anglo-sionista utiliza a Argentina como pieza clave en un tablero continental mucho más amplio, donde el objetivo no es solo despojar a una nación, sino fragmentar y desestabilizar toda América Latina para someterla a la explotación global. Bajo la lógica del «divide y reinarás», la criptocracia busca enfrentar a los pueblos latinoamericanos entre sí, impidiendo que forjen alianzas soberanas que puedan desafiar su dominio. El miedo profundo de este orden es que las naciones de América Latina logren su soberanía real y se unan a iniciativas como la Franja y la Ruta de la Seda de China, que representa una amenaza existencial para el orden anglo-estadounidense. Esa es la verdadera causa de fondo de toda esta intriga de larga duración: mantener a los pueblos de América Latina sometidos al yugo del anglo-sionismo.
Como ha documentado el analista M.K. Bhadrakumar, el ascenso de liderazgos de extrema derecha en la región —desde Javier Milei en Argentina hasta José Antonio Kast en Chile, pasando por los avances de Rodrigo Paz en Bolivia y Nasr Asfura en Honduras— converge con la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que ha elevado a América Latina a prioridad estratégica.
La filtración de 37 audios en el llamado “Honduras Gate” ha puesto al descubierto la mecánica de esta operación. Los audios, verificados con “confianza moderada” por la organización independiente Earshot, revelan conversaciones entre el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández —condenado por narcotráfico y luego indultado por Donald Trump—, el actual presidente Nasry Asfura y la vicepresidenta María Antonieta Mejía. En ellos se escucha a Hernández decir que “el primer ministro de Israel nos va a dar el apoyo” para su liberación, y que “tuvieron todo que ver ellos con mi salida y negociación”. También se menciona que la operación forma parte de una estrategia regional para “extirpar el cáncer de la izquierda de Honduras y de toda Latinoamérica”, con el respaldo de Estados Unidos. Pero el dato más explosivo es la afirmación de que el presidente Javier Milei aportó 350.000 dólares para crear un medio de comunicación que desacredite a los gobiernos de izquierda en México y Colombia. La periodista Valeria Duarte, una de las investigadoras del caso, lo definió como “una doctrina del terror que justifica la militarización, la persecución política de sectores de izquierda bajo la narrativa del combate al narcotráfico”. El gobierno argentino no ha emitido pronunciamiento alguno.
No es casualidad que Kast, un defensor declarado de Augusto Pinochet, haya capitalizado el descontento social con un discurso de ajuste fiscal y mano dura, proponiendo la privatización de sectores estratégicos como el cobre y la apertura del litio al capital privado. Este patrón se repite en toda la región: más que una adhesión ideológica profunda a la extrema derecha, existe una operación geopolítica orquestada para alinear a estos gobiernos con la visión imperialista de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, debilitando cualquier intento de integración regional soberana.
Un ejemplo flagrante de cómo opera esta estrategia de confrontación continental es el periodista Eduardo Feinmann. Su estrecha relación con el sionismo se manifiesta en una férrea defensa geopolítica de Israel en sus programas, donde exhibe la bandera israelí y respalda sus acciones militares; paralelamente, a nivel institucional opera como amplificador de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) en medios masivos y participa en viajes de diplomacia pública coordinados por organizaciones internacionales para alinear su agenda mediática con los intereses comunitarios judíos. Esta misma agenda de ultraderecha lo vincula con el magnate mexicano Ricardo Salinas Pliego, un empresario que encabeza un conglomerado que abarca sectores comerciales, financieros y de medios de comunicación, y que además está ligado a Donald Trump. El padre de Salinas Pliego fue operador de la CIA. Salinas y Feinmann han consolidado una alianza mediática informal de desinformación basada en la difusión mutua de discursos conservadores e intercambios ideológicos en redes sociales.
Este nexo estratégico cobró relevancia internacional luego de que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, señalara públicamente al periodista como un «aliado de la derecha» y amigo de Salinas Pliego, en medio del escándalo por las declaraciones de Feinmann afirmando que «detesta a los mexicanos». Pero su papel como generador de tensión no se detiene ahí: durante el Mundial, Feinmann difundió una teoría según la cual los jugadores de la Selección de Ecuador fueron amenazados por cárteles de la droga en México para dejarse perder en la fase de dieciseisavos de final. Ahora, tras la final, sostiene que la Selección Argentina también se dejó perder deliberadamente frente a España por conveniencia geopolítica y económica, sugiriendo que la derrota habría sido pactada a cambio de apoyo internacional clave para el gobierno de Milei. Estas declaraciones, que siembran desconfianza y odio entre naciones hermanas, no son exabruptos aislados, sino la puesta en práctica de la clásica estrategia de tensión, adaptada al tablero hispanoamericano.
