Por Mente Alternativa
Carl Osgood llama la atención en torno a la madeja de una nueva escalada verbal y militar entre Estados Unidos y República Islámica de Irán, en un contexto donde la figura del presidente Donald Trump parece erigirse como el epicentro de una tormenta perfecta de intereses geopolíticos. Lejos de ser un mero intercambio de bravatas, el asunto revela las fisuras de un orden internacional convulso, donde la inteligencia compartida y la paranoia presidencial se conjugan para orquestar una política de aniquilación preventiva de Irán que amenaza con desbordar los frágiles diques de la diplomacia. Tras el reciente funeral del ayatolá Alí Jamenei, abatido por ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel el pasado febrero, los fantasmas de la venganza y el miedo han tomado las calles de Teherán y los despachos de Washington, configurando un escenario donde la amenaza latente iraní y la respuesta desmedida estadounidense se retroalimentan en un ciclo de violencia que parece no tener fin.
El punto de partida de esta nueva fractura lo constituye una revelación de The Wall Street Journal que apuntaba a que Israel habría compartido con Washington información de inteligencia sobre un supuesto complot iraní para asesinar a Trump. Sin embargo, el propio mandatario estadounidense se encargó de desmentir categóricamente la existencia de un plan nuevo, afirmando al New York Post que «Israel no aportó nada» y que su inclusión en la lista de objetivos de Teherán es un hecho tan antiguo como su propia política de hostigamiento hacia la república islámica. Esta contradicción entre el informe filtrado y las declaraciones presidenciales no es un mero accidente informativo; es la esencia misma de una estrategia política donde la inteligencia israelí polémica se convierte en un arma de doble filo, utilizada para justificar una postura de fuerza que Trump ya había decidido ejecutar. Varios funcionarios estadounidenses han expresado su preocupación ante la posibilidad de que el Mossad esté tratando de influir en las decisiones del presidente, buscando arrastrar a Estados Unidos de vuelta a una guerra total contra Irán que beneficie los intereses estratégicos de Israel en la región, especialmente después de que Trump mostrara cierta inclinación por la vía diplomática .
En este caldo de cultivo, la narrativa del miedo se ha convertido en el combustible de una política exterior que ya no disimula sus intenciones. Trump, en una publicación en Truth Social, ha declarado que «1.000 misiles están apuntando a Irán» y que las órdenes están dadas para «diezmar y destruir todas las zonas de Irán» durante un año, si Teherán actúa contra su vida. Esta retórica apocalíptica, que promete una respuesta nuclear o convencional sin precedentes, busca instaurar el terror como instrumento de disuasión, pero al mismo tiempo, eleva la tensión geopolítica máxima a un punto de no retorno. Lo paradójico de esta situación es que, mientras Trump amenaza con el holocausto nuclear, su propio gobierno admitió recientemente que la inteligencia sobre el complot iraní no era del todo creíble, lo que llevó a algunos analistas a calificar la información como un intento de «sembrar la división» entre Washington y Teherán en plenas negociaciones para poner fin al conflicto. La manipulación de la percepción del peligro se revela así como el núcleo de una estrategia donde la aniquilación preventiva de Irán no es una reacción a una amenaza inminente, sino una premisa ideológica que busca la reconfiguración del mapa de poder en Oriente Próximo.
El rostro más evidente de esta farsa de seguridad nacional es el episodio del «Air Force One» donado por Catar. Trump, que había viajado a la cumbre de la OTAN en Turquía en un nuevo avión de lujo regalado por la monarquía qatarí, decidió regresar a bordo del viejo avión, supuestamente por precaución ante la falta de sistemas defensivos del nuevo aparato. No obstante, el presidente negó rotundamente que el cambio de aeronave estuviera relacionado con un riesgo de ataque iraní, desmontando así la narrativa de peligro inminente que sus propios asesores habían filtrado a la prensa. Este gesto, aparentemente anecdótico, es en realidad una metáfora perfecta de la política de Trump: un escenario de tensión diseñado para ser visto, un teatro del miedo donde el vestuario (el avión) y la amenaza (Irán) son intercambiables según convenga al guion principal. La vieja aeronave, pintada de azul bebé, no era más que el telón de fondo para una declaración de principios bélicos, una confirmación de que la seguridad del presidente es el pretexto perfecto para desatar el infierno sobre una nación que, según las propias fuentes oficiales, no ha presentado una amenaza concreta y verificable.
Mientras tanto, al otro lado del tablero, Irán no permanece pasivo. El nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, ha asumido el liderazgo con una promesa de venganza por la muerte de su padre y ha advertido que la represalia es «la voluntad de nuestra nación» y que «debe llevarse a cabo». Los funerales del ayatolá Alí Jamenei, donde se coreaban consignas como «Mataremos a Trump» y se exhibían carteles con la efigie del mandatario estadounidense tachada, han sido el caldo de cultivo perfecto para que la retórica beligerante iraní encuentre eco en la calle. Sin embargo, más allá de las consignas, la república islámica se enfrenta a un dilema estratégico: por un lado, la necesidad de mostrar firmeza para no parecer débil ante la humillación sufrida; por otro, la realidad de una guerra de desgaste que ha dejado a su liderazgo político y militar decapitado. Esta paradoja explica que, mientras Trump da órdenes de aniquilación, el propio ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abás Araqchi, insista en que Teherán ha cumplido con sus obligaciones en el memorándum de entendimiento firmado con Washington, acusando a Estados Unidos de violar los acuerdos al imponer nuevas sanciones y desplegar tropas en la región. La táctica iraní consiste en mostrarse como la víctima de la agresión estadounidense, un papel que busca ganar legitimidad internacional frente a la ofensiva mediática de Trump.
Esta esquizofrenia política, donde la guerra y el diálogo se dan la mano, evidencia que el objetivo de Washington no es la paz, sino la renegociación de los términos de dominio en el Golfo Pérsico. La aniquilación preventiva de Irán no es una ocurrencia pasajera, sino un proyecto de Estado que cuenta con el respaldo de los sectores más influyentes del poder estadounidense. La política exterior de Trump, alimentada por la inteligencia israelí y envuelta en un manto de tensión geopolítica máxima, parece haber encontrado su justificación definitiva: el miedo a la propia muerte. Sin embargo, como ha señalado el propio Osgood en su artículo, la pregunta que debería hacerse Trump no es si Irán quiere matarlo, sino quién está realmente detrás de la orquestación de este miedo y con qué propósito, mientras la sombra de el Reino Unido y sus «títeres israelíes» se proyecta sobre la Casa Blanca en un juego de ajedrez geopolítico donde los peones son países enteros y las reinas, los misiles.
Fuentes consultadas
Carl Osgood, «Who’s Stoking Trump’s Assassination Fears?«, EIR, julio 2026.
Xinhua. Trump menace de lancer une frappe massive de missiles contre l’Iran si Téhéran tente de l’assassiner. 2026, 11 de julio.