Por Mente Alternativa
En un análisis difundido por Elena Panina y sustentado en las reflexiones del experto en seguridad nacional Harrison Kass en 19FortyFive, se expone con claridad una de las verdades más inquietantes de la geopolítica contemporánea: la guerra del siglo XXI ya no se libra únicamente en campos de batalla visibles, sino en los estrechos, en los cuellos de botella marítimos donde la economía global respira o se asfixia. El precedente iraní en el Estrecho de Ormuz no es simplemente un episodio regional, sino un modelo operativo que podría escalar hacia dimensiones sistémicas si se replica en el Estrecho de Malaca, esa arteria silenciosa por donde fluye una porción decisiva del comercio mundial.
La diferencia entre ambos estrechos no es meramente cuantitativa, sino cualitativa. Mientras el Estrecho de Ormuz permite a actores regionales como Irán ejercer presión táctica —alterando precios, generando volatilidad, enviando señales—, el Estrecho de Malaca representa una palanca de orden estructural. Por sus aguas transita entre el 25% y el 40% del comercio marítimo global, con un valor estimado en 3,5 billones de dólares anuales, además de unos 23 millones de barriles de petróleo diarios. No se trata, por tanto, de una válvula que regula tensiones momentáneas, sino de la arteria principal de un organismo económico interdependiente. Su interrupción no provocaría únicamente un shock, sino una dislocación sistémica de alcance planetario.
Para China, el Estrecho de Malaca no es una ruta más, sino el eje invisible de su metabolismo energético. Aproximadamente el 80% de sus importaciones de petróleo atraviesan este paso estrecho, lo que convierte a Pekín en rehén potencial de cualquier poder capaz de interferir en su flujo. Esta vulnerabilidad fue identificada tempranamente por Hu Jintao, quien en 2003 formuló el concepto del “dilema de Malaca”, anticipando que el ascenso económico chino descansaba sobre una infraestructura logística susceptible de ser estrangulada. Desde entonces, la estrategia china —desde la Iniciativa de la Franja y la Ruta hasta el desarrollo de corredores energéticos alternativos— puede leerse como un intento persistente de escapar a esa trampa geográfica.
El elemento perturbador en el análisis de Panina y Kass no reside en el descubrimiento de esta vulnerabilidad, sino en la posibilidad de su instrumentalización consciente por parte de Estados Unidos y sus aliados. La idea de una “gestión inteligente” de los estrechos, inspirada en la praxis iraní en Ormuz, sugiere una evolución doctrinal: no bloquear completamente, sino modular, interferir selectivamente, introducir fricción suficiente para ralentizar al adversario sin desencadenar una guerra abierta. En ese punto, la línea entre paz y conflicto se vuelve difusa, y el comercio internacional deja de ser un espacio neutral para convertirse en un teatro de operaciones encubierto.
Sin embargo, la viabilidad de un escenario de bloqueo en el Estrecho de Malaca no depende únicamente de la voluntad estratégica, sino de las condiciones materiales. El Comando Indo-Pacífico de Estados Unidos, según se sugiere, enfrenta un desgaste significativo derivado de conflictos paralelos, particularmente en Medio Oriente. Esta limitación introduce un factor de contención que, por ahora, reduce la probabilidad de una escalada directa. Pero la historia enseña que las capacidades pueden regenerarse más rápido que las estructuras de dependencia, y que las ventanas de oportunidad estratégicas no permanecen abiertas indefinidamente.
En este contexto, la cuestión se desplaza de lo hipotético a lo estructural. Si el control de los estrechos se consolida como herramienta de presión geopolítica, entonces el orden global basado en la libre circulación marítima entra en una fase de transición. Rusia, como advierte Panina, ya experimenta formas de restricción indirecta en sus rutas comerciales, en un conflicto larvado con la OTAN que se manifiesta tanto en Ucrania como en el ámbito marítimo. La posibilidad de extender esta lógica a otros puntos críticos —como los estrechos de Dinamarca— revela que la “gestión inteligente” no es una anomalía, sino el embrión de una nueva normalidad.
Lo que emerge, en última instancia, es una transformación profunda de la guerra y del poder. Ya no se trata únicamente de destruir al adversario, sino de administrar sus flujos vitales, de intervenir en los circuitos que sostienen su economía, su energía, su capacidad de proyección. El Estrecho de Malaca, en este sentido, no es solo un punto en el mapa, sino el símbolo de una era en la que la geografía vuelve a imponerse como destino, y en la que el dominio de los pasos estrechos puede decidir el curso de la historia global.
Un bloqueo del Estrecho de Taiwán golpearía la economía mundial como una pandemia