La estrategia de tensión es una doctrina de desestabilización que busca provocar o exacerbar conflictos, atentados, crisis políticas y polarización social para instaurar un clima de miedo, caos e incertidumbre que facilite el control político y preserve un determinado equilibrio de poder. Según el geoestratega Dennis Small y el historiador Harley Schlanger, se trata de una estrategia británica porque atribuye al establishment financiero y geopolítico de Londres el uso histórico de estas tácticas —mediante operaciones encubiertas, provocaciones y manipulación de ambos bandos de un conflicto— para impedir la consolidación de un orden multipolar alternativo y mantener la hegemonía del orden anglo-sionista.
El trasfondo geopolítico es ineludible. En el actual reparto de las cartas de la historia, América Latina se ha convertido en un espacio de disputa entre el orden anglo-sionista-estadounidense y el orden multipolar encabezado por China. Mientras Washington busca recomponer su influencia en una región cada vez más disputada, el giro a la derecha no responde tanto a una imposición externa como a transformaciones internas profundas que la extrema derecha capitaliza con apoyos del 25 al 30% del electorado, alimentados por la inflación, el estancamiento económico y el aumento del crimen. Pero el resultado es el mismo: gobiernos entreguistas que facilitan la extracción de recursos, la privatización de bienes comunes y la militarización de las fronteras, todo ello al servicio de un orden global que teme más que a nada la unidad soberana de los pueblos latinoamericanos.
La conexión entre el sionismo y Argentina, sin embargo, no es un invento reciente de la ultraderecha libertaria. Macleod revela un dato histórico que debería estremecer a cualquier argentino: durante la dictadura militar que gobernó el país entre 1970 y 1980, Israel no solo no condenó la persecución de judíos, sino que activamente ayudó al régimen fascista a perpetrar su masacre. «La dictadura…persiguió implacablemente a los judíos, matando o haciendo ‘desaparecer’ a miles», escribe Macleod. Y agrega: «Tomando inspiración de Hitler y los nazis, la dictadura equiparó el judaísmo con el socialismo, y arrestó y mató a un gran número de opositores políticos, incluso convirtiendo estadios de fútbol en campos de concentración improvisados. Muchos de los involucrados eran hijos de nazis alemanes que escaparon a Argentina después del fin de la Segunda Guerra Mundial». La frase que sigue es un puñal: «Israel ayudó activamente a la dictadura en su masacre, vendiéndoles equipo militar sofisticado y aumentando sus niveles de asistencia militar incluso cuando los ataques contra la comunidad judía del país se incrementaban».
Este es el nudo histórico que Milei y sus aliados sionistas pretenden enterrar bajo el ruido del espectáculo futbolero. La misma Israel que hoy abraza a Milei y aplaude los goles de Messi es la que, décadas atrás, armó a los verdugos que torturaron y desaparecieron a miles de argentinos, muchos de ellos judíos. La misma Unidad 8200 que ahora usa la imagen de Messi para lavar su reputación es la que, durante la dictadura, probablemente compartió inteligencia con los militares argentinos. La historia no es un accidente. Es un patrón.
Y en ese patrón, la figura de Messi adquiere una dimensión trágica. Mientras Diego Maradona, ese otro genio del fútbol argentino, declaraba ser «el número uno de los palestinos» y afirmaba que «en mi corazón, soy palestino», Messi ha optado por el silencio cómplice. Maradona condenó consistentemente las acciones de Estados Unidos e Israel, desafió a la FIFA y se alineó con causas revolucionarias en todo el mundo. Messi, en cambio, ha estrechado la mano de Netanyahu, se ha convertido en el rostro de una empresa tecnológica israelí poblada de espías, se ha rodeado de agentes israelíes como guardaespaldas y juega para el Inter Miami C.F., propiedad de un grupo inversor liderado por el exfutbolista británico de ascendencia judía, Sir David Beckham. En 2025, Beckham recibió el título de Caballero Comendador de la Excelentísima Orden del Imperio Británico (KBE) por el rey Carlos III, título que se otorga a personas que sirven al Reino Unido y a la Mancomunidad de Naciones. No hay neutralidad en esas decisiones. Hay una opción política, aunque se vista de indiferencia.
