Por Mente Alternativa
Tal como lo plantea el analista Thierry Meyssan en su artículo publicado en Red Voltaire, titulado “¿Derecho internacional o bases militares extranjeras? Esa es la cuestión”, la guerra desatada por Israel, Estados Unidos y Reino Unido contra Irán no solo está dejando una profunda huella en las Naciones Unidas, sino que modifica radicalmente la percepción del derecho internacional. Hasta ahora, la mayoría de los Estados y de los ciudadanos del mundo creían que el orden global se sostenía sobre dos pilares incuestionables: el respeto, por parte de cada nación, de los tratados que ha firmado, y la vigencia del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Sin embargo, con el paso de las décadas, todos se han acostumbrado a una anomalía insostenible: Israel y Estados Unidos nunca son señalados como violadores de la ley, aunque sus acciones contradigan sistemáticamente la Carta de las Naciones Unidas. Lo que Meyssan desnuda con pluma afilada es que esa excepción se ha convertido en regla, y que el silencio cómplice de la comunidad internacional ha erosionado los cimientos mismos de la legalidad global.
Aunque Washington ha intentado justificar sus ataques apelando a una supuesta «legítima defensa colectiva» de Israel, ese argumento fue barrido por la sorprendente franqueza del presidente estadounidense Donald Trump, quien reconoció sin ambages que Irán no amenazaba a Estados Unidos. Hasta ese momento, la administración norteamericana mentía descaradamente para mantener la ficción de que aún respetaba el derecho internacional. Basta recordar las falsedades de los presidentes George W. Bush y Barack Obama sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, las ficticias armas de destrucción masiva en Irak, o las supuestas masacres perpetradas por los gobiernos derrocados en Libia y Siria. Cada una de esas mentiras sirvió para legitimar guerras de agresión, y ahora, bajo la misma lógica, se pretende normalizar el ataque a Irán. Por su parte, el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, se ha limitado a reciclar su discurso de treinta años sobre «la cabeza del pulpo», es decir Irán, para justificar los actos de su país. Netanyahu no ha encontrado mejor recurso que citar las divisas que corean los iraníes –«¡Muerte a la entidad sionista!», «¡Muerte a Estados Unidos!»– afirmando que Teherán quiere asesinar a todos los israelíes y a todos los estadounidenses. Meyssan desmonta esta falacia con precisión: gritar «¡Abajo la entidad sionista!» nunca ha significado querer matar a todos los israelíes, sino cuestionar la autoproclamación de un Estado que no nació con el reconocimiento pleno de las Naciones Unidas y que contradice el proyecto original de un Estado binacional en Palestina. Del mismo modo, la consigna «¡Muerte a Estados Unidos!» expresa, en boca de los iraníes, un rechazo a la legitimidad de una nación construida sobre el genocidio de pueblos originarios y la esclavización de millones de africanos.
Lo lógico, según la Carta de la ONU, sería que todos los Estados miembros declarasen que esta guerra es ilegal, que constituye una “agresión” en el sentido más estricto del término. Pero no fue así. Exceptuando a la República Popular Democrática de Corea, nadie lo dijo, aunque es probable que muchos lo hayan pensado en privado. La única explicación para ese silencio vergonzoso es el enorme poderío militar de Estados Unidos, que induce a decenas de países a preferir ignorar la verdad por miedo a represalias. Sin embargo, esta cobardía colectiva tendrá consecuencias profundas y duraderas. No se trata solo de que esta guerra ilegal viole los tratados que Israel y Estados Unidos firmaron en su momento. Lo peor, advierte Meyssan, es que esos Estados están librando esta guerra de manera «bárbara», en el sentido descrito en la Conferencia de La Haya de 1899. Netanyahu se jacta abiertamente de haber asesinado uno por uno a los líderes religiosos, militares y políticos de Irán, mientras que Trump celebra los mismos crímenes. Hasta ahora, los occidentales consideraban que asesinar líderes políticos era inmoral y contraproducente. Pero Israel y Estados Unidos saben que es contraproducente y, sin embargo, no les importa que sea inmoral. A lo largo de 78 años, Israel ha asesinado sistemáticamente a los líderes palestinos hasta el extremo de que hoy no existen figuras palestinas con quienes pueda negociarse.
