Por José Luis Preciado
La imagen de Pete Hegseth, secretario de Defensa de Estados Unidos, exhibiendo en su pecho la Cruz de Jerusalén y en su bíceps el grito de batalla «Deus Vult«, no constituye una mera rareza estética ni una extravagancia personal. Es, por el contrario, la manifestación más explícita —casi obscena por su franqueza— de una continuidad histórica profunda: la persistencia de una lógica de poder que, desde las cruzadas medievales hasta la geopolítica contemporánea de Washington, ha operado bajo formas cambiantes pero con objetivos esencialmente constantes.

Cuando un general retirado califica a Hegseth como «posible criminal de guerra» (1) —calificación que, como se verá, se basa en la comparación explícita de sus purgas militares con las de Stalin y Hitler— y cuando sus propios superiores en la Guardia Nacional lo apartaron en 2021 por ser considerado una «amenaza interna», lo que está en juego no es simplemente la idoneidad de un funcionario, sino la emergencia de una mentalidad que entiende el conflicto global en términos de cruzada civilizatoria. Hegseth pertenece a una generación de veteranos que convirtió el desprecio hacia el «Hajji» en argot militar y que ahora, desde el Pentágono, normaliza una iconografía que antes era causa de expulsión. La paradoja de que el mismo hombre excluido de la seguridad presidencial de Biden hoy dirija el Departamento de Defensa no es una anomalía: es la prueba de que el umbral de lo aceptable se ha desplazado hasta convertir la insignia del cruzado en una credencial de lealtad administrativa.
Para comprender la profundidad de este fenómeno es necesario remontarse a las lagunas de Venecia y a las repúblicas marítimas de Amalfi, Génova y Pisa, donde en los siglos XI y XII se gestaron las formas larvarias del capitalismo y el globalismo que hoy conocemos, como explico en mi ensayo “Entre el Templo y la Logia: La llave oculta del imperio antihumano que perdura hasta nuestros días” (2). Como documenta el historiador Immanuel Wallerstein, los oligarcas venecianos y genoveses abandonaron la dominación territorial directa para enfocarse en el control de rutas comerciales y flujos financieros, creando una «economía-mundo» mayor que cualquier unidad política. Fue en ese crisol donde nacieron las órdenes militares: los Caballeros Hospitalarios fundados por el beato Gerard Sasso, mercader de Amalfi, en 1048, y los Caballeros Templarios creados en 1119 bajo los estatutos de San Bernardo de Clairvaux.
Estas no eran simplemente milicias religiosas, sino estructuras híbridas: bancos, ejércitos, redes de inteligencia y corporaciones transnacionales en estado embrionario. Los templarios proporcionaban infraestructura militar y financiera, y su banca no estaba controlada por judíos sino por el propio aparato templario. Cuando la orden del Temple fue suprimida en 1312, sus bienes y poder fueron transferidos a los Hospitalarios —hoy conocidos como Orden de Malta— que aún posee estatus extraterritorial en Roma y cuyos símbolos y estructuras de «Gran Maestre» resuenan inevitablemente en cualquier estudiante de la masonería y las sociedades secretas. Pero la ramificación no terminó ahí. Como se documento en mi ensayo, una subdivisión de los Hospitalarios sería más tarde asimilada por la Compañía de Jesús: los jesuitas, surgidos en el contexto veneciano, fueron en su origen una suerte de «costilla peripatética» de la Orden de Malta, modelados como un servicio de inteligencia secreto sobre el arquetipo del antiguo culto de Delfos.

Desde esta perspectiva, la Cuarta Cruzada —lejos de ser un desvío accidental— aparece como el momento en que la máscara religiosa se desplaza definitivamente para revelar el núcleo operativo del sistema: la captura de Constantinopla por intereses venecianos, es decir, la subordinación del poder político al control mercantil. Es ahí donde se consolidan el protocapitalismo y el protoglobalismo: una lógica según la cual las élites no ejercen el poder de forma directa, sino que construyen artefactos institucionales que gobiernan por ellas.