Abel Basti, el periodista de investigación barilochense que ha dedicado su vida a rastrear los pasos de Adolf Hitler y Eva Braun en Argentina, ofrece una pieza adicional de este rompecabezas. En su investigación documental, Basti ha localizado en Olivos, a pocas cuadras de la quinta presidencial, la casa donde vivió Verónica Hitler, una de las hijas del Führer, bajo un nombre falso. También ha rastreado la panificadora donde trabajó el hijo menor de Hitler, un alcohólico que se hacía llamar Disnark y que, en sus borracheras, le contaba a su amigo Diego Lieti historias de su padre en Argentina. Basti ha entrevistado a testigos que aseguran haber visto a Eva Braun viva en Paraguay y en Bariloche, donde se hacía llamar Frau Teresa y donó su casa al hospital alemán. Y ha presentado una ficha de inmigración de Brasil que registra la entrada de Rudolf Hitler, hijo de Adolf, en la década de 1970.
Estas investigaciones, aunque controvertidas y marginadas por la prensa hegemónica, apuntan a una verdad incómoda: Argentina no solo fue el refugio de los nazis que escaparon de Europa, sino que se convirtió en el escenario donde el nazismo y el sionismo, enemigos declarados en el papel aunque de misma manufactura, encontraron un terreno común para sus proyectos de dominación. La dictadura argentina, inspirada en Hitler, masacró a judíos con el apoyo de Israel. Y ahora, el gobierno de Milei, autoproclamado «el presidente más sionista del mundo», entrega las tierras, los recursos y la soberanía nacional a los mismos poderes que, décadas atrás, armaron a los genocidas.
Peter Thiel, el cofundador de Palantir y figura emblemática del libertarismo tecnológico, ya ha puesto sus ojos en la Patagonia como potencial escenario para un experimento de gobernanza privada similar al que impulsó en Honduras con la ciudad autónoma de Próspera. Thiel, según reportes del New York Times, eligió Argentina como refugio ante su temor a residir en Estados Unidos (sic). Y Milei, en su columna del Financial Times, lo recibió con los brazos abiertos: «Las empresas que utilizan nuevas tecnologías, como los agentes de IA, requieren el mismo marco legal que ha sustentado el capitalismo durante más de cuatro siglos», escribió el presidente, proponiendo la creación de una nueva figura jurídica denominada «sociedad anónima autónoma» o «corporación no humana», que permitiría que entidades operadas por inteligencia artificial no regulada puedan funcionar sin accionistas humanos. Es la consumación jurídica de un sueño distópico: un paraíso fiscal para las máquinas, donde los datos, la energía y los recursos argentinos se convierten en el combustible anónimo de entidades que ya no rinden cuentas a nadie.
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El contraste es demoledor. Mientras el pueblo argentino lloraba la derrota en la final de la Copa del Mundo en el MetLife de Nueva York, sus jugadores se comportaban como pandilleros y a la vez como niños mimados que el dinero y la corrupción institucional pudrieron hasta el tuétano: Leandro Paredes agarró del cuello a Eric García y tiró al suelo a Gabi; Nahuel Molina le propinó un puñetazo en el pecho a Rodri; y el ayudante de campo y ex futbolista de 53 años, Roberto el «Ratón» Ayala, golpeó a Dani Olmo en la trifulca. El director técnico, Lionel Scaloni, tuvo que meterse a separar a los españoles de sus propios jugadores. Y cuando llegó el momento de la premiación, estos le dieron la espalda al pasillo de honor que España les ofreció con una clase que no supieron reconocer.
Esta conducta no es un hecho aislado, sino la manifestación en el terreno de juego de un principio filosófico que la criptocracia ha sabido explotar con maestría. La idea hobbesiana del hombre como lobo para el hombre —egoísta, dominado por sus pasiones y salvaje con sus semejantes— ha sido deliberadamente potenciada en las últimas cuatro décadas. El liberalismo salvaje y la glorificación del dinero, los excesos y la decadencia en la cultura ultraglobalista de masas han moldeado primero a los millennials —generación puente que abrió la puerta a esta lógica— y luego a los centennials, que ya han interiorizado como natural la desconfianza mutua, el poder sin freno y la ley del más fuerte, donde el otro es un rival o un medio, no un igual.