En el caso concreto de Irán, Israel inició su guerra arrasando el domicilio del Guía de la Revolución, el ayatolá Alí Jamenei, y asesinándolo. Meyssan subraya la gravedad de este acto con una analogía escalofriante: es exactamente como si se hubiera bombardeado el Vaticano y asesinado al papa León XIV porque este se opone a la creación de un Imperio judío, aunque acepta que Israel y Palestina sean un refugio para los judíos del mundo. No es sorprendente, entonces, que estén surgiendo movimientos terroristas como Harakat Ashab al-Yamin al-Islamia, que colocan bombas en Bélgica, Países Bajos, Reino Unido y quizás pronto en Francia, pues los chiíes adeptos del principio Velayat-e faqih se sienten obligados a vengar el asesinato de su líder espiritual. Como si esto fuera poco, Netanyahu y Trump ahora arremeten contra los civiles iraníes, los mismos a quienes ayer llamaban a derrocar el régimen. El resultado es paradójico pero previsible: los iraníes que la propaganda occidental no pudo convencer de que los Guardianes de la Revolución habían masacrado a cuarenta mil de sus compatriotas se han enrolado masivamente en los Guardianes de la Revolución para rechazar a los agresores. La particular crueldad de los bombardeos israelo-estadounidenses se ha puesto de relieve con los ataques contra los depósitos de hidrocarburos de Teherán, cuyos incendios produjeron emanaciones de óxidos de azufre y nitrógeno, generando lluvias ácidas que envenenan la tierra y el agua.
Ante este panorama, resulta evidente que Irán está ejerciendo su derecho a defenderse. Y aquí Meyssan introduce el verdadero descubrimiento de esta guerra: el derecho internacional estipula que todo Estado agredido tiene derecho a responder militarmente no solo contra el territorio del agresor, sino también contra las bases militares que, desde el extranjero, participan en la agresión, e incluso contra los Estados que albergan esas bases. Nunca, desde la creación de las Naciones Unidas, un Estado agredido había respondido atacando al agresor en el territorio de un tercer Estado. El mundo entero había olvidado esta forma de respuesta, particularmente eficaz en tiempos de globalización económica. Incluso los miembros del Consejo de Seguridad habían olvidado la «Definición de la agresión» adoptada por unanimidad por la Asamblea General de la ONU el 14 de diciembre de 1974. Tanto es así que, después del inicio de esta guerra, el Consejo de Seguridad aprobó el 11 de marzo de 2026 la resolución 2817, que «condena con la mayor firmeza los ataques inaceptables perpetrados por la República Islámica de Irán» contra seis Estados del Golfo y Jordania. Dicho claramente: el Consejo de Seguridad adoptó una resolución que contradice la resolución de 1974, lo que significa que sus propios miembros votaron a favor de un texto contrario al derecho internacional.
Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Omán y Qatar se han visto arrastrados a esta guerra en contra de su voluntad. Estos siete Estados recurrieron al Consejo de Seguridad multiplicando sus cartas, hasta que se dieron cuenta de que Irán está en su derecho y de que el Consejo ni siquiera lo había notado. Todos esos países son firmantes de la resolución 3314 (XXIX) de 1974, y sus protestas se han ido volviendo más vagas y tibias porque ahora comprenden que al aceptar la instalación de bases militares estadounidenses en sus territorios para garantizar su propia seguridad, se han convertido en blancos legítimos de la respuesta militar iraní. Meyssan condensa esta tragedia en una disyuntiva brutal: una reacción posible sería declarar que el derecho internacional resulta inapropiado, pero entonces ¿quién los protegerá en el futuro? Otra sería reconocer que Estados Unidos actúa de un modo que los pone en peligro, pero ¿están dispuestos a renunciar a ese padrino? Hasta el momento de redactar este artículo, más de ochenta cartas han circulado en el Consejo de Seguridad sin que ninguno de esos Estados haya sido capaz de resolver la cuestión fundamental: ¿Derecho internacional o bases militares extranjeras? Esa es la cuestión. Incapaz, como los demás, de conciliar lo inconciliable, el Sultanato de Omán ha invitado al Consejo de Seguridad a ejercer sus responsabilidades implementando una evaluación global e imparcial de las causas profundas de esta crisis, para abordarlas a la raíz y no únicamente de manera superficial. La historia, como siempre, juzgará si el mundo tuvo el coraje de elegir la ley o prefrió arrodillarse ante el poder de las bases extranjeras.