Por José Luis Preciado
Jiang Xueqin, con su formación en Filosofía e Historia por la Universidad de Yale, no es un mero observador casual de la geopolítica. Su trayectoria como investigador en la Escuela de Postgrado en Educación de Harvard y su condición de Fellow de la Royal Society of Arts (RSA) lo sitúan firmemente dentro del ecosistema de las instituciones que, desde el mundo anglosajón, han pensado y dirigido el orden global. Es desde esta posición privilegiada que Xueqin despliega su análisis de geopolítica predictiva sobre la guerra de Irán, interpretándola no como un conflicto aislado, sino como el acelerador de una transición sistémica monumental (1).
Su diagnóstico sobre el declive estadounidense es agudo y difícil de refutar. La sucesión de justificaciones para la guerra —desde la amenaza nuclear hasta el control de recursos energéticos— evidencia, según él, una confusión estratégica propia de los imperios en su ocaso. Describe un Estados Unidos atrapado en una espiral de violencia errática, incapaz de definir objetivos coherentes, mientras su base industrial se erosiona y su sistema financiero, sostenido por el petrodólar, se tambalea bajo una deuda astronómica. La guerra, en su visión, no es más que el síntoma febril de una potencia que ha perdido el control de su propio destino.
Pero es en la segunda parte de su profecía donde su narrativa se vuelve más específica y, potencialmente, más reveladora. Xueqin postula que el vacío dejado por un Estados Unidos debilitado y por las monarquías del Golfo, vulnerables a un colapso económico sistémico, será llenado por Israel. En su escenario, la destrucción de la infraestructura regional no sería un acto de caos sin propósito, sino el clearing necesario para que Israel, con su capital tecnológico, el apoyo de la diáspora y proyectos geoestratégicos como el canal Ben Gurion, se erija como la nueva dominante de Oriente Medio. El poder occidental, argumenta, no desaparecería, sino que simplemente se trasladaría de Washington a Jerusalén.
Aquí es donde las asociaciones de Xueqin adquieren una relevancia crucial. Su formación en Yale, cuna de futuros líderes y de políticas que a menudo trascienden las fronteras nacionales, lo expone a una visión del mundo donde la reconfiguración del poder no es un accidente, sino una ciencia gestionada por élites informadas. Su teoría de la «Historia Predictiva», basada en patrones y teoría de juegos, resuena con la lógica de los centros de pensamiento y círculos de poder que planean a largo plazo. Al pronosticar el «Gran Israel» no como una posibilidad, sino como un resultado casi inevitable de la crisis actual, su análisis puede interpretarse como la descripción de un plan ya existente, una hoja de ruta que las élites angloestadounidenses, con sus socios israelíes, han trazado y que ahora se ejecuta bajo la apariencia del caos.
Sin embargo, existe un elemento biográfico que tensiona aún más la figura de Xueqin y que rara vez se menciona en los análisis convencionales. Según un artículo publicado por él mismo en CNN en 2017 (2), este académico formado en Yale —vinculado a entornos asociados a la National Endowment for Democracy (NED)— fue arrestado y deportado de China en 2002 bajo la acusación de ser un agente subversivo extranjero. El dato no es menor. Más desconcertante aún resulta el hecho de que, tras este episodio, se le haya permitido regresar al país asiático para ejercer como docente en una escuela privada y construir una plataforma de influencia intelectual desde la cual ha promovido ideas como la abolición del Estado-nación y la implementación de un ingreso básico universal como mecanismo de desvinculación del trabajo. Lejos de invalidar su discurso, este trasfondo lo sitúa en una zona ambigua donde convergen la disidencia controlada, la ingeniería ideológica y la proyección de narrativas funcionales a una reconfiguración global del poder.
La lógica de este caos orquestado se despliega con consecuencias precisas y devastadoras para cada actor. En el centro del tablero, Israel encontraría en la conflagración regional la oportunidad perfecta para quebrar a todos sus adversarios a la vez, mientras que las monarquías del Golfo, atadas a Pakistán por un pacto de defensa, arriesgan ser arrastradas a una guerra que podría activar a una potencia nuclear. Este efecto dominó se extendería a Asia Oriental, donde economías como Japón y Corea del Sur, ahogadas por el cierre de Ormuz, se verían forzadas a intervenir, creando una ventana de oportunidad para que Corea del Norte presione a su vecino del sur.