Ante el caos resultante y las masas que claman «ya no más», emerge el Leviatán: el poder absoluto que impone orden mediante el temor, actuando como bestia superior que controla a las demás. Esta dinámica no es espontánea, sino la culminación de una tradición filosófica que, como señaló Lyndon LaRouche, arranca en el siglo XVII con el empirismo británico de Bacon, Hobbes, Ashmole (el fundador de la masonería británica) y Locke —una corriente que redujo al ser humano a un mecanismo de impulsos y miedos, y que hoy la criptocracia reactualiza para imponer su agenda transhumanista tecnofeudal. De ese modo, el espectáculo del caos y la violencia sirve de antesala para una síntesis dialéctica en la que el orden final no es más libre, sino más absoluto y concentrado.
Y esa violencia no es un hecho aislado. Existe una correlación directa entre el comportamiento de los jugadores y sus hinchas. La intimidación psicológica de Emiliano Martínez, la arrogancia de Otamendi quejándose durante todo el torneo, los ataques a los españoles después de la derrota: todo eso alimenta un rasgo cultural que celebra la agresión y el desprecio por el rival futbolístico, y que es una variante radicalizada de la llamada «viveza criolla» —un fenómeno que, aunque en Argentina se nombra así, es inherente a toda América Latina con los matices que cada país le imprime—: esa habilidad para obtener un beneficio personal mediante la astucia, el engaño o la trampa sutil, o la idea de que el más canchero o el más astuto gana, aunque eso signifique pisotear las reglas y al que se interponga en el camino. No es casualidad que Argelia, Egipto, Suiza e Inglaterra denunciaran durante el Mundial el mismo patrón de juego sucio y favoritismo arbitral hacia Argentina.
Pero sería un error atribuir esta dinámica exclusivamente a la psicología individual. Esa violencia hobbesiana encarnada en el campo de juego es también un reflejo del racismo estructural que atraviesa la sociedad argentina. El racismo continúa siendo un problema estructural en el país, alimentado por el mito porteño de una nación exclusivamente blanca y europea. Este fenómeno no es exclusivo de Argentina: en toda América Latina, el mestizaje se institucionalizó como un ideal homogéneo que, en la práctica, jerarquizó a las poblaciones según su cercanía a lo europeo, creando un «racismo a la carta»: explícito y ligado a la clase social en países con grandes minorías afro o indígenas (donde la pobreza se racializa), y más críptico en naciones de mayoría mestiza, donde persiste un «racismo sin razas» que se manifiesta en microagresiones, estigmatización de rasgos no blancos y una psicohistoria de negación y blanqueamiento internalizado, todo ello funcional a mantener privilegios y desigualdades estructurales que se reproducen incluso en discursos de unidad nacional.
La politóloga tucumana Inés Palacios, especializada en políticas contra el racismo y con una trayectoria que incluye una beca en la Universidad de Columbia, desmenuza este mito argentino con datos precisos y una perspectiva que nace de su propia experiencia como mujer con raíces indígenas de los Valles Calchaquíes. Según Palacios, el racismo argentino opera en al menos cuatro formas: internalizado, microrracismo, desigualdad estructural y el de los medios. «Cuando uno mira el censo de la Argentina, solo el 2,4% de argentinos se reconocen pertenecientes a una población originaria o con raíces indígenas», explica. «Pero cuando miras los estudios genéticos, lo que se ve es que las provincias con menos participación indígena tienen un 40% y las provincias con más tienen un 98%. Si los argentinos genéticamente somos entre un 40 y un 98% indígenas, pero solo el 2% lo reconoce, claramente ahí hay un factor, un fenómeno de nos da vergüenza decir que somos indígenas».
Ese racismo internalizado, que Palacios vincula a una versión de la historia que transcurre desde el darwinista social Domingo Faustino Sarmiento hasta la hegemonía de los medios que han tendido a decir «no hay indígenas en Argentina como hay en otras partes de Latinoamérica», no es un mero problema de conciencia individual sino una desigualdad étnica racial estructural: los pueblos originarios tienen peores indicadores de desarrollo humano que el resto de los argentinos, y existe una correlación muy fuerte entre color de piel oscuro y menos oportunidades educativas. «La pobreza de la Argentina es indigenizante», sentencia Palacios, «los indígenas descendientes hemos tendido a tener históricamente menos oportunidades económicas y sociales».
Esa es la matriz sobre la que se construye el mito de la nación blanca y europea, y sobre la que se asienta la doble moral del fútbol argentino: un espacio donde los invisibilizados alcanzan la cima, pero donde la discriminación sigue siendo «una carta de intercambio permanente», desde los chistes que emparentan a determinados clubes con bolivianos o paraguayos hasta los cantos que han llevado a que el mundo señale a Argentina como una sociedad racista.
