Por Mente Alternativa
El candidato presidencial brasileño Flávio Bolsonaro, en una entrevista concedida al Jerusalem Post durante su participación en la conferencia “Generación de la Verdad” celebrada en Jerusalén en enero de 2026, no se presentó como un senador cualquiera, sino como un jefe de Estado en potencia, rodeado de un séquito que transformaba los pasillos del centro de convenciones en una alfombra roja para la realeza conservadora. Su mensaje, sin embargo, trascendía la mera promesa diplomática; era la declaración de una guerra cultural donde el destino de Brasil y el de Israel aparecen inextricablemente unidos por un designio divino y una estrategia política milimétrica. Este fenómeno, que podríamos denominar como el **sionismo cristiano brasileño**, se erige como el eje vertebrador de una campaña que busca no solo revertir la política exterior de Lula da Silva, sino reconfigurar la identidad misma de la nación sudamericana como bastión de una civilización judeocristiana en el hemisferio occidental. La arenga de Bolsonaro, que define a Brasil como un “país cristiano y judío”, no es un mero guiño retórico a una comunidad minoritaria, sino un sofisticado mecanismo para movilizar a la creciente y poderosa base evangélica, proyectando al mismo tiempo una imagen de firmeza y alineamiento con el bloque conservador global liderado por figuras como Donald Trump y Javier Milei.
La promesa más tangible y visual de esta cruzada política es el traslado de la embajada brasileña a Jerusalén en los primeros seis meses de su mandato, un gesto que su equipo entiende como un símbolo con un peso diplomático inmediato y un valor de marca a largo plazo. Esta promesa, sin embargo, es solo la punta del iceberg de un proyecto más ambicioso que incluye la adhesión a los denominados “Acuerdos de Isaac”, una iniciativa del presidente argentino Javier Milei diseñada para tejer un entramado de alianzas económicas, culturales y diplomáticas entre Israel y América Latina, inspirada en el espíritu de los Acuerdos de Abraham. Flávio Bolsonaro no se limitó a ofrecer un cambio de rumbo en la política exterior; lo enmarcó como una restauración moral, una necesidad imperiosa para sacar a Brasil del “vertedero dictatorial de la izquierda radical” y devolverlo al redil de las democracias que comparten una visión del mundo centrada en la soberanía nacional, la libertad de expresión y las normas sociales conservadoras. De este modo, el conflicto palestino-israelí y la retórica “antisemita” que emanó de la administración Lula—quien comparó las acciones en Gaza con el Holocausto y retiró al embajador—se convierten en el escenario perfecto para demostrar la superioridad ética del proyecto bolsonarista, presentando a Lula como un aliado de “dictadores” e Irán, y a sí mismo como el defensor de los “valores judeocristianos” frente a los “bárbaros” del terrorismo.
Más allá de la geopolítica, el discurso de Flávio Bolsonaro en Jerusalén revela una estrategia de comunicación política meticulosamente orquestada para el consumo interno de Brasil, donde la religión se ha convertido en el principal marcador de identidad y movilización electoral. La decisión de ser bautizado por segunda vez en el río Jordán, siguiendo los pasos de su padre, y las imágenes orando en el Muro de los Lamentos no son actos de fe aislados, sino piezas de contenido diseñadas para los grupos de WhatsApp, los canales de Telegram y los clips virales que dominan el ecosistema informativo de 2026. En este universo digital, una selfie con el candidato se convierte en una prueba de lealtad para su base, una cita sobre “valores” se transforma en un marcador de identidad compartible, y el apoyo a Israel se erige como un símbolo de pertenencia al campo conservador global. El analista político Josias de Souza, en su columna para UOL, subraya esta lógica al señalar que Flávio repite el “guion del padre” para sensibilizar a los evangélicos en Brasil, un movimiento que adquiere especial relevancia ante el apoyo de líderes religiosos como Silas Malafaia a otros precandidatos, y que evidencia que la disputa por el voto evangélico y judío es una de las claves de las elecciones de 2026. La profesora de sociología Michel Gherman, citada por la Folha de S.Paulo, despoja al fenómeno de su ropaje teológico para revelar su esencia política: “La cuestión del reino de Salomón no es religiosa. Es militar, política, expansionista… Estamos hablando de política”.