Ese mismo principio es el que, según el historiador ruso Andrei Fursov, se desplaza desde Venecia hacia Ámsterdam, luego a Londres y finalmente a Nueva York, mutando en lo que hoy se reconoce como el eje anglo-estadounidense. La continuidad no es institucional en el sentido formal, sino funcional: redes financieras, órdenes discretas, círculos de poder que operan por encima de los Estados, utilizando a estos como instrumentos. El conde Richard Coudenhove-Kalergi, cuyo linaje se remonta a los cruzados de 1099, llamó a su proyecto de unificación europea «mi cruzada por Pan-Europa», y su padre espiritual fue aquella inteligencia veneciana que, según el análisis de Lyndon LaRouche, se trasladó sucesivamente de una capital financiera a otra.
Es aquí donde la figura de Donald Trump adquiere su verdadera dimensión dentro de este esquema. Si seguimos la hipótesis de Fursov, Trump no es un disruptor externo, sino un instrumento interno: un «martillo controlado» diseñado para ejecutar una fase de destrucción necesaria del orden previo. Pero esta destrucción no es caótica; responde a la misma lógica dialéctica que estructuraba la relación entre templarios y hospitalarios: antagonismos aparentes que operan en función de un objetivo superior común.
En mi artículo “Steve Bannon y la dialéctica del falso soberanismo: de Trisulti a Epstein, la contrainteligencia oligárquica detrás del trumpismo” (3), propongo que la ideología del trumpismo no es una rebelión soberanista genuina, sino una bandera falsa ejecutada por Bannon como operador de contrainteligencia oligárquica. Bannon, lejos de ser un insurgente antisistema, actuó como válvula de contención que neutralizó cualquier deriva verdaderamente soberanista (como el acercamiento a Rusia o China), canalizando el descontento popular dentro de parámetros compatibles con la geopolítica imperial. Su colaboración con el pedófilo Jeffrey Epstein para «derrocar» a Xi Jinping y su entramado con redes monárquicas europeas y la inteligencia anglosajona revelan que el trumpismo forma parte de una dialéctica controlada: el supuesto antiglobalista opera, en realidad, como un engranaje más del sistema que dice combatir: destruye el viejo orden para abrir paso a uno nuevo, en un contexto multipolar compartido, pero sin renunciar a la iniciativa de gobernanza mundial —antes bien, tratando de recuperarla.
Asimismo, cuando Hegseth depura a generales como Randy George —a quien el retirado Barry McCaffrey califica como «probablemente el mejor líder que he conocido»— y cuando el mayor general Randy Manner compara estas purgas con las de Stalin y Hitler —señalando Manner que «solo otros dos líderes en el mundo han visto eso», que purgar a los mejores oficiales en tiempos de guerra es una táctica que dejó a los ejércitos de ambos dictadores descabezados y silenció el consejo militar honesto, calificando la situación como «extremadamente peligrosa» para la confianza de los soldados—, no estamos ante un capricho autoritario sino ante la ejecución de un método probado.
Esta analogía con Hitler no es meramente conductual, sino estructural y genealógica. Porque el propio Hitler, lejos de ser un accidente histórico aislado, operó como un engranaje dentro de una cruzada moderna por Pan-Europa que se remonta a los mismos linajes cruzados del siglo XI. Según la historiadora Cynthia Chung (4), el conde Richard Coudenhove-Kalergi —cuyos antepasados participaron en la conquista de Jerusalén en 1099— llamó explícitamente a su proyecto de unificación europea «mi cruzada por Pan-Europa». Y su arquitecto financiero más relevante, Hjalmar Schacht, consideraba que la conquista de Europa por parte de Hitler era el camino para conseguir esa «Europa unida». Así, el Führer no fue un adversario del proyecto paneuropeo, sino una de sus vías de ejecución: un martillo controlado —como hoy lo son Trump y Hegseth— destinado a demoler el viejo orden nacional para que, sobre sus ruinas, pudiera erigirse una nueva estructura supranacional. La misma lógica que impulsó la Cuarta Cruzada (un golpe de Estado veneciano bajo máscara religiosa) reaparece en el nazismo (un golpe financiero angloestadounidense bajo máscara racial) y vuelve a manifestarse en las purgas de Hegseth: la destrucción calculada de los propios activos para consolidar una cadena de mando alineada con objetivos estratégicos milenarios.