Este drama histórico, con sus reminiscencias fantasmagóricas, es explotado por los agentes de la criptocracia para armar y moldear la psique colectiva y para hacer chocar entre sí a los pueblos del continente y del mundo, sembrando la discordia allí donde debería florecer la hermandad. Porque el racismo, en cualquiera de sus variantes latinoamericanas, no es un accidente cultural sino una herramienta de dominación que la criptocracia utiliza para mantener fracturada a la región, impidiendo que los pueblos del sur forjen la alianza soberana que podría desafiar el orden del despojo global.
Pero hay un dato más oscuro, más cercano en el tiempo: la dictadura militar argentina utilizó estadios de fútbol —el de River Plate, el de Racing, el de Vélez— como centros clandestinos de detención y tortura. El fútbol, el mismo que hoy congrega multitudes y desata pasiones, fue entonces escenario del horror. Y ese horror no fue obra exclusiva de los militares argentinos. Israel, el mismo Estado que hoy abraza a Milei y aplaude los goles de Messi, mantuvo una colaboración activa con el régimen dictatorial.
Investigaciones históricas, como las del académico Gerardo Leibner de la Universidad de Tel Aviv, han documentado, mediante archivos desclasificados, que Israel vendió armas y equipamiento militar a la dictadura, le brindó legitimidad diplomática y probablemente compartió inteligencia con los verdugos que torturaban en los sótanos de los estadios.
El análisis de los documentos del archivo estatal de Israel confirma que la colaboración política con el régimen argentino no se limitó a la venta de armas, sino que incluía legitimidad política y relaciones públicas, y fortalece la sospecha de colaboración en inteligencia. Esta alianza, según Leibner, estaba sustentada en una visión contrainsurgente compartida, de lucha antiterrorista existencial e ilimitada, y tenía como antecedentes la colaboración establecida con las dictaduras de Uruguay y Chile. El patrón es claro: Israel apoyó a las dictaduras del Cono Sur que masacraron a sus propios pueblos, incluyendo a miles de judíos, y hoy abraza a Milei, el mismo hombre que se declara «el presidente más sionista del mundo». La historia no es un accidente, sino un patrón recurrente de alianzas con el poder autoritario.
El fútbol argentino, como muchos fenómenos culturales de gran arraigo, se articula en torno a símbolos, creencias y prácticas que trascienden lo deportivo. En ese entramado conviven distintas narrativas sobre identidad y pertenencia, algunas de las cuales han sido objeto de debate por su tendencia a idealizar ciertos rasgos culturales por encima de otros. Del mismo modo, en determinados contextos, la intensidad emocional que rodea al fútbol puede derivar en expresiones de confrontación —desde el lenguaje hasta el comportamiento de algunos grupos organizados— que forman parte de una dinámica más amplia de rivalidad y catarsis colectiva.
Estas manifestaciones no definen por completo al fútbol ni a la sociedad que lo rodea, pero sí invitan a reflexionar sobre cómo se construyen y reproducen ciertas formas de identidad. En ese sentido, la pelota puede entenderse como un espejo parcial: no tanto de una esencia fija, sino de tensiones, aspiraciones y contradicciones que atraviesan a la comunidad. Más que un reflejo del abismo, es un espacio donde se proyectan tanto las virtudes como los desafíos pendientes.
En medios argentinos han aparecido editoriales y comentarios que reconocen que las agresiones posteriores a la final perjudicaron la imagen de la selección y del fútbol argentino, especialmente tras la apertura del expediente disciplinario de la FIFA. La prensa internacional, desde Mundo Deportivo hasta Talk Sport, criticó duramente a la albiceleste. El propio Javier Milei contribuyó a esta lectura al señalar que la manta exhibida por algunos jugadores durante las semifinales, en reclamo de las Malvinas, le había generado inconvenientes diplomáticos: «Los jugadores no son parte de la diplomacia. Es un actuar imprudente. Afortunadamente, esas frases impertinentes corresponden a personas intrascendentes que nadie les da importancia», afirmó.
Sin embargo, la contradicción central es que, mientras la ciudadanía se debatía entre la euforia y la desilusión, el mismo Milei —autoproclamado defensor de la libertad— impulsaba, en paralelo, medidas que equivalen a una renuncia de facto de la soberanía nacional. Es decir: se condena lo simbólico como imprudente, pero se promueve lo estratégico como si fuera irreversible, dejando al país sin herramientas para defender sus intereses territoriales.