Mientras tanto, Rusia observaría con interés estratégico la sobreextensión estadounidense, listo para avanzar sobre Ucrania mientras Europa, abandonada a su suerte, se desangra en una crisis industrial y existencial al perder simultáneamente la energía rusa, el mercado chino y el paraguas de Washington. Y como un eco de la decadencia, el propio hemisferio occidental seguiría sufriendo la política exterior errática de un imperio que, incluso inmerso en la guerra persa, podría invadir Cuba, México o Colombia. No es un caos sin rumbo, sino una reorganización violenta del poder global donde cada pieza es movida para debilitar a los rivales y fortalecer a los arquitectos del nuevo orden.
La predicción de Xueqin de que Irán sobrevivirá, aunque devastado, y China sucumbirá a pesar de su poderío, también se alinea con una lógica estratégica específica. Un Irán débil pero soberano sirve como el rival perpetuo ideal para justificar la hegemonía israelí en la región, manteniendo un estado de tensión controlada. El presunto colapso de China, por otro lado, eliminaría al único competidor sistémico real del poder occidental, dejando el campo libre para la nueva configuración centrada en Jerusalén.
Pero el análisis de Xueqin trasciende la predicción; se convierte en un manifiesto político cuando detalla las tres tendencias que definirán el nuevo orden. Este escenario, lejos de ser una consecuencia fortuita del conflicto, refleja con una precisión inquietante la agenda históricamente perseguida por ciertos epicentros de poder, como Londres, a través de su doctrina de «orden a través del caos».
La primera tendencia es la desindustrialización. La destrucción de Oriente Medio como fuente de energía barata, presentada como una necesidad forzosa, puede ser vista como el objetivo deliberado de desmantelar la base manufacturera de competidores como China y la Europa continental, dejando el campo libre para una nueva economía del conocimiento controlada por los nuevos centros de poder.
La segunda tendencia es el mercantilismo. La fragmentación del orden global no es un fracaso, sino su rediseño. Un mundo de bloques mercantiles y rivales regionales es infinitamente más fácil de manejar para las élites tradicionales que un sistema interconectado donde nuevos actores pueden ganar poder. En otro artículo (3), advertí precisamente que para las élites occidentales la forma idónea de implantar tecnocracias neofeudales a escala regional no es mediante un globalismo homogéneo, sino a través de una síntesis dialéctica entre las redes horizontales del globalismo financiero-tecnocrático y las estructuras verticales de la derecha occidental.
La tercera y más ominosa tendencia es la remilitarización. Un mundo inseguro es un mundo rentable para la industria militar y dependiente de las alianzas con los únicos proveedores de poderío real: la alianza anglo-israelí.
El propio Xueqin señala a Japón como el primer país en adaptarse, movilizando a su juventud para los sacrificios necesarios. En esta lectura, Japón no es más que el primer y más disciplinado alumno en la escuela del nuevo orden. Por tanto, el análisis de Jiang Xueqin, presentado como una previsión científica, debe leerse también como la legitimación de un futuro diseñado. Su voz, resonando desde los pasillos de Yale y Harvard, no solo predice el mapa del mañana; lo diseña y prepara a la opinión pública para aceptar un cambio de orden profundo y disruptivo, mucho antes de que el caos total se pose sobre nosotros.
Notas a pie de página
1. Glenn Diesen, en YouTube: Jiang Xueqin: New World Order – Iran War Ends U.S. Empire; 9 de marzo de 2026. https://youtu.be/6rTlI_Qwd1I?si=SEhq5jJ6lo4jUTwa
2. Jiang Xueqin, en CNN: China’s media enables tyranny and corruption; 23 de noviembre de 2017.
3. José Luis Preciado, en MA: Steve Bannon y la dialéctica del falso soberanismo: de Trisulti a Epstein, la contrainteligencia oligárquica detrás del trumpismo; 17 de febrero de 2026.