En ese contexto, Hegseth aparece como el equivalente contemporáneo del caballero cruzado: no en el sentido romántico, sino como operador dentro de una maquinaria geopolítica que vuelve a situar al Medio Oriente como teatro central. Las purgas dentro del aparato militar estadounidense evocan patrones históricos inquietantes: la eliminación de voces disidentes para consolidar una cadena de mando alineada con objetivos estratégicos previamente definidos. No es casual que estas dinámicas emerjan en paralelo a un conflicto con Irán, región que históricamente ha sido clave en la disputa por rutas energéticas y financieras.
La dimensión más inquietante de este paralelismo no es simbólica, sino estructural. Así como las órdenes medievales utilizaban el discurso religioso para legitimar la expansión de redes comerciales y bancarias, el discurso contemporáneo —sea el de la «guerra contra el terrorismo» o el del «orden basado en reglas»— cumple una función análoga: encubrir la reorganización de espacios geoeconómicos. El Medio Oriente sigue siendo, como en el siglo XII, el pivote donde convergen rutas, recursos y civilizaciones. Los tatuajes de Hegseth, sus purgas militares y su retórica de cruzado no son contradicciones dentro del trumpismo sino su esencia más coherente: el martillo controlado que demuele las estructuras nacionales para que sobre sus ruinas pueda erigirse un nuevo orden —aquel donde el petro-cripto y los activos digitales ocupen el centro del tablero y donde las viejas órdenes ocultistas de Occidente reconfiguren, una vez más, el mapa del poder mundial bajo el manto de una guerra santa que nunca fue santa sino siempre estratégica.
La historia, en este sentido, no se repite; se pliega sobre sí misma. Y en ese pliegue, las cruzadas no han terminado: simplemente han cambiado de lenguaje. Los «caballeros» de hoy no portan armaduras ni responden formalmente a una orden monástica, pero operan bajo los mismos principios que aquellas estructuras. Son ejecutores de una tradición que ha aprendido a ocultarse en la modernidad, sustituyendo los símbolos explícitos por narrativas ideológicas, pero que ocasionalmente —como en el caso de Hegseth— deja ver su continuidad sin mediaciones. La tesis se vuelve entonces difícil de eludir: lo que emerge en la figura del secretario de Defensa no es una rareza estética, sino el espejo de una geoestrategia milenaria que, bajo formas siempre renovadas, persiste en su empeño fundamental: el control de las rutas, los flujos y las conciencias, en nombre de un Dios que siempre ha sido, ante todo, una razón de Estado —no de un Estado soberano, sino de uno secuestrado por las viejas órdenes ocultistas de Occidente.
Sobre el autor
José Luis Preciado es antropólogo, historiador y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.
Notas a pie de página
1. Steve Mollman, en Newsweek: «Ex-General Warns of ‘Dangerous Situation’ After Hegseth Fires Officers», 6 de abril de 2026. En dicho artículo, el Mayor General retirado Randy Manner advierte que el Pentágono se encamina a un momento «extremadamente peligroso» tras los despidos de altos oficiales por parte de Hegseth. Manner compara explícitamente esta purga con las realizadas por Stalin y Hitler, señalando que «solo otros dos líderes en el mundo han visto eso, y fueron Stalin y Hitler, quienes purgaron a sus mejores oficiales antes de cada guerra en la que se embarcaron». La analogía se sustenta en que ambos dictadores eliminaron a sus comandantes más capaces en vísperas de conflictos mayores, silenciando el consejo militar honesto y dejando a sus ejércitos descabezados. Manner concluye que esa situación «no ayuda en absoluto a dar confianza al soldado estadounidense». Por tanto, la calificación de Hegseth como «posible criminal de guerra» no es hiperbólica en el artículo de Newsweek, sino que deriva de esta comparación histórica con líderes responsables de crímenes contra la humanidad.
2. José Luis Preciado, en MA: Entre el Templo y la Logia: La llave oculta del imperio antihumano que perdura hasta nuestros días. 11 de marzo de 2024.
3. José Luis Preciado, en MA: Steve Bannon y la dialéctica del falso soberanismo: de Trisulti a Epstein, la contrainteligencia oligárquica detrás del trumpismo. 17 de febrero de 2026.
4. Cynthia Chung: Ver el segundo capítulo de The Empire on Which the Black Sun Never Set, publicación independiente, 2022.