Sin embargo, la operación de maquillaje teológico de Flávio Bolsonaro no está exenta de fisuras y contradicciones. Mientras el candidato se presenta como el máximo defensor del pueblo judío en Brasil, una comunidad de aproximadamente 120.000 personas, sus promesas de un trato preferencial para ellos por encima de sus propios ciudadanos, así como su participación en un evento que difuminó la línea entre la lucha contra el antisemitismo y la construcción de aliancias con figuras de extrema derecha europea, generan un evidente malestar y escepticismo. La afirmación de que los judíos serán “mejor cuidados” que los ciudadanos brasileños no solo es una declaración políticamente insostenible, sino que revela una instrumentalización de la comunidad judía como un trofeo diplomático y un símbolo de estatus en la lucha cultural, antes que como un actor con derechos y necesidades propias. En este sentido, el “filossemitismo estratégico” de los Bolsonaro, como lo define la analista de la Folha, no es un amor genuino por el pueblo judío en su diversidad—que incluye corrientes seculares y de izquierda—sino una alianza táctica con un sector religioso y político que encaja en su narrativa de una civilización judeocristiana amenazada por el islamismo radical y el progresismo secular, es decir, la narrativa del “choque de civilizaciones” que apesta a estrategia de manufactura británica. Esta visión reduccionista y utilitaria de Israel y el judaísmo convierte al Estado judío en un “objeto de contenido” y un “accesorio” para la lucha interna de Brasil, una herramienta que se utiliza para demostrar fuerza, fe y certeza civilizatoria en una región donde la identidad religiosa está en plena reorganización.
El viaje de Flávio Bolsonaro a Jerusalén, por tanto, no fue un simple acto de proselitismo religioso ni una mera visita de cortesía diplomática. Fue el ensayo general de un nuevo capítulo en la relación entre las Américas, donde el **sionismo cristiano brasileño** se perfila como un motor geopolítico de primera magnitud. La decisión de los votantes brasileños en octubre de 2026 no solo determinará quién ocupa el Palacio del Planalto, sino que definirá si el país sudamericano se convierte en un aliado incondicional de Israel en el hemisferio occidental o si continúa siendo un campo de batalla moral en la guerra doméstica de otra persona. Mientras la derecha latinoamericana celebra sus victorias y busca unirse bajo el estandarte de valores compartidos, la figura de Flávio Bolsonaro se erige como el posible “eslabón perdido” en el mapa de una alianza conservadora que tiene en Jerusalén su capital simbólica, y en la fe evangélica, su principal combustible político y espiritual.
Fuentes consultadas
Israel Hayom. Bolsonaro’s Son Vows Jerusalem Embassy Move. 31 Jan 2026.
The Jerusalem Post. Brazil a ‘Christian, Jewish country,’ Bolsonaro tells ‘Post’; pitches pro-Israel reset. 28 Jan 2026.
Ynetnews. Brazil’s Bolsonaro sons visit Israel, vow embassy move to Jerusalem. 11 Feb 2026.
JNS. Brazilian presidential candidate hopes to celebrate election victory in Jerusalem. 29 Jun 2026.
The Jerusalem Post. Bolsonaro dice que Brasil es un «país cristiano y judío». 28 Jan 2026.
UOL. Josias: Após críticas de Malafaia, Flávio tenta reforçar vínculo com Israel. 27 Jan 2026.
Folha de S.Paulo. Análise: Flávio Bolsonaro abraça filossemitismo estratégico com visita a Israel. 27 Jan 2026.
JNS. If elected, Brazilian presidential candidate Flávio Bolsonaro to move embassy to Jerusalem. 26 Jan 2026.