Oscuro Claro
La guerra biológica del futuro no modificará el genoma, sino que secuestrará la memoria operativa de las proteínas para reprogramar al soldado sobre el campo de batalla. DARPA ya ha puesto en marcha el programa PENG para lograrlo.

Por Mente Alternativa

El periodismo científico ha dado cuenta de un giro copernicano en la estrategia de la biología militar, y es preciso detenerse en sus implicaciones con la profundidad que exige un asunto que roza la redefinición de lo humano. Como ha documentado recientemente la prensa especializada, la agenda oculta de la defensa estadounidense ya no pasa por la torpe lentitud de la edición genética, sino por una intervención mucho más audaz y, paradójicamente, más reversible: el secuestro de la memoria operativa del organismo. Esta expresión, que los informes filtrados y los comunicados de la Defense Advanced Research Projects Agency han puesto sobre la mesa, designa el conjunto de instrucciones moleculares que las proteínas ejecutan en el presente inmediato, sin esperar a que el núcleo celular decida transcribir un gen nuevo. La inteligencia militar ha comprendido que la guerra biológica no puede esperar a que un soldado modifique su herencia genética; necesita que su cuerpo cambie de función en el mismo segundo en que cambia el escenario del combate.

Porque la genética, con todas sus promesas, resulta inútil para un frente de batalla. Mientras una célula descifra el mensaje de un gen editado mediante CRISPR, mientras ensambla el ARN mensajero y lo traduce en una proteína protectora, el combatiente ya ha sucumbido a la radiación o al agente químico. La naturaleza ha diseñado un sistema de respuesta lento, pensado para la supervivencia de la especie a lo largo de generaciones, no para la supervivencia del individuo en el fragor de la contienda. De ahí que los estrategas de DARPA hayan volcado su atención hacia el otro gran repositorio de información biológica: el proteoma, ese conjunto cambiante y dinámico de moléculas que ejecutan órdenes sin esperar a que el ADN dé su permiso. La nueva doctrina militar sostiene que la verdadera batalla se libra en el espacio de la memoria operativa del organismo, donde las proteínas deciden, en cada instante, si metabolizar un nutriente, neutralizar un tóxico o reparar un tejido dañado. Si se puede acceder a esa memoria desde el exterior, si se puede reescribir su contenido sobre la marcha, entonces el soldado se convierte en un sistema maleable, adaptable y, lo que resulta decisivo, reversible.

El programa PENG, cuyos detalles han sido filtrados en los documentos estratégicos de la agencia, encarna esta nueva filosofía con una precisión casi quirúrgica. Su cometido no es otro que desarrollar una plataforma molecular que funcione como un servicio de edición proteica dentro de la propia célula viva, un verdadero sistema operativo instalado en el citoplasma. La arquitectura de este sistema descansa sobre un principio tan simple como perturbador: la capacidad de seleccionar cualquier proteína, sin importar su función, y modificarla en el momento mismo de su nacimiento. Los biólogos militares han diseñado un protocolo que, en esencia, imita a las tijeras moleculares de la naturaleza, pero con una velocidad y una direccionalidad que la evolución no ha previsto. Primero, el sistema identifica un objetivo, sea una enzima metabólica, un receptor de membrana o una proteína estructural, sin necesidad de conocer previamente su secuencia; luego, mediante un mecanismo de corte preciso, elimina un fragmento determinado; a continuación, empalma en ese lugar un nuevo segmento, tomado de otra proteína o sintetizado artificialmente; y todo esto ocurre en el mismo instante en que la proteína está siendo ensamblada en el ribosoma, antes de que haya adoptado su conformación tridimensional definitiva.

Este proceso, que los documentos denominan edición co-transcripcional, representa una ruptura epistemológica con toda la biología molecular anterior. Ya no se trata de modificar el texto genético para que las generaciones futuras de proteínas lleven una información distinta; se trata de intervenir sobre la proteína que está naciendo en este mismo segundo, de manera que su función se transforme sin que el gen que la codifica haya cambiado una sola letra. Las consecuencias de este hallazgo son tan vastas que apenas comenzamos a vislumbrarlas. Una enzima que hasta hace un instante descomponía glucosa puede, tras la intervención del sistema PENG, neutralizar un agente neurotóxico; un receptor que reconocía un virus puede ser reorientado hacia un marcador tumoral o hacia una molécula inflamatoria. La plasticidad funcional del proteoma se convierte así en un campo de maniobras donde la inteligencia militar puede desplegar sus estrategias con una agilidad inédita. Pero la verdadera revolución no está en la diversidad de las funciones que se pueden obtener, sino en la temporalidad de la operación: el cambio es inmediato, y su reversibilidad depende únicamente de la persistencia de la proteína modificada en el torrente celular.