Y en el centro de esta tormenta, la figura de Messi flota como un espejismo. El héroe que no habla, el genio que no opina, el ídolo que no elige. Pero como bien señala Alan Macleod, el silencio de Messi no es neutralidad. Es una opción: la de no condenar el genocidio en Gaza, la de no cuestionar el alineamiento de su gobierno con el régimen de Netanyahu ni la venta de la Argentina a entidades anglo-sionistas. Messi no es un agente del Mossad, pero su imagen es el paño de seda con el que el sionismo cubre el rostro ensangrentado de sus crímenes. Es el espejo en que Argentina se mira para no ver el despojo. Es la música de fondo que acompaña la danza de la extranjerización.
La historia de Argentina, como la ha documentado Abel Basti, está llena de fantasmas. Los nazis que encontraron refugio en sus tierras, los militares que masacraron a su propio pueblo con el apoyo de Israel, los sionistas revisionistas que ahora, bajo el disfraz del libre mercado, compran sus recursos y su soberanía. Messi no es el enemigo. Pero su imagen, su silencio, sus elecciones, se han convertido en el arma más poderosa de un proyecto que busca colonizar no solo el territorio argentino, sino también su conciencia colectiva.
La pelota sigue rodando, pero el partido de verdad, el que decide si Argentina seguirá siendo un país o un simple espacio de explotación para los poderes globales, se juega en las sombras de las cuentas bancarias, en los pliegues de las leyes que se votan mientras el pueblo mira el fútbol, en los archivos secretos que guardan los nombres de los hijos de Hitler y los crímenes de la dictadura. En ese partido, la imagen de Messi, la estrella que brilla para todos, se ha convertido en el penalti más caro de la historia argentina. Porque nada de esto se trata realmente de fútbol. Se trata de la patria y del poder oculto que la desmantela. La patria que, otra vez, vuelve a estar en disputa en la única final que debe importarle a los argentinos, y que no se juega en los estadios sino en los edificios del gobierno y las trasnacionales.
Pero mientras el pueblo se organiza y el Senado frena la entrega de tierras, el poder económico ya está preparando la sucesión. Saben que Milei es un avatar gastado, un outsider que ya cumplió su función de bajar salarios, transferir riqueza y desmantelar el Estado. Ahora necesitan un nuevo rostro que prometa “cambio” sin cambiar nada. Ese rostro es Dante Gebel. El pastor evangélico, residente en California desde hace 18 años, dueño de un imperio religioso que incluye iglesias, programas de televisión, un estadio propio y avión privado, ya está haciendo campaña. Se reunió con referentes de la CGT, con el gobernador de Córdoba Martín Llaryora, y su espacio “Consolidación Argentina” ya tiene un monobloque en la Legislatura de San Luis. Gebel dice no ser pastor, aunque ejerce de pastor; dice no ser evangélico, aunque tiene iglesias evangélicas; dice no tener definiciones políticas, pero ya se reunió con los sindicalistas y los gobernadores. En una entrevista, cuando le preguntaron si se sentía más cerca de Milei o de Cristina, respondió: “De ninguno. Yo creo en la moderación, no en la tibieza”. Y luego, contradiciéndose, dijo: “Mis convicciones son muy seguras”. El poder económico argentino, el mismo que se benefició con el ajuste de Milei, ya tiene su carnada. La pregunta es si el pueblo caerá otra vez en el anzuelo.
El reto es evitar confundir los símbolos con la realidad. El problema no es el deporte en sí, sino su utilización como instrumento de poder blando por parte de distintos actores. En ese contexto, lo que realmente está en juego es una lógica más amplia de despojo: la extranjerización de tierras, la privatización de recursos estratégicos y la fragmentación regional para beneplácito del orden anglo-sionista.
Frente a ello, surgen alternativas que plantean modelos de cooperación distintos, como los impulsados desde el BRICS o el llamado Sur Global, que buscan relaciones menos condicionadas políticamente. La verdadera discusión, entonces, no pasa por la camiseta, sino por el tipo de integración que se construye. La soberanía no se ejerce en el estadio, sino en las decisiones institucionales, en la participación social y en la articulación de alianzas entre naciones que eviten dinámicas de división en América Latina y que permitan la formación de una macro región latinoamericana basada en la soberanía de las naciones y su identidad civilizadora compartida.
Fuentes consultadas
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