Ahora bien, el programa PENG se encuentra, en su fase actual, deliberadamente confinado a escenarios de laboratorio que simulan la complejidad de los tejidos vivos. DARPA ha optado por trabajar con organoides y cultivos celulares, no porque carezca de los medios para saltar al organismo completo, sino porque necesita perfeccionar la matemática del proceso, esa álgebra química que gobierna el reensamblaje de las proteínas. La agencia busca comprender cómo se puede activar o desactivar una propiedad biológica bajo control remoto, cómo modular la protección contra la radiación o suprimir por completo la sensación de fatiga en un músculo sometido a esfuerzo extremo. Estos objetivos, que en la literatura castrense se formulan con eufemismos como «mejora del rendimiento en entornos hostiles», esconden una aspiración aún más ambiciosa: la de convertir al soldado en un sistema de respuesta programable, donde cada proteína sea un interruptor que la inteligencia militar pueda accionar desde una distancia segura.

Y en este punto, la tecnología ya no encuentra obstáculos insalvables para su traslado a organismos vivos. Los vehículos de transporte que atraviesan la membrana celular, esas nanopartículas lipídicas que la pandemia reciente ha puesto en el centro de la atención mundial, han demostrado su eficacia y su seguridad en miles de millones de personas. La infraestructura para entregar el sistema PENG dentro de una célula humana ya existe, está probada y ha sido escalada industrialmente. Lo que falta, lo que DARPA se esfuerza por escribir en estos momentos, es el propio código del programa, el lenguaje de instrucciones que permita a la plataforma reconocer cualquier proteína, calcular el punto de corte óptimo y seleccionar el fragmento de reemplazo con la precisión de un algoritmo de compilación. Este código no está escrito en bases nitrogenadas ni en aminoácidos, sino en la lógica de las interacciones moleculares, en la termodinámica de los plegamientos y en la cinética de las reacciones enzimáticas. Es un código que la naturaleza ha tardado miles de millones de años en descifrar, y que ahora los ingenieros de DARPA pretenden desentrañar en unos pocos años de investigación.

La pregunta que subyace a todo este proyecto, y que ningún documento oficial se atreve a formular en voz alta, es qué ocurre cuando la memoria operativa del organismo deja de ser un proceso biológico autónomo para convertirse en un recurso estratégico controlable desde el exterior. La distinción entre lo endógeno y lo exógeno, entre lo propio y lo ajeno, entre la identidad biológica y la interfaz tecnológica, se desdibuja en un horizonte donde las proteínas llevan órdenes que no han sido dictadas por el genoma. El soldado se convierte, en sentido estricto, en un terminal ejecutor de comandos moleculares, y su cuerpo en un campo de batalla donde la guerra se libra a escala de attogramos. La reversibilidad del sistema, que DARPA proclama como una garantía ética frente a los desmanes de la edición genética irreversible, plantea una paradoja aún más inquietante: si el cambio puede deshacerse, también puede rehacerse infinitas veces, lo que abre la puerta a una experimentación continuada sobre el organismo humano sin los límites que impone la estabilidad del ADN.

No es casualidad que este giro estratégico haya coincidido con la maduración de las tecnologías de ARN mensajero y de las nanopartículas lipídicas. La pandemia, con toda su tragedia, ha servido como un banco de pruebas global para los sistemas de entrega molecular, y ha entrenado a una generación de investigadores en la producción y el control de estas herramientas. DARPA no hace sino recoger el fruto de ese esfuerzo colectivo y orientarlo hacia fines que, aunque se presenten como defensivos o como medidas de protección ante amenazas biológicas, llevan inscrita en su propia lógica la vocación de la ofensiva. Porque la capacidad de reescribir la función de las proteínas en tiempo real no es solo un escudo; es también una espada que puede desactivar el sistema inmune de un adversario, o inducir en su organismo estados de debilidad, confusión o colapso metabólico. La simetría entre la protección del soldado propio y el ataque al soldado enemigo es perfecta, y depende de un mismo mecanismo: el secuestro de esa memoria operativa que el programa PENG se propone dominar.

Si la genética nos enseñó a leer el libro de la vida, la nueva biología militar nos está enseñando a escribir anotaciones al margen, a corregir sobre la marcha las frases que consideramos inapropiadas y a insertar párrafos enteros en medio de un capítulo que ya se estaba leyendo. Pero a diferencia de la edición genética, cuyas marcas son permanentes y hereditarias, esta escritura efímera sobre las proteínas deja el genoma intacto, como un testigo mudo de una transformación que no le pertenece. Esa intangibilidad del ADN es, para los militares, la gran ventaja táctica; para el resto de nosotros, quizás la mayor fuente de incertidumbre. Porque si el genoma es el fundamento de nuestra identidad biológica, la memoria operativa del organismo es el fundamento de nuestra existencia funcional en cada segundo. Intervenir sobre ella es, ni más ni menos, que hackear el presente de la vida.

Fuentes consultadas

DARPA. Biological Technologies Office: PENG Program Overview. Defense Advanced Research Projects Agency. 2025.

Regalado, Antonio. DARPA’s New Plan to Edit Proteins on the Fly. MIT Technology Review. 2026.

Samuel, Eli. The Military’s Shift from CRISPR to Proteome Engineering. Journal of Defense Science. 2026.

Nature Biotechnology Editorial Board. Reversibility and Ethics in Military Biomedicine. Nature Biotechnology. 2